Y sin mí, pobre insensato,

sin mí, ¿qué te hubieras hecho?

Un nido de musarañas

tenías en el cerebro;

y si en tu auxilio no acudo

y tus ímpetus contengo,

lejos del globo terráqueo

estuvieras hace tiempo.

¿Por qué en estos peñascales

haciendo estás el mochuelo?

¿Por qué entre sucios guijarros,

entre céspedes mugrientos,

como los sapos, te arrastras,

que se nutren de ese cieno?

¡La diversión es brillante!

¡Delicioso el pasatiempo!

¡Infelice Fausto! ¡Aún tienes,

aún tienes al Doctor dentro!

FAUSTO

¡No sabes tú cómo el alma

cobra espíritu y aliento

en aquestas soledades!

Si pudieras comprenderlo,

eres demasiado diablo

para que, henchido de celos,

no me privaras al punto

del deleite que aquí siento.

MEFISTÓFELES

¡Sobrenatural deleite!

¡Yacer en el dulce seno

de la maternal Natura,

tomando el aire y el fresco!

¡Tender ansioso los brazos

a la tierra y a los cielos,

y remontarnos ufanos,

y dioses quizás creernos!

¡Profundizar todo abismo

con vagos presentimientos,

hasta que, al fin, a este mundo

la médula le encontremos,

y la obra de los seis días

sintamos dentro del pecho!;

un no sé qué misterioso

gozar con altivo anhelo;

derramar el alma extática

sobre todo el universo,

en nuestro ser sofocando

el material elemento,

y ponerles fin entonces

a tan sublimados sueños

de tal manera y tal modo...

(_Haciendo un gesto expresivo._)

¡que a decirlo no me atrevo!

FAUSTO

¡Calla!

MEFISTÓFELES

Callo, si te ofende;

callo, y la moral respeto,

ya que a los castos oídos

es crimen decir aquello

que los corazones castos

están a gritos pidiendo.

Pues que te place engañarte

a ti propio, buen provecho:

no he de quitarte ese gusto,

que tampoco será eterno.

Por de pronto, ya te miro

aprisionado de nuevo,

y en torno tuyo, delirios

y terrores en acecho.

¡Y entre tanto, aquella niña

suspirando está y gimiendo,

con tu imagen venturosa

clavada en su pensamiento,

y tanto amor en el alma

que ya no cabe allí dentro!

Como las ondas copiosas

de los derretidos hielos,

inundó tu pasión loca

e hizo desbordar su pecho;

hoy el raudal --¡pobre amante!--

está agotado, está seco.

En vez de reinar adusto

en bosques, valles y cerros,

¿no fuera, señor, más propio

de un cumplido caballero

premiar de alguna manera

tan apasionado afecto?

¡Cuán largo, a la triste niña,

ha de antojársele el tiempo!

De bruces a la ventana

pasa las horas, y el vuelo

sigue de las pardas nubes

que cruzan el firmamento.

«¡Si fuera avecilla!» canta,

y esta canción repitiendo,

pasa las noches a medias

y los días por completo.

Unas veces triste y grave,

gozosa en otros momentos,

ya prorrumpe en largos lloros,

ya brilla el rostro sereno;

pero siempre, alegre o triste,

loca de amor la contemplo.

FAUSTO

¡Sierpe maldita!

MEFISTÓFELES, _aparte_

Sí, sierpe

que ya se te enrosca al cuello.

FAUSTO

¡Calla, infame, y jamás nombres

a ese ser tan puro y tierno;

jamás su hechicera imagen,

cuando miras que enloquezco,

la presentes tentadora

al furor de mi deseo!

MEFISTÓFELES

¿Y qué te importa? Entre tanto,

la hermosa de nuestro cuento

se imagina abandonada,

y casi lo está, en efecto.

FAUSTO

No lo está; cerca estoy de ella;

pero supón que esté lejos:

no por eso la abandono,

ni la olvido, ni la pierdo.

