Existe la posibilidad de hacer una novela clara, limpia, serena,
de arte puro, sin disquisiciones filosóficas, sin disertaciones
ni análisis psicológicos, como una sonata de Mozart, pero es la
posibilidad solamente, porque no sabemos de ninguna novela que se
acerque a ese ideal.
Escriben, yo lo he leído en alguna parte, que cuando se estrenó el _Don
Juan_, de Mozart, el rey o uno de los personajes de la corte dijo al
músico:
—Su ópera está muy bien; pero hay en ella demasiadas notas.
A lo cual contestó el maestro con sencillez:
—No hay más que las necesarias.
¿Quién puede decir algo parecido en literatura? ¿Quién puede tener la
conciencia de no haber dicho, ni más ni menos, que lo necesario? Nadie.
Ni Homero, ni Virgilio, ni Shakespeare, ni Cervantes, lo podrían decir,
defendiendo sus obras.
Hay, no cabe duda, la posibilidad de esa novela clara, limpia, serena,
sonriente, sin nada atormentado; pero, por ahora, vemos la posibilidad
y no el camino de realizarla.
Aunque viéramos ambas cosas, la posibilidad y el camino, no sería fácil
que los escritores que hemos comenzado la vida cuando triunfaban los
apóstoles de la literatura social: Tolstoi, Zola, Ibsen, Dostoievski,
Nietzsche, pudiéramos hacer obras claras, limpias, serenas, de arte
puro.