La isla de San Brandón.
No es de escasa importancia señalar la filiación y emigración de este
_mito geográfico_.
Los viajes de dos santos, el abate irlandés de Cluainfert,
Brandamis[340], y de Maclovio, ó San Malo, adornados con rasgos
fantásticos, y la persuasión, muy extendida en el siglo VI, de la
existencia de una isla de los Bienaventurados al NO. de Europa, reflejan
las tradiciones de la antigüedad acerca de las maravillas del mar
Cronieno. Los monjes buscaban el paraíso de la isla Ima en el _mare
pigrum y cœnosum_ de los romanos, que es su _Klebersee_ ú _Océano
viscoso_.
Plutarco describe las islas sagradas del mar Cronieno, cerca de Bretaña,
«donde reina suave temperatura; donde Saturno, encerrado en un antro
profundo, duerme bajo la guarda de Briareo». Este cuadro recuerda la
fertilidad de Edén. (_Paradisiacas delicias, insulam amænitate et
fertilitate præ cunctis terris præstantissimam_)[341] de la isla de Ima,
que permanecía oculta á los mortales; recuerda al gigante Mildum,
resucitado por San Brandón en la caverna que le sirve de tumba.
Procopio, que era contemporáneo de San Brandón, y Tzetzés[342], que es
posterior á él en cerca de seis siglos, prueban que las antiguas
creencias de las maravillas del mar Británico se conservaron en las
mismas comarcas donde había entrado ya el Cristianismo; y podría añadir
que en Irlanda la erudición, refugiada en los claustros, contribuía á
propagar la localidad de los mitos. Bajo este punto de vista, la obra de
Dicuil, que citaré con frecuencia, es un monumento notabilísimo, pues
atestigua el afán con que un monje nacido en Irlanda, á mediados del
siglo VIII, estudiaba á Plinio, Solino y Orosio.
Las tradiciones de griegos y romanos, y los mitos que presentaban un
carácter local, podían, pues, mezclarse en el Norte á las novelas
históricas de la vida de los santos.
La primera posición geográfica asignada á la isla de que tratamos,
puesta en todos los mapas de la Edad Media, es en el paralelo de
Irlanda, y aun en una latitud más septentrional. San Brandón, con
setenta y cinco frailes que le acompañaron durante siete años, volvió
por las islas Orcades[343]. Se sabe que antes de sus viajes habitó en
las islas Shetland[344].
La isla de San Brandón fué llevada en el siglo XV á una latitud más
meridional, al Occidente de las islas Canarias, emigración causada según
creo, por el doble empleo del nombre de islas Afortunadas. Ya he dicho
antes que el célebre mapa de Fra Mauro señala las _Insule de Hibernia
dite Fortunate_, y que Gracioso Benincasa, en 1471, indica á la vez el
_Elysium_ del Norte y el de Homero (las islas de los Bienaventurados de
Hesiodo y de Píndaro). La denominación vaga de islas _Atlánticas_[345]
con que designábanse á veces las Afortunadas, favorecía este doble
empleo ó señalamiento de ellas.
Imaginábase ver de vez en cuando, y presentando siempre la misma forma
hacia el SO. en el horizonte del mar, una isla montañosa; y Viera,
historiador de las islas Canarias, ha dado extensos detalles de todas
las tentativas hechas desde 1487 hasta 1759 para arribar á esta isla
imaginaria. No sabemos si esta ilusión la causaban algunas
circunstancias especiales de _espejismo_ en un banco de bruma parado en
el horizonte, ó si alguna de esas nubes, que en su mayor dimensión son
perpendiculares al horizonte, presentó accidentalmente el aspecto de una
isla montañosa.
El P. Feijóo[346], cuyo _Teatro crítico_ fué durante largo tiempo muy
estimado en España, compara primeramente este fenómeno á la _Fata
Morgana_ de Sicilia, mal observada y mal explicada aún en nuestros días:
después tomó la _tierra de manteca_ de los Canarios (esta es la frase de
los marinos), por la imagen de la isla de Hierro, reflejada en una masa
lejana de vapores (_nube especular_).
