LA POSIBILIDAD DE AMPLIFICAR

Nuestro amigo, y en muchas materias maestro, supone que es fácil

amplificar, inventar detalles para dar más cuerpo a una novela. No

veo yo tal facilidad. Es decir, es fácil eso ante el profano, que no

distingue muy bien la piedra del cemento armado; pero para el que ha

aguzado la sensibilidad sobre este punto con la práctica del oficio, es

muy difícil.

Un personaje, visto o entrevisto, no es como un concepto ideológico,

que se amplía si se quiere voluntariamente. Un concepto tiene una

historia filológica, espiritual y anecdótica, y una porción de

derivaciones. De la coquetería, de la vanidad, del pudor o del amor

propio, se puede escribir toda una biblioteca.

Tampoco un personaje es como un pueblo, que un viajero puede ver desde

un auto en su vaga silueta, y un empleado que viva en él conocerlo con

todas sus calles y plazuelas, con sus historias, sus chismes y sus

cuentos. No.

Hay personajes que no tienen más que silueta y no hay manera de

llenarla. De algunos a veces no se pueden escribir más que muy pocas

líneas, y lo que se añade parece siempre vano y superfluo.

El detalle inventado y mostrenco salta a la vista como cosa muerta.

Dostoievski inventa y amplifica, porque recuerda pequeños detalles como

hechos de gran importancia, como un hiperestésico que es. Si no los

recordara no podría inventarlos, ni amplificarlos.

Claro que hay gente que no distingue un plato de engrudo de un plato

de crema, ni distinguiría un pastel hecho de serrín de otro de

hojaldre; pero para esa gente está el artículo de fondo y las grandes

lucubraciones de la Prensa.

El escritor puede imaginar, naturalmente, tipos e intrigas que no

ha visto; pero necesita siempre el trampolín de la realidad para

dar saltos maravillosos en el aire. Sin ese trampolín, aun teniendo

imaginación, son imposibles los saltos mortales.

Sin base de la realidad se va al cuento fantástico de _Las Mil y Una

Noches_, bueno para los chicos, pero que aburre a los mayores. A los

hombres nos gusta la aventura, nos parece bien ir en el barco a lo

desconocido; pero nos gusta también comprobar de cuando en cuando con

la sonda que hay debajo de las aguas oscuras un fondo de roca, es

decir, de realidad.

La necesidad de la verdad del detalle la siente el novelista moderno

hasta el punto de que todo lo que es engarce, montura, puente entre

una cosa y otra, en el fondo arte literario aprendido, técnico, le

fastidia. De ahí que para muchos, entre los cuales yo me cuento,

sea más ameno y divertido leer las anécdotas de Chamfort que a

Chateaubriand o a Flaubert.

Es más: ya dentro de la vulgaridad cotidiana, casi prefiere uno

el novelista de mala técnica, ingenuo, un poco bárbaro, que no el

fabricante de libros hábiles, que da la impresión de que los va

elaborando con precisión en su despacho, como una máquina hace tarjetas

o chocolate.

La habilidad es de lo que más cansa en literatura y en el arte.

—Es tan bruto —decía un amigo mío de un cantor— que no sabe desafinar.

En parte tenía razón. A veces una torpeza individual divierte e

interesa más que una perfección, que es de todos.

Un libro de pocas figuras y de poca acción, no es fácil que se

halle defendido por la observación ni por la fantasía; más bien

está defendido principalmente por la retórica, por ese valor un

poco ridículo de los párrafos redondos y de las palabras raras, que

sugestiona a todos los papanatas de nuestra literatura, que creen

con su buen cerebro lleno de fórmulas amaneradas, que la palabra

desconocida y el runrún del párrafo es el máximo de la originalidad y

del pensamiento.

No hay observación posible real sobre dos o tres figuras que llene

naturalmente un libro de trescientas páginas, como no hay historia

clínica, por complicada que sea (y no pretende uno que la novela haya

de ser patología), que pueda tener veinte páginas de un libro corriente.

El autor de la historia clínica larga, la llena de erudición; el

novelista que con pocas figuras escribe un libro grueso, lo hace a base

de retórica, que es otra forma de erudición del escritor.

La pesadez, la morosidad, el tiempo lento no pueden ser una virtud. La

morosidad es antibiológica y antivital. Cuando se estudia fisiología,

se ve que en el cuerpo humano hay nervios con dos y tres y más

funciones; no sé si por eso al organismo se le llama economía; lo que

no se ve jamás en lo vivo, es que lo que se puede hacer rápidamente, se

haga con lentitud, ni que lo que pueda hacer un nervio, lo hagan dos.

