CAPITULO IV

Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores de Leiva; de la

conversación que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo

doña Serafina.

Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo que no podía quedarme

dormido, me abandoné a mis reflexiones. Se me representó la generosidad

con que los señores de Leiva pagaban la inclinación que yo les tenía,

y, sumamente agradecido a las nuevas señales que de ello me daban,

resolví marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer la

impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud. Ya me complacía

anticipadamente la idea de volver a ver pronto a Serafina; pero este

placer no era del todo completo, porque no podía pensar sin pesadumbre

en que al mismo tiempo tenía que soportar la presencia de la señora

Lorenza Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance del bofetón,

no se alegraría mucho de verme. Cansada la imaginación con todas estas

especies, me quedé finalmente dormido, y no desperté hasta que empezó a

dejarse ver el sol.

Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto el pensamiento en

el viaje que meditaba, tardé poco en vestirme. Al acabar entró mi

secretario en mi cuarto. «Escipión--le dije--, aquí tienes a un

hombre que se dispone para ir a Valencia. No puedo menos de ir

inmediatamente a visitar a unos señores a quienes debo mi buena

fortuna, y cada instante de tardanza en el cumplimiento de este

deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo mío, te dispenso de

acompañarme; quédate aquí durante mi ausencia, que no pasará de ocho

días.» «Id, señor--respondió--, y cumplid con don Alfonso y su padre,

que me parece agradecen el celo que se les manifiesta y que están

muy reconocidos a los servicios que se les han hecho; son tan raras

las personas distinguidas que tienen ese carácter, que no están por

demás cualesquiera consideraciones que se les manifiesten.» Di orden a

Beltrán para que se dispusiese a partir, y mientras que él preparaba

las mulas tomé yo el chocolate. En seguida monté en mi silla, dejando

mandado a mis criados que mirasen a mi secretario como a mi misma

persona y que obedeciesen sus órdenes como las mías.

En menos de cuatro horas llegué a Valencia y fuí en derechura a apearme

a las caballerizas del gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me

condujesen al cuarto de este señor, en donde se hallaba a la sazón con

su padre don César. Abrí sin ceremonia la puerta y, acercándome a los

dos, «Los criados--les dije--no envían recado delante para presentarse

a sus amos; aquí está un antiguo criado de vuestras señorías, que

viene a ofrecerles sus respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme

en su presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos me estrecharon

entre su brazos con todas las demostraciones de una verdadera amistad.

«Y bien, mi querido Santillana--me dijo don Alfonso--, ¿has ido ya a

Liria a tomar posesión de tu hacienda?» «Sí, señor--le respondí--, y

suplico a vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.»

«¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Has encontrado en ella alguna cosa

que no te acomode?» «¡Nada de eso!--respondí--. Por lo que toca a la

posesión me agrada infinito; pero lo que no me acomoda es tener en ella

cocineros de arzobispo y tres veces más criados de los que he menester,

ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido como superfluo.»

«Si hubieras aceptado--dijo don César--la pensión de dos mil ducados

que te ofrecimos en Madrid, nos hubiéramos limitado a regalarte esa

quinta alhajada como está; pero no habiéndola tú querido admitir, nos

pareció que en recompensa debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es

demasiado--le respondí--; basta que vuestras señorías me favorezcan con

la hacienda, que es suficiente para colmar todos mis deseos. Además de

lo mucho que cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente, aseguro

que una familia tan numerosa me incomoda y me causa gran sujeción.

En suma, señores--añadí--, o vuestras señorías recobran su finca o

dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié estas últimas palabras

con tanta entereza, que padre e hijo, que de ningún modo querían

violentarme, me permitieron al fin disponer de la quinta como mejor me

pareciese.

Les repetía mil gracias por haberme concedido esta libertad, sin

la cual yo no podía ser dichoso, cuando don Alfonso me interrumpió

diciendo: «Mi querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama que

tendrá singular gusto de verte.» Y hablando de este modo me tomó de

la mano y me condujo al cuarto de Serafina, la cual así que me vió

prorrumpió en un grito de alegría. «Señora--le dijo el gobernador--,

creo que la llegada de nuestro amigo Santillana a Valencia no os será

menos gustosa que a mí.» «De eso--respondió ella--el mismo Santillana

debe estar muy persuadido. No ha sido capaz el tiempo de borrar de mi

memoria el favor que me hizo, y añado al agradecimiento que me merece

el que debo a un hombre a quien vos sois deudor.» Respondí a mi señora

la gobernadora que me consideraba más que suficientemente pagado del

peligro que yo había corrido juntamente con los demás que me ayudaron

a librarla, exponiendo mi vida por conservar la suya, y después de

muchos cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó fuera del cuarto

de Serafina y fuimos a reunimos con don César, a quien hallamos en una

sala acompañado de muchos caballeros que estaban aquel día convidados a

comer.

Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me hicieron tantos más

acatamientos cuanto que supieron por don César que yo había sido uno

de los principales secretarios del duque de Lerma. Y aun quizá no

ignorarían la mayor parte de ellos que don Alfonso había obtenido a

influjo mío el Gobierno de Valencia, porque al cabo todo se llega a

saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos a la mesa sólo se

habló del nuevo cardenal; unos hacían, o aparentaban hacer, grandes

elogios de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, como se

suele decir, con la boca chica. Luego conocí que con esto querían

incitarme a que hablase extensamente sobre su eminencia y que los

divirtiese a costa suya. De buena gana hubiera dicho lo que pensaba

de él, pero contuve la lengua, lo que me hizo pasar en el concepto de

aquellos caballeros por un mozo muy discreto.

Concluída la comida, se retiraron los convidados a sus casas a dormir

la siesta. Don César y su hijo, instados del mismo deseo, se encerraron

en sus cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto antes una

ciudad que tanto había oído alabar, salí del palacio del gobernador

con ánimo de pasear las calles. Encontré a la puerta un hombre que se

acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor de Santillana para

que le salude?» Preguntéle quién era y me respondió: «Soy el ayuda de

cámara del señor don César y era uno de sus lacayos cuando usted estaba

de mayordomo de la casa. Todas las mañanas iba al cuarto de usted, que

siempre me hacía mil favores, y le informaba de todo lo que pasaba en

casa. ¿No se acuerda usted que un día le dije que el cirujano de la

aldea de Leiva entraba secretamente en el cuarto de la señora Lorenza

Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien--le respondí--. Y ahora que se

habla de esa dueña, ¿qué se ha hecho?» «¡Ah!--repuso él--. Luego que

usted se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión de ánimo, y al

cabo murió más llorada del ama que del amo.»

Después que el ayuda de cámara me informó del triste fin de Séfora me

pidió perdón de lo que me había detenido y me dejó proseguir mi camino.

No pude menos de suspirar acordándome de aquella desdichada dueña, y,

compadeciéndome de su suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin

pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer que al mérito mío de

que se había prendado.

Observaba con gusto todo lo que parecía digno de ser notado en la

ciudad. El palacio arzobispal entretuvo agradablemente mi vista, y lo

mismo los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me llevó toda la

atención fué una gran casa que vi a lo lejos, en la cual entraba mucha

gente. Acerquéme a ella para saber por qué acudía allí un concurso tan

crecido de hombres y mujeres, y presto salí de mi curiosidad leyendo

estas palabras escritas con letras de oro en una lápida de mármol

negro que estaba sobre la puerta: _Posada de los representantes_. Leí

también los carteles en los cuales los cómicos ofrecían por la primera

vez aquel día la representación de una tragedia nueva de don Gabriel

Triaquero.

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 41 / 102 题