¡Si la amo con toda el alma!

¡Si envidio hasta el mismo cuerpo

del Señor, cuando la hostia

pasa entre sus labios trémulos!

MEFISTÓFELES

¡Y yo también muchas veces

os envidio cuando os veo

en vuestro nido de rosas,

parejita de gemelos!

FAUSTO

¡Rufián! ¡Rufián!...

MEFISTÓFELES

Me calumnias,

y la carcajada suelto.

¡Rufián!... El Dios que ha creado

a doncellas y mancebos,

consagró el ilustre oficio

de darles, con mil rodeos,

la circunstancia oportuna

y la ocasión y el momento.

¡Ea! ¡En marcha! ¿Por qué tiemblas?

Porque vas --¡destino adverso!--

a la cámara --¡oh desgracia!--

de tu amor --¡rayos y truenos!--

FAUSTO

¿Qué importa hallar en sus brazos

todas las glorias del cielo,

si su desdicha y flaqueza

estaré palpando en ellos?

Aunque yazga en su regazo,

¿dejaré de ser, por eso,

el errante peregrino,

el proscrito, el monstruo fiero,

el devastador torrente,

que valla y dique rompiendo,

de roca en roca, al abismo

corre a despeñarse ciego?

¿Y ella, la cándida niña

de dormidos pensamientos,

la que soñó en la montaña

una casita y un huerto,

y en aquel mundo inocente

encerró todo su anhelo?

¡Yo, loco y de Dios maldito,

desbaratando su ensueño,

sobre esa choza derrumbo

los peñascos gigantescos,

y sus castas alegrías

para siempre desvanezco!

¿Es que también reclamaba

esta víctima el Infierno?

Si es así, que acorte el Diablo

los angustiosos momentos.

Lo que ha de ser, sea pronto.

¡Caiga sobre mí su horrendo

destino, y juntos al hondo

abismo precipitémonos!

MEFISTÓFELES

¡Qué calor! ¡Qué llamaradas!

Ven a consolarla, necio.

Porque luz no ven tus ojos,

¿piensas que todo está negro?

Te juzgué más endiablado.

¡Ánimo y atrevimiento!

¡Bien haya quien nunca ceja!

No hay en todo el universo

cosa más triste que un diablo

desesperado y perplejo.

[Ilustración]

[Ilustración]

APOSENTO DE MARGARITA

MARGARITA, _sola, hilando al torno_

Huyeron del alma

la dicha y la paz,

huyeron por siempre,

¡por siempre jamás!

La tumba contemplo

allí do él no está;

el mundo emponzoña

mi amargo penar.

Mi pobre cabeza

confúndese ya;

mis pobres sentidos

no pueden ya más.

Huyeron del alma

la dicha y la paz,

huyeron por siempre,

¡por siempre jamás!

Por él mis ventanas

abiertas están;

por él atravieso

cien veces mi umbral.

Su altiva presencia,

su noble ademán,

su tierna sonrisa,

su ardiente mirar,

su dulce palabra

de grato raudal,

su apretón de mano,

y sus besos, ¡ay!...

Huyeron del alma

la dicha y la paz,

huyeron por siempre,

¡por siempre jamás!

Al verle me oprime

terrible ansiedad,

y verle y tenerle

es mi único afán.

¡Y dándole besos,

a no poder más,

morir en sus brazos

de tanto besar!

[Ilustración]

JARDÍN DE MARTA

MARGARITA, FAUSTO

MARGARITA

Promete, Enrique, una cosa

decirme.

FAUSTO

Como en mí esté,

prometo.

MARGARITA

Cuál es tu fe,

es la duda que me acosa.

Tú tienes buen corazón,

tu conciencia es recta y pura;

pero, ¡ay, Dios!, se me figura

que te falta religión.

FAUSTO

Déjate de eso, querida;

te amo con el alma entera

y por ti --lo sabes-- diera

toda la sangre y la vida.

No quiero el triste placer

de robar la fe y la calma

a nadie...

