XX.

La isla Bracie (Berzil). -- La estatua de las Azores. -- Las monedas

halladas en la isla Corvo. -- El monumento de la Isla de San Miguel.

Ya he indicado antes las relaciones de posición y de origen que existían

en la Edad Media entre el grupo de las Azores y las islas que aparecen

en los mapas italianos desde 1351 hasta 1459 con los nombres de

_Bracie_[407], _Brasil_[408] y _Berzil_[409].

En sus sabias investigaciones acerca del _Milione_ de Marco Polo, el

conde Baldelli ha hecho renacer la idea de que el nombre de Bracie,

convertido en Brasil, se refiere al fuego volcánico de las Azores, y por

ello véome precisado á entrar sobre este punto en algunos detalles

etimológicos. Procuraré ser breve, recordando, sin embargo, que el

examen filológico á que el geógrafo somete los nombres de las islas, de

los ríos y de los pueblos, sirve frecuentemente para descubrir su

identidad en gran número de mapas y para impedir la duplicidad de

denominaciones[410].

Tres siglos antes de la expedición de Gama, cuando el comercio con la

India hacíase por la vía terrestre, en Italia y en España era conocida

con los nombres de _bresill_, _brasilly_, _bresilji_, _braxilis_ y

_brasile_ una madera roja á propósito para teñir las lanas y el algodón.

Muratori[411] ha comprobado este hecho por medio de las tarifas de la

Aduana de Ferrara de 1193 y de las de Módena de 1306.

Los documentos publicados por el Sr. Capmany[412], relativos al antiguo

comercio de los catalanes, no permiten dudar de la importación de la

madera de tinte ó brasil en España desde 1221 á 1243, y desde el siglo

IX era conocida esta preciosa producción del Malabar y del Archipiélago

de la India. Abuzeid-el-Hacen, natural de Siraf, uno de los dos viajeros

árabes cuyos itinerarios ha publicado Renaudot, elogia la madera roja de

la isla Ramni ó Sumatra. El geógrafo de Nubia[413] menciona también la

misma madera de tinte entre los objetos de comercio de la isla Alrami

que se cree sea la misma Sumatra, aunque la sitúa á tres días de

navegación de Ceylán ó Selan-dib (Sarandib). El texto árabe llama

_bakkam_[414] lo que las traducciones latinas denominan _bresillum_.

Marco Polo conoció la madera colorante llamada _verzino_, pero sólo la

nombra una sola vez, y no para indicar el sándalo rojo, del cual dice

que hay bosques en la isla de San Lorenzo (Madagascar), sino para

comparar al _verzino_ una planta de Sumatra que se cogía cada tres años

y de la cual sembró semilla, sin buen éxito, en el territorio

veneciano[415].

M. Marsden supone[416] que la madera de Bresil de la Edad Media, la de

las Indias Orientales, era el _sapang_ de los malayos (Cæsalpinia

sapan); pero creo probable que los árabes introdujeran en el comercio

muchas especies de madera roja con el nombre de _bakkam_, sobre todo la

madera de _chandana_ (Pterocarpus santalinus), que en Bengala lleva

también el nombre persa de _bukhum_[417] y de la cual ha extraído M.

Pelletier la verdadera laca roja.

Vimos anteriormente que desde el siglo XIV las islas del Atlántico,

pertenecientes probablemente al Archipiélago volcánico de las Azores,

aparecían en los mapas con los nombres de Bracie, Berzil y Brasil. Pedro

Coppo da Isola supone en su Portulan[418] de 1528 que Cristóbal Colón,

antes de llegar á las costas de América, tocó «en las islas Ventura,

Columbo y Brasil.» A primera vista parece seguro reconocer en uno de

estos nombres geográficos el de un bosque de madera roja de la India;

pero ¿cuál puede ser el árbol que, en un grupo de islas cuya flora se

parece á la de Portugal, ocasione tan extraña equivocación?

Como el mapa de Pizigano de 1367 dice _yxola Brazie_ (no Brazir) _seu

Mayotas_, M. Buache opina, en su Memoria relativa á la Antillia, «que

Mayotas, Braçir y Tercera son sinónimos y designan país arrasado por los

volcanes.» Confieso no adivinar la etimología en que puede fundarse para

suponer que la primera y la tercera de estas denominaciones significan

país arrasado por los volcanes.

Los portugueses creen generalmente (y doy su opinión sin garantizar la

exactitud) que el nombre de _Terceira_ indica la _tercera isla_

descubierta (en 1449) después de las islas Santa María y San Miguel. En

esta interpretación no se cuentan para nada las Hormigas vistas por

Gonzalo Velho Cabral en 1431.

