Además de la permeabilidad de mis libros, otra de las cosas que me
reprochan es que la psicología de Aviraneta y de los demás personajes
míos no es clara ni suficiente, ni deja huella.
Yo no sé si mis personajes tienen valor o no lo tienen, si se quedan o
no en la memoria.
Supongo que no, porque habiendo habido tanto novelista célebre en el
siglo XIX que no han llegado a dejar tipos claros y bien definidos, no
voy a tener yo la pretensión de conseguir lo que ellos no han logrado.
Respecto a Aviraneta, ya veo que a este tipo, como creación mía, le
faltan elementos importantes; por ejemplo, el sentido de lo patético.
Yo podría suplirlo, al menos para el vulgo, con una simulación
retórica; pero eso, en el fondo, no me satisface.
Respecto a que su psicología no sea clara y suficiente, yo pregunto:
¿cuál es entre los tipos literarios modernos, actuales, el que tiene
una psicología bien explicada?
Veamos un héroe histórico, pintado por Galdós en uno de sus Episodios.
Galdós hace un tomo sobre el Empecinado. ¿Y qué es el Empecinado de
Galdós? El Empecinado de Galdós es un pobre patán muy noble, muy
bueno, muy valiente, que no sabe hablar; es decir, está caracterizado
como un tipo de teatro, como un alcalde de aldea de género chico, por
decir _marchemos_, cuando debe decir _marchamos_, _dir_ por _ir_, y
cometer otras faltas y solecismos. La cosa no puede ser más simple ni
más primaria. Para mí, al menos, lo interesante en el Empecinado sería
lo interno, lo psicológico, el saber la evolución de su espíritu; no
saber su manera de hablar, que, a pesar de lo que supone Galdós, yo
me figuro que el guerrillero, como castellano viejo, hablaría bien, y
probablemente, con corrección.
Pero vayamos a otros escritores que tienen fama de ser más psicólogos.
¿Qué mapa psicológico hay entre la producción novelesca moderna que
pueda ponerse como modelo?
¿Quiénes son los novelistas actuales que han podido crear tipos que
lleven como una vida independiente de su autor? ¿Quiénes son los que
han pintado sombras que no son la proyección de sí mismos? Yo no
conozco a ninguno.
Le preguntaba yo hace tiempo al doctor Simarro, en el estudio de
Sorolla, pensando cándidamente que Simarro podía saber algo de esto:
¿Qué característica psicológica puede tener el héroe? ¿Qué puede haber
en él de específico? Y él contestaba: «Solo las ideas».
Esto, para mí, era una tontería completa, porque existen, sin duda
alguna, héroes en los bandos contrarios y distintos. Si puede haber un
héroe de la religión y un héroe del libre pensamiento, un héroe de la
Monarquía y otro de la República, es evidente que la calidad de las
ideas no es lo que hace al héroe, sino una exaltación espiritual, de
origen desconocido, que se puede poner en una cosa o en otra.
¿Quién ha señalado la última razón psicológica que mueve a los hombres?
Yo no lo sé. ¿Quién ha marcado, aun en el muñeco del Guignol, por qué
esta figura odia y la otra quiere? Yo no advierto que en la literatura
haya como un modelo que se pueda poner de ejemplo de psicología clara y
suficiente.
Veamos los escritores de fama de ser más psicólogos, por ejemplo,
Stendhal y Dostoievski.
No cabe duda que el Fabricio del Dongo, de la Cartuja de Parma, una
de las novelas más elogiadas de Stendhal, suponiendo que existiera,
podría hacer lo que hace y podría hacer también lo contrario de lo que
hace. Las acciones de Fabricio no están motivadas claramente por su
psicología. Nadie, ni el más lince, leyendo la primera parte del libro,
llegará a presumir lo que va a pasar en la segunda.
Respecto a Julián Sorel, de _Le Rouge et le Noir_, parece más
determinado.
Se sabe cuál es el proceso que dio origen a la novela de Stendhal,
denominada con este título.