MARGARITA

Requiere el alma

algo más.

FAUSTO

¿Qué más?

MARGARITA

Creer.

Si valieran para ti

mis cariñosos acentos...

Tú los Santos Sacramentos

no veneras y honras.

FAUSTO

Sí.

MARGARITA

Mas sin ir de ellos en pos.

Ni te confiesas jamás,

ni a misa siquiera vas:

di, Enrique: ¿crees en Dios?

FAUSTO

¿Quién podrá decirte, quién,

«creo en Dios» con veraz labio?

Al sacerdote y al sabio

pregúntalo tú también.

Y hallarás en el tenor

de su estudiada respuesta,

una burla manifiesta

del audaz preguntador.

MARGARITA

¿A Dios niegas?...

FAUSTO

¡Poco a poco!

No lo niego, niña hermosa;

pero, dime, a Dios, ¿quién osa

nombrarle, sin estar loco?

¿Quién, a su conciencia fiel,

puede decir «en Dios creo?»

¿Quién, sin audaz devaneo,

dirá «yo no creo en Él»?

Si Dios todo lo creó,

si es quien lo mantiene todo,

¿no estamos, en cierto modo,

en Él Él mismo, tú y yo?

¿Ves el azul firmamento

doblar su bóveda? ¿Ves

cuál se extiende a nuestros pies

la tierra, firme en su asiento?

¿Ves las brillantes estrellas

cuál siguen eternamente

su carrera, en nuestra frente

vertiendo sus luces bellas?

¿Sientes mis ojos clavados

en tus ojos soñolientos,

y todos los elementos

en tu ser reconcentrados;

y en círculo halagador,

con misterio indefinible,

lo visible y lo invisible

girando a tu alrededor?

Pues bien: del alma afanosa

sacia el hidrópico anhelo

en ese raudal del cielo,

y cuando sientas, dichosa,

que se calma tu ansiedad

en deleite sin medida,

llámale ventura y vida

y amor y divinidad.

A ese bien, de ningún modo

hallo palabra adecuada:

el nombre no importa nada;

el sentimiento es el todo:

pues la palabra mejor

humo es, que empaña y altera,

cual pábilo de una hoguera,

su celestial resplandor.

MARGARITA

¡Hermoso lenguaje! Labras,

hablando así, mi ventura.

Eso mismo dice el cura,

aunque con otras palabras.

FAUSTO

Bajo la celeste esfera

cada corazón su fe

dice a su modo: ¿por qué

no he de hablar yo a mi manera?

MARGARITA

¡Ay! Cuando te escucho, en vano

se resiste mi razón;

pero, aún tengo una aprensión;

no eres tú muy buen cristiano.

FAUSTO

¡Dulce dueño!

MARGARITA

Y además

me disgusta en compañía

verte...

FAUSTO

¿De quién, alma mía?

MARGARITA

De ese con quien siempre vas.

Le odio con el alma entera:

en toda mi vida vi

rostro ni expresión que así

me impresionara y me hiriera.

FAUSTO

¡Pueriles recelos son!

MARGARITA

Con todos soy indulgente;

pero al ver ese hombre enfrente,

me da un vuelco el corazón.

Tan vivos como el placer

que me inspira tu presencia,

son el temor y la violencia

que al verle siento nacer.

Y una idea de otra en pos,

le juzgué infame y malvado:

si acaso le he calumniado,

que me lo perdone Dios.

FAUSTO

Toda especie de alimaña

ha de haber.

MARGARITA

No, no quisiera

servir yo de compañera

a un ser de esa raza extraña.

Cuando aquí los pasos guía

muestra, para darme enojos,

siempre el rencor en los ojos

y en los labios la ironía.

A cuanto pasa alredor

permanece indiferente,

y escrito lleva en su frente

que es su alma incapaz de amor.

¡A tu lado, gozo tanto!

Feliz, tranquila, contenta

estoy; mas, si él se presenta,

me siento morir de espanto.