El Gobierno portugués cedió formalmente en el siglo XVI á Luis Perdigón
dicha isla imaginaria, cuando éste se preparaba á conquistarla.
Muy confiado en el poder de las refracciones horizontales, cree
ingenuamente el historiógrafo Viera que, con un viento húmedo de OSO.,
condición necesaria para producirse el fenómeno, se llega á ver «hasta
las montañas Alpaches de la Florida». Digno es de notar que estas
ilusiones no empezaron á preocupar la imaginación de los de Canarias
hasta la segunda mitad del siglo XV, en cuya época del descubrimiento de
Porto Santo, «punto habitado[347] por gentes tan salvajes como los
guanches», y el del Archipiélago de las Azores, hecho también por los
portugueses, dirigieron, por decirlo así, todas las miradas hacia el
Oeste.
Pero no eran sólo los habitantes de Gomera, Palma y Hierro los que
tenían esta _visión_; también la hubo por la parte del Norte en cuantos
puntos se ocupaban con afán en el descubrimiento de nuevas tierras. El
Diario de navegación de Colón, publicado por primera vez en 1825,
presenta un curioso testimonio[348] de la simultaneidad de tan quimérica
creencia. He aquí sus palabras, tal y como Las Casas las copió del
Diario correspondiente al 9 de Agosto de 1492:
«Dice el Almirante que juraban muchos hombres honrados españoles que en
la Gomera estaban con D.ª Inés Peraza, madre de Guillén Peraza, que
después fué el primer Conde de la Gomera, que eran vecinos de la isla de
Hierro, que cada año veían tierra al O. de las Canarias, que es
Poniente; y otros de la Gomera afirmaban otro tanto con juramento. Dice
aquí el Almirante que se acuerda que estando en Portugal el año de 1484,
vino uno de la isla de la Madera al Rey á le pedir una carabela, para ir
á esta tierra que via, el cual juraba que cada año la via, y siempre de
una manera. Y también dice que se acuerda que lo mismo decían en las
islas de los Azores, y todos éstos en una derrota, y en una manera de
señal, y en una grandeza.» Aplicóse desde entonces á esta _visión_ la
tradición monástica de la isla de San Brandón[349].
En el archipiélago de las Canarias la isla _afortunada_ de Ima, que al
principio fué colocada al Oeste de Irlanda (de Ierné, _isla sagrada_ de
Festo Avieno), se confundía con el _Apropósitos_ de Ptolomeo, que, según
este geógrafo, era la más septentrional del grupo de las Canarias, la
_Encubierta_, la _Nontrovada_ ó _Nublada_[350] de los marinos españoles
de la Edad Media. Cito estos sinónimos porque recuerdan por modo notable
la interpretación que antes me atreví á dar del nombre dado por
Theopompo á esta tierra más allá del Océano, «cuya existencia revela
Sileno al Rey de Frigia». La tierra Merópida[351] de Theopompo había
quedado _nublada_, como la Pléyade que se había unido á un mortal; pero
la tierra Merópida era boreal, como las islas Afortunadas en los mares
de Irlanda, de Sanuto Torsello (1306) y de Fra Mauro.
En el mapa del veneciano Pizigano (1367), conservado en la Biblioteca de
Parma, y mal copiado por M. Buache, al pequeño grupo de las islas de la
Madera, señalado en el paralelo del cabo Cantin, se le llama _Isole
dicte Fortunate S. Brandany_[352], y el Santo mismo está figurado
alargando los brazos hacia las islas[353] que llevan su nombre. Andrés
Bianco (1436) presenta en su mapa Porto Santo, Madera y la Dexerta
(Desierta), que es la Caprazia (Capraria) de Pizigano. La isla de San
Borondón no está; pero el caballero Behaim (1492), en su célebre globo,
sitúa esta isla tan al SO., que se encuentra casi en la latitud de Cabo
Verde. «Esta isla, dice, es donde San Brandón arribó en el año 565, y la
encontró llena de cosas maravillosas.»
Queda, pues, demostrado que el progresivo cambio de lugar de Norte á Sur
de este mito geográfico, estuvo relacionado durante nueve siglos con el
desarrollo de la navegación y la dirección impresa al comercio del
Mediterráneo.