Un estudiante de cura, llamado Berthet (en la novela Sorel), guapo,
reconcentrado, inteligente, entra de preceptor en la familia de Madame
de La Tour (en la novela Madame Renal); le hace el amor hábilmente y va
a conquistarla cuando el marido lo nota, y lo echa de casa. Berthet se
refugia, por algún tiempo, en el Seminario, y, al salir de él, entra de
nuevo de preceptor de la hija del conde de Cordón, pone sus redes para
seducir a la niña (en la novela, Matilde de la Mole), y el padre, al
saberlo, lo echa de casa. Entonces Berthet, desesperado y roído por el
despecho, viendo por otra parte que el escándalo levantado alrededor de
su nombre le impide ser cura, va a la iglesia del pueblo, encuentra a
Madame de La Tour rezando y la mata de un pistoletazo, como Sorel, en
la novela, mata a Madame Renal.
El argumento en sí y la psicología en conjunto del personaje ambicioso
son mucho más lógicos en el proceso verdadero que en la novela de
Stendhal. El tiro a la Madame de La Tour, en la realidad, está muy
legitimado. Es el despecho del seminarista al verse cogido, humillado,
sin porvenir. En la novela, no. En la novela, Sorel es un hombre que ha
triunfado; es rico, poderoso, tiene una posición, ha enamorado a dos
mujeres extraordinarias, de un tipo que no se puede encontrar más que
rara vez, si es que alguna vez se encuentra en la vida. ¿Por qué va a
tener despecho y rabia?
Antes de saber en dónde estaba inspirado _Le Rouge et le Noir_, siempre
me produjo una sensación de cosa absurda el tiro de Sorel a Madame
Renal.
Se ve que Stendhal, al aprovechar el proceso Berthet y al arreglarlo a
su modo, produjo una serie de contradicciones psicológicas.
El quería hacer de su héroe el hombre inteligente, oscuro y plebeyo,
que triunfa sin abdicar en nada; quería que Madame Renal fuese
encantadora, de un encanto no corriente; que el marido fuese un
imbécil, lo que dentro de las pragmáticas del romanticismo era
indispensable, pero que en la vida no sucede siempre; que la señorita
de La Mole fuese extraordinaria, y otra porción de cosas imaginadas,
que no son nunca en la realidad así.
En este sentido se ve que _Le Rouge et le Noir_ es tan sueño como puede
ser un cuento de niños, y tan lejos de la perfección psicológica como
una novela de caballería.
Si un novelista de tantas condiciones como Stendhal hubiera escrito
otra novela, sin apartarse nada del proceso Berthet, haciéndole al
héroe fracasado en sus amores y en su carrera, se hubiera dicho: ¡Qué
pesimismo! La vida no es así.
Si la vida es así, con raras excepciones, es turbia, oscura, sin
brillo. La novela quizá es la que no debe ser como la vida.
Respecto a Dostoievski, sus personajes son indudablemente claros y con
una psicología claramente determinada; pero lo son así, no solo porque
están construidos por un hombre genial, sino porque todos son locos e
inconscientes.
En Dostoievski, lo inconsciente domina, y lo inconsciente es más
instintivo, más fatal y más lógico que lo racional. Así llegaríamos
a una solución, a primera vista absurda, pero que no lo es, y que
consistiría en afirmar que los personajes de psicología más clara
y mejor determinada son los inconscientes y los locos. Los héroes
antiguos clásicos, Aquiles, Ulises o Eneas, eran indudablemente sanos,
limitados y mediocres; los héroes modernos, en cambio, desde Don
Quijote y Hamlet hasta Raskolnikof, son inspirados y locos. Toda la
gran literatura moderna está hecha a base de perturbaciones mentales.
Esto ya lo veía Galdós; pero no basta verlo para ir por ahí y
acertar; se necesita tener una fuerza espiritual, que él no tenía, y
probablemente se necesita también ser un perturbado, y él era un hombre
normal, casi demasiado normal.
El que tiene fuerza para ser en literatura un gran psicólogo, se hunde
poco a poco en la ciénaga de la patología. Ese pantano, que no tiene
gran cosa que ver con la ridícula perversidad, casi siempre industrial,
de los escritores eróticos, está indudablemente habitado por monstruos
extraños y sugestivos. El cazador de monstruos debe ir ahí.
Yo no he pretendido nunca marchar por esos derroteros, y Aviraneta
presenta, como mis demás personajes, el tipo mal determinado del
hombre que es esencialmente racional; por lo tanto, reflexivo
y tranquilo. No tiene, ni pretende tener, el fatalismo de lo
inconsciente. Tampoco tiene por dentro ese calor de fuego de turba del
horno del Norte, muy próximo a la exaltación y al misticismo, ni el
crepitar de la hoguera de paja y de sarmientos del mediodía, que brilla
y no calienta.