Con el tiempo, cuando los escritores tengan una idea psicológica

del estilo y no un concepto burdo y gramatical, comprenderán que el

escritor que con menos palabras pueda dar una sensación exacta es el

mejor.

Además, al emplear un tipo de novela pesada y morosa, habría

necesariamente que proscribir todo lo que fuera gracia e insinuación

ligera.

Para un espíritu impresionable, muchas veces el insinuar, el apuntar,

le basta y le sobra; en cambio, el perfilar, el redondear, le

fastidia y le aburre. Cada cosa tiene un punto en su extensión y en

su perfección muy difícil de saber cuál es. Una cómoda, bruñida y

barnizada, está bien; una torre de piedra, bruñida y barnizada, estaría

mal.

Si bastara hacer detallado para hacer bien, todo el mundo construiría

maravillas.

Hay que tener también en cuenta que los que escribimos y los que leemos

vivimos en una época rápida, vertiginosa, atareada, que no deja más

que cortas escapadas a la meditación y al sueño.

No es solo al novelista a quien le cuesta trabajo cerrar su novela, es

al lector a quien le molesta a veces el local demasiado cerrado; de ahí

que el novelista que ha sido sobre todo lector y que mide la capacidad

y la resistencia de los demás lectores por la suya, tenga en sus libros

que poner muchas ventanas al campo.

Una dama amable e inteligente me escribía desde París, no hace mucho,

con motivo de _Las Figuras de Cera_, novela mía, que dentro de lo que

yo puedo hacer se me figura que está bien, y en cuyo prólogo, cosa que

ya no haré más, he tenido la candidez de decir que no me satisfacía.

Esta dama me escribía: «El último libro de usted me parece muy vago, y

tengo que hacer grandes esfuerzos para entrar en él y tomar interés por

tantos personajes».

—Pero, querida amiga —le hubiera dicho yo—, ¿cómo no va a resultar vago

mi libro, u otro cualquiera, en un gran hotel, entre el ir y venir de

la gente, el tomar el auto, el ir al restaurante, el acudir al teatro

y el recibir visitas, sin poder tener un momento de recogimiento y de

reposo? Todos los libros resultan vagos en medio del tráfago de la

vida, y esto no es defender el mío, que por otra parte creo que está

bien.

¿A qué político que vaya a defender su gestión en el Parlamento, a qué

bolsista que marche a la Bolsa a ver una cotización de la que depende

su fortuna, a qué hombre a quien le van a hacer una operación grave

le entretiene una novela? A nadie. Ni tampoco le entretiene al hombre

que va a ver a una mujer, ni a la mujer que va a ver al novio o a la

modista, ni al comerciante que va a hacer un negocio, ni al industrial

que tiene encima un conflicto obrero.

El libro no es un manjar propio de morralla humana, atareada y afanosa;

el libro es para el que cuenta con algún tiempo, para el que tiene

calma y tranquilidad y encuentra momentos de reflexión y reposo, y hoy

¡hay tan pocas personas en estas circunstancias! Porque no basta tener

dinero o una preeminencia social para no estar dentro de la morralla

humana. Hay la morralla rica y la morralla pobre, y esta última es

quizá la menos antipática de las dos.

Yo en Madrid he conocido muy pocas personas que hayan leído a Balzac, a

Dickens o a Tolstoi; pero lo extraño es que en París y en Londres hay

también poca gente que los haya leído íntegramente. ¡Son libros tan

largos!, dice la mayoría. Hoy asusta una novela de dos o tres tomos

gruesos, y las que se resisten es porque hablan con detalles de duques,

de príncipes y de banqueros judíos y de toda esa quincallería social

que hace las delicias de los rastacueros, que creen que se traspasa

algo del valor mundano al valor literario, cosa que es perfectamente

falsa, porque todas las joyas, las preseas, los palacios, las duquesas

y los banqueros no dan nada a la literatura.

Si a la gente actual, metida en un mecanicismo constante, mecanicismo

que llena la vida de superficialidades y no cansa del todo, se pretende

arrastrarla y encerrarla en un pequeño mundo, estático y hermético,

aunque sea bello, se puede tener la seguridad de que se opondrá.

Y si la novela quisiera prescindir del público, no solo del de hoy,

sino del posible de mañana, y volver sobre sí misma, tendría el peligro

de convertirse en una obra de chino, como aquellas bolas de marfil, una

dentro de otra, que hacían los ciudadanos del eximperio celeste.

La nave de los locos · 第 32 / 149 题