La cosmografía en la Edad Media.
Sabido es que el estado de los conocimientos geográficos en la Edad
Media y el deseo de indicar las tierras vagamente descritas por los
autores antiguos, indujeron á los dibujantes de mapas á llenar el vacío
del Océano con islas cuya posición es más variable aún que su nombre.
Estos dibujantes han contribuído sin duda á aumentar el número de
creaciones fantásticas; aunque la persuasión íntima de la existencia de
tierras en el espacio desconocido de los mares es muy anterior á la
construcción de los mapamundi: tan natural es al hombre imaginar la
existencia de alguna cosa más alla del horizonte visible, de suponer
otras islas y aun otros continentes semejantes al que él habita.
En el Atlántico los grupos de Canarias y de las islas Británicas
dirigían la imaginación con preferencia hacia determinados parajes.
Agradaba multiplicar, por conjeturas, lo que sólo se conocía de un modo
confuso. Al Suroeste de las columnas de Hércules, la dificultad de
conocer con precisión el número exacto y la posición relativa de las
islas Afortunadas daba lugar á vagas ficciones. El _Apropósitos_ (Ptol.
IV, 6) no justificaba su nombre (de inaccesible) sino porque era una
tierra inhallable: no existía en el sitio donde estaba indicada á los
marinos. Las dos islas de Porto Santo y de Madera--(_l’Isola dello
Legname_ del portulano genovés ó _mediceo_ de 1351)--que los buques
debían haber encontrado por acaso en su travesía á Cerné, aumentaban la
confusión de las ideas geográficas.
Hacia el Norte, Albión y Jerne, rodeadas de numerosas islas más
pequeñas, ofrecían desde remotos tiempos vasto campo á las conjeturas.
Ya hablamos antes de los mitos del mar Cronieno. La importancia dada á
islas que eran, si no la fuente, al menos el depósito del comercio del
estaño; las opiniones erróneas largo tiempo subsistentes acerca del
yacimiento de las costas y de la configuración ó articulación de la
Europa peninsular; finalmente, el agrupamiento de las islas y su
disposición en serie casi continua desde las Cassitérides hasta las
Orcades y las islas Shetland y Færoë, dieron ocasión, desde los primeros
siglos de la Edad Media, á hipótesis y á mitos respecto á la naturaleza
de las regiones boreales. Llegóse hasta situar (como lo prueba uno de
los mapas de Sanuto Torsello, año de 1306)[330] al Oeste de Irlanda un
_gullfo de issolle_ CCCLVIII _beate e fortunate_.
Cuanto más imperfectos eran los medios de valuar la dirección de las
rutas y la longitud de las distancias recorridas, más fácil era
desconocer[331] la identidad de las tierras á que se había arribado. El
uso irreflexivo de itinerarios ficticios ó mal redactados, originó
procedimientos dobles en la construcción de los mapas.
El estado de la antigua geografía del mar del Sur y la multitud de
_vigías_ que cubren la superficie del Atlántico en los mapamundi de hace
sesenta años[332] recuerdan plenamente esa misma fuente de errores.
Durante largo tiempo, cada nuevo mapa reprodujo las ficciones de los
anteriores, porque no hay tenacidad que iguale á la de los geógrafos,
cuando se trata de conservar, de estereotipar, por decirlo así, un
islote de antiguo nombre, una cordillera que figura ser divisoria de las
aguas ó un lago de donde sale un gran río.
Las ilusiones geográficas tomaron especial carácter en las dos
direcciones que hemos indicado al N. y al NO. de las islas Orcades, y al
SO. de las islas Afortunadas. Dicuil[333] y Adán de Brema, aquél de
principios del siglo IX y éste de la segunda mitad del XI, prueban con
sus escritos que en el norte del Atlántico el celo religioso de los
misioneros de Irlanda y de Frisia dió á conocer nuevas tierras.
La geografía de la Edad Media bebía en una fuente que, no por ser
fecunda, era menos peligrosa, porque los viajeros cristianos
desfiguraban sus escritos por la exageración tan común á los cronistas
monásticos. Encontramos, por decirlo así, al frente de la larga serie de
islas imaginarias, ó para decirlo con más corrección, de islas vagamente
situadas en los mapas, la que lleva el nombre de San Borondán, abate
irlandés que hizo sus viajes desde el año 565.
Adán de Brema[334] refiere en su _Historia eclesiástica_, después de
haber hablado del descubrimiento del Vinland, que en tiempo del
arzobispo Becelino Alebrando, por consiguiente antes del año 1035,
hicieron los marinos de Frisia exploraciones del _Lebersee_ ó mar
Tenebroso (per tenebrosa rigentis Oceani caliginem) hasta más allá de
Islandia, y llegaron por fin á una isla cuyos habitantes, de colosal
estatura, vivían en cavernas. Uno de los Frisones fué devorado por
perros, también gigantescos, y los demás, favoreciendoles los vientos de
NO., encontraron por fortuna el camino de la desembocadura del Weser. El
cuento de los _grandes mastines_ parece calcado en la ferocidad de los
perros de que se sirven los esquimales de la Groenlandia, y sólo lo
menciono porque insensatamente se ha aplicado á la isla de Cuba[335] ó á
las pequeñas Antillas, donde el mayor cuadrúpedo indígena es el aguti,
que apenas tiene el tamaño de una liebre.
En la parte meridional del Atlántico no influyeron tanto en el estado de
la geografía las tradiciones de los monjes como las falsas combinaciones
de erudición clásica. ¡Cuántas hipótesis no ocasionó sólo el pasaje de
Stacio Seboso[336] acerca del sitio de las islas Hespérides,
interpretado en el sentido de situarlas á cuarenta días de distancia de
las islas Gorgonias! Con la vista constantemente dirigida hacia la
antigüedad, se aspiraba á encontrar lo que juzgábase conocido de los
fenicios, de los griegos y de los romanos.
Ya hemos dicho antes que Cristóbal Colón estaba firmemente persuadido de
que las islas de América eran las Hespérides que los antiguos
conocieron[337], aunque Isidoro, muy consultado entonces, las acercaba,
con razón, á las costas de Africa[338].
He aquí los elementos de esta geografía mítica de los siglos XIV y XV.
De las once islas que debo nombrar, sólo dos, Mayda y Brazir-Rock, en el
meridiano de las Canarias y al Oeste del golfo de Vizcaya y de Irlanda,
se han conservado en nuestros mapas más modernos[339]; pero no merece
por ello la mayoría de las otras el nombre de islas fabulosas.
Descúbrese aquí, como en general en los mitos históricos, un fondo de
verdad; aunque está velado por la incertidumbre de las posiciones
relativas, los errores de configuración y de extensión y lo exagerado de
las relaciones casi siempre copiadas ó procedentes de desconocido
origen.