Mientras tanto, Fausto, persuadido por las Esfinges, busca al centauro

Quirón, para que le dé nuevas de Helena. Lo encuentra cuando va a

pasar a la orilla opuesta del Peneo; monta sobre sus lomos, y el buen

centauro, apiadado de la amorosa herida de su audaz jinete, lo conduce

ante la hija de Esculapio para que lo cure.

Fausto se oculta en las entrañas de la tierra; esta tiembla, agitada

por un terremoto, y la fecunda revolución de la Naturaleza forma

una nueva y gigantesca montaña, que se puebla en seguida de Grifos,

Pigmeos, Dáctilos, Imsios, hormigas y grullas, singular multitud,

evocada por la poderosa imaginación del poeta, extraña mezcla de

lo antiguo y lo moderno, que se rechaza y entrechoca al principio

y después parece que armónicamente se una, como para simbolizar el

consorcio del clasicismo y el romanticismo. Tampoco a Mefistófeles le

van mal las cosas, porque tropezando con las Fórcides, las antiguas

Gorgonias, las atrae con el irresistible reclamo de la adulación y

logra trasfundir su ser en una de ellas. Al llegar a este punto, la

escena cambia súbitamente, y entre las rocas del Mar Egeo, vuelven las

seductoras Sirenas a gobernar la noche tenebrosa de los encantamientos.

Aparecen Nereidas y Tritones; en el mar y sus riberas suenan extraños

cantos; llegan Nereo y Proteo, y Homúnculus, espíritu elemental del

fuego, despide rayos de luz fosforescentes; pero, apenas se aproxima

el brillante carro de nácar donde se asienta la hermosa Galatea, se

inflama con todo el ardor que dentro de sí alimentaba, y va a diluirse

en las purpúreas aguas del mar. Así termina la admirable noche en que

se celebran las nupcias de los elementos, por la poética fusión de la

belleza y del amor.

ACTO TERCERO

El acto tercero de la segunda parte de la tragedia es una de las más

espléndidas creaciones del ingenio de Goethe; es la prueba mejor de su

vasta cultura literaria y del exquisito gusto que lo elevó sobre los

demás poetas alemanes en todo lo que sea pureza, elegancia y exactitud

de la forma. El episodio de Helena, comenzado ya en las escenas

precedentes, y envuelto hasta ahora en el nebuloso trascendentalismo

que flota ligeramente sobre todo el poema dramático, brilla en este

acto con límpida luz, y se desenvuelve como parte esencialísima de la

composición.

Terminada la _Noche clásica de Santa Valpurgis_, el autor toma de

nuevo el hilo del drama, anudándolo a las fantasías de aquella noche,

de tal manera, que no aparece claro dónde termina el ensueño y dónde

prosigue la tragedia, ni por qué, con atrevidísimo vuelo a través de

los siglos, el poeta nos lleva otra vez a Esparta y nos introduce en el

palacio de Menelao. Bien podemos decir que Goethe en esta escena es un

continuador de Homero, y con él compite por la precisión y el esplendor

de las imágenes, por la suprema belleza del estilo, y por el sabor

completamente helénico, que no desentona de los diversos estilos que se

entrelazan y armónicamente se confunden en otros pasajes de la obra.

[Ilustración]

Helena regresa a la mansión conyugal después de las afortunadas

vicisitudes de aquella terrible guerra; pero un presentimiento

misterioso, una inquietud incesante la molesta y no la engaña. La

aguarda a la puerta de la casa una horrorosa fórcide y le impide la

entrada a ella y a sus doncellas con violentas amenazas, anunciándole

la venganza terrible del engañado esposo. Para librarse de ella,

Helena se dispone a buscar un nuevo Paris que la defienda; y con ello

el autor se propuso, además de satisfacer el insaciable deseo de

Fausto, maniático perseguidor de la belleza antigua, dar también una

pincelada satírica a la pintura de las mujeres del temple de Helena.

Despliéganse otra vez todas las pompas y la riqueza de la nueva

poesía. El terror de la muerte augurada por la fórcide a Helena y al

coro atemorizado, les mueve a buscar refugio en el castillo encantado

de Fausto, castillo enriquecido con todas las magnificencias que

una fantasía inflamada como la de Goethe, era capaz de imaginar.

