Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena de Galisteo.
«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para Coria a ver a mi tía
doña Leonor de Lajarilla, una de las más ricas viudas de Castilla la
Vieja y de quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa, cuando
el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso en un cuarto cuyas ventanas
daban enfrente de las celosías de una señora a quien fácilmente podía
ver, pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié esta
proporción, y me pareció tan bella mi vecina, que quedé apasionado de
ella. Se lo manifesté prontamente, con miradas tan vivas que no podían
equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas señoritas que
hacen gala de semejante observación, y todavía correspondió menos a mis
señas.
»Quise saber el nombre de aquella peligrosa persona que tan
prontamente trastornaba los corazones, y supe se llamaba doña Elena,
que era hija única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas
leguas de Coria una hacienda de mucho producto; que se le presentaban
frecuentemente buenos partidos, pero que su padre los despreciaba
todos, con la mira de casarla con don Agustín de la Higuera, su
sobrino, el que, con la esperanza de este casamiento, tenía libertad de
ver y hablar todos los días a su prima. No me desalenté por eso; antes
bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso placer de desbancar a
un rival, amado quizá, me excitó más que mi amor a llevar adelante
mi empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente a mi Elena. Envié
también emisarios a Felicia, su criada, para solicitar su mediación.
Hice igualmente hablar por señas a mis dedos. Pero estas demostraciones
fueron inútiles. La misma respuesta tuve de la criada que del ama:
ambas se mostraron duras e inaccesibles.
»Viendo que rehusaban responder al lenguaje de mis ojos, recurrí a
otros intérpretes. Puse gente en campaña para descubrir si Felicia
tenía algún conocimiento en la ciudad, y llegué a saber que su mayor
amiga era una señora anciana llamada Teodora y que se visitaban con
frecuencia. Alegre con esta noticia, busqué a Teodora, a quien obligué
con dádivas a servirme. Se interesó por mí y me ofreció facilitarme en
su casa una conversación secreta con su amiga, promesa que cumplió al
día siguiente.
«Ya dejo de ser desgraciado--dije a Felicia--, pues mis penas han
excitado tu piedad. ¿Qué no debo a tu amiga por haberte inclinado a que
me des la satisfacción de hablarte?» «Señor--me respondió--, Teodora es
dueña de mi voluntad. Me ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle
feliz, bien presto conseguiría sus deseos; pero, con toda esta buena
voluntad, no sé si podré seros de gran provecho. No quiero lisonjear
a usted; su empresa es muy difícil. Usted ha puesto los ojos en una
señorita cuyo corazón es de otro. ¡Y qué señorita! Es tan disimulada y
altiva, que si usted con su constancia y obsequios consigue merecerle
algunos suspiros, no piense que su altanería le dé la satisfacción de
demostrárselo.» «¡Ah mi amada Felicia!--prorrumpí con dolor--. ¿Para
qué me expresas todos los obstáculos que tengo que vencer? Estas
circunstancias me atraviesan el alma. ¡Engáñame y no me desesperes!»
Dicho esto, y cogiéndole una mano, le puse en el dedo un diamante de
trescientos doblones, diciéndole al mismo tiempo cosas tan tiernas que
la hice llorar.
»La persuadieron tanto mis palabras y quedó tan contenta con mi
generosidad, que no quiso dejarme sin consuelo, y allanando un poco
las dificultades me dijo: «Señor, lo que acabo de decir a usted no
debe quitarle toda esperanza. Es verdad que su rival no es aborrecido.
Viene a casa a ver con libertad a su prima; le habla cuando quiere,
y esto es lo que favorece a usted. La costumbre que tienen de estar
ambos juntos todos los días entibia un poco su trato. Me parece que
se separan sin pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podría decir
que están ya casados. En una palabra, no parece que mi ama tiene una
ciega pasión a don Agustín. Por otra parte, hay mucha diferencia de
sus prendas personales a las de usted, y esta particularidad no la
observará inútilmente una señorita de tan delicado gusto como doña
Elena. No se acobarde usted; continúe su galanteo, que yo no dejaré
pasar ninguna ocasión de hacer valer a mi ama lo que usted se esmera en
agradarle y, por más que disimule, descubriré su interior al través de
sus disimulos.»
