Probables comunicaciones entre ambos mundos, á causa de las
corrientes atmosféricas y oceánicas.
Acabamos de ver de qué suerte se mezcla en las tradiciones geográficas y
en las relaciones de los viajeros, á los recuerdos de los
descubrimientos reales y positivos, lo que sólo es pura ficción, y que
el imperio de ésta, basado en creencias de la más remota antigüedad, se
extendió en la Edad Media sobre todo hacia el Occidente. Si dicha nueva
dirección, y el inveterado error de la extensión de Asia hacia el
Oriente, abrieron la vía para los descubrimientos de Colón, otras
causas, poco importantes en la apariencia y hasta ahora mal explicadas,
no contribuyeron menos á inspirar confianza al marino genovés.
Pongo entre estas causas que le alentaron, el hecho tan conocido de los
objetos arrojados por el mar sobre las costas de las Azores, de Porto
Santo, y de las islas Canarias, y considerados como indicios de la
probable existencia de tierras habitadas en las regiones occidentales.
Algunas consideraciones de geografía física que el estado actual de los
conocimientos nos permite exponer, aclararán de nuevo el indicado
fenómeno.
«Afirmábase el Almirante en este pensamiento (el de descubrir islas ó
tierra para continuar con más facilidad sus designios), dice D. Fernando
Colón (_Vida del Almirante_, cap. VIII), con la lección de algunos
libros de ciertos filósofos, que decían, como cosa sin duda, que la
mayor parte de nuestro globo estaba seca, de que infaliblemente se
seguía haber más tierra que agua. Demás que oyó decir á muchos pilotos
hábiles, cursados en navegación de los mares occidentales, á las islas
de los Azores y á la de Madera, por muchos años, cosas que le persuadían
de que él no se engañaba, y que había tierras desconocidas hacia
Occidente. Martín Vicente, piloto del Rey de Portugal, le dijo que,
hallándose á 450 leguas hacia Occidente del cabo de San Vicente, había
sacado del agua un madero perfectamente labrado, y no con hierro, que el
viento de Poniente había traído; y concluía, que en esta parte había
infaliblemente algunas islas no conocidas. Pedro Correa, cuñado del
Almirante, le dijo que él había visto hacia la isla de Puerto Santo una
pieza de madera, semejante á la primera, venida de la misma parte de
Occidente; y añadía saber del Rey de Portugal que hacia la misma isla se
habían hallado en el agua cañas tan gruesas, que de nudo á nudo cabían
en ellas nueve garrafas de vino.» Herrera (déc. I, lib. I, cap. II)
asegura que el Rey había conservado estas cañas y se las mostró á Colón.
Ptolomeo en el lib. II[438] de su _Cosmografía_, dice, en efecto, que
hay cañas enormes en las partes orientales de las Indias.
Los habitantes (colonos) de las Azores decían que, cuando el viento
soplaba del Oeste, el mar arrojaba, especialmente en las costas de las
islas Graciosa y Fayal, pinos de una especie desconocida. A estos
indicios añadían algunos que un día encontraron en la playa de la isla
de Flores dos cadáveres de hombres con facciones y fisonomía
completamente distintas de los de nuestras costas. (Herrera, acaso
tomándolo de los manuscritos de Las Casas, dice que aquellos cadáveres
de cara larga no parecían ser de cristianos.)
Los habitantes del cabo de la Verga[439] dijeron también á Colón «que
habían visto _almadías_ ó barcas cubiertas, llenas de hombres de una
raza de que nunca oyeron hablar.»