Las licenciosas servidoras de Helena, encantadas por el seductor

espectáculo, olvidan los peligros corridos, y a la vista de los

mancebos gallardos que preparan el trono real, piensan en nuevos

placeres. El enamorado Fausto se presenta rodeado de todos los

esplendores y las galas de que pudiera alardear el señor más poderoso

de la Edad Media. Pone a los pies de la reina todos sus homenajes, y se

le ofrece amante fervoroso, obediente siervo y vasallo leal. En vano el

incauto Menelao trata de renovar la sangrienta contienda por la cual

fue Troya destruida; las falanges sobrenaturales que acatan las órdenes

de Fausto, desbaratan súbitamente el ejército enemigo. Nada se opone a

los amorosos transportes del nuevo Paris; y la gentil pareja, sumida en

los dulces misterios del amor, goza una vida de sin igual deleite.

El poeta finge que de las nupcias de Helena y Fausto nace Euforión,

simbolismo de la poesía moderna. Es muchacho e inexperto aún; pero

animoso, procaz y turbulento. Sus padres temen por él a cada paso,

dudosos de que sus juveniles fuerzas le sostengan en los atrevidos

vuelos a que se aventura. Las amonestaciones del padre, las tiernas

súplicas de la madre, no lo detienen, y lanzándose al espacio

desconocido, resplandece con una luz que parece inmortal; pero pronto

se pierde y se disipa, como un cometa desvanecido en el cielo. Un

canto fúnebre del coro es la afectuosa y triste elegía a la memoria

del joven prematuramente perdido, en quien Goethe parece haber querido

representar la noble figura de lord Byron.

Muerto Euforión, la dolorida Helena abraza por última vez a Fausto y se

desvanece también. Sus vestiduras, transformadas en nieblas, envuelven

a Fausto y lo remontan a la serena región del espacio. Destruido así el

hechizo, la vieja fórcide se quita la máscara: era Mefistófeles.

[Ilustración]

ACTO CUARTO

En el acto cuarto, el autor nos lleva otra vez a los Estados del

Emperador. El recuerdo de lo que ha visto ha promovido en Fausto

nuevos e inusitados pensamientos, y con ellos anda preocupado, cuando

Mefistófeles, que vuelve más solícito que nunca al servicio de su

compañero, le anuncia que el Emperador pasa grandes apuros porque

su reino es presa de la anarquía más espantosa. Las ciudades se han

enguerrado unas contra otras; los señores feudales luchan también entre

sí; los plebeyos se sublevan contra los nobles; hasta los obispos

cuestionan con el cabildo o con las parroquias. Fausto se apiada del

Emperador, y Mefistófeles vuelve a comprometerse a salvarlo, apelando

otra vez a los encantamientos y las hechicerías.

Hétenos ya en el campo de batalla, donde el poder diabólico de

Mefistófeles ha congregado a los Espíritus para combatir a favor

del Emperador. Ya las tropas que habían permanecido fieles cedían y

se retiraban ante el empuje del enemigo; ya el Antiemperador miraba

próximo el triunfo; pero las formidables legiones del infierno,

evocadas por Mefistófeles, cambian el éxito de la guerra y dan el

triunfo al legítimo soberano. Vuelven a la obediencia los vasallos,

restablécese la paz en las provincias alteradas, y el príncipe,

aconsejado por el arzobispo, se arrepiente de haber aceptado la ayuda

de las fuerzas infernales, y tranquiliza su conciencia con el donativo

de extensos territorios a favor de la Iglesia.

