Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y llega en fin a
Liria; descripción de su quinta, cómo fué recibido en ella y qué
gentes encontró allí.
Tomamos el camino de León, después el de Palencia, y, siguiendo nuestro
viaje a cortas jornadas, llegamos al cabo de veinte días a Segorbe,
y al día siguiente por la mañana entramos en mi quinta, que sólo
dista cinco leguas de aquella ciudad. Advertí que conforme nos íbamos
acercando mi secretario observaba con la mayor atención todas las
quintas que a diestra y siniestra se le ofrecían a la vista. Luego que
descubría alguna de grande apariencia, me decía enseñándomela con el
dedo: «Me alegrara que fuera aquél nuestro retiro.»
«No sé, amigo mío--le dije--, qué idea te has formado de nuestra
morada; pero si te la figuras como una casa magnífica, como la hacienda
de un gran señor, desde luego te digo que estás muy equivocado. Si
no quieres que tu imaginación se ría después de ti, represéntate
aquella casa campestre que Mecenas regaló a Horacio, situada en el
país de los Sabinos, cerca de Tívoli. Haz cuenta que don Alfonso
me ha hecho un regalo muy semejante a aquél.» «Según eso--replicó
Escipión--, sólo debemos esperar que tendremos por albergue una
cabaña.» «Acuérdate--repuse yo--que siempre te hice una descripción muy
modesta de ella, y si quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de
mi pintura, vuelve la vista hacia el río Guadalaviar y mira sobre su
orilla, junto a aquella aldehuela de nueve a diez casas, aquella que
tiene cuatro torrecillas, que ésa es mi quinta.»
«¡Diantre!--exclamó entonces asombrado mi secretario--. ¡Aquel edificio
es una preciosidad! Además del aspecto de nobleza que le dan sus
torrecillas, puede añadirse que está bien situado, bien construído
y rodeado de cercanías más deliciosas que los contornos de Sevilla,
llamados por excelencia «el paraíso terrenal». El sitio no podía ser
más de mi gusto, aunque nosotros mismos le hubiéramos escogido. Riégale
un río con sus aguas y un espeso bosque está brindando con su sombra al
que quiera pasearse aun en la mitad del día. ¡Oh qué amable soledad!
¡Ah mi querido amo, todas las trazas son de que permaneceremos en él
largo tiempo!» «Me alegro mucho--le respondí--de que te agrade tanto
nuestro retiro, del cual aun no conoces todas las conveniencias.»
Divertidos en esta conversación llegamos finalmente a la casa, cuyas
puertas nos fueron abiertas al punto que dijo Escipión que era yo el
señor Gil Blas de Santillana, que iba a tomar posesión de su quinta.
Al oír un nombre tan respetable para aquellas gentes, dejaron entrar
la silla en un espacioso patio, donde al punto me apeé. Apoyándome
gravemente de Escipión y haciendo de personaje, pasé a una sala, en la
que inmediatamente se me presentaron siete u ocho criados, diciendo
que venían a ofrecerme sus reverentes obsequios como a su nuevo señor,
habiéndolos don César y don Alfonso escogido para que me sirviesen,
uno de cocinero, otro de ayudante de cocina, otro de pinche de la
misma, otro de portero y los demás de lacayos, con prohibición a todos
de recibir de mí salario alguno, porque aquellos señores querían
corriesen de su cuenta todos los gastos de mi casa. El principal de
estos criados, y que como tal llevaba la palabra, era el cocinero, el
cual se llamaba maestro Joaquín. Díjome había hecho una buena provisión
de los mejores vinos de España y que, por lo tocante al aderezo de la
comida, habiendo tenido el honor de servir por espacio de seis años
en la cocina del señor arzobispo de Valencia, esperaba componer unos
platos que excitasen mi apetito. «Voy a disponerme--añadió--para dar
a vuestra señoría una prueba de mi habilidad. Mientras llega la hora
de comer, podrá vuestra señoría dar un paseo y visitar su quinta, para
reconocer si se halla en estado de ser habitada por vuestra señoría.»
Ya se puede considerar que yo no dejaría de hacer esta visita; y
Escipión, aun más curioso de hacerla que yo, me fué conduciendo de
pieza en pieza. Recorrimos toda la casa de arriba abajo, sin que ningún
rincón se escapase a nuestra curiosidad, por lo menos así nos lo
pareció, y por todas partes hallé motivos para admirar la gran bondad
que don César y su hijo tenían para conmigo. Entre otras cosas llamaron
mi atención dos aposentos adornados con unos muebles que, sin llegar a
ser magníficos, eran de buen gusto. Estaba el uno colgado de tapicería
de los Países Bajos, y en él una cama y sillas cubiertas de terciopelo,
todo bien conservado, a pesar de haberse hecho en tiempo que los moros
ocupaban el reino de Valencia. De igual gusto eran los muebles del otro
aposento: cubría sus paredes una colgadura antigua de damasco genovés,
de color de caña, con una cama y sillas de la misma tela guarnecidas
de franjas de seda azul. Todos estos efectos, que en un inventario
hubieran sido poco apreciados, parecían allí ostentosos.