»Después de esta conversación, Felicia y yo nos separamos muy
satisfechos uno de otro. Yo me dispuse de nuevo a obsequiar en secreto
a la hija de don Jorge; díle una música, en la cual una bella voz cantó
los versos que usted ha oído. Acabado el concierto, la criada, para
sondear a su ama, le preguntó si se había divertido. «La voz--dijo doña
Elena--me ha gustado.» «Y las palabras que ha cantado, ¿no son muy
expresivas?» «De eso es--dijo la señora--de lo que no he hecho aprecio
alguno, atendiendo sólo al canto; ni se me da nada el saber quién me
ha dado esta música.» «Según eso--exclamó la criada--, el pobre don
Gastón de Cogollos está muy lejos de merecer la atención de usted, y
es muy loco en gastar el tiempo en mirar nuestras celosías.» «Puede
ser que no sea él--dijo el ama fríamente--, sino algún otro caballero
que con este concierto ha querido declararme su pasión.» «Perdone
usted--respondió Felicia--. Está usted muy engañada; es el mismo don
Gastón, porque esta mañana ha llegado a mí en la calle y suplicado
diga a usted de su parte que le adora a pesar de los rigores con que
paga su amor, y que, en fin, se tendrá por el hombre más feliz si le
permite acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones. Estas
expresiones--continuó--denotan bien que no me engaño.»
»La hija de don Jorge mudó repentinamente de semblante, y mirando
con aire severo a su criada le dijo: «¿Cómo tienes atrevimiento para
propasarte a contarme esa necia conversación? ¡No te suceda otra vez
el venirme con semejantes impertinencias! ¡Y si ese temerario tiene
todavía la osadía de hablarte, te mando le digas se dirija a otra
persona que haga más caso de sus galanteos y que elija un pasatiempo
más decente que el de estar todo el día a la ventana observando lo que
hago en mi cuarto!»
»La segunda vez que vi a Felicia me dió cuenta puntual de todas
las circunstancias de esta conversación, y para persuadirme de que
mi pretensión no podía ir mejor, aseguraba que aquellas palabras
no se debían tomar al pie de la letra. Por lo que a mí toca, que
procedía sencillamente y no creía se pudiese explicar el texto en mi
favor, desconfiaba de los comentarios que ella hacía. Se burló de mi
desconfianza, pidió papel y tinta a su amiga y me dijo: «Señor mío,
escriba usted prontamente a doña Elena como un amante desesperado.
Píntele vivamente sus penas y sobre todo laméntese de la prohibición
de asomarse a la ventana. Prométale usted que obedecerá su precepto,
pero asegúrele que le costará la vida; pinte usted esto tan lindamente
como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo demás queda a mi
cuidado. Espero que las resultas harán a mi penetración más honor del
que usted le hace.»
»Yo hubiera sido el primer amante que encontrando tan oportuna ocasión
de escribir a su dama la hubiera desaprovechado. Compuse una carta muy
patética, y antes de cerrarla se la enseñé a Felicia, quien, después
de haberla leído, se sonrió, y me dijo que si las mujeres sabían el
arte de encaprichar a los hombres, en recompensa, no ignoraban ellos
el de embobar a las mujeres. La criada tomó el billete, asegurándome
que si no producía buen efecto no sería culpa de ella; me encargó mucho
tuviese gran cuidado de no dejarme ver a la ventana por algunos días y
se volvió al momento a casa de don Jorge.
«Señora--dijo a doña Elena cuando llegó--, he encontrado a don Gastón.
Ha venido a hablarme y me ha tenido una conversación muy lisonjera.