El transporte de estos objetos (bambúes, troncos de pino, cadáveres
humanos, barcas llenas de personas vivas), depositados por las aguas del
Océano en las playas de las islas Azores, fueron atribuídos, según hemos
visto en el párrafo copiado de la _Vida del Almirante_, á la acción de
los vientos del Oeste. Esta explicación no es satisfactoria, por no
fundarse en hechos bien observados. La verdadera causa del transporte es
la gran corriente de agua caliente conocida con el nombre de _Gulf_ ó
_Florida Stream_. Los vientos del Oeste y del Noroeste no hacen más que
aumentar la velocidad media del río pelásgico, prolongar su acción hacia
el Este, hasta el golfo de Vizcaya y mezclar las aguas del _Gulf Stream_
con las de las corrientes del estrecho de Davis y del Africa
septentrional[440]. El mismo movimiento oceánico que en el siglo XV
arrojaba bambúes y pinos en el litoral de las Azores y de Porto Santo
deposita[441] anualmente en Irlanda, en las Hébridas y en Noruega
semillas de plantas tropicales (Mimosa scandens, Guilandina bonduc,
Dolichos urens), algunas veces hasta toneles bien conservados llenos de
vino de Francia, restos de cargamentos de barcos naufragados en el mar
de las Antillas. Los restos del buque de guerra _The Tilbury_, que se
incendió cerca de Jamaica, llegaron por el _Gulf Stream_ á las costas de
Escocia. Y aun hay hechos más notables: barriles de aceite de palma que
formaban parte de un cargamento de barcos ingleses, naufragados en cabo
López, en las costas de Africa, fueron arrojados á las mismas costas
después de atravesar dos veces el Atlántico, una de Este á Oeste entre
los grados 2 y 12 de latitud á favor de la corriente ecuatorial, y otra
de Oeste á Este, por medio del _Gulf Stream_, entre los 45° y 55° de
latitud. Durante las calmas, esta última corriente, viniendo del cabo
Hatteras, termina en el meridiano de la gran banda de sargazo (Fucus
natans), colocado un poco al Oeste de Corvo; pero cuando empiezan á
dominar los vientos del Oeste ó por otras causas meteorológicas eleva la
corriente el nivel de las aguas en el golfo de Méjico ó en el canal de
Bahama, _Gulf Stream_ envuelve las islas de Corvo y de Flores,
dividiéndose en dos brazos, uno que va hacia el NE. y otro hacia el
SSE.[442].
Las islas Graciosa y Fayal, que nombra Colón particularmente como puntos
donde el mar arrojaba troncos de pinos de una especie desconocida, son
las más próximas á las de Corvo y Flores, y, por tanto, las primeras que
reciben lo que la corriente lleva, cuando á los 30¾° y 32½° de
longitud occidental se inclina hacia el SSE. Estos pinos procedían, sin
duda, ó de las pequeña _Isla de Pinos_ en el banco de la Tortuga al
Oeste de las _Mártires_, ó de la parte NO. de la isla de Cuba, donde
cerca de Cayo de Moa[443], vió Colón por primera vez, y con grande
admiración, la primera conífera de los trópicos, ó de las costas de
Santo Domingo donde, según la observación de M. Barataro, cerca del cabo
Samana, descienden los pinos hasta la llanura.
Más sorpresa podrían causar las cañas de bambú (_guadua_ de las Antillas
y de toda la América equinoccial), llevadas por las corrientes á las
costas de Porto-Santo, porque alrededor de esta isla las aguas se mueven
generalmente hacia el S. y SSE. y reciben la misma dirección desde el
paralelo del cabo de Finisterre.
Pero un ejemplo que data del principio de mi viaje á América prueba que
de vez en cuando el _Gulf Stream_ de las Azores comunica con la
_corriente de Guinea_ ó del Norte de Africa, y lleva troncos de árboles
del nuevo continente hasta las islas Canarias. Poco antes de mi llegada
á Tenerife el mar había depositado en la rada de Santa Cruz un tronco de
Cedrela odorata, cubierto de corteza y líquenes, árbol americano que no
puede confundirse con ningún otro, que sin duda había sido arrancado de
la costa de Paria ó de la de Honduras siguiendo el gran _vortex_ del
golfo de Méjico y del canal de Bahama.
En el estado medio de los movimientos del Atlántico[444], los ríos
pelásgicos, que distinguimos con los nombres un poco vagos de _Gulf
Stream_, corriente equinoccial y corrientes del golfo de Guinea, del
Brasil y del Africa meridional, están separados por aguas tranquilas ó
estancadas que sólo obedecen al impulso local de los vientos; pero por
la reunión fortuita de causas meteorológicas á veces muy lejanas, se
ensanchan y prolongan los ríos pelásgicos, inundando, por decirlo así,
espacios de mar faltos de movimientos propios de translación. En estos
casos las corrientes de distintos nombres se mezclan temporalmente entre
sí, y producen fenómenos que debieron sorprender en época en que la
geografía física de la cuenca del Atlántico era menos conocida que
ahora.
