Hace tiempo trabajaba en mi casa un carpintero madrileño, llamado
Joaquín, que vivía en la calle de Magallanes, cerca de los cementerios
abandonados próximos a la Dehesa de la Villa. Este carpintero sabía de
su oficio y de otros oficios una cantidad tal de palabras técnicas,
que a mí me maravillaba. Yo, de tener influencia, le hubiera enviado a
la Academia Española para confeccionar el diccionario. Un día Joaquín,
en una obra, estaba discutiendo con unos cuantos cocineros, pinches,
pasteleros y confiteros acerca de la superioridad de unas profesiones
sobre otras, y el carpintero, en el calor de la discusión, dijo:
—A mí un oficio en el que no se emplea el metro, no me parece oficio ni
_na_.
Me chocó la frase y me pareció que Joaquín tenía razón. Un oficio en el
cual no se emplea el metro es un oficio sin exactitud y sin seguridad.
Ahora hay que reconocer que el oficio de novelista no tiene metro.
Estamos en esto a la altura de los cocineros, de los salchicheros y
de los pasteleros, y no nos parecemos nada a los relojeros, a los
agrimensores, a los mecánicos, ni siquiera a los poetas, que tienen
también un metro, aunque este no sea igual a la diezmillonésima parte
del cuadrante del meridiano terrestre.
Huérfanos de metro estábamos y seguiremos estándolo, probablemente,
durante toda la eternidad.
Lo único que sabemos es que para hacer novelas se necesita ser
novelista, y que aun eso no basta.