Me ha preguntado temblando, y como un reo que va a oír su sentencia,
si había hablado a usted de su parte. Yo, por no faltar a vuestras
órdenes, no le he dejado proseguir y le he hartado de injurias y le he
dejado aturdido de ver mi enojo.» «Me alegro--respondió doña Elena--que
me hayas librado de ese importuno; pero para eso no había necesidad
de hablarle descortésmente. Siempre es preciso que una doncella tenga
agrado.» «Señora--replicó la criada--, a un amante apasionado no se
le aleja con palabras suaves, pues vemos que ni aun se consigue este
fin con enojo y furor. Don Gastón, por ejemplo, no se ha desanimado.
Después de haberle llenado de improperios, como he dicho, fuí a casa
de vuestra parienta, adonde me habéis enviado. Esta señora, por mi
desgracia, me ha detenido mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la
vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no esperaba verle más, y su
vista me ha turbado tanto, que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no
ha podido en ésta pronunciar una palabra.» «Pero y entretanto, ¿qué ha
hecho él?» «Aprovechándose de mi silencio, o más bien de mi turbación,
me ha metido en la mano un papel, que he guardado sin saber lo que me
hacía, y desapareció al momento.»
»Dicho esto sacó del seno mi carta y se la entregó en tono de chanza a
su ama, quien la tomó como por diversión, la leyó con todo y después
hizo la reservada. «En verdad, Felicia--dijo seriamente a su criada--,
que eres una loca en haber recibido este billete. ¿Qué podrá pensar
de esto don Gastón y qué debo creer yo misma? Tú me das motivo con tu
conducta para que desconfíe de tu fidelidad y a él para que sospeche
que correspondo a su inclinación. ¡Ay de mí! Puede ser que en este
instante crea que leo y releo con gusto sus expresiones. ¡Ve aquí
a qué afrenta expones mi altivez!» «De ninguna manera, señora--le
respondió la criada--; él no puede pensar de esta suerte, y, caso que
así fuese, pronto sabrá lo contrario. Le diré la primera vez que le
vea que he enseñado a usted su carta, que usted la ha mirado con la
mayor indiferencia y que sin leerla la ha hecho usted pedazos con un
frío desprecio.» «Libremente puedes afirmarle--repuso doña Elena--que
yo no la he leído, porque me hallaría muy apurada si tuviera que decir
dos palabras.» La hija de don Jorge no se contentó con hablar en estos
términos, sino que aun rasgó mi billete y prohibió a su criada hablarle
jamás de mí.
»Como yo había prometido no galantearla desde mis ventanas, porque mi
vista desagradaba, las tuve cerradas muchos días para que mi obediencia
mereciese más aprecio; pero en desquite de mis señas, que me estaban
prohibidas, me dispuse a dar músicas a mi cruel Elena. Fuíme una noche
debajo de su balcón con los músicos, cuando un caballero con espada en
mano turbó el concierto dando de golpes a los instrumentistas, quienes
inmediatamente huyeron. El coraje que animaba a este atrevido despertó
el mío, y arrojándome a él para castigarle, principiamos un reñido
combate. Doña Elena y su criada oyen el ruido de las espadas, miran por
las celosías y ven dos hombres que riñen. Dan grandes gritos; obligan a
don Jorge y a sus criados a que se levanten inmediatamente y acuden con
muchos vecinos a separar a los combatientes; pero ya llegaron tarde.
Sólo encontraron en el sitio a un caballero nadando en su sangre y
casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado. Me llevaron a
casa de mi tía y se llamaron los cirujanos más hábiles de la ciudad.
