CAPITULO II

Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo; en qué

estado halla a su familia; muerte de su padre, y sus consecuencias.

Desde Valladolid nos pusimos en seis días en Oviedo, adonde llegamos

sin habernos sucedido la menor desgracia en el viaje, a pesar del

refrán que dice: _Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los

pasajeros_. A la verdad, si hubieran olido el nuestro, no habrían

errado el golpe, y sólo dos habitantes de una cueva habrían bastado

para soplarnos nuestros doblones, porque en la corte yo no había

aprendido a ser valiente, y Beltrán, mi mozo de mulas, no parecía tener

gana de dejarse matar por defender la bolsa de su amo; sólo Escipión

era un poco espadachín.

Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad. Nos apeamos en un mesón

poco distante de la casa de mi tío el canónigo Gil Pérez. Deseaba

yo tener noticia del estado en que se hallaban mis padres antes de

presentarme a ellos; y para saberlo no podía dirigirme a quien me

informase mejor que al mesonero y la mesonera, que sabía ser personas

que no podrían ignorar cuanto pasaba en casa de sus vecinos. Con

efecto, después de haberme mirado el mesonero con la mayor atención,

me conoció y exclamó fuera de sí: «¡Por San Antonio de Padua, que

éste es el hijo del buen escudero Blas de Santillana!» «¡Sí, por

cierto--añadió la mesonera--; él mismo es! Y apenas se ha mudado;

es aquel despabiladillo Gil Blas, que tenía más talento que cuerpo.

¡Paréceme que le estoy viendo cuando venía aquí con la botella por vino

para cenar su tío!»

«Señora--dije a la mesonera--, no se puede negar que tiene usted una

memoria feliz. Pero deme usted, le ruego, noticias de mi familia; sin

duda que mis padres no deben de estar en una situación agradable.»

«Demasiado cierto es--respondió la mesonera--. Por triste que sea el

estado en que usted pueda representárselos, no es posible imaginar que

haya dos personas más dignas de compasión que ellos. El buen señor Gil

Pérez está baldado de la mitad del cuerpo, y, naturalmente, vivirá muy

poco. Su padre de usted, que de algún tiempo a esta parte vive con el

canónigo, padece una opresión de pecho, o por mejor decir, se halla

actualmente entre la vida y la muerte, y su madre de usted, que tampoco

goza la mejor salud, se ve precisada a servir de asistenta a los dos

enfermos.»

Así que oí esta relación, que me hizo conocer que era hijo, dejé a

Beltrán en el mesón en guarda de mi equipaje, y acompañado de mi

secretario Escipión, que no quiso apartarse de mi lado, pasé a casa de

mi tío. Apenas me puse delante de mi madre, cuando cierta conmoción

que sintió en su interior le hizo conocer quién yo era, aun antes

de tener tiempo para examinar las facciones de mi rostro. «¡Hijo

mío--me dijo tristemente echándome los brazos al cuello--, ven a ver

morir a tu padre; a tiempo llegas para ser testigo de tan doloroso

espectáculo!» Diciendo esto, me llevó a un cuarto donde el triste Blas

de Santillana, tendido en una cama que mostraba bien la miseria de un

pobre escudero, estaba ya a los últimos. Sin embargo, aunque cercado de

las sombras de la muerte, todavía conservaba algún conocimiento. «Amado

esposo--le dijo mi madre--, aquí tienes a tu hijo Gil Blas, que te pide

perdón de todos los disgustos que te ha causado y te ruega le eches

tu bendición.» Al oír esto abrió mi padre los ojos, que ya comenzaban

a cerrarse para siempre; fijólos en mí, y observando, a pesar de la

postración en que se hallaba, que yo lloraba su pérdida, se enterneció

de mi dolor. Quiso hablarme, mas no pudo. Yo entonces le tomé una mano,

y mientras se la bañaba en lágrimas, sin poder proferir una palabra,

exhaló el último aliento, como si sólo hubiera esperado a que yo

llegase para expirar.