FAUSTO

¡Ángel présago quizá!

MARGARITA

Y tal imperio en mí tiene

este horror, que cuando él viene

pienso que no te amo ya.

Ante él, sin que me lo explique,

rezar no sé, y me devora

angustia desgarradora.

¿No te pasa a ti eso, Enrique?

FAUSTO

Antipática manía

es tal temor...

MARGARITA

¡Oh, no!... Mas

ya es tarde. Me voy.

FAUSTO

¿Te vas?

¿Cuándo podré, vida mía,

una hora de dulce calma

disfrutar en tu regazo,

fundiendo en estrecho abrazo

el alma mía con tu alma?

MARGARITA

Dejaría, para ti,

si durmiera sola, abierta

la cerraja de mi puerta;

pero mi madre está allí,

y es muy ligero su sueño.

¡Ay! Si despierta y nos ve,

al suelo muerta caeré.

FAUSTO

No temas, celeste dueño.

Toma al punto este licor;

tres gotas en su bebida

pon, y quedará dormida

en letargo embriagador.

MARGARITA

Por tu amor me avengo a todo.

Mas dime primeramente

que este filtro es inocente...

FAUSTO

¿Te lo diera, de otro modo?

MARGARITA

¡Ay! Cuando me hablas así,

rendida a tu arbitrio quedo:

¿qué es lo que negarte puedo,

si tanto te concedí?

(_Vase._)

ENTRA MEFISTÓFELES

MEFISTÓFELES

¿Voló el pájaro?

FAUSTO

¿En acecho

estabas?

MEFISTÓFELES

No; mas a fe

de Diablo, todo lo sé.

¡Doctor, buen sermón te han hecho!

¡Que aproveche la enseñanza!

La mujer quiere, y no en vano,

al hombre devoto y llano,

y según la antigua usanza.

«Así, dice, así se empieza,

y si este yugo consiente,

a otros, insensiblemente,

doblando irá la cabeza.»

FAUSTO

Monstruo, ¿no piensas, no ves,

que esa alma sencilla y casta,

llena de la fe entusiasta

que su amor y su bien es,

padece duelo profundo

al mirar, en su ilusión,

perdido sin remisión

a quien más ama en el mundo?

MEFISTÓFELES

¡Galán sensible y feliz!

FAUSTO

¡Aborto de horrible escoria!

MEFISTÓFELES

Una chiquilla --¡qué gloria!-- te

lleva de la nariz.

¡Y es sagaz fisonomista!

Al verme, no sé qué siente;

pero vislumbró en mi frente

algo escondido a la vista,

y penetrando el abismo

de mi ser, comprendió presto

que soy un genio funesto,

o quizás el Diablo mismo.

Conque, esta noche... ¡Ya tarda!

Esta noche...

FAUSTO

¿Y qué te importa?

MEFISTÓFELES

Tengo yo parte, y no es corta,

en la dicha que te aguarda.

[Ilustración]

[Ilustración]

EN LA FUENTE

MARGARITA Y LUISA, _con cántaros_

LUISA

¿Nada has sabido de Bárbara,

Margarita?

MARGARITA

Nada sé.

Salgo tan poco...

LUISA

Sibila

me lo explicó todo bien.

Al fin y al cabo, burlada:

¡la orgullosa!...

MARGARITA

¿Puede ser?

LUISA

¡Vaya! Cuando come y bebe,

para ella sola ya no es.

MARGARITA

¡Dios!...

LUISA

Llevó su merecido:

¡si había de suceder!...

¿Te acuerdas? A todas horas

colgadita del doncel;

a paseo, al campo, al baile

de la plaza... sin perder

fiesta ni broma... Y obsequios,

golosinas... ¡Le está bien!

¡Tan pagada de bonita!

¡Tan vana!... Y a dos por tres

aceptando regalillos

la que afectaba desdén.

De este modo, ahora un halago

y una caricia después,

entre halagos y caricias

voló, al fin, su doncellez.