En la _Historia del descubrimiento de las islas Canarias_, de Jorge
Glas, publicada en 1764, leemos que, pocos años antes de su publicación,
un barco pequeño cargado de trigo, al pasar de la isla de Lanzarote á la
rada de Santa Cruz de Tenerife, fué arrastrado por una tormenta fuera
del archipiélago de las Canarias. La corriente equinoccial y los vientos
alisios le llevaron hacia el Oeste, encontrándole un barco inglés á dos
días de distancia de la costa de Caracas y salvando á los marineros
canarios que habían sobrevivido, á quienes surtió de agua y condujo al
puerto de la Guaira[445].
Suceso semejante ocurrió en 1731 á un barco cargado de vino y de algunos
comestibles que iba desde Tenerife á la Gomera: durante muchos días
lucho con vientos contrarios, y abandonado á las corrientes, llegó con
seis hombres de tripulación á la isla de la Trinidad, frente á la costa
de Paria[446]. La comunicación establecida entre la corriente del África
septentrional, dirigida hacia el Sur, y la corriente equinoccial
dirigida hacia el Oeste, obraban, pues, en sentido diametralmente
opuesto al que llevó en los siglos XV y XVIII los troncos de bambú y de
cedrela á Porto Santo y á Tenerife[447].
Respecto al hecho que más llama la atención, el de las _barcas
cubiertas_, tripuladas por hombres de una raza de que nunca se había
oído hablar, vistas en las islas Azores, la historia presenta muchos
ejemplos exactamente iguales. James Wallace refiere en su _Historia de
las islas Orcades_, que algunas veces, impulsados por las corrientes y
los vientos del Noroeste, llegaron groenlandeses á aquellas islas, cuyos
habitantes les llamaban _Finn-men_. Vióse uno de ellos en 1682 en la
punta meridional de la isla de Eda, reuniéndose mucha gente para gozar
de tan extraño espectáculo; pero cuando se le quiso coger, el
groenlandés logró escapar. En 1684 apareció también un pescador
americano, quizá el mismo, cerca de la isla Westram.
En la iglesia de la isla Burra se conserva una de estas canoas de
esquimales, arrojada por una tempestad[448]. La distancia del trayecto
debe calcularse en cuatrocientas leguas marinas, distancia que con una
velocidad de siete á ocho nudos por hora, en tiempo tempestuoso, puede
recorrerse en menos de siete días.
El cardenal Bembo, en su _Historia de Venecia_, cita el caso de un barco
lleno de indígenas americanos, hallado por un buque francés que navegaba
en el Océano, no lejos de las costas de Inglaterra[449].
Cuatro años antes, en 1504, algunos pescadores de Bretaña fueron sin
duda llevados accidentalmente á las costas del Canadá[450].
Otros ejemplos de traslaciones involuntarias corresponden á la Edad
Media y han sido citados con frecuencia á causa de un pasaje célebre de
los fragmentos históricos de Cornelio Nepote[451], pasaje que llamó
mucho la atención pública cuando se buscaba un paso al Noroeste en la
navegación á la India. Pomponio Mela, que vivió en época próxima á
Cornelio Nepote, cuenta, y Plinio repite, que siendo procónsul en las
Galias Metelo Céler, recibió como regalo del Rey de los _Boii_ ó _Baeti_
(el nombre es incierto y Plinio le llama Rey de los _suevos_), algunos
indios que, arrastrados fuera del mar de la India por las tempestades,
llegaron á las costas de Germania. Inútil es discutir aquí de nuevo si
este Metelo Céler es el mismo que fué pretor de Roma el año del
consulado de Cicerón, é inmediatamente después de éste, cónsul con L.
