Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas y le da muchas
noticias.
Tordesillas, que entró en la sala, interrumpió nuestra conversación
diciéndome: «Señor Gil Blas, acabo de hablar con un mozo que se ha
presentado a la puerta de esta prisión y preguntado si estaba usted
preso; y no habiéndole querido dar respuesta, me dijo llorando: «¡Noble
alcaide, no desprecie usted mi humilde súplica; dígame si el señor
Santillana está aquí! Soy su principal criado, y si me permite verle
hará en ello una obra de caridad. En Segovia está usted tenido por
un hidalgo compasivo, y así, espero no me niegue el favor de hablar
un instante con mi querido amo, que es más infeliz que culpado.» En
fin--continuó don Andrés--, este mozo me ha manifestado tanto deseo de
ver a usted, que le he prometido darle a la noche este gusto.»
Aseguré a Tordesillas que el mayor placer que podía darme era
traerme aquel joven, quien probablemente tendría que decirme cosas
muy importantes. Esperé con impaciencia el momento de ver a mi fiel
Escipión, porque no dudaba fuese él, y, a la verdad, no me engañaba.
A la caída del día se le dió entrada en la torre, y su gozo, que
solamente podía igualarse con el mío, se mostró al verme con arrebatos
extraordinarios. Yo, con el júbilo que sentí al verle, le abracé, y él
hizo lo mismo con todo cariño. Fué tal la satisfacción que tuvieron
de verse el amo y el secretario, que se confundieron en uno con este
abrazo.
En seguida de esto pregunté a Escipión en qué estado había dejado mi
casa. «Ya no tiene usted casa--me respondió--, y para ahorrarle el
trabajo de hacer preguntas sobre preguntas voy a decir en dos palabras
lo que ha pasado en ella. Vuestros muebles han sido saqueados, tanto
por los ministros como por los criados de usted, los cuales, mirándole
ya como un hombre enteramente perdido, han tomado a cuenta de sus
salarios cuanto han podido llevar. La fortuna fué que tuve la habilidad
de salvar de sus garras dos grandes talegos de doblones de a ocho que
saqué del cofre y puse en salvo. Salero, a quien he hecho depositario
de ellos, os los devolverá cuando salgáis de la torre, en donde no creo
estéis mucho tiempo a expensas de su majestad, pues habéis sido preso
sin conocimiento del duque de Lerma.»
Pregunté a Escipión de dónde sabía que su excelencia no tenía parte
en mi desgracia. «¡Ah! Ciertamente--me respondió--, de ello estoy muy
bien informado, pues un amigo mío, confidente del duque de Uceda, me
ha contado todas las particularidades de vuestra prisión. Me ha dicho
que, habiendo descubierto Calderón por medio de un criado que la
señora Sirena, usando de otro nombre, recibía de noche al príncipe de
España, y que el conde de Lemos manejaba esta trama valiéndose del
señor de Santillana, había resuelto vengarse de ellos y de su querida,
para cuyo logro, dirigiéndose secretamente al duque de Uceda, se lo
descubrió todo, y que alegre éste de que se le hubiese presentado
tan bella ocasión de perder a su enemigo, no dejó de aprovecharla,
informando al rey de lo que había sabido y haciéndole presente con
eficacia los peligros a que el príncipe se había expuesto. Indignado
su majestad de esta noticia, mandó poner en la casa de las Recogidas a
Sirena, desterró al conde de Lemos y condenó a Gil Blas a una prisión
perpetua. Vea usted aquí--prosiguió Escipión--lo que me ha dicho mi
amigo. Ya ve usted que su desgracia es obra del duque de Uceda, o más
bien de don Rodrigo Calderón.»
Esta relación me hizo creer que con el tiempo podrían componerse mis
asuntos y que el duque de Lerma, resentido del destierro de su sobrino,
todo lo pondría en movimiento para hacerle volver a la corte, y me
lisonjeaba de que su excelencia no me olvidaría. ¡Qué gran cosa es la
esperanza! De un golpe me consolé de la pérdida de mis efectos y me
puse tan alegre como si tuviera motivo para estarlo. Lejos de mirar
mi prisión como una habitación desdichada, en donde quizá había de
acabar mis días, me pareció un medio de que se valía la Fortuna para
elevarme a un gran puesto. Mi fantasía discurría del modo siguiente:
los allegados del primer ministro son don Fernando de Borja, el padre
Jerónimo de Florencia y sobre todo fray Luis de Aliaga, quien le debe
el lugar que ocupa cerca del rey. Con el favor de estos poderosos
amigos, su excelencia destruirá sus enemigos, o, por otra parte, el
Estado acaso mudará presto de semblante. Su Majestad está muy achacoso,
y así que muera, la primera cosa que hará el príncipe su hijo será
llamar al conde de Lemos, quien me sacará inmediatamente de aquí, me
presentará al monarca, el que, para compensar los trabajos que he
padecido, me colmará de beneficios. Embelesado así con pensar en los
gustos venideros, casi ya no sentía los males presentes. Creo también
que los dos talegos de doblones que mi secretario había depositado en
casa del platero contribuyeron tanto como la esperanza para consolarme
prontamente.
El celo e integridad de Escipión me habían agradado mucho y en
prueba de ello le ofrecí la mitad del dinero que había salvado del
pillaje, lo que rehusó. «Espero de usted--me dijo--otra señal de
reconocimiento.» Admirado tanto de sus palabras como de que rehusara
la oferta, le pregunté qué podía hacer por él. «No nos separemos--me
respondió--; permita usted que una mi fortuna con la suya. Jamás he
tenido a ningún amo el amor que tengo a usted.» «Y yo, hijo mío--le
dije--, puedo asegurarte que no amas a un ingrato. Desde el punto en
que te presentaste para servirme, gusté de ti; posible es que ambos
hayamos nacido bajo los signos de Libra o Géminis, que, según dicen,
son las dos constelaciones que unen a los hombres. Admito gustoso la
compañía que me propones, y para dar principio a ella voy a pedir
al señor alcaide te encierre conmigo en esta torre.» «Eso es lo que
quiero--exclamó--; usted me ha adivinado el pensamiento e iba a
suplicarle pretendiese esta gracia, pues aprecio más vuestra compañía
que la libertad. Solamente saldré algunas veces para ir a Madrid a
adquirir noticias a la covachuela y ver si ha habido en la corte alguna
mudanza que pueda serle a usted favorable, de modo que en mí tendrá
usted a un mismo tiempo un confidente, un correo y un espía.»
Estas ventajas eran demasiado considerables para privarme de ellas.
Retuve, pues, conmigo a un hombre tan útil, con licencia del generoso
alcaide, que no me quiso negar tan dulce consuelo.