El conde Baldelli ha hecho revivir la opinión del geógrafo francés,

declarando más probable la explicación vulgar, la de la analogía de

nombre con una madera tintórea de la India. Yo no veo nada _ardiente_ en

los nombres de Mayotas y de Tercera; pero convengo en que Brazie

recuerda las palabras de la Europa latina, braise (francesa), braza y

braseiro (portuguesas), brasero y braciere (española é italiana)[419].

Ignoramos de qué idioma de Asia en la Edad Media se tomó el nombre de la

madera de tinte _brazilli_ ó _braxilis_, ó si estas denominaciones, como

las de índigo, de campeche ó de jalapa, indican localidades de origen.

Lo extendida que estuvo en los antiguos tiempos la civilización de la

India en el gran Archipiélago de Asia, induce á acudir á las raíces del

_sanscrito_, raíces en las cuales la significación de _rojo_ y de

_fuego_ se confunden[420]. Revisando los diarios de ruta y las cartas de

Colón, ni una sola vez encuentro el nombre de _palo del brasil_. Es

seguro, sin embargo, que desde 1495, y, por tanto, mucho tiempo antes

del descubrimiento de la _Terra Sanctæ Crucis_, que hoy llamamos Brasil,

una cæsalpinea de Santo Domingo (la _cæsalpinia brasiliensis_) fué

tomada por el _braxilis_ de las Grandes Indias; el _bakam_ del comercio

de los árabes.

Cuenta Anghiera, en el lib. IV de la primera década de las _Oceánicas_,

que en el segundo viaje de Colón encontróse en Haïti «Sylvas inmensas,

quæ arbores nullas nutriebant alias præterquam coccineas quarum lignum

mercatores Itali _verzinum_, Hispani _brasilum_ apellant.»

En el tercer viaje de Colón (déc. I, lib. 9, pág. 21), cargaron en la

costa de Paria tres mil libras de Brasil «superior al de Haïti».

Vicente Yáñez Pinzón, de cuyo itinerario nos ha conservado Grinæus un

fragmento, llama en 1499 estos árboles vistos en Paria (Payra) «bosques

de sándalo rojo».

A medida que los descubrimientos se extienden al Sur del cabo de San

Agustín, sobre todo después que Pedro Alvarez Cabral tomó posesión en

Mayo de 1500 de la _Tierra de Santa Cruz_, aumentó la actividad del

comercio de madera roja del continente americano.

En la cuarta expedición de Vespucci, en la que naufragó uno de los

barcos en los escollos que rodean la isla de Fernando Noroña, tomaron en

1504, cerca de la bahía de Todos los Santos, un cargamento de madera de

bresil[421]. Tan importante llegó á ser ya este comercio en 1510, que el

Gobierno español[422] prohibió la importación de todo _brasil_ que no

procediera «de las Indias (occidentales) pertenecientes á los dominios

de Castilla.»

Todo el mundo sabe que poco á poco, en la primera mitad del siglo XVI,

la abundancia de esta madera tintórea hizo cambiar el nombre de _Terra

de Sancta Cruz_ dado por Cabral en _Terra de Brasil_. «Cambio inspirado

por el demonio, dice el historiador Barros[423], porque la vil madera

que tiñe el paño de rojo no vale lo que la sangre vertida por nuestra

salvación.» De esta suerte el nombre _Brasil_ pasó desde el Archipiélago

de Asia á un cabo de la isla Tercera[424], y desde aquí á las costas

australes del Nuevo Continente.

Con estas investigaciones acerca de la isla de Brasil, del archipiélago

de los Azores, se relaciona la tradición tan vulgarizada de una estatua

ecuestre que los portugueses hallaron en la isla de Corvo, señalando con

un dedo al Oeste. Todos los libros, hasta los más elementales, que

tratan del descubrimiento de América, refieren esta tradición, sin

indicar documento alguno histórico, portugués ó español, que la

mencione. En vano he buscado este «cuento de marineros» en las obras de

los escritores de la _Conquista_, quienes con tanta extensión

discutieron los indicios que guiaron á Colón hacia las tierras del

Oeste. Martín Behaim, después de vivir tanto tiempo en las Azores en

casa de su suegro Iobst de Hürter, ninguna mención hace de este hallazgo

en su globo. Barros tampoco habla de él, ni Grinæus (1532), ni Sebastián

Münster (1550), ni Ortelio (1570), ni Andrés Thevet (1575). El silencio

de este último paréceme tanto más extraordinario, cuanto que observó por

sí mismo (como pronto veremos), en la isla de San Miguel, una

inscripción que creyó hecha «por el pueblo de Judea».