Afranio, ó si el Rey germano era Ariovisto, vencido por Julio César. Lo
que está fuera de duda, por la relación de ideas que conducen á Mela á
citar el hecho tenido por cierto, es que se creía entonces en Roma que
estos hombres morenos, enviados desde Germania á las Galias, llegaron
por el Océano que baña el este y el norte del Asia, dando la vuelta al
continente por más allá de la desembocadura del mar Caspio.
Esta suposición estaba perfectamente de acuerdo con las ideas
geográficas de aquella época, es decir, con las falsas ideas que, desde
la expedición de Alejandro, se tenían acerca de la comunicación del
Caspio con el Océano septentrional, ideas que desdichadamente
prevalecían sobre las que Herodoto había adquirido en Olbia y en las
orillas del Hypanis[452].
En tiempo de Ptolomeo era aún el mar Báltico un mar abierto al Este, y
la península escandinava una isla que no impedía navegar hacia el Este,
á partir de la extremidad del Quersoneso Cimbrico y de la isla Scandia.
«Estas bocas son, según Strabón, el punto más septentrional de la costa
que se extiende desde allí hasta la India y á donde, desde este país, se
puede llegar por mar, como lo atestigua Patroclo, que mandó en aquellos
parajes» (II, pág. 74 Cas.). En otro párrafo (XI, página 518) habla
nuevamente Strabón de esta posibilidad. «El hecho, dice, de que algunos
navegantes hayan ido desde la India á la Hyrcania por mar, no se cree
cierto, pero Patroclo nos asegura que es posible.»
Strabón, que por lo general consultaba poco á los autores latinos, no
tuvo ninguna noticia del supuesto viaje de los negociantes indios
conducidos á las Galias. Plinio, que con frecuencia cometía
inexactitudes en las notas que tomaba casi á escape (_adnotabat et
quidem cursim_, dice su sobrino), convirtió la conjetura de Patroclo en
un hecho circunstanciado. Según dice, toda la parte del Océano
comprendida entre la India y el mar Caspio (esto es, su desembocadura)
fué explorada por los macedonios durante los reinados de Seleuco y
Antioco[453].
Siendo el objeto de toda investigación filológica esclarecer la opinión
que el autor ha querido enunciar, es indudable que Pomponio Mela no
creyó que los indios llegaron á la costa noroeste de Alemania por
circunnavegación del Asia oriental y boreal, pues dice: _Vi tempestatum
ex Indicis æquoribus abrepti_, y no es lícito suponer, como lo hacen
Huet[454] y otros comentadores, que vinieran por el Oxus, el mar Caspio
y el Palus Mæotide al mar Báltico. Estas fabulosas comunicaciones del
Caspio con el Océano boreal y con el Palus Mæotides, y del Palus con el
Báltico[455], tenían sin duda muchos partidarios desde las eruditas
especulaciones de la escuela de Alejandría acerca del viaje de los
argonautas; pero en el suceso que Cornelio Nepote refiere, para nada se
alude á las líneas hidrográficas trazadas al través de los continentes.
Siendo conocido que, á pesar de los grandes perfeccionamientos de la
navegación moderna, la acumulación de hielos impide navegar por el
estrecho de Behring á lo largo de las islas de Nueva Zembla, se ha
suscitado la cuestión de saber de qué raza serían los hombres de color
que el procónsul Metelo Céler tomó por indios. Ya en la primera mitad
del siglo XVI se supuso que estos hombres eran pescadores esquimales del
Labrador y de Groenlandia arrastrados por los vientos del Oeste á las
costas británicas. Esta opinión se ha atribuído equivocadamente á Malte
Brun y á otros geógrafos modernos, pues la encuentro expuesta ya por
Gomara, que dice, refiriéndose á los indios de Quinto Metelo Céler: «Si
ya no fuesen de Tierra del Labrador, y los tuviesen (los romanos) por
indianos, engañados (acerca de su verdadero origen) en el color.»
(_Historia de las Indias_, folio 7.)
Cornelio Wytfliet, en sus _Noticias sobre el Occidente_ ó _Adiciones_ á
la geografía de Ptolomeo, emite la misma opinión[456] fundándose en las
fantasías de Paolo Giovio (Paulas Jovius), contemporáneo de Colón y de
Vespucci, quien creía que el sanguinario culto de los Bretones y de los
Galos fué importado por colonos del Labrador y de Estotilanda.
