Generalmente, cuando las personas discuten hay siempre un conflicto
de simpatías contrarias, que, en vez de ponerse en claro desde el
principio, queda oculto de una manera no deliberada. Es posible que si
en vez de discutir los interlocutores fueran psicólogos puros, sin gran
fuerza vital, intentaran poner en claro sus tendencias, se explicasen
solamente, se definieran y dejasen de discutir.
Hoy mucha gente, satisfecha y llena de petulancia, llama incomprensión
a lo que debía llamarse sencillamente falta de simpatía.
Hoy le dicen a cualquiera, en serio, que no comprende la vida de
un pueblo, el discurso banal de un político o las piruetas de una
bailarina. Hay comerciante de Barcelona, de Bilbao o de Buenos Aires,
que cuando sale de su casa con su terno bien cortado y sus zapatos de
charol cree que es algo que debe de admirarse y de reverenciarse. Si no
se le admira cree que es porque no se le comprende, cosa ridícula, pero
que así es.
Dada la vanidad grotesca de la gente, se considera el comprender
sinónimo de elogiar. ¿Se elogia? Se comprende. ¿No se elogia? No se
comprende.
Una persona de cultura corriente, como yo, no comprenderá el griego o
el hebreo; comprenderá con mucha dificultad y parcialmente, si tiene
este extraño capricho, a Kant, a Riemann o a Einstein; pero no puede
menos de comprender, por torpe que sea, que la cocina francesa, las
obras de Anatole France o la plaza de la Concordia están bien. No se
necesita ser un lince para ello.
Lo que puede ocurrir, como me ocurre a mí, es que no se tenga ese
entusiasmo frenético de americano por la plaza, por la cocina o por el
escritor. Cierto que no simpatizar es lejanamente algo parecido a no
comprender, pero no es lo mismo.
Si mis interlocutores y yo hubiéramos sido bastante psicólogos para
comprendernos unos a otros con exactitud, quizá en vez de defender una
tesis, nos hubiéramos definido cada uno a nosotros mismos con absoluta
exactitud, y, después de definirnos, no hubiéramos tenido necesidad de
discutir.
En el fondo, toda opinión, toda tesis, es un alegato y una defensa de
sí mismo, de lo bueno y de lo malo que uno tiene.
Afirmado esto, claro es que uno no pretende lanzar sus ideas como si
fuesen conceptos fundamentales de la literatura, a lo más que aspira es
a que se consideren como puntos de vista subjetivos que pueden tener
algún valor para las personas de gustos y de tendencias afines.