Pocas semanas hace que Mr. Link me ha dado á conocer un pasaje de la

_Historia del Reino de Portugal_, por _Manuel de Faria y Sousa_[425],

que detalladamente refiere la tradición de la estatua ecuestre. «En las

Azores, en la cumbre de un monte que llaman _del Cuervo_, fué hallada

una estatua de un hombre puesta á caballo en pelo, con la mano izquierda

apoyada en las crines del caballo y la derecha _señalando á Poniente_.

La estatua descansaba en una losa[426] de la misma clase de piedra. Más

abajo estaban grabadas en la roca algunas letras desconocidas.»

Como el historiador habla de los descubrimientos hechos desde 1447 á

1471, parece referirse su noticia á que los portugueses vieron este

monumento cuando por primera vez llegaron á la isla montañosa del

Cuervo. La fecha de este suceso es, sin embargo, incierta[427], pues

unos suponen que ocurrió en 1447 y otros en 1460. ¿Cómo es posible creer

que los contemporáneos de Cristóbal Colón, que tan minuciosamente hablan

de troncos de pinos arrojados por las corrientes á las costas de las

islas Graciosa y Fayal, de cadáveres de hombres de raza desconocida,

depositados por el oleaje en la arenosa playa de la isla de Flores,

próxima á la de Corvo, no tuvieran noticia alguna de hecho tan

extraordinario?

Un viajero muy ingenuo, que hace poco publicó su viaje, Mr. Boid, disipa

en parte estas dudas. Durante su larga permanencia en las islas grandes

del archipiélago de las Azores, adquirió las siguientes noticias

relativas á Corvo: «Es la más pequeña de las nueve islas; fórmala una

montaña con dos picos gemelos, y se llama Corvo (Cuervo), porque, vista

de lejos, toda ella parece negra[428]. Entre la multitud de absurdos que

divulgan sus pobres y supersticiosos habitantes, es uno asegurar

formalmente que á su isla se debe el descubrimiento del Nuevo

Continente, porque un promontorio que avanza en el mar hacia el NO.,

_presenta la forma_ de una persona que alarga la mano hacia Occidente.

La Providencia, añaden ellos, quiso que este promontorio de Corvo tenga

dicha forma extraordinaria para anunciar (á los marinos europeos) la

existencia de otro mundo. Comprendiendo é interpretando Colón esta

señal, se lanzó en el camino de los descubrimientos (hacia el Oeste).»

He aquí, pues, la estatua ecuestre reducida á un fenómeno natural.

Concíbese que una de esas configuraciones grotescas é _imitativas_ tan

frecuentes en las rocas volcánicas de basalto, traquita y pórfido

anfibolítico, pueda engendrar el cuento de una estatua ecuestre que los

eruditos no tardaron en atribuir á los cartagineses ó á los fenicios,

quienes, según sabemos por Strabón, no eran muy aficionados á mostrar el

camino de los descubrimientos á los pueblos rivales.

Los nombres de _fraile_, _monja_, _gigante_, dados en casi todas las

regiones alpinas de la América española, sea á rocas aisladas, sea á

cráteres de montañas, confirman esta probabilidad, y entre marinos las

ilusiones fantásticas son más comunes, porque el aspecto de un litoral

les produce impresiones más fuertes y duraderas.

Corvo no es en absoluto el punto más occidental del archipiélago de las

Azores, pues está á 3′ 5ʺ en arco más oriental[429] que Flores; pero al

volver los buques del Brasil, de Méjico y de las Antillas, favorecidos

por el Gulf Stream (corriente de agua caliente del Atlántico), pasan con

preferencia á la vista de la isla más septentrional, la de Corvo.

La forma de una roca del cabo noroeste no pudo recibir su significación

misteriosa sino después del descubrimiento de América y en una época en

que el comercio era más activo y el mar de las Azores estaba más

frecuentado. Esta circunstancia puede explicar hasta cierto punto el

silencio de los autores de los siglos XV y XVI; pero también puede ser

que, en un archipiélago representado ya en el mapa de Bianco con la

denominación árabe de BENTUFLA, haya contribuído alguna noción vaga de

tradiciones conservadas entre los geógrafos orientales (el scherif

Edrisi, Ebn-al-Uardi y Abdorraschid ó Bakui) á dar celebridad á la forma

rara de la roca de Corvo.

