CAPITULO V

De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido que le despertó.

Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar sobre lo que me

había dicho Tordesillas. «¿Conque aquí me estoy--decía--por haber

contribuído a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué imprudencia

ha sido el haber servido en semejantes cosas a un príncipe tan joven!

Pues todo mi delito consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar

de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese de más edad.

Pero ¿quién habrá dado semejante aviso al monarca sin haber temido el

resentimiento del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, éste

querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino. Pero lo que yo no puedo

comprender es cómo el rey ha podido descubrirlo.»

Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo, lo que más me afligía,

más me desesperaba y lo que no podía desechar de mi imaginación era

el saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos. «¡Tesoro

mío!--exclamé--. ¿Dónde estás? ¡Amadas riquezas mías! ¿Qué ha sido de

vosotras? ¿En qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido en

menos tiempo del que os gané!» Me representaba el desorden que habría

en mi casa, y sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La

confusión de tantos pensamientos diferentes me sepultó en una tristeza

que me fué provechosa, pues cogí el sueño, que la noche antes no había

podido conciliar. También contribuyeron a ello la buena cama, la fatiga

que había padecido y los vapores del vino y de la cena. Me quedé

profundamente dormido, y, según las señales, me hubiera amanecido así

a no haberme despertado de improviso un ruido bastante extraordinario

para una cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que cantaba al son

de ella. Escuché con atención, pero ya nada oí. Creí que era un sueño,

pero de allí a un instante volví a oír el mismo instrumento y que

cantaban los versos siguientes:

¡Ay de mí! ¡Un año felice

parece un soplo ligero;

pero, sin dicha, un instante

es un siglo de tormento!

Esta copla, que parecía se había compuesto de intento para mí, aumentó

mis pesares. «La verdad de estas palabras--me decía yo--harto la

experimento. Me parece que el tiempo de mi felicidad ha pasado bien

pronto y que hace un siglo que estoy preso.» Volví a sepultarme en

una terrible melancolía y a desconsolarme como si tuviese gusto en

ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los primeros rayos del

sol que alumbraron mi estancia calmaron un poco mis inquietudes. Me

levanté a abrir la ventana para que entrase el aire en el cuarto; miré

el campo, cuya vista me trajo a la memoria la bella descripción que el

señor alcaide me había hecho de él, pero no encontré objetos con que

acreditar la verdad de lo que me había dicho. El Eresma, que yo creía a

lo menos igual al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el cardo

eran el único adorno de sus _riberas floridas_, y el supuesto _valle

delicioso_ no ofreció a mi vista sino tierras la mayor parte incultas.

Al parecer, todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía que debía

representarme las cosas de otro modo de como las veía entonces.

Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas acompañado de una criada

anciana que me traía camisas y toallas. «Señor Gil Blas--me dijo--,

aquí tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, que yo

cuidaré de que la tenga siempre de sobra. Y bien--añadió--, ¿cómo ha

pasado usted la noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos

instantes?» «Puede ser--respondí--que durmiera todavía si no me hubiera

despertado una voz acompañada de una guitarra.» «El caballero que ha

turbado su reposo--respondió--es un reo de Estado que está en un cuarto

inmediato al de usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, y de

muy buena presencia, que se llama don Gastón de Cogollos. Si ustedes

quieren, pueden tratarse y comer juntos, y así, en sus conversaciones

se consolarán mutuamente y para ambos será esto de mucha satisfacción.»

Manifesté a don Andrés que agradecía infinito la licencia que me daba

de unir mi dolor con el de este caballero, y como diese a entender

mi vivo deseo de conocer a aquel compañero en mi desgracia, nuestro

cortés alcaide desde aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí

con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me cautivaron. ¿Cuál

sería su hermosura, cuando deslumbró mis ojos, acostumbrados a ver la

juventud más bella de la corte? Imagínese un hombre que parecía una

miniatura, uno de aquellos héroes de novela que para desvelar a las

princesas no necesitaba mas que presentarse; añádase a esto que la

Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad sus dones, había

dotado a Cogollos de mucho valor y entendimiento y se formará una

ligera idea de las perfecciones que le adornaban.

Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna de no desagradarle.

Aunque le supliqué no dejase de cantar por mí de noche, nunca volvió

a hacerlo, temiendo incomodarme. Dos personas a quienes aflige una

mala suerte se unen con facilidad. A nuestro conocimiento se siguió

bien presto una tierna amistad, la cual se estrechó cada día más. La

libertad que teníamos de hablar cuando queríamos nos sirvió muchísimo,

pues en nuestras conversaciones nos ayudábamos recíprocamente a llevar

con paciencia nuestra desgracia.

Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se preparaba a tocar la

guitarra. Para oírle más cómodamente me senté en un banquillo, que era

la única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una sonata tierna y

cantó después unas coplas que explicaban la desesperación a que reducía

a un amante la crueldad de su dama. Así que acabó le dije sonriéndome:

«Caballero, nunca necesitará usted emplear tales versos en sus

galanteos, porque su persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted me

favorece--respondió--. Los versos que usted acaba de oír los compuse

para ablandar un corazón que yo creía de diamante, para enternecer a

una dama que me trataba con un rigor extremado. Es preciso cuente a

usted esta historia y al mismo tiempo sabrá usted la de mis desgracias.»

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 31 / 102 题