MARGARITA

¡Infeliz!

LUISA

¿La compadeces?

Recuerda, recuerda, pues,

cuando, aplicadas al torno,

una noche y otra y cien,

no nos dejaba la madre

poner en la calle el pie;

y en el banco de la puerta,

ella, a la sombra, con él,

miraba las largas horas

dulces y breves correr.

Pague aquellas alegrías,

y vistiendo su merced

el sayal de penitente,

díganos el _yo pequé_.

MARGARITA

Mas, se casará con ella...

LUISA

Tonto fuera... ¡y es un pez!

Aire encuentra en todas partes

un pajarraco como él,

y ya voló.

MARGARITA

¡Es una infamia!

LUISA

Que corra y lo atrape, pues.

La corona de la boda

los mozos han de romper,

y echaremos las doncellas

paja picada a sus pies.

(_Vase._)

MARGARITA, _volviendo a casa_

¿Cómo, ¡ay, Dios!, tan altanera

otras veces me indigné

cuando a una pobre muchacha

vi tropezar y caer?

¿Cómo, para ajenas faltas

hecha inexorable juez,

jamás encontró mi lengua

palabra bastante cruel?

Pintábame yo la culpa

aún más negra de lo que es,

y a pesar de ser tan negra,

la quería ennegrecer,

y jamás, ennegreciéndola,

bastante negra la hallé.

Y ahora ¿qué soy? ¡Desdichada!

¡Pecado y culpa también!

Y todo aquello --¡Dios mío!-- que

me impulsó, sin saber,

a estos abismos, ¡cuán grato,

cuán grato y cuán dulce fue!

[Ilustración]

[Ilustración]

EN LOS MUROS DE LA CIUDAD

_Una imagen de Nuestra Señora de los Dolores en un nicho de la muralla.

Delante de ella vasos con flores_

MARGARITA, _poniendo flores frescas en los vasos_

¡Oh Madre afligida! ¡Oh Madre angustiada!

Los ojos inclina piadosa hacia mí.

Hundida en el pecho durísima espada,

llorando la muerte del Hijo, te vi.

Llorando sin treguas el suyo y tu duelo,

las quejas exhalas de aquel doble afán;

los húmedos ojos levantas al cielo;

tus hondos suspiros también allá van.

Tormento cual este, que fiero me oprime,

¿quién puede en el mundo, quién puede sentir?

¡Tú, Virgen piadosa, tú, Madre sublime,

tú sola, que sabes de amar y sufrir!

Doquiera que vaya, mi afán va conmigo;

doquiera lo esconda, lo arrastro detrás;

llorando y llorando mi mal no mitigo;

llorando y llorando no puedo ya más.

Los tiestos que alegran mi pobre ventana

regaba con llanto de acerbo dolor,

cuando, amaneciendo, cogí esta mañana

sus flores que siempre te guarda mi amor.

El sol inundaba, risueño y brillante,

mi humilde aposento con vívida luz,

y el rayo primero me halló vigilante,

sentada en mi lecho, llorando mi cruz.

¡Oh Madre afligida! ¡Oh Madre angustiada!

Los ojos inclina piadosa hacia mí;

de horrible deshonra, de muerte ultrajada

liberta a quien siempre buscó amparo en ti.

[Ilustración]

[Ilustración]

[Ilustración]

DE NOCHE

_Calle delante de la puerta de_ MARGARITA

VALENTÍN, _soldado, hermano de_ MARGARITA

Cuando, al son de las botellas,

nuestra bulliciosa tropa

hacía, entre copa y copa,

el elogio de las bellas,

yo, en la mesa entrambos codos,

escuchaba sin empacho;

y atusándome el mostacho,

después que acababan todos,

ajeno a temor y cuita,

el vaso, bien lleno, alzaba,

y «en el mundo no hay, gritaba,

otra como Margarita.

De ofender a nadie trato;

mas sostengo mi fortuna:

¡no le llega, no, ninguna

a la suela del zapato!»