»Todo el mundo se compadeció de mí, y especialmente doña Elena, que
entonces descubrió el interior de su corazón. Su disimulo se rindió al
sentimiento y ya--¿lo creerá usted?--no era aquella señora que tanto
se preciaba de no hacer caso de mis obsequios, sino una tierna amante
que se entregaba sin reserva a su dolor, y así, el resto de la noche lo
pasó llorando con su criada y maldiciendo a su primo don Agustín de la
Higuera, a quien ellas creían autor de sus lágrimas, como en efecto él
era quien había interrumpido la música tan funestamente. Tan disimulado
como su prima, había conocido mi intención y nada había dicho de ella,
e imaginando que Elena me correspondía había hecho esta acción tan
violenta para mostrar que era menos sufrido de lo que se pensaba. No
obstante, este triste accidente se olvidó poco tiempo después por la
alegría que sobrevino. Aunque mi herida era peligrosa, la habilidad de
los cirujanos me sacó a salvo. Todavía no salía yo, cuando doña Leonor,
mi tía, fué a verse con don Jorge y le propuso mi casamiento con doña
Elena. Consintió en este enlace, tanto más gustoso cuanto que entonces
miraba a don Agustín como a un hombre a quien quizá no volvería a ver
más. El buen viejo recelaba que su hija tendría repugnancia a casarse
conmigo a causa de que el primo la Higuera había tenido la libertad
de visitarla mucho tiempo para granjear su cariño; pero se mostró tan
dispuesta a obedecer en este punto a su padre, que de aquí podemos
inferir que en España, como en todas partes, es afortunado con las
mujeres el último que llega.
»Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe hasta qué extremo
había afligido a su ama el desgraciado suceso de mi pasada pendencia.
De modo que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendecía yo mi
herida, pues había tenido tan buenas consecuencias para mi amor. Obtuve
permiso del señor don Jorge para hablar a su hija en presencia de la
criada. ¡Qué gustosa fué esta conversación para mí! Tanto supliqué y de
tal manera insté a la señorita a que me dijese si su padre violentaba
su inclinación concediéndome su mano, que me confesó que no la debía
solamente a su obediencia. A vista de esta halagüeña declaración, sólo
pensé en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba el día de la
boda, que había de celebrarse con una magnífica cabalgata, en que toda
la nobleza de Coria y sus cercanías se preparaban para lucirlo.
»Di con este fin un gran banquete en una hermosa casa de recreo que
tenía mi tía cerca de la ciudad del lado de Monroy. Don Jorge y su
hija concurrieron con todos sus parientes y amigos. Se había dispuesto
por mi orden un concierto de voces e instrumentos y hecho venir una
compañía de cómicos de la legua para que representaran una comedia.
Cuando estábamos a mitad de la comedia, entraron a decirme que
estaba en la antesala un hombre que quería hablarme de un negocio muy
interesante para mí. Me levanté de la mesa para ir a ver quién era y
me encontré con un desconocido, que me pareció ser un ayuda de cámara,
el que me entregó un billete, que abrí, y contenía estas palabras:
«Si estimáis el honor como debe un caballero de vuestra Orden, no
dejéis mañana por la mañana de ir a la llanura de Monroy, en donde
encontraréis a un sujeto que quiere daros satisfacción de la ofensa que
os ha hecho y poneros, si puede, fuera de estado de casaros con doña
Elena.--_Don Agustín de la Higuera._»
»Si el amor tiene mucho imperio sobre los españoles, el pundonor
tiene todavía más. No pude leer el billete con ánimo tranquilo. Al
solo nombre de don Agustín se encendió en mis venas un fuego que casi
me hizo olvidar las obligaciones indispensables de aquel día. Tuve
tentaciones de evadirme de la concurrencia para ir inmediatamente
en busca de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo turbar la
función, y dije al que me había traído la carta: «Amigo mío, podéis
decir al caballero que os envía que deseo demasiado renovar con él el
combate para no hallarme mañana, antes que salga el sol, en el sitio
que me señala.»
»Después de haber despachado al mensajero con la respuesta volví a
reunirme con mis convidados y me senté a la mesa, disimulando de modo
que ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante del día aparenté
estar entretenido como los otros con la diversión de la fiesta, la
cual se acabó a media noche. La concurrencia se separó y todos se
retiraron a la ciudad del mismo modo que habían venido, menos yo,
que me quedé con pretexto de tomar el fresco la mañana siguiente,
pero no era por otro motivo sino para acudir más pronto al sitio
de la cita. En lugar de acostarme, aguardé con impaciencia a que
amaneciera, e inmediatamente monté en el mejor caballo que tenía y
partí solo, como para pasearme en el campo. Caminé hacia Monroy, en
cuya llanura descubrí a un hombre a caballo que venía a mí a rienda
suelta; yo hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, y así,
bien presto nos encontramos y vi que era mi rival. «Caballero--me dijo
con insolencia--, vengo, a pesar mío, a pelear segunda vez con usted;
pero la culpa es vuestra. Después del lance de la música debió usted
renunciar voluntariamente a la hija de don Jorge o saber que si usted
persistía en el designio de obsequiarla nuestros debates no habían
cesado.» «Usted se ha ensoberbecido--le respondí--del logro de una
ventaja que quizá debió menos a su destreza que a la obscuridad de la
noche. Usted se olvida de que las victorias no son siempre de uno.»
