Hablar con una mujer a solas está siempre bien. Aunque el diálogo no
tenga el más ligero matiz amoroso no se echa de menos una tercera
persona; en cambio, se habla mejor casi siempre con dos amigos que con
uno.
Al dialogar y razonar tres hombres, se completan uno a otro; dos
interlocutores suelen ser poco para divagar cómoda y agradablemente;
cuatro, demasiado; hay, pues, que decidirse por el trío, terceto,
trinidad amistosa o como se le quiera llamar.
Hemos salido de Madrid tres amigos en diciembre y estamos aguardando
en un pueblo de la costa de Málaga a que se termine la reparación de
una avería del auto. Los tres amigos somos escritores, discutidores
habituales y crónicos y aficionados a debatir ideas.
Para el que no nos conozca, debemos ser gente absurda; al que
tenga conocimiento de algunos de nuestros productos y nos lleve ya
catalogados como fabricantes de cosas vanas e inútiles, no le han de
chocar nuestras disquisiciones.
De los tres compañeros de viaje, uno es principalmente cultivador del
ensayo filosófico; el otro, especialista en cuestiones pedagógicas,
y yo casi exclusivamente cultivador de la novela, con o sin prólogos
doctrinales.
Después de comer en la fonda, nos asomamos los tres a un paseo frente
al mar. El paseo corre sobre un malecón por encima de la playa. Abajo,
en el arenal, descansan cerca del agua, varias barcas pequeñas, dos
o tres mayores con las velas remendadas y unas yuntas de bueyes. Los
pescadores, bronceados por el sol, van y vienen, preparando sus redes,
dando una nota de color con sus camisetas amarillas y rojas.
En el extremo de la playa, en una rinconada entre dos casas, un grupo
de hombres y de muchachos se dedica al juego del país, que consiste en
tirar una caña de azúcar al alto e intentar cortarla en el aire con una
navaja.
Estaríamos muy satisfechos de poder hacer algunas observaciones, quizá
algunas metáforas, sobre la belleza del Mediterráneo y la dulzura del
clima; pero el brillante mar latino se muestra oscuro, con un color de
mica, bajo el cielo encapotado. Es un día antimetafórico, y faltos de
posibilidad de apoyar en alguna base nuestra retórica, volvemos al tema
que durante todo el viaje nos ha servido de motivo de conversación.