El descubrimiento de América y la necesidad, por decirlo así, hebraica,
de poblar este continente por el Asia, hicieron discutir las distintas
clases de comunicaciones que pudieron ser favorecidas por las corrientes
oceánicas y por los vientos. Pareció sin duda poco probable que llegaran
esquimales á las costas de Alemania, y mientras Vossio, el sabio
comentador de Mela, creía que los indios de Cornelio Nepote eran
Bretones que se pintaban el cuerpo, otros comentadores, adoptando la
explicación de Gomara y de Wytfliet, sustituían al _Suevorum rex_ un
príncipe escandinavo[457] que había recogido los náufragos en las costas
de Noruega.
La analogía del hecho no desmentido de la llegada de los esquimales á
las islas Orcades, hecho que antes he mencionado, esclarece mucho el que
ahora examinamos; y teniendo en cuenta los numerosos ejemplos de
individuos que han caído en manos de los bárbaros, siendo llevados como
cautivos, de nación en nación, muy lejos del lugar del naufragio,
sorprende menos que fueran conducidos á las Galias algunos extranjeros,
pasando desde las Islas Británicas á Batavia y á Germania; lo extraño es
que en sucesos semejantes ó de igual modo enigmáticos, ocurridos en la
Edad Media, se hable también de las costas germánicas.
Estos acontecimientos se refieren á los reinados de los Othones y de
Federico Barbarroja, y son, por tanto, de los siglos X y XII.
He aquí los distintos testimonios:
«Nos apud Othonem legimus, dice el Papa Eneas Sylvio en su gran obra
geográfica é histórica (cap. _II_, página 8), sub imperatoribus
teutonicis indicam navem et negotiatores Indos in _Germanico littore_
fuisse deprehensos.»
Se lee en la _Historia de las Indias_ de Gomara, después del pasaje en
el que designa los indios de Metelo Céler como esquimales del Labrador:
«Asegúrase también que en tiempo del emperador Federico Barbarroja
aportaron á Lubeck algunos indios en una canoa[458].
Sir Humphrey Gilbert, después de discutir prolijamente en cuatro
capítulos el pasaje de Cornelio Nepote, añade: «En el año de 1160 y en
el reinado de Federico Barbarroja, llegaron algunos indios, _upon the
coast of Germanie_[459].
Mucho tiempo he perdido en vanas investigaciones de las primeras fuentes
de estos curiosos sucesos. ¿De dónde supo Gomara, historiador
generalmente muy exacto, que los indios habían sido llevados á Lubeck?
¿Lo sabría por el piloto polaco Juan Scolmus, de quien antes he hablado,
que en Bergen y en Dinamarca pudo estar en relaciones con marinos de
Lubeck? ¿Cómo es posible que los continuadores de los Anales de Othón de
Freising y el franciscano Ditmar, autor de la excelente Crónica de
Lubeck[460], nada supieran de estos supuestos indios?
La fecha de 1160 es además dudosa, porque la Crónica de la ciudad de
Lubeck, de Juan Rufus, es desde el año 1106, y dice que en esta remota
época había muy pocas relaciones entre los mares del Oeste y del Norte.
Estos esquimales-indios no naufragarían en las costas de Frisia, sino
que, durante las grandes tempestades y las irrupciones del mar ocurridas
en 1150 y 1164, algún barco de Lubeck los encontró cerca de las costas
de Europa y los capturó, como fué capturado el barco esquimal de que
habla el cardenal Bembo.
Al reunir y examinar bajo un punto de vista general las pruebas de estas
comunicaciones remotas favorecidas por el acaso, elévanse las ideas,
viendo cómo los movimientos del Océano y de la atmósfera han podido
contribuir, desde las épocas más lejanas, á esparcir las diferentes
razas humanas en la superficie del globo. Compréndese, como lo
comprendió Colón (_Vida del Almirante_, cap. VIII), cómo pudo revelarse
un continente al otro.