«Siempre son mías--replicó con arrogancia--, y voy a hacer ver a usted
que así de día como de noche sé castigar a los atrevidos que estorban
mis intentos.»
»A estas altaneras palabras sólo respondí echando pie a tierra, lo cual
hizo también don Agustín. Atamos los caballos a un árbol y principiamos
a reñir con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía que pelear
con un enemigo que sabía manejar las armas con más destreza que yo,
no obstante mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima, y
así, no podía exponer yo mi vida a mayor peligro. Sin embargo, como
de ordinario sucede que al más fuerte le venza el más débil, mi rival
recibió una estocada en el corazón, a pesar de su destreza, y cayó
muerto.
»Volví al instante a la casa de recreo, en donde conté lo que había
pasado a mi criado, cuya fidelidad conocía. Díjele después: «Mi amado
Ramiro, antes que la justicia sepa el caso, toma un buen caballo y ve
a informar a mi tía del suceso; pídele de mi parte dinero y joyas para
mi viaje y ven a buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como se
entra en la ciudad, me encontrarás.»
»Ramiro evacuó su comisión con tanta presteza que llegó a Plasencia
tres horas después que yo. Díjome que doña Leonor se había alegrado
más que no afligido de un combate que reparaba la afrenta que había
yo recibido en el primero y que me enviaba todo el oro y pedrería que
tenía para que viajara cómodamente por países extranjeros mientras ella
componía mi asunto.
»Para omitir las circunstancias superfluas, diré que atravesé por
Castilla la Nueva para ir al reino de Valencia a embarcarme en Denia.
Pasé a Italia, en donde me puse en estado de recorrer las cortes y
presentarme en ellas con decencia.
»Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en engañar mi amor y
tristezas lo más que me era posible, esta señora en Coria lloraba
secretamente mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones de su
familia contra mí por la muerte de la Higuera, deseaba, al contrario,
cesasen por una pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya habían
pasado seis meses, y creo que su constancia habría vencido siempre al
tiempo si sólo hubiera tenido que luchar con éste, pero tenía todavía
enemigos más poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo de la costa
occidental de Galicia, pasó a Coria a recoger una rica herencia que le
había disputado en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se avecindó
allí por haberle parecido aquel país más agradable que el suyo.
Cambados era bien plantado, parecía afable y atento, siendo al mismo
tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento con todas las gentes
decentes de la ciudad y supo los asuntos de unos y de otros.
»No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge tenía una hija cuya
peligrosa hermosura parecía no inflamar a los hombres sino para su
desgracia, cosa que excitó su curiosidad. Quiso ver a una señora tan
temible, y habiendo buscado a este efecto la amistad de su padre,
consiguió ganarla tan bien, que el viejo, mirándole ya como a yerno,
le dió entrada en su casa, con permiso de hablar en su presencia a
doña Elena. El gallego nada tardó en enamorarse de ella; esto era
inevitable. Se declaró con don Jorge, quien le dijo que accedía a su
pretensión, pero que no quería precisar a su hija, y que así, la
dejaba dueña de la elección. En seguida se valió don Blas de todos los
medios que pudo discurrir para agradarla; pero estaba tan prendada de
mí, que no le dió oídos. Felicia, sin embargo, se había interesado por
aquel caballero, habiéndola obligado éste con regalos a contribuir a
su amor, y así, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra parte, el
padre ayudaba a la criada con reconvenciones, y, con todo, en un año
entero no hicieron mas que atormentar a doña Elena, sin poder reducirla
a olvidarme.
»Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se empeñaban inútilmente por
él, les propuso un arbitrio para vencer la obstinación de una amante
tan apasionada. «Ved aquí--les dijo--lo que he pensado: fingiremos que
un mercader de Coria acaba de recibir carta de un comerciante italiano,
en la que, después de hablarle largamente de negocios de comercio,
se leerán las palabras siguientes: «Poco tiempo hace que llegó a la
corte de Parma un caballero español, llamado don Gastón de Cogollos.
Dice ser sobrino y único heredero de una viuda rica de Coria, llamada
doña Leonor de Lajarilla, y pretende casarse con la hija de un señor
poderoso, pero no quieren aceptar su propuesta hasta haberse informado
de la verdad, y tengo el encargo de preguntárselo a usted. Dígame, le
suplico, si conoce a este don Gastón y en qué consisten los bienes de
su tía. La respuesta de usted decidirá este enlace.--Parma, etc.»
»Esta trampa le pareció al viejo un juego y engaño perdonable en
los enamorados; la criada, aún menos escrupulosa que el buen hombre,
la aplaudió mucho. La ficción les pareció tanto mejor cuanto que
conocían la altivez de Elena, la cual, como no llegara a sospechar el
fraude, era una mujer capaz de resolverse a abrazar el partido que le
proponían. Don Jorge tomó a su cargo el anunciarle por sí mismo mi
inconstancia, y, para que pareciera la cosa más natural, hacerle hablar
al mercader que había recibido de Parma la supuesta carta. Efectuaron
el pensamiento como lo habían formado. El padre, alterado y aparentando
enojo y despecho, le dijo: «Hija mía Elena, nada más te diré sino que
nuestros parientes todos los días claman sobre que jamás permita entre
en nuestra familia al homicida de don Agustín, y hoy tengo otra razón
más poderosa para alejarte de don Gastón. ¡Avergüénzate de serle tan
fiel! Es un voltario, un pérfido, y ve aquí una prueba cierta de su
infidelidad: lee tú misma esa carta que un mercader de Coria acaba de
recibir de Italia.» Asustada Elena, tomó el fingido papel, lo leyó,
meditó sobre todas sus expresiones y se quedó absorta de la nueva de
mi inconstancia. Un afecto de ternura le hizo después verter algunas
lágrimas; pero recobrando presto su orgullo, las enjugó y dijo con
entereza a su padre: «Señor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza
séalo también de la victoria que voy a conseguir sobre mí. ¡Ya se
acabó! Don Gastón es ya despreciable a mis ojos; en él sólo veo al
hombre más indigno de este mundo. ¡No hablemos más de él! ¡Vamos,
nada me detiene ya! Dispuesta estoy a dar la mano a don Blas. ¡Ojalá
que mi casamiento preceda al de aquel pérfido que tan mal ha pagado mi
amor!» Don Jorge, enajenado de alegría al oír estas palabras, abrazó
a su hija, alabó la esforzada resolución que tomaba y, aplaudiéndose
del feliz éxito de la estratagema, se dió prisa a cumplir los deseos
de mi rival. De este modo me quitaron a doña Elena, la que se entregó
precipitadamente a Cambados, sin querer escuchar al amor que le
hablaba por mí en su corazón ni aun dudar un instante de una noticia
que debiera haber encontrado menos credulidad en una amante. Impelida
de su orgullo, sólo dió oídos a su vanidad, y el resentimiento de la
injuria que imaginaba había yo hecho a su hermosura superó al interés
de su amor. Sin embargo, pasados algunos días después de su casamiento,
sintió algunos remordimientos de haberlo acelerado. Se le previno
entonces que la carta del mercader podía haber sido fingida, y esta
sospecha la inquietó; pero el enamorado don Blas no daba lugar a que su
mujer alimentase ideas contrarias a su reposo y no pensaba mas que en
divertirla, lo que conseguía con repetidos placeres que tenía arte para
inventar.