ACTO QUINTO

La unidad de tiempo no es, en verdad, la regla que más haya seguido

Goethe en su admirable tragedia. El quinto acto de la segunda parte, en

el cual se resume todo el concepto de la obra, nos presenta el cuadro

de Fausto envejecido. ¿Por qué vicisitudes ha pasado desde que obtuvo

del Emperador, en pago de su salvación, vastos dominios? ¿Cómo el

inquieto e insaciable Doctor procuró satisfacer el ardiente deseo que

lo empuja siempre en busca de tentadoras novedades? Han pasado muchos

años en el intervalo del cuarto al quinto acto. Encontramos a Fausto

señor poderoso de tierras y lugares, domador audaz de las enemigas

fuerzas de la Naturaleza, ocupado en robar a la playa del mar las

estériles landas para que las fecunde la mano del hombre y sean fuente

de bienestar y prosperidad. Parece, pues, que haya encontrado por fin

un objeto digno de la preclara inteligencia que Dios le concedió; pero

el amarguísimo recuerdo de su vida, llena de errores, de culpas y de

crímenes, lo martiriza y no le deja momento de reposo. Está convencido

de que la inteligencia humana no puede traspasar los límites que se

le pusieron, y reconoce que la actividad del espíritu tiene en el

mundo campo bastante extenso, sin empeñarse en la vana averiguación

de los misterios de la Naturaleza. Pero ha comprado demasiado caro el

conocimiento de esta gran verdad, para que pueda vivir tranquilo y

sereno. Recibe con indiferencia y con fruncida frente las mercaderías

que de lejanas tierras le traen sus buques para aumentar su riqueza

y poderío; no le entusiasma el espectáculo de los bosques, de los

prados, de las aldeas, que por obra suya surgen de aquellas dunas

infructíferas, que azotaban poco antes las marinas olas; y fijando

continuamente la mirada en la pobre cabaña y la modesta alameda de

tilos, que no le pertenecen, desea poseerlos como el objeto más

precioso, y no descansa hasta que las llamas destruyen aquel asilo de

paz. En el incendio mueren los míseros habitantes de aquel tugurio,

y este es el último crimen del formidable señor. Cuatro viejas,

fantasmas pavorosos, se aproximan en las altas horas de la noche al

castillo de Fausto: son el Hambre, la Deuda, la Miseria y la Zozobra.

No pueden entrar las tres primeras en aquel alcázar; pero penetra la

última, y no dejará a Fausto hasta el sepulcro. Esta escena, por la

sobriedad de sus terribles tintas, rivaliza con las más hermosas de

Shakespeare, y anuncia la catástrofe de la tragedia. El anciano magnate

queda ciego, y percibe en el fondo del alma una luz nueva, que le

ilumina la mente; un último esfuerzo de la voluntad le impulsa para

apresurar la realización del propósito que hace muchos años perseguía,

y complaciéndose en la esperanza de vivir en un Estado libre entre

hombres libres, cumple el voto de su alma, y pide al fugaz momento que

se detenga. Esta es su última palabra: Fausto muere; su alma inmortal,

arrebatada por los ángeles a las abiertas fauces del infierno, sube

ansiosa al cielo, donde le aguarda entre coros paradisíacos el alma

hermosa de Margarita.

[Ilustración]

La escena de la ascensión de Fausto parece que el autor la haya ideado

para borrar las tristes impresiones que se reciben en el transcurso

de la tragedia. Mefistófeles ha desaparecido para siempre, arrojado

por los ángeles en la extraña lucha que sigue a la muerte del viejo

Doctor, y con Mefistófeles desaparece también la sarcástica ironía,

en que está impregnado todo el libro. Estamos en otro ambiente, en

el que suenan armonías dulcísimas e himnos celestiales, a los que se

une la conmovedora plegaria de Margarita intercediendo por el alma

de su amado. El amor, que fue burlado en el mundo, obtiene de este

modo el premio en el cielo, y resplandece en torno de él una poesía

verdaderamente sublime.

[Ilustración]

[Ilustración]

ÍNDICE

Páginas

CARTA que sirvió de prólogo para la primera edición. VII

DEDICATORIA. 33

PRÓLOGO EN EL TEATRO. 35

PRÓLOGO EN EL CIELO. 45

TRAGEDIA. -- De noche. 55

A las puertas de la ciudad. 78

Gabinete de estudio. 102

Id. -- Fausto y Mefistófeles. 122

Taberna de Auerbarch en Leipzig. 153

Cocina de la Bruja. 177

Calle. -- Fausto y Margarita. 195

Al caer la tarde. 203

Paseo. 211

Casa de la vecina. 215

Calle. -- Fausto y Mefistófeles. 227

Jardín. 231

Un pabelloncito en el jardín. 244

Bosques y cavernas. 247

Aposento de Margarita. 257

Jardín de Marta. 259

En la fuente. 269

En los muros de la ciudad. 273

De noche. -- Valentín, hermano de Margarita. 277

Catedral. 289

Noche de Santa Valpurgis. 293

SUEÑO DE LA NOCHE DE SANTA VALPURGIS O BODAS DE ORO DE OBERÓN

Y TITANIA. 319

Intermedio. 321

Día nebuloso. 333

Noche. -- Campo raso. 337

Cárcel. 339

BREVE RESEÑA DE LA SEGUNDA PARTE DE LA TRAGEDIA. 355

[Ilustración]

Fausto: Primera parte · 第 11 / 11 段