El escritor, sobre todo el novelista, tiene un fondo sentimental que
forma el sedimento de su personalidad. Esta palabra sentimental se
puede emplear en un sentido peyorativo de afectación de sensibilidad,
de sensiblería; yo no la empleo aquí en ese sentido.
En ese fondo sentimental del escritor han quedado y han fermentado sus
buenos o sus malos instintos, sus recuerdos, sus éxitos, sus fracasos.
De ese fondo el novelista vive; llega una época en que se nota cómo ese
caudal, bueno o malo, se va mermando, agotando, y el escritor se hace
fotográfico y turista. Entonces va a buscar algo que contar, porque se
ha acostumbrado al oficio de contador; pero ese algo ya no está en él y
lo tiene que coger de fuera.
Hay escritores que han tenido un fondo sentimental muy grande: Dickens,
Dostoievski; otros lo han tenido escaso, como Flaubert, Galdós y el
mismo France.
Algunos, como por ejemplo Zola, han sido desde el principio
fotográficos y de aire turista, evidentemente muy en grande.
Todos los novelistas, aun los más humildes, tienen ese sedimento
aprovechable, que es en parte como la arcilla con la que construyen sus
muñecos, y en parte como la tela con la que hacen las bambalinas de sus
escenarios.
Respecto a mí, yo he notado que mi fondo sentimental se formó en un
período relativamente corto de la infancia y de la primera juventud,
un tiempo que abarcó un par de lustros, desde los diez o doce hasta
los veintidós o veintitrés años. En ese tiempo todo fue para mí
transcendental: las personas, las ideas, las cosas, el aburrimiento;
todo se me quedó grabado de una manera fuerte, áspera e indeleble.
Avanzando luego en la vida, la sensibilidad se me calmó y se me embotó
pronto y mis emociones tomaron el aire de sensaciones pasajeras y más
amables, de turista.
Ahora mismo, al cabo de treinta años de pasada la juventud, cuando
trato de buscar en mí algo sentimental que vibre con fuerza, tengo que
rebañar en los recuerdos de aquella época lejana de turbulencia.
Lo actual tiene ya desde hace mucho tiempo en mi espíritu aire de
archivo de fotógrafo, de ficha fría con cierto carácter pintoresco o
burlón. Esto es el agotamiento, la decadencia. Yo creo que ese fondo
sentimental que en uno está unido a su infancia o a su juventud, en
otro a su país, en otro a sus amores, a sus estudios o a sus peligros,
es lo que le da carácter al novelista, lo que le hace ser lo que es.
¿Qué influencia puede tener la técnica de la novela tan desconocida,
tan vaga, tan poco eficiente en ese fondo turbio formado por mil
elementos oscuros, la mayoría inconscientes, de la vida pasada? Yo creo
que poca o ninguna.
El acento es todo en el escritor, y ese acento viene del fondo de su
naturaleza. El manantial de agua sulfurosa no olerá nunca como la
marisma; allá donde haya fermentaciones la atmósfera será fétida, y en
el prado lleno de flores olorosas el ambiente vendrá embalsamado.
La más sabia de las alquimias no podrá convertir nunca la emanación
pútrida en un aroma embriagador, y todas las fórmulas y las recetas
para ello serán inútiles.