Pláceme observar la filiación no interrumpida de las ideas que desde la

más remota antigüedad griega, hasta los portulanos del veneciano

Pizzigani, han atravesado la Edad Media, y que los árabes transmitieron

á los geógrafos de Italia; aunque sea raro poder seguir con certidumbre

un mismo mito geográfico en la dirección de Oriente á Occidente.

Comencemos por las columnas de Hércules, que en tiempos aun más antiguos

eran llamadas de Saturno ó de Briareo.

Al hablar Strabón de la fundación de Gades por los Tyrios, discute con

mucha sagacidad y despreocupación lo que debe entenderse por el nombre

de _columnas_, y pregunta si fueron monumentos levantados por mano del

hombre, que dió su nombre á los sitios junto á los cuales los colocó.

Habla con este motivo «de altares, de torres y de columnas» á propósito

para los límites de un viaje (lib. III, pág. 171); pero el geógrafo de

Amasia no emplea las palabras _imagen_ ó _estatua_ de Hércules. Estas

palabras pertenecen á un pasaje de un comentario que Eustathes añadió al

texto de Dionisio de Charax, el Periegetes[430].

Sabido es que los árabes se ocuparon mucho de Hércules, á quien sin

cesar confundían con Alejandro, ó mejor, con un personaje bicornio,

Dhulcarnaïn, que abrió el estrecho de Cádiz, y cuya era asciende al

tiempo de Abraham. El geógrafo de la Nubia, cuyos testimonios reuno en

una sola nota[431], refiere que había seis estatuas colocadas en las

orillas del mar; la más oriental en Andalucía, en Gades; las otras en

las islas del mar Tenebroso, en las Canarias (_Khalidât_), haciendo

señal á los navegantes para que no fueran más allá.

Yakuti, natural de Baku y que por ello se le llama Bakui, dice lo mismo:

«Las islas _Khalidât_ (él las llama Dgialidat), situadas á la extremidad

del Mogreb (de Africa), donde los sabios fijan el primer grado de

longitud, son en número de seis. En cada una de ellas hay una estatua de

cien codos de altura, que es como un fanal, para dirigir los barcos y

hacerles saber que más allá no hay camino.»

Comparando estos dos pasajes de Edrisi y de Bakui con otro de la

geografía de Ebn-al-Uardi[432], donde dice claramente «una de las

estatuas colocadas en las islas Khalidât ó Canarias, sobre la cumbre de

una montaña, por Saad Abukarb, el Hermiarita, _el mismo que

Dhulcarnaïn_», se ve que el mito de los geógrafos árabes se refiere al

Hércules de los orientales. Admitiendo seis estatuas ó imágenes de

Hercules, se multiplicaban las _marcas ó señales_ para los navegantes,

como Palephatos (cap. 32) y Hésychio multiplican las _columnas_ hasta el

número de 304.

También como reminiscencia de estas tradiciones árabes, según observa

juiciosamente Mr. Buache, puso Pizzigano, en el siglo XIV, en un mapa de

su portulano y entre las islas _Brazie_ ó Azores, un medallón tras del

cual aparece una figura con una banderola en la mano en la que hay una

inscripción, y haciendo señales hacia el Este con la otra mano, sin duda

para detener á los navegantes[433].

Se ve, pues, cómo el límite de estos parajes «quæ non amplius

navigabiliæ sunt propter brevitatem maris et cænum et algam» ha ido

retrocediendo progresivamente hacia el Oeste. La astucia de los fenicios

lo colocó primero junto á las columnas de Hércules; Scylax lo señala

cerca de Cerné (Gauleón); la Edad Media, siguiendo las huellas de los

árabes, cerca de Azores, donde el banco de fucus (el mar de Sargazo) fué

visto antes de Cristóbal Colón.

Conforme á la serie de hechos, ó mejor dicho, de opiniones que acabo de

exponer, parece ser, al menos, muy probable que las imágenes de Hércules

y la supuesta estatua de Corvo pertenezcan á un mismo ciclo de geografía

sistemática. Pero la dirección de la mano, el gesto, debió cambiar desde

que el intrépido genovés hizo desaparecer el temor á los escollos del

mar Tenebroso.

Antes de terminar lo relativo al Archipiélago de las islas Azores,

añadiré algunas reflexiones acerca de las monedas fenicias encontradas

en la isla de Corvo y descritas por Mr. Podolyn, y del monumento de la

isla de San Miguel, de que habla el cosmógrafo Andrés Thevet.

