En cierta técnica de novela francesa, estilo Flaubert, se pone como
dogma que el autor debe ser sereno, impasible, que no debe tener
simpatía ni antipatía por sus personajes.
¿Son esta serenidad y esta impasibilidad reales? Yo creo que no. Me
parece muy difícil que lo que se inventa con pasión y con entusiasmo
sea indiferente. Se podrá fingir la indiferencia, pero nada más.
Una condición curiosa de Dostoievski, y que no creo que tampoco
dependa de su técnica, es la inseguridad que manifiesta en la simpatía
o antipatía por sus personajes. Tan pronto uno de sus personajes le
parece simpático como antipático, lo que da la impresión de que el
autor es extraño a sus tipos, y que ellos se desenvuelven por sí solos.
Este resultado, que es, en último término, de gran valor artístico, no
me figuro que sea deliberado, sino más bien una consecuencia de un
desdoblamiento mental por un lado y de otro de premura de tiempo.
Pensando como puede pensar un latino, y un latino normal, es imposible
no tener simpatía o antipatía deliberada por los tipos inventados o
vistos.
También se asegura que el autor no debe hablar nunca por su voz, sino
por la de sus personajes.
Esto se da como indiscutible; ¿pero no hablaron con su propia voz,
interrumpiendo sus textos, Cervantes y Fielding, Dickens y Dostoievski?
¿No interrumpía Carlyle la historia con sus magníficos sermones? ¿Por
qué no ha de haber un género en que el autor hable al público, como el
voceador de las figuras de cera en su barraca?
Algunos suponen que esto no puede ser, porque la novela se ha
perfeccionado mucho desde entonces. ¡Qué candidez!