De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido que le despertó.
Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar sobre lo que me
había dicho Tordesillas. «¿Conque aquí me estoy--decía--por haber
contribuído a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué imprudencia
ha sido el haber servido en semejantes cosas a un príncipe tan joven!
Pues todo mi delito consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar
de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese de más edad.
Pero ¿quién habrá dado semejante aviso al monarca sin haber temido el
resentimiento del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, éste
querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino. Pero lo que yo no puedo
comprender es cómo el rey ha podido descubrirlo.»
Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo, lo que más me afligía,
más me desesperaba y lo que no podía desechar de mi imaginación era
el saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos. «¡Tesoro
mío!--exclamé--. ¿Dónde estás? ¡Amadas riquezas mías! ¿Qué ha sido de
vosotras? ¿En qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido en
menos tiempo del que os gané!» Me representaba el desorden que habría
en mi casa, y sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La
confusión de tantos pensamientos diferentes me sepultó en una tristeza
que me fué provechosa, pues cogí el sueño, que la noche antes no había
podido conciliar. También contribuyeron a ello la buena cama, la fatiga
que había padecido y los vapores del vino y de la cena. Me quedé
profundamente dormido, y, según las señales, me hubiera amanecido así
a no haberme despertado de improviso un ruido bastante extraordinario
para una cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que cantaba al son
de ella. Escuché con atención, pero ya nada oí. Creí que era un sueño,
pero de allí a un instante volví a oír el mismo instrumento y que
cantaban los versos siguientes:
¡Ay de mí! ¡Un año felice
parece un soplo ligero;
pero, sin dicha, un instante
es un siglo de tormento!
Esta copla, que parecía se había compuesto de intento para mí, aumentó
mis pesares. «La verdad de estas palabras--me decía yo--harto la
experimento. Me parece que el tiempo de mi felicidad ha pasado bien
pronto y que hace un siglo que estoy preso.» Volví a sepultarme en
una terrible melancolía y a desconsolarme como si tuviese gusto en
ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los primeros rayos del
sol que alumbraron mi estancia calmaron un poco mis inquietudes. Me
levanté a abrir la ventana para que entrase el aire en el cuarto; miré
el campo, cuya vista me trajo a la memoria la bella descripción que el
señor alcaide me había hecho de él, pero no encontré objetos con que
acreditar la verdad de lo que me había dicho. El Eresma, que yo creía a
lo menos igual al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el cardo
eran el único adorno de sus _riberas floridas_, y el supuesto _valle
delicioso_ no ofreció a mi vista sino tierras la mayor parte incultas.
Al parecer, todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía que debía
representarme las cosas de otro modo de como las veía entonces.
Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas acompañado de una criada
anciana que me traía camisas y toallas. «Señor Gil Blas--me dijo--,
aquí tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, que yo
cuidaré de que la tenga siempre de sobra. Y bien--añadió--, ¿cómo ha
pasado usted la noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos
instantes?» «Puede ser--respondí--que durmiera todavía si no me hubiera
despertado una voz acompañada de una guitarra.» «El caballero que ha
turbado su reposo--respondió--es un reo de Estado que está en un cuarto
inmediato al de usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, y de
muy buena presencia, que se llama don Gastón de Cogollos. Si ustedes
quieren, pueden tratarse y comer juntos, y así, en sus conversaciones
se consolarán mutuamente y para ambos será esto de mucha satisfacción.»
Manifesté a don Andrés que agradecía infinito la licencia que me daba
de unir mi dolor con el de este caballero, y como diese a entender
mi vivo deseo de conocer a aquel compañero en mi desgracia, nuestro
cortés alcaide desde aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí
con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me cautivaron. ¿Cuál
sería su hermosura, cuando deslumbró mis ojos, acostumbrados a ver la
juventud más bella de la corte? Imagínese un hombre que parecía una
miniatura, uno de aquellos héroes de novela que para desvelar a las
princesas no necesitaba mas que presentarse; añádase a esto que la
Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad sus dones, había
dotado a Cogollos de mucho valor y entendimiento y se formará una
ligera idea de las perfecciones que le adornaban.
Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna de no desagradarle.
Aunque le supliqué no dejase de cantar por mí de noche, nunca volvió
a hacerlo, temiendo incomodarme. Dos personas a quienes aflige una
mala suerte se unen con facilidad. A nuestro conocimiento se siguió
bien presto una tierna amistad, la cual se estrechó cada día más. La
libertad que teníamos de hablar cuando queríamos nos sirvió muchísimo,
pues en nuestras conversaciones nos ayudábamos recíprocamente a llevar
con paciencia nuestra desgracia.
Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se preparaba a tocar la
guitarra. Para oírle más cómodamente me senté en un banquillo, que era
la única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una sonata tierna y
cantó después unas coplas que explicaban la desesperación a que reducía
a un amante la crueldad de su dama. Así que acabó le dije sonriéndome:
«Caballero, nunca necesitará usted emplear tales versos en sus
galanteos, porque su persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted me
favorece--respondió--. Los versos que usted acaba de oír los compuse
para ablandar un corazón que yo creía de diamante, para enternecer a
una dama que me trataba con un rigor extremado. Es preciso cuente a
usted esta historia y al mismo tiempo sabrá usted la de mis desgracias.»