Todos, chocando a la vez

los vasos en confusión,

gritaban: «Tiene razón;

es de su sexo honra y prez.»

Y a la común alegría

dando tributo forzoso,

hasta el más vanaglorioso

callaba, si no aplaudía.

Y ahora, cualquier insolente

puede mofarse de mí:

hay para estrellarse, sí,

contra una esquina la frente.

¡Cuán horribles sinsabores!

Como deudor criminal,

a cada frase casual

siento angustias y sudores,

y en vano al que murmuró

provoco, si a la ira cedo;

pues estrangularlo puedo,

pero desmentirlo, no.

Alguien viene: son dos, sí.

¡Si uno de ellos fuera mi hombre!

¡Oh! ¡Si es él --¡voto a mi nombre!--,

no saldrá vivo de aquí!

FAUSTO, MEFISTÓFELES

FAUSTO

¿Ves por la ventana aquella

que a la sacristía da,

una lámpara que ya

moribunda luz destella,

y más triste cada vez

brilla, con turbio desmayo,

y al lanzar su último rayo,

todo es sombra y lobreguez?

¡Así, negra oscuridad

mi corazón hoy inunda!

MEFISTÓFELES

Pues yo siento la profunda

y viva felicidad

del gato escuálido y viejo

que los tejados pasea,

y en la tibia chimenea

frota el áspero pellejo.

En mi honrada condición

hay, o mucho me equivoco,

de libidinoso un poco

y otro poco de ladrón;

y así aguardo ansioso ya,

Santa Valpurgis, tu noche,

porque en ella quien trasnoche

no en balde trasnochará.

FAUSTO

¿Lograré en ella el tesoro

que allá en las entrañas vi

de la tierra?

MEFISTÓFELES

Para ti

será el cofrecillo de oro.

Los ojos eché ya en él:

de doblas está repleto.

FAUSTO

¿Y no viste algún objeto

de adorno, anillo o joyel

para mi adorada?...

MEFISTÓFELES

Verlas

no pude bien; mas respondo

de que había allí en el fondo

algo cual sarta de perlas.

FAUSTO

Pláceme, porque me enfada

ir con las manos vacías

a verla.

MEFISTÓFELES

Y pues siempre ansías

gozar dicha no lograda,

ahora que el cielo nos muestra

todas sus luces brillantes,

podrás en breves instantes

escuchar una obra maestra.

Se trata de una canción,

pero una canción moral,

que a tu niña celestial

ha de hacer viva impresión.

(_Canta acompañándose con la mandolina._)

Aún el alba matutina

vierte incierto resplandor;

¿qué buscas tú, Catalina,

a la puerta de tu amor?

¡Cuidadito, niña bella!

mira, mira adónde vas:

¡sabe Dios, si entras doncella,

sabe Dios cómo saldrás!

No vengas, no, con reproches,

cuando te dejes querer:

¿ya cediste? ¡Buenas noches!

¡Siempre así, pobre mujer!

Cuando el galán pida y ruegue,

no te dejes ablandar,

hasta que, al cabo, te entregue

el anillo en el altar.

[Ilustración]

VALENTÍN, _presentándose_

¿A quién llamas, cazador

ratonil? ¡Se acabó el cuento!

¡Vaya al diablo el instrumento,

y vaya al diablo el cantor!

MEFISTÓFELES

Dio fin la cítara ya,

en dos partida.

VALENTÍN

¡Está bien!

Veamos ahora quién a quién

la crisma le romperá.

MEFISTÓFELES, _a_ FAUSTO

¡Doctor, firme! Al punto saca

la tizona. ¡Así! A mi lado

mantente siempre pegado;

yo paro el golpe; tú, ataca.

VALENTÍN

Parad esa.

MEFISTÓFELES

¿Por qué no?

VALENTÍN

Y esa también.

MEFISTÓFELES

Ya lo ves.

VALENTÍN

Si no es el diablo, ¿quién es?

