LA SOBERBIA

Como una especie de vicio inicial, que tiene que dar defectuosa

coloración a las opiniones mías, el ensayista supone en mí un fondo

nativo de soberbia por mi carácter vasco.

Según él, el vasco, en bueno o en malo, es un cerebro hermético.

Lo que le nace espontáneamente en el espíritu es fuerte, pero poco

perfeccionable, por no poder asimilar lo pensado por los demás.

Quizá sea esto así, aunque yo no lo creo exclusivo del vasco, sino

patrimonio de todas las razas campesinas, de escasa vida ciudadana y

casi únicamente rurales. Además, si yo, en general, me siento vasco,

a veces, por no ser una cosa sola y aunque no tenga condiciones de

banquero, me siento lombardo, y a veces solo terrestre. ¿Quién sabe a

punto fijo lo que es y de qué rincón del planeta viene?

Con alguna petulancia y para demostrar mi vasquismo, es decir, mis

pocas condiciones de asimilación, digo yo, hablando de nuestro tema

habitual en el viaje, que en la producción novelesca de los treinta

o cuarenta años últimos no he visto nada que me parezca algo nuevo

en técnica o en psicología pura. Me parece que en los libros de los

pasados decenios no hay apenas lección aprovechable ni gran enseñanza.

No es que no haya talentos, talentos los hay siempre, pero no es época

de invenciones literarias.

Cierto es, y hay que tenerlo en cuenta, que el novelista cuando ya no

es joven lee pocas novelas, y si las lee las lee sin entusiasmo, y le

gusta en general más la obra de un historiador, de un viajero o de

un ensayista, que la de cualquier compañero suyo, fabricante de cosas

inventadas.

Quizá en parte por esto la producción novelesca de los últimos años me

interesa poco y me da la impresión de algo débil, flojo y forzado, con

mucho barniz y mucha purpurina para hacer efecto. Es esa producción

como la ola del mar, que apenas llega a alcanzar en la playa a las que

la precedieron.

Las generaciones tienen su sino, como las olas: unas avanzan más, otras

no llegan ni pasan a las anteriores.

Una afirmación así, de poco entusiasmo por la obra moderna, es para

algunos incomprensión y soberbia pura. Es igual. A mí la palabra no me

molesta.

Esto de la soberbia produce siempre una gran cólera. El haber asegurado

yo en un libro que me consideraba archieuropeo, ha indignado a muchos.

Yo no he dicho esto de mi archieuropeísmo en sentido de la cultura,

sino en sentido de antigüedad de raza. ¿Qué duda cabe que un vasco

es más antiguo en Europa que un eslavo, que un magiar y hasta que un

germano? La vanidad de la gente supone siempre que todo el mundo no

aspira más que a demostrar que es muy sabio y muy genial.

Hay personas que andan constantemente tratando de leerle a uno el

Kempis, sin duda como antídoto del supuesto y satánico orgullo.

Yo no leo a nadie el Kempis; primero, porque me parece una sarta de

vulgaridades sin ningún interés, y luego, porque no me hace daño la

soberbia ajena.

Dejando el Kempis a un lado, yo estoy convencido de que en estos

últimos treinta años no se ha hecho nada nuevo ni transcendental en la

novela. Alguno me preguntará: ¿Qué entiende usted por algo nuevo?

Indudablemente es muy difícil definir lo que es nuevo en literatura; es

más bien una sensación que un concepto. Para mí, un pequeño matiz, una

intriga más complicada, una ligera variación de la técnica me bastaría

para creer en la novedad.

La nave de los locos · 第 20 / 149 题