Mi madre tenía demasiado consentida esta muerte para afligirse

desmedidamente; quizá me afligí yo más que ella, sin embargo de que mi

padre en su vida me había dado la menor demostración de cariño. Además

de que bastaba ser hijo suyo para llorarle, me acusaba a mí mismo de no

haberle socorrido, y, acordándome de haber tenido esta insensibilidad,

me consideraba como un monstruo de ingratitud, o por mejor decir, como

un parricida. Mi tío, a quien vi después postrado en otra cama poco

menos pobre y en un estado lastimoso, me hizo experimentar nuevos

remordimientos. «¡Hijo desnaturalizado!--me dije a mí mismo--.

¡Considera para tu mayor tormento la miseria en que se hallan tus

parientes! Si los hubieras socorrido con parte de lo que te sobraba de

los bienes que poseías antes de estar preso, les hubieras proporcionado

las comodidades a que no podía alcanzar la renta de la prebenda, y de

esta manera acaso hubieras alargado la vida a tu padre.»

El desdichado Gil Pérez estaba ya lelo; había perdido la memoria y

el juicio. De nada me sirvió estrecharle entre mis brazos y darle

muestras de mi ternura, porque ninguna impresión le hicieron. Por más

que mi madre le decía que yo era su sobrino Gil Blas, no hacía mas que

mirarme con un aire imbécil, sin responder nada. Aun cuando la sangre

y el agradecimiento no me hubieran obligado a compadecerme de un tío a

quien tanto debía, no hubiera podido menos de hacerlo viéndole en una

situación tan digna de lástima.

Durante este tiempo Escipión guardaba un profundo silencio, me

acompañaba en mi pena y mezclaba por amistad sus suspiros con los míos.

Pareciéndome que después de tan larga ausencia tendría mi madre muchas

cosas reservadas que decirme y que podía detenerla la presencia de

un hombre a quien no conocía, le llamé aparte y le dije: «Vete, hijo

mío, a descansar al mesón y déjame aquí con mi madre, que acaso te

creería de más en una conversación que no recaerá sino sobre asuntos de

familia.» Retiróse Escipión por no incomodarnos, y, efectivamente, mi

madre y yo estuvimos hablando toda la noche. Nos dimos recíprocamente

fiel cuenta de todo lo que a uno y otro nos había sucedido desde mi

salida de Oviedo. Ella me hizo extensa relación de todas las desazones

que había tenido en las varias casas donde había servido de dueña,

confiándome en el asunto muchas cosas que no me hubiera alegrado las

hubiese oído mi secretario, sin embargo de no tener yo nada reservado

para él. Con todo el respeto que debo a la memoria de mi madre, diré

que la buena señora era algo prolija en sus relaciones, y me hubiera

ahorrado las tres cuartas partes de su historia si hubiese suprimido

las circunstancias inútiles de ella.

Acabó por fin su relación y yo di principio a la mía. Conté por encima

todas mis aventuras; pero cuando llegué a la visita que me había

hecho en Madrid el hijo de Beltrán Moscada, el especiero de Oviedo,

me extendí un poco sobre este pasaje. «Confieso, señora--dije a mi

madre--, que recibí con despego al tal mozo, el cual, por vengarse

de ello, no habrá dejado de hablaros muy mal de mí.» «Así es--me

respondió--; díjonos que te había encontrado tan engreído con el favor

del primer ministro de la Monarquía, que apenas te habías dignado

conocerle, y que cuando te pintó nuestras miserias le oíste con mucha

frialdad. Pero como los padres y las madres--añadió ella---procuran

siempre disculpar a sus hijos, no pudimos creer tuvieses tan mal

corazón. Tu venida a Oviedo acredita la buena opinión que teníamos de

ti y el sentimiento de que te veo lleno lo acaba de confirmar.»