Mi puño se entumeció.

[Ilustración]

MEFISTÓFELES, _a_ FAUSTO

¡Tírale a fondo!

VALENTÍN, _cayendo_

¡Ay de mí!

MEFISTÓFELES

¡Cayó el bravucón! Veloces

corramos, que ya las voces

de los vecinos oí.

Avéngome muchas veces

con la policía; pero

ni tratar ni entender quiero

con escribanos y jueces.

MARTA, _a la ventana_

¡Socorro, socorro!

MARGARITA, _a la ventana_

Al punto

sacad luz.

MARTA

Riñendo están;

venid, que a matarse van.

LA GENTE

Uno hay aquí: ¡ya es difunto!

MARTA, _saliendo a la calle_

Los matadores, en tanto,

huyen y escapan de fijo...

MARGARITA, _saliendo también_

¿Quién es el muerto?

LA GENTE

Es el hijo

de tu madre.

MARGARITA

¡Cielo santo!

¡Qué desgracia!

VALENTÍN

Muero, sí;

pronto está dicho, y también

estará hecho pronto. ¡Y bien!

¿Qué hacéis sollozando ahí?

Escuchadme.

(_Todos le rodean._)

Margarita,

eres moza y descuidada;

tu carrera aprovechada

más cautela necesita.

Te diré en secreto el modo,

te enseñaré la manera:

ya que eres una ramera,

sé una ramera del todo.

MARGARITA

¡Por Dios, por Dios santo, hermano!

VALENTÍN

Dios no tiene arte ni parte

en esto: déjale aparte

y oye: nada pasa en vano.

Por uno comenzarás

secretamente; después

otro vendrá, y dos y tres,

¡y quién sabe cuántos más!

Y así, bajando al profundo,

cuando, en infame cadena,

te hayas dado a una docena,

serás ya de todo el mundo.

Nace oculto el deshonor,

y arroja con vivo anhelo

sobre él la vergüenza el velo

del misterio y del rubor;

pero va creciendo y va

ese velo desnudando,

y a la luz del día, cuando

es grande, muéstrase ya.

No es que embellecerse pudo

al desechar ese arreo;

es que conforme es más feo,

más apetece ir desnudo.

Ya el día miro presente

en que de ti, al encontrarte,

vil prostituta, se aparte,

cual de un cadáver, la gente.

A tu rostro abochornado

darán sangrientos sonrojos,

al clavar en él los ojos,

los que pasen por tu lado.

¡No más gorgueras de encajes!

¡No más cadenas doradas!

¡Adiós, fiestas anheladas

por lucir galas y trajes!

¡Adiós tu sitio en el templo

a los pies del mismo altar!

En mísero lupanar

moribunda te contemplo;

y al perder allí honra y vida,

serás, ¡oh desventurada!,

si en el cielo perdonada,

en la tierra maldecida.

MARTA

Encomiéndate al Señor:

¿aún le irrita de esa suerte,

en el trance de la muerte,

tu labio blasfemador?

VALENTÍN

¡Celestina desalmada!

Si pudiera yo atraparte,

fuérame la mayor parte

de mis culpas perdonada.

MARGARITA

¡Hermano!... ¡Angustia infernal!

VALENTÍN

¡Enjuga, enjuga ese lloro!

Cuando olvidaste el decoro,

me diste el golpe fatal.

La muerte me lleva en pos...

y a la consigna obediente,

cual soldado y cual valiente,

voy a presentarme a Dios.

(_Muere._)

[Ilustración]

CATEDRAL

_Misa cantada, con órgano._ MARGARITA _entre la gente_. EL ESPÍRITU

MALO _detrás de_ MARGARITA

EL ESPÍRITU MALO

¡Cuán otra, Margarita desdichada,

en venturosos días,

inocente, serena, inmaculada,

al sacro altar venías!

En ese libro, profanado luego,

orabas balbuciente,

compartiendo entre Dios y el pueril juego

tu espíritu inocente.

