Lo que debe ser la novela y la posibilidad de una técnica clara,
precisa y concreta, para este género literario ha sido la base de
nuestras discusiones.
Cuando no tenemos otra cosa mejor que hacer, cuando no nos encontramos
en la duda de seguir un camino u otro, de elegir la fonda de arriba o
la de abajo, cuando no tenemos la necesidad de escribir un trozo más
o menos elocuente en una tarjeta postal, volvemos a la técnica de la
novela.
Yo, desde hace tiempo, me hallo preocupado con esa técnica, no
precisamente con la general, sino con la mía propia y con la
posibilidad de modificarla y de perfeccionarla. Ahora, esto, sin duda
hacedero en teoría, no lo veo igualmente factible en la práctica, o,
mejor dicho, no encuentro su eficacia, porque al intentar proyectar mis
ideas técnicas sobre la construcción novelesca, se reducen a tan poco,
dan un resultado tan parecido a lo inventado por puro instinto, que mis
nuevos planes me desilusionan.
Tomando como motivo la técnica de la novela, los tres compañeros de
viaje nos batimos con razones mejores o peores y exponemos nuestros
respectivos puntos de vista. Después, en los momentos de abstracción
y de silencio, yo intento ver si llevo alguna luz a mi nuevo libro, en
estado embrionario, al que voy a llamar La Nave de los Locos.
Aunque algunos amigos no lo creen, no soy nunca terco en mis ideas;
la posibilidad de cambiarlas, no solo no me molesta; al revés, me
ilusiona. He ensayado en literatura todo cuanto he podido ensayar.
He huido de ser dogmático y he llegado a pensar, como lector de los
pragmatistas, que una teoría en la mayoría de los casos, vale más por
sus resultados y por su porvenir que por sus posibles aproximaciones a
la verdad.
He mirado también la literatura como un juego, por lo que tiene de
desinteresado, y no me he asido a ella en general, ni a mis obras
en particular con la fuerza del amor propio. Escucho siempre con
curiosidad los reparos que se ponen a mis libros y siento no me
los hagan más concretos y más detallados. Tener un censor agudo y
penetrante que tome la obra de uno, la diseque, señale sus deficiencias
y diga: Usted ha querido hacer esto y no lo ha hecho por tal o tal
razón, ha de ser para el escritor gran fortuna.
Claro, es muy posible que la mayoría de los defectos fundamentales
de un autor sean incorregibles y no haya manera de evitarlos; pero
seguramente debe haber otros a los cuales se puede poner remedio.
Aun con todas las limitaciones psicológicas, mejorar en lo posible el
producto espiritual de una manera consciente, debe ser muy agradable.
Yo he tenido siempre esta ilusión, aunque no la haya podido llevar a la
práctica.
Si yo pudiera depurar mis obras y mejorarlas, las depuraría y
mejoraría, en parte quizá por el público, pero principalmente por mí.
Tengo el amor de las cosas por ellas mismas, más que por sus resultados
pecuniarios o de fama, y aunque un pesimista me convenciera de que
haciendo libros peores y con algunas martingalas tendrían más éxito,
yo siempre los haría lo mejor que pudiera. En todo aquello por lo que
sintiera afición creo que me pasaría lo mismo.