Un poco, como consecuencia del gusto por la unidad estrecha del asunto
y por la novela cerrada, es el presentar en ella pocas figuras. Todo
lo que sea poner muchas figuras, es naturalmente abrir el horizonte,
ensancharlo, quitar unidad a la obra. En esto se nota, creo yo, la
influencia de la cultura clásica y de la medieval. Lo clásico tiende a
la unidad, lo romántico a la variedad.
El arte de aire medieval es esencialmente vario; el libro, el cuadro,
el poema inspirado por un espíritu gótico, tiene muchas figuras. Así
ocurre en la obra de Mantegna, Fray Angélico, Brueghel, Shakespeare o
el Arcipreste de Hita. En la época en que triunfa el latinismo y sus
reglas, la obra tiende a la unidad, y Rafael, Racine o Voltaire buscan
el hacer sus composiciones con el mínimum de figuras.
Nuestro ensayista nos pone como ejemplos de unidad y de variedad, no
dos tipos de novela, que esto debía haber puesto, sino dos tipos de
teatro: el teatro francés y el español.
A mí, el teatro francés clásico, excepto Molière, me aburre por su
monotonía y por su afectación. Respecto al teatro español antiguo,
no creo yo presente gran variedad de personajes vivos; por eso no
me entusiasma. Hay, sí, variedad de intrigas, pero no de tipos. La
intriga, sin sus tipos correspondientes, no es nada. Se pueden tomar de
la Historia a cientos.
En nuestro teatro, el galán y la dama, el viejo y el gracioso, son
siempre los mismos, que ocurra la acción en Babilonia o en Vallecas.
Hay diez o doce personajes que se repiten, y estos personajes, con
raras excepciones, no están vistos, ni en la realidad, ni en el sueño,
sino que están inventados sobre patrones conocidos.