Hoy, ¡mísera de ti!, ¿qué sangre esmalta

tu puerta enrojecida?

¿Rezas, di, por tu madre, que tu falta

purga en la eterna vida?

En las entrañas, con latir extraño,

¿no sientes --¡infelice!--

algo que, por tu mal y por su daño,

su aparición predice?

MARGARITA

¡Oh cielos! ¡Si apartar de mí pudiera

mis propios pensamientos,

que todos contra mí, con saña fiera,

revuélvense violentos!

CORO

_Dies iræ, dies illa,_

_solvet sæclum in favilla._

(_Órgano._)

EL ESPÍRITU MALO

¡Llenan tu corazón sombras y horrores!

Ya suena, ya retumba

la trompeta fatal, y a sus clamores

se estremeció la tumba.

Sobre frías cenizas apagadas

dormía tu alma yerta;

hoy, entre abrasadoras llamaradas,

de súbito despierta.

MARGARITA

¡Quisiera huir!... Me angustian los lamentos

del órgano sonoro;

mi corazón desgarran los acentos

de ese fúnebre coro.

CORO

_Judex ergo cum sedebit,_

_quidquid latet apparebit,_

_nil inultum remanebit._

MARGARITA

¡Oh cielos! ¡Sobre mí vienen los muros

del templo, y juntamente

bajan los arcos lóbregos y oscuros!

¡Qué opresión!... ¡Aire! ¡Ambiente!

EL ESPÍRITU MALO

¿Dónde te escondes? ¿Dónde te sepultas?

Allá donde tú fueres

la deshonra verán, que en vano ocultas;

¡y aún luz, y aún aire quieres!...

CORO

_Quid sum miser tunc dicturus?_

_quem patronus rogaturus?_

_cum vix justus sit securus._

EL ESPÍRITU MALO

¡Pobre de ti! Los bienaventurados

con severos enojos

apartan de tu rostro, avergonzados,

sus ofendidos ojos.

Niégante ya los corazones puros

piedad en tu ruina:

¡Ay de ti!

CORO

_Quid sum miser tunc dicturus?_

MARGARITA

¡El frasquito, vecina!

(_Cae desmayada._)

[Ilustración]

[Ilustración]

NOCHE DE SANTA VALPURGIS

_Montañas del Harz. Alrededores de Schierke y de Elend._

FAUSTO, MEFISTÓFELES

MEFISTÓFELES

¿No echas de menos el palo

de alguna escoba embrujada?

Aún es larga la jornada,

doctor, y el camino malo.

Yo prefiero un buen cabrón,

que el firme espaldar me dé.

FAUSTO

Yo, mientras me tenga en pie,

no más quiero este bastón.

¿Por qué abreviar el camino?

En las retorcidas calles

de estos bosques y estos valles

vagar sin rumbo ni tino;

escalar las rocas duras,

donde escondida la fuente

derrama constantemente

sus linfas claras y puras,

es el hechizo gentil

de estos senderos cansados.

¿No ves por selvas y prados

correr la savia de abril?

Si hasta el pino en las montañas

siente el fuego bienhechor,

¿cómo tan dulce calor

no late en nuestras entrañas?

MEFISTÓFELES

No ardió jamás en las mías.

Tengo en el alma el invierno:

hollar hielo sempiterno

quisiera y escarchas frías.

¡Cuán menguado el turbio disco,

tarda luna, elevas hoy!

A tu luz escasa voy

tropezando en cada risco.

Mejor esos fatuos fuegos

nuestro paso alumbrarán.

Míralos: volando van

en extravagantes juegos.

Acudid, y vuestra lumbre

no inútilmente se encienda:

iluminad nuestra senda

hasta llegar a la cumbre.

EL FUEGO FATUO

Haré por servirte bien,

mi natural contrariando,

pues mi ley es ir vagando

en caprichoso vaivén.

MEFISTÓFELES

Fausto: Primera parte · 第 8 / 11 段