«Me hace mucho favor--respondí--ese buen concepto que a usted debo,

pero lo cierto es que en la relación del hijo de Moscada hay alguna

verdad. Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con mi fortuna, y la

ambición que me dominaba no me permitía pensar en mis parientes. De

consiguiente, hallándome en semejante disposición, no es de admirar que

recibiese mal a un hombre que, acercándose a mí de un modo grosero, me

dijo brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba más rico que un

judío, iba a aconsejarme que enviase a ustedes algún dinero, respecto

a que se veían en grande necesidad, y aun me echó en cara en términos

nada comedidos mi indiferencia hacia mi gente. Me incomodó su llaneza,

y, perdiendo la paciencia, le eché a empujones de mi cuarto. Confieso

que me porté mal en aquella ocasión, que debí reflexionar no era culpa

vuestra la falta de atención del especiero y que su consejo merecía

seguirse, aunque había sido grosero el modo de dármelo. Esto fué lo

que me ocurrió al pensamiento un momento después que había despedido

a Moscada. La sangre hizo en mí su oficio, y, acordándome de mis

obligaciones hacia mis padres, me avergoncé de haberlas cumplido tan

mal y sentí remordimientos, de los cuales no puedo, sin embargo, hacer

mérito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente por la

avaricia y por la ambición. Pero después fuí encerrado por orden del

rey en el alcázar de Segovia, en donde caí gravemente enfermo, y esta

dichosa enfermedad es la que a usted le restituye su hijo. Sí, por

cierto; mi enfermedad y mi prisión fueron las que hicieron recobrar

a la Naturaleza todos sus derechos y las que me han desprendido

enteramente de la Corte. Hoy sólo suspiro por la soledad y he venido

a Asturias con el fin únicamente de suplicar a usted se venga conmigo

a que disfrutemos juntos las dulzuras de una vida retirada. Si usted

admite mi oferta, la conduciré a una posesión que tengo en el reino de

Valencia, en donde espero que pasaremos una vida muy cómoda. Bien podrá

usted conocer que mi ánimo era llevar también a mi padre; pero ya que

el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos la satisfacción de

tener en mi compañía a mi madre y pueda reparar con todas las posibles

atenciones el tiempo que pasé sin servirle de nada.»

«Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones--me dijo entonces mi

madre--. Sin duda alguna me iría contigo a no impedírmelo algunas

dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar a tu tío y mi

hermano en el estado en que se halla; después de eso, estoy muy

connaturalizada con este país para que yo le deje. Sin embargo, como

esto merece examinarse con madurez, quiero meditarlo despacio; por

ahora solamente debemos pensar en los funerales de tu padre.» «Ese

cuidado--le respondí--se lo encargaremos a ese mozo que usted ha visto

conmigo, que es mi secretario; tiene talento y celo y podemos descuidar

en él.»

No bien había pronunciado estas palabras cuando entró Escipión, porque

era ya día claro. Preguntónos si podía servirnos de algo en el apuro en

que nos hallábamos. Respondíle que llegaba muy a tiempo para recibir

una orden importante que pensaba darle. Luego que se impuso de lo que

se trataba, «¡Basta!--dijo--. Ya tengo ideada acá en mi cabeza toda la

ceremonia y ustedes podrán fiarse de mí.» «Pero guardaos bien--añadió

mi madre--de pensar en un funeral que tenga la menor apariencia de

ostentación; por modesto que sea, nunca lo será demasiado para mi

esposo, a quien toda la ciudad ha conocido por un escudero de los más

pobres.» «Señora--respondió Escipión--, aunque hubiera sido mucho más

infeliz, no por eso rebajaré dos maravedís. Sólo debo tener presente

las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito del duque de

Lerma, a su padre debe enterrársele con grandeza.»

Aprobé el designio de mi secretario y aun le encargué que no

economizase el dinero; un resto de vanidad que yo conservaba todavía se

despertó en esta ocasión. Me lisonjeé de que, haciendo este dispendio

por un padre que ninguna herencia me dejaba, admirarían todos mi porte

generoso. Mi madre por su parte, a pesar de la gran modestia que

aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su marido fuese enterrado

con pompa. Dimos, pues, amplias facultades a Escipión, que sin perder

tiempo marchó a dar las disposiciones necesarias para un suntuoso

entierro.

