Suponemos que hay una novela permeable, algo como la melodía larga,
y otra impermeable y bien limitada, como la melodía con ritmo muy
marcado. Un burlón diría que la novela impermeable es para días de
lluvia, y la otra, para días de sol; pero el chiste, fácil y de aire
callejero, no nos impresiona.
La ventaja de la impenetrabilidad, de la impermeabilidad, con relación
al ambiente verdadero de la vida se compensa en la novela con el
peligro del anquilosamiento, de la sequedad y de la muerte.
Es lo que ocurre con una maceta: la maceta porosa se confunde, en
parte, con la naturaleza de alrededor; su superficie se llena de musgos
y de líquenes, la tierra que está dentro y lo que vive en ella se
nutre, respira, experimenta las influencias atmosféricas; en cambio,
en el jarrón, en el búcaro vidriado, la planta y su tierra están bien
aisladas, pero no hay movimientos de dentro a fuera, ni al contrario;
no hay ósmosis y endósmosis y la planta corre el peligro por la pobreza
cósmica de ir al raquitismo y a la muerte.
En otro sentido, algo semejante ocurre con el jardín clásico y con el
romántico: si el jardinero del jardín clásico exagera la tendencia a
la simetría y a la unidad, hace un jardín de piedras, de jarrones, de
estatuas, en donde la naturaleza apenas se presenta más que tímidamente
y enmascarada; en cambio, si el jardinero del jardín romántico exagera
la naturalidad, hace perder fácilmente el carácter al jardín para
convertirlo en un trozo de bosque o de selva.
La limitación está bien, pero siempre que no nos dé la impresión de una
fatalidad o de un determinismo inexorable. Si llega a esto, entonces la
limitación es trágica, y en nuestra época, de un trágico impertinente y
grotesco.
Que un señorito de Santander tenga dificultades, por la diferencia de
clases, para casarse con la hija de un pescador, está bien; pero que
estos impedimentos, como en una novela de Pereda, sean tan terribles
para cortar los amores y hacer de dos personas dos seres desgraciados,
es un tanto ridículo.
Al fin y al cabo, el mundo es un poco más grande que Santander y que
sus clases sociales, y yo supongo que el personaje de Pereda, por muy
santanderino que sea, prefiera vivir, con una mujer que le guste, en
León, en Oviedo o en Ribadeo, que no con una mujer que le parezca
antipática en el mismo Santander.
La limitación me parece bien hasta llegar a gozar de las perspectivas
visuales del topo, pero siempre con la esperanza de poder tener a veces
el punto de vista y la mirada del águila.