—No se puede inventar una intriga nueva —dice nuestro ensayista—. El
filón está agotado.
No lo creo. Ni aun en las ciencias que parecen más firmes se ha dicho
la última palabra.
Carlyle, a pesar de su desconfianza en la ciencia, dice, al principio
de _Sartor Resartus_, que las teorías astronómicas de Lagrange y
Laplace son perfectas. Hoy se ve que no hay tal perfección.
En la literatura, tampoco creo que esté todo dicho. Si un hombre de la
imaginación de Poe viviera hoy, es muy posible que encontrara en las
ideas actuales grandes elementos para urdir nuevas intrigas literarias;
el que en la hora actual no haya escritores de imaginación poderosa,
no quiere decir que no haya posibilidad de inventar. Hace veinte años,
ninguno hubiera pensado que en la Física pudiera aparecer una teoría
nueva como la de la relatividad.
—Usted mismo, con relación al teatro, supone que es muy difícil el
inventar nuevos argumentos —dice el ensayista.
—Es verdad —contesto yo—; pero el teatro no es un arte puro: es un
arte mixto que está condicionado por el público, por los cómicos, por
las bambalinas, por el carpintero, por el sastre y por una porción de
cosas más. Una obra de teatro que se escriba, sin la obligación de ser
representada, puede tener, naturalmente, la misma originalidad que
cualquiera otra literaria.