Saliéronle muy bien; celebróse un funeral tan magnífico que irritó

contra mí a la ciudad y arrabales; a todos los vecinos de Oviedo,

desde el mayor hasta el menor, chocó infinito mi ostentación. «¡Este

ministro de la noche a la mañana--decía uno--tiene dinero para enterrar

a su padre y no lo tuvo para mantenerle!» «¡Mejor hubiera sido--decía

otro--haber tenido más amor a su padre vivo que hacerle tantas honras

después de muerto!» En fin, ninguna lengua pecó de corta; cada una

disparó su saeta. No se contentaron con esto: cuando salimos de la

iglesia, así a mí como a Escipión y a Beltrán nos cargaron de injurias,

acompañándonos hasta nuestra casa las befas y gritos de los muchachos,

los cuales llevaron a Beltrán a pedradas hasta el mesón. Para disipar

la canalla que se había agolpado delante de la casa de mi tío fué

menester que mi madre se asomase a la ventana y asegurase a todos que

no tenía queja ninguna de mí. Otros hubo que fueron corriendo al mesón

donde estaba mi silla, para hacerla mil pedazos, como infaliblemente

lo hubieran ejecutado si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado

modo de sosegar aquellos ánimos furiosos y disuadirles de semejante

intento.

Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos de lo que había

hablado de mí el mozo especiero de la ciudad, me inspiraron tal

aversión hacia mis paisanos, que determiné salir cuanto antes de

Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me hubiera detenido

algún tiempo más. Díjeselo a mi madre claramente, y como no estaba

menos sentida que yo de ver lo mal que me había recibido mi país, no se

opuso a mi resolución. Sólo se trató del modo de portarme con ella en

adelante. «Madre--le dije--, ya que usted no puede abandonar a mi tío,

no debo insistir en que se venga usted conmigo; pero como, según todas

las señales, no puede estar muy distante el fin de sus días, deme usted

palabra de venir a vivir en mi compañía luego que él fallezca.»

«Esa palabra, hijo mío, no te la daré; yo quiero pasar en Asturias los

pocos días que me quedan de vida y con total independencia.» «Pues qué,

señora--le repliqué--, ¿no será usted dueña absoluta en mi casa?» «No

lo sé, hijo mío--me respondió--. Tal vez te enamorarás de alguna niña

linda y te casarás con ella; será mi nuera, yo su suegra y no podremos

vivir juntas.» «Usted--le dije--prevé los disgustos muy de lejos. Por

ahora no pienso en casarme; pero si en algún tiempo tuviese esta idea,

esté usted cierta de que mandaré a mi mujer que en todo y por todo

esté sujeta a la voluntad de usted.» «Te obligas temerariamente a una

cosa--repuso mi madre--que nunca podrás cumplir; antes bien, no me

atrevería yo a afirmar que si entre la suegra y la nuera ocurriesen

algunas desazones, no te declarases a favor de tu mujer antes que al

mío, por grande que fuese su sinrazón.»

«Señora, habla usted como un oráculo--dijo mi secretario metiéndose en

la conversación--. Yo pienso, como usted, que las nueras dóciles son

muy contadas. Así, pues, para que usted y mi amo queden contentos,

ya que quiere usted decididamente permanecer en las Asturias y él en

el reino de Valencia, será menester que le señale una renta anual de

cien doblones, que yo me encargo de traer aquí todos los años, y por

este medio la madre y el hijo estarán muy satisfechos uno de otro a

doscientas leguas de distancia.» Aprobaron el convenio las dos partes

interesadas, y yo desde luego pagué adelantado el primer año, y salí

de Oviedo el día siguiente antes de amanecer, por miedo de que el

populacho no me tratara como a San Esteban. Tal fué el recibimiento

que se me hizo en mi patria. ¡Admirable lección para aquellas personas

de humilde nacimiento que, habiéndose enriquecido fuera de su país,

quieran volver a él para hacer de personas de importancia!

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 39 / 102 题