Refiere Mr. Podolyn que, durante una tempestad, la resaca de las olas

puso al descubierto una gran vasija rota, dentro de la cual había

algunas monedas. Las llevaron á un convento, donde, desgraciadamente,

fueron distribuídas muchas entre personas curiosas. Nueve de ellas las

enviaron á Madrid al P. Flores, quien las regaló á Mr. Podolyn. No cabe

duda, en vista de los dibujos publicados en las Memorias de la Sociedad

de Gothemburgo, que estas monedas de oro y cobre, donde figuran una

cabeza de caballo, un caballo completo ó una palmera, son unas

cartaginesas y otras cyrenaicas, y recientemente han sido comparados sus

dibujos con los de monedas conservadas en el gabinete del Principe Real

de Dinamarca. Pero aun suponiendo que el hecho de la vasija rota,

descubierta en la isla de Corvo, esté bien comprobado, no es

absolutamente preciso admitir que los cartagineses hubieran llevado

dichas monedas. Sabemos que los árabes y los normandos visitaron las

Azores durante la Edad Media, y pudieron llevar consigo desde las costas

de Sicilia ó de Túnez monedas púnicas ó cyrenaicas, porque de las

primeras acuñaron gran número en Sicilia, principalmente en Panormo,

fundada por los fenicios. Del mismo modo se han encontrado con

frecuencia monedas árabes en las islas y en el litoral del Báltico.

De estas dos hipótesis, la segunda, ó sea la del transporte de las

monedas por los árabes ó por los normandos, es la que ha parecido más

probable á Malte Brun[434]. Debería sorprender, sin embargo, que

navegantes de la Edad Media hubieran depositado en las Azores solamente

monedas púnicas y cyrenaicas, sin mezcla de ninguna otra de distinto

origen. Como la fuerza de los vientos logra con frecuencia dominar la de

las corrientes, no se puede negar en absoluto que, haciendo el comercio

del estaño y del electrum, algunos barcos fenicios ó cartagineses se

desviaran de su ruta á través del Sinus Œstrymnicus, y fueran

llevados á las costas de las Azores; pero ¿cómo es posible encontrar la

huella de tal suceso en la isla casi más occidental del Archipiélago,

donde toca la parte del Gulf Stream que se dirige de Oeste á Este?

¿Pasaron los barcos más allá de las Azores al Norte del paralelo de 40°

y entraron en la corriente al Oeste de Corvo y de Flores? La solución

sería más fácil si la vasija hubiera sido descubierta en las islas de

Santa María y San Miguel, las más orientales del Archipiélago de las

Azores.

Al nombrar esta última isla, debo referir un hecho íntimamente ligado

con el asunto que examinamos. Andrés Thevet, cosmógrafo del rey Enrique

III, visitó en la segunda mitad del siglo XVI las fuentes termales de la

región de San Miguel, trastornada por erupciones volcánicas en 1449,

cerca de la Algoa da Sete Cidades, y con su estilo ingenuo y difuso[435]

describe las cavernas donde, al llegar por primera vez los portugueses,

vieron «un monumento de piedra de doce píes de largo, en el que había

esculpidas dos grandes culebras y letras hebraicas, que leyó, pero no

interpretó, un moro natural de España, hijo de judío.»

Como Thevet, que formalmente traduce Insulæ Accipitrum (Azores) por

_Islas del Viento_, es uno de los viajeros más desprovistos de crítica,

nada nos dice acerca del año en que esta caverna fué murada, y cómo pudo

copiar el moro una inscripción que, como ingeniosamente observa Mr.

Viken[436], podía muy bien tener algunos nombres propios numídicos ó

púnicos. Inútil es, por tanto, insistir en un hecho cuya verdad no se

puede comprobar. Parece natural que si el moro inventó la inscripción,

le hubiese dado un sentido preciso y sentencioso, expresado en

caracteres hebraicos.

El recuerdo de las islas del Brasil ó _Brazie_, que durante tanto tiempo

anduvieron errantes en los mapas, se ha conservado hasta nuestros días

en _Brasil Rock_, señalado en los bellos mapas ingleses de Purdy, 6° al

Oeste de la extremidad más austral de Irlanda.

En los mismos parajes, ó más bien, entre Irlanda, Terranova y las Azores

aparecen desde principios del siglo XVI en los mapas de Juan de la Cosa

(1500), de la edición de Ptolomeo (1522) y de Rivero (1529) con igual

incertidumbre de posición, Mayda ó Asmaïdes[437] é Isla Verde. Una y

otra están señaladas en los mapamundi modernos, con los nombres de Mayda

y Green Roke, como _peligros_ inciertos.

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 28 / 43 题