Después de haber examinado bien todas las cosas, mi secretario
y yo volvimos a la sala, en la que estaba ya puesta una mesa con
dos cubiertos. Sentámonos a ella y al punto se nos sirvió una olla
podrida, tan delicada que nos dió lástima de que el arzobispo de
Valencia no tuviese ya al cocinero que la había sazonado. Verdad es
que teníamos buenas ganas y esto contribuía a que no nos supiese mal.
A cada bocado que comíamos, mis lacayos de nueva fecha nos presentaban
unos grandes vasos, que llenaban hasta el borde de un vino rico de
la Mancha. No atreviéndose Escipión a dejar ver delante de ellos la
satisfacción interior que experimentaba, me la daba a entender con
miradas expresivas, y yo le manifestaba con las mías que estaba tan
contento como él. Un plato de asado, compuesto de dos codornices gordas
que acompañaban a un lebratillo de exquisito gusto, nos hizo dejar la
olla podrida y acabó de saciarnos. Luego que hubimos comido como dos
hambrientos y bebido a proporción, nos levantamos de la mesa para ir
al jardín a dormir voluptuosamente la siesta en algún sitio fresco y
agradable.
Si mi secretario se había mostrado hasta entonces muy satisfecho de
cuanto había visto, aún lo quedó más cuando vió el jardín, que le
pareció comparable con el parterre del Escorial. Bien es verdad que
don César, que de cuando en cuando venía a Liria, tenía gusto en
hacerlo cultivar y hermosear. Todas las calles estaban bien cubiertas
de arena y enfiladas de naranjos; un gran estanque de mármol blanco,
en cuyo centro un león de bronce arrojaba copiosos chorros de agua,
la hermosura de las flores y la diversidad de frutas, todos estos
objetos embelesaron a Escipión. Pero lo que más le encantó fué una
prolongada calle de árboles que bajaban en declive continuando hasta
la habitación del arrendatario, cubierta con un espeso follaje de unos
frondosos árboles. Haciendo el elogio de un sitio tan a propósito para
preservarse del calor, nos detuvimos en él y nos sentamos al pie de un
olmo, adonde el sueño acudió presto a apoderarse de dos hombres algo
alegrillos que acababan de comer bien.
Dos horas después despertamos despavoridos al ruido de muchos
escopetazos disparados tan cerca de nosotros que nos asustaron.
Levantámonos precipitadamente, y para informarnos de lo que era
fuimos a la casa del arrendatario, y allí encontramos ocho o diez
aldeanos, todos vecinos del lugar, que disparaban y quitaban el orín
de sus escopetas para celebrar mi venida, que acababan de saber. La
mayor parte de ellos me conocían ya por haberme visto algunas veces
en aquella quinta ejercer el empleo de mayordomo. Apenas me vieron,
gritaron todos a un mismo tiempo: «¡Viva nuestro señor! ¡Sea bien
venido a Liria!» Diciendo esto, volvieron a cargar sus escopetas y me
obsequiaron con una descarga general. Recibílos con el mayor agrado que
me fué posible, pero guardando siempre gravedad, porque no me pareció
conveniente familiarizarme demasiado con ellos. Ofrecíles mi protección
y les di además como unos veinte doblones, expresión que, según creo,
no fué la que menos les agradó. Retiréme después con mi secretario,
dejándoles la libertad de echar todavía más pólvora al aire, y nos
fuimos al bosque, en donde nos estuvimos paseando hasta la noche, sin
que nos cansase la vista de los árboles; tanto nos embelesaba el gusto
de vernos en nuestra nueva posesión.
Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero, su ayudante ni
el galopín. Ocupábanse todos tres en disponernos una cena superior a
la comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y entramos en la sala
donde habíamos comido, quedamos muy admirados de ver poner en la mesa
cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a un lado y un capón en
pepitoria al otro, sirviendo después de intermedio orejas de puerco,
pollos en escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente
vino de Lucena y otros muchos excelentes. Cuando conocimos que ya no
podíamos beber más sin exponer nuestra salud, pensamos en irnos a
acostar. Mis criados tomaron entonces luces y me condujeron al mejor
cuarto, en donde me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego que me
dieron mi bata de noche y mi gorro de dormir, los despedí diciéndoles
en tono de amo: «Retiraos, que ya no os necesito para lo demás.»
Habiéndolos despachado a todos, me quedé solo con Escipión para
conversar un poco con él. Preguntéle qué juicio formaba del trato que
se me daba por orden de los señores de Leiva. «¡Por vida mía--me
respondió--, que me parece no puede dárseos mejor y solamente deseo que
esto dure mucho!» «Pues yo no lo deseo--le repliqué--. No debo permitir
que mis bienhechores hagan tantos gastos por mí, porque esto sería
abusar de su generosidad. Fuera de eso, tampoco me acomoda servirme
de criados asalariados por otro, porque creería no hallarme en mi
casa. A todo esto se añade que yo no me he retirado aquí para vivir
con tanto aparato. ¿Qué necesidad tenemos de tantos criados? Bástanos,
Beltrán, un cocinero, un mozo de cocina y un lacayo.» Sin embargo de
que a mi secretario no le pesaría vivir siempre a costa del gobernador
de Valencia, no se opuso a mi delicadeza en este punto; antes bien,
conformándose con mi dictamen, aprobó la reforma que yo quería hacer.
Decidido esto, se salió él de mi cuarto para retirarse al suyo.