Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores de Leiva; de la
conversación que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo
doña Serafina.
Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo que no podía quedarme
dormido, me abandoné a mis reflexiones. Se me representó la generosidad
con que los señores de Leiva pagaban la inclinación que yo les tenía,
y, sumamente agradecido a las nuevas señales que de ello me daban,
resolví marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer la
impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud. Ya me complacía
anticipadamente la idea de volver a ver pronto a Serafina; pero este
placer no era del todo completo, porque no podía pensar sin pesadumbre
en que al mismo tiempo tenía que soportar la presencia de la señora
Lorenza Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance del bofetón,
no se alegraría mucho de verme. Cansada la imaginación con todas estas
especies, me quedé finalmente dormido, y no desperté hasta que empezó a
dejarse ver el sol.
Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto el pensamiento en
el viaje que meditaba, tardé poco en vestirme. Al acabar entró mi
secretario en mi cuarto. «Escipión--le dije--, aquí tienes a un
hombre que se dispone para ir a Valencia. No puedo menos de ir
inmediatamente a visitar a unos señores a quienes debo mi buena
fortuna, y cada instante de tardanza en el cumplimiento de este
deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo mío, te dispenso de
acompañarme; quédate aquí durante mi ausencia, que no pasará de ocho
días.» «Id, señor--respondió--, y cumplid con don Alfonso y su padre,
que me parece agradecen el celo que se les manifiesta y que están
muy reconocidos a los servicios que se les han hecho; son tan raras
las personas distinguidas que tienen ese carácter, que no están por
demás cualesquiera consideraciones que se les manifiesten.» Di orden a
Beltrán para que se dispusiese a partir, y mientras que él preparaba
las mulas tomé yo el chocolate. En seguida monté en mi silla, dejando
mandado a mis criados que mirasen a mi secretario como a mi misma
persona y que obedeciesen sus órdenes como las mías.
En menos de cuatro horas llegué a Valencia y fuí en derechura a apearme
a las caballerizas del gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me
condujesen al cuarto de este señor, en donde se hallaba a la sazón con
su padre don César. Abrí sin ceremonia la puerta y, acercándome a los
dos, «Los criados--les dije--no envían recado delante para presentarse
a sus amos; aquí está un antiguo criado de vuestras señorías, que
viene a ofrecerles sus respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme
en su presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos me estrecharon
entre su brazos con todas las demostraciones de una verdadera amistad.
«Y bien, mi querido Santillana--me dijo don Alfonso--, ¿has ido ya a
Liria a tomar posesión de tu hacienda?» «Sí, señor--le respondí--, y
suplico a vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.»
«¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Has encontrado en ella alguna cosa
que no te acomode?» «¡Nada de eso!--respondí--. Por lo que toca a la
posesión me agrada infinito; pero lo que no me acomoda es tener en ella
cocineros de arzobispo y tres veces más criados de los que he menester,
ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido como superfluo.»
«Si hubieras aceptado--dijo don César--la pensión de dos mil ducados
que te ofrecimos en Madrid, nos hubiéramos limitado a regalarte esa
quinta alhajada como está; pero no habiéndola tú querido admitir, nos
pareció que en recompensa debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es
demasiado--le respondí--; basta que vuestras señorías me favorezcan con
la hacienda, que es suficiente para colmar todos mis deseos. Además de
lo mucho que cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente, aseguro
que una familia tan numerosa me incomoda y me causa gran sujeción.
En suma, señores--añadí--, o vuestras señorías recobran su finca o
dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié estas últimas palabras
con tanta entereza, que padre e hijo, que de ningún modo querían
violentarme, me permitieron al fin disponer de la quinta como mejor me
pareciese.
Les repetía mil gracias por haberme concedido esta libertad, sin
la cual yo no podía ser dichoso, cuando don Alfonso me interrumpió
diciendo: «Mi querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama que
tendrá singular gusto de verte.» Y hablando de este modo me tomó de
la mano y me condujo al cuarto de Serafina, la cual así que me vió
prorrumpió en un grito de alegría. «Señora--le dijo el gobernador--,
creo que la llegada de nuestro amigo Santillana a Valencia no os será
menos gustosa que a mí.» «De eso--respondió ella--el mismo Santillana
debe estar muy persuadido. No ha sido capaz el tiempo de borrar de mi
memoria el favor que me hizo, y añado al agradecimiento que me merece
el que debo a un hombre a quien vos sois deudor.» Respondí a mi señora
la gobernadora que me consideraba más que suficientemente pagado del
peligro que yo había corrido juntamente con los demás que me ayudaron
a librarla, exponiendo mi vida por conservar la suya, y después de
muchos cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó fuera del cuarto
de Serafina y fuimos a reunimos con don César, a quien hallamos en una
sala acompañado de muchos caballeros que estaban aquel día convidados a
comer.
Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me hicieron tantos más
acatamientos cuanto que supieron por don César que yo había sido uno
de los principales secretarios del duque de Lerma. Y aun quizá no
ignorarían la mayor parte de ellos que don Alfonso había obtenido a
influjo mío el Gobierno de Valencia, porque al cabo todo se llega a
saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos a la mesa sólo se
habló del nuevo cardenal; unos hacían, o aparentaban hacer, grandes
elogios de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, como se
suele decir, con la boca chica. Luego conocí que con esto querían
incitarme a que hablase extensamente sobre su eminencia y que los
divirtiese a costa suya. De buena gana hubiera dicho lo que pensaba
de él, pero contuve la lengua, lo que me hizo pasar en el concepto de
aquellos caballeros por un mozo muy discreto.
Concluída la comida, se retiraron los convidados a sus casas a dormir
la siesta. Don César y su hijo, instados del mismo deseo, se encerraron
en sus cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto antes una
ciudad que tanto había oído alabar, salí del palacio del gobernador
con ánimo de pasear las calles. Encontré a la puerta un hombre que se
acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor de Santillana para
que le salude?» Preguntéle quién era y me respondió: «Soy el ayuda de
cámara del señor don César y era uno de sus lacayos cuando usted estaba
de mayordomo de la casa. Todas las mañanas iba al cuarto de usted, que
siempre me hacía mil favores, y le informaba de todo lo que pasaba en
casa. ¿No se acuerda usted que un día le dije que el cirujano de la
aldea de Leiva entraba secretamente en el cuarto de la señora Lorenza
Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien--le respondí--. Y ahora que se
habla de esa dueña, ¿qué se ha hecho?» «¡Ah!--repuso él--. Luego que
usted se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión de ánimo, y al
cabo murió más llorada del ama que del amo.»
Después que el ayuda de cámara me informó del triste fin de Séfora me
pidió perdón de lo que me había detenido y me dejó proseguir mi camino.
No pude menos de suspirar acordándome de aquella desdichada dueña, y,
compadeciéndome de su suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin
pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer que al mérito mío de
que se había prendado.
Observaba con gusto todo lo que parecía digno de ser notado en la
ciudad. El palacio arzobispal entretuvo agradablemente mi vista, y lo
mismo los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me llevó toda la
atención fué una gran casa que vi a lo lejos, en la cual entraba mucha
gente. Acerquéme a ella para saber por qué acudía allí un concurso tan
crecido de hombres y mujeres, y presto salí de mi curiosidad leyendo
estas palabras escritas con letras de oro en una lápida de mármol
negro que estaba sobre la puerta: _Posada de los representantes_. Leí
también los carteles en los cuales los cómicos ofrecían por la primera
vez aquel día la representación de una tragedia nueva de don Gabriel
Triaquero.