»Ella parecía vivir muy gustosa con un esposo tan obsequioso y reinaba
entre ambos una perfecta unión, cuando mi tía compuso mi asunto
con los parientes de don Agustín, de lo que recibí aviso en Italia
inmediatamente. Estaba entonces en Regio, en la Calabria Ulterior. Pasé
a Sicilia, de allí a España, y, llevado en alas del amor, llegué en
fin a Coria. Doña Leonor, que no me había escrito el casamiento de la
hija de don Jorge, me lo notició a mi llegada, y viendo que me afligía,
dijo: «Haces mal, sobrino mío, de mostrarte tan sentido de la pérdida
de una dama que no ha podido serte fiel. Créeme: destierra del corazón
y de la memoria a una persona que ya no es digna de ocuparlos.»
»Como mi tía ignoraba que habían engañado a doña Elena, tenía razón
para hablarme así y no podía darme un consejo más discreto, por lo
que me prometí seguirlo, o a lo menos aparentar un aire indiferente
si no era capaz de vencer mi pasión. Sin embargo, no pude resistir al
deseo de saber de qué modo se había concertado este casamiento y, para
enterarme, resolví ver a la amiga de Felicia, es decir, a la señora
Teodora, de quien ya os he hablado. Fuí a su casa, en donde casualmente
encontré a Felicia, la cual, estando muy ajena de verme, se turbó y
quiso retirarse por evitar la averiguación que juzgó querría yo hacer.
La detuve y le dije: «¿Por qué huís de mí? ¿No está contenta la perjura
Elena con haberme sacrificado? ¿Os ha prohibido escuchar mis quejas? ¿O
tratáis solamente de evitar mi presencia por haceros un mérito con la
ingrata de haberos negado a oírlas?»
«Señor--me respondió la criada--, confieso ingenuamente que vuestra
presencia me confunde; no puedo veros sin sentirme despedazada de mil
remordimientos. A mi ama la han seducido y yo he tenido la desgracia de
ser cómplice en la seducción. A vista de esto, ¿puedo yo sin vergüenza
presentarme a usted?» «¡Oh cielos!--repliqué yo con sorpresa--. ¿Qué me
dices? ¡Explícate con más claridad!» Entonces la criada me contó punto
por punto la estratagema de que se había valido Cambados para robarme
a doña Elena, y advirtiendo que su narración me atravesaba el alma, se
esforzó a consolarme. Me ofreció sus buenos oficios para con su ama;
me prometió desengañarla y pintarle mi desesperación; en una palabra,
no omitir nada para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me dió
esperanzas que mitigaron algún tanto mis penas.
»Dejando a un lado las infinitas contradicciones que tuvo que sufrir
de parte de doña Elena para que consintiera en verme, al fin pudo
conseguirlo y resolvieron entre ellas que me introducirían secretamente
en casa de don Blas la primera vez que éste saliese para una hacienda,
adonde iba de tiempo en tiempo a cazar y en la que se detenía por lo
común un día o dos. Este designio no tardó en ejecutarse; el marido se
ausentó, de lo que advertido yo, fuí introducido en el cuarto de su
mujer.
»Quise principiar la conversación con reconvenciones, pero ella me
hizo callar diciéndome: «Es inútil traer a la memoria lo pasado; aquí
no se trata de enternecernos uno y otro, y os engañáis si me creéis
dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro que no he dado
mi consentimiento para esta secreta entrevista ni he cedido a las
instancias que se me han hecho sino para deciros de viva voz que en
adelante no debéis pensar mas que en olvidarme. Quizá viviría yo más
satisfecha de mi suerte si ésta se hubiese unido a la vuestra; pero
ya que el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer sus
decretos.»
«Pues qué, señora--le respondí--, ¿no basta el haberos perdido? ¿No
basta ver al dichoso don Blas poseer pacíficamente la única persona que
soy capaz de amar, sino que también debo desterraros de mi pensamiento?
¡Queréis privarme de mi amor y quitarme el único bien que me queda!
¡Ah, cruel! ¿Pensáis que sea posible que un hombre a quien robasteis
el corazón vuelva a recobrarle? ¡Conoceos más bien que os conocéis
y dejaos de exhortarme en vano a que os borre de mi memoria!» «Está
bien--replicó ella con precipitación--; pues cesad vos también de
esperar que yo corresponda a vuestra pasión con algún agradecimiento.
Sólo una palabra tengo que deciros: la esposa de don Blas no será la
amante de don Gastón. Caminad sobre este supuesto. Retiraos--añadió--y
acabemos prontamente una conversación de que me reprendo a mí misma, a
pesar de la pureza de mis intenciones, y que miraría como un crimen si
la prolongase.»
»Al oír estas palabras, que me privaban de toda esperanza, me arrojé
a los pies de doña Elena; habléle con la mayor ternura y empleé
hasta lágrimas para enternecerla; pero todo esto no sirvió mas que
de excitar acaso algunos afectos de lástima, que tuvo buen cuidado
de ocultar y que sacrificó a su deber. Después de haber apurado
infructuosamente las expresiones amorosas, los ruegos y las lágrimas,
mi cariño se convirtió de repente en furor y saqué la espada con
intento de atravesarme con ella a presencia de la inexorable Elena,
que apenas advirtió mi acción cuando se arrojó a mí para precaver sus
consecuencias. «¡Deteneos, Cogollos!--me dijo--. ¿Es este el modo que
tenéis de mirar por mi reputación? Quitándoos así la vida, vais a
deshonrarme y hacer pasar a mi marido por un asesino.»
»En la desesperación de que estaba dominado, muy lejos de atender a
estas palabras como debía, no pensaba mas que en burlar los esfuerzos
que hacían el ama y la criada para salvarme de mi funesta mano. Sin
duda hubiera conseguido demasiado pronto mi intento si don Blas,
que estaba avisado de nuestra entrevista y que en lugar de ir a su
hacienda se había escondido detrás de un tapiz para oír nuestra
conversación, no hubiera acudido corriendo a unirse a ellas. «¡Señor
don Gastón--exclamó, deteniéndome el brazo--, recóbrese usted y no se
rinda cobardemente al furioso enajenamiento que le agita!»
»Yo interrumpí a Cambados diciéndole: «¿Es usted quien me impide
ejecutar mi resolución, cuando debiera atravesar mi pecho con un puñal?
Mi amor, aunque desgraciado, os ofende. ¿No basta que me sorprendáis
de noche en el cuarto de vuestra esposa? ¿Se necesita más para excitar
vuestra venganza? ¡Traspasadme para libraros de un hombre que no puede
dejar de adorar a doña Elena sino cesando de vivir!» «En vano--me
respondió don Blas--procura usted interesar mi honor para que le dé la
muerte. Bastante castigado queda usted de su temeridad, y yo agradezco
tanto a mi esposa sus sentimientos virtuosos, que le perdono la
ocasión en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos--añadió--, no os
desesperéis como un débil amante; someteos con valor a la necesidad.»
»El prudente gallego, con estas y otras semejantes expresiones, calmó
poco a poco mi arrebato y despertó mi virtud. Me retiré con ánimo de
alejarme de Elena y de los lugares que habitaba, y dos días después
me volví a Madrid, en donde, no queriendo ya ocuparme sino en el
cuidado de mi fortuna, comencé a presentarme en la corte y a ganar
en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer una estrecha
amistad con el marqués de Villarreal, gran señor portugués, el cual,
por haberse sospechado de él que pensaba en libertar a Portugal del
dominio de los españoles, está hoy en el castillo de Alicante. Como el
duque de Lerma ha sabido que yo era íntimo amigo de este señor, me ha
hecho también prender y conducir aquí. Este ministro cree que puedo ser
cómplice en tal proyecto, ultraje que es más sensible para un hombre
noble y castellano.»
Aquí cesó de hablar don Gastón y yo le consolé diciendo: «Caballero,
el honor de usted no puede recibir lesión alguna en esta desgracia, la
cual en adelante sin duda será a usted de provecho. Cuando el duque
de Lerma se entere de su inocencia, no dejará de darle un empleo
importante para restablecer la buena opinión de un caballero acusado
injustamente de traición.»