Viajes de los árabes Almagrurinos, de Madoc, de los hermanos Vivaldi,
de Gonzalo Velho Cabral y de Juan Szkolny.
Al analizar el conjunto de los hechos que á fines del siglo XV
determinaron y condujeron al descubrimiento de América, debo aún exponer
corto número de observaciones, que por el ensanche de nuestros
conocimientos en geografía física é historia de la navegación, pueden
tener algún interés.
Conviene ante todo distinguir las tentativas que, según se cree, fueron
hechas con el propósito de encontrar tierras al Oeste, y la influencia
que ejercieron en las opiniones de algunos navegantes la atrevida
interpretación de varios fenómenos naturales ó las fantasías de los
constructores de mapas y el duplicar en éstos la colocación de algunas
tierras.
Por la íntima relación que existe en todo lo que cae bajo el dominio de
la inteligencia, hasta los mismos errores de las edades lejanas han
cooperado con frecuencia á la investigación de la verdad.
Si comienzo por citar el viaje de los árabes Almagrurinos y el del
irlandés Madoc ap Owen Guineth, que se suponen el primero antes de 1147
y el segundo en 1170, ambos, por tanto, entre el descubrimiento del
Vinland y la expedición de los hermanos Zeni, es á causa de la
importancia que les han dado algunos geógrafos célebres.
El scherif Edrisi y Ebn-al-Uardi describen casi con las mismas palabras
las aventuras de estos ocho árabes, que saliendo del puerto de Aschbona
ó Lisboa, navegaron hacia el SO. durante treinta y cinco días, para
descubrir la _isla de los Carneros_ (Dgezirat alghanam). Ebn-al-Uardi
indica claramente el objeto de la expedición. «Los navegantes, dice,
parientes todos ellos, reunieron las provisiones necesarias para un
largo viaje, jurando no volver antes de _penetrar hasta la extremidad
del mar Tenebroso_ (el Atlántico).» Edrisi se limita á añadir, según la
versión de Gabriel Sionita, «Tenebrarum aggressi sunt mare, quid in eo
esset exploraturi».
No pudiendo comer la carne demasiado amarga de los carneros de la isla
Gana, bogaron aún doce días en dirección al Sur, y llegaron á una isla
habitada por hombres de piel roja, gran estatura y cabellera no espesa,
pero larga hasta los hombros. Estos rasgos característicos hicieron
creer á Mr. Guignes, padre, quien nos ha dado los extractos de
Ebn-al-Uardi, que los árabes llegaron, si no á la costa oriental de
América, al menos á islas muy próximas á ella.
Ya hemos visto antes, al hablar del Fusang, que este mismo sabio creía
descubierta por los chinos la América _Occidental_ á fines del siglo V;
pero esta hipótesis es tan cierta como la anterior.
El rey de la isla de los hombres rojos tenía á su servicio un intérprete
que hablaba árabe, y esta circunstancia, unida al aserto de que los
hombres rojos habían explorado el mar hacia el Oeste durante más de un
mes, sin encontrar tierras, parece confirmar la opinión del sabio
orientalista de Göttinga, M. Tychsen, repetida por Malte Brun, de que
donde llegaron los Almagrurinos fué á alguna isla de la costa de Africa,
por ejemplo, á las islas de Cabo Verde.
Edrisi dice que la tez de los habitantes era «una mezcla[314] de moreno
y blanco». Acaso fuera la raza de los guanches, que me parece indicada
por este carácter de la piel y la forma de los cabellos.
La objeción de que los árabes conocían demasiado las islas Canarias con
el nombre de Khaledat, para que los aventureros navegantes de Lisboa no
adivinaran á dónde habían llegado al término de su viaje, no la creo de
peso. Seguramente el recuerdo de las islas Afortunadas no se borró nunca
por completo en la Europa occidental desde los tiempos de griegos y
romanos; no dudo que los árabes las hayan visitado algunas veces, pero
la descripción vaga y confusa que de ellas hacen Edrisi, Ebn-al-Uardi y
Bakoui (escritores de fines del siglo XII y principios del siglo XIII),
prueba bastante bien cuán raras fueron las comunicaciones entre estas
islas y el mar Mediterráneo.
Bakoui habla solamente de la amenidad del país y de la fertilidad del
suelo; pero ni él ni sus antecesores conocen la colosal montaña del
Pico, los fuegos de los volcanes de Canarias y el pueblo pastor de los
guanches. Únicamente hacen mención de algunas estatuas simbólicas, de
que trataré después, y de ese Alejandro (Dulcarnaïn) Bicornio que viajó
más allá de las columnas de Hércules, hasta las islas Mesfahán y Lacos.
Los aventureros de Lisboa volvieron por la costa de Marruecos, llegando
al puerto de Asfi ó Azaffi, en la extremidad occidental del Magrab;
siendo no poco notable que, según Edrisi (páginas 72 y 78), la isla ó
las islas de los Dos Hermanos, que el antiguo y excelente corógrafo de
Canarias, el navegante escocés Jorge Glas y, en nuestros días, M.
Hartmann[315] han tomado por las islas de Madera y de Porto Santo, estén
situadas frente á Asfi, circunstancia que parece apoyar la idea de que
los Almagrurinos volvían de la tierra de los guanches.
La expedición de los árabes á la isla de los carneros amargos y de los
hombres rojos adquirió tanta celebridad, que á una de las calles de
Lisboa se le dió el nombre de _Calle de los que se engañaron_,
traducción exacta que Guignet da de la palabra _almagrurino_, mal
interpretada por los traductores maronitas y los escritores modernos,
quienes llaman á los Almagrurinos hermanos _errantes_.
Habiendo evacuado los árabes á Lisboa en 1147, la tentativa de descubrir
el fin del Atlántico hacia el Oeste, necesariamente ha de ser anterior á
esta época, y muy anterior, porque Edrisi, cuya obra fué terminada en
1153, no habla de ello como de suceso reciente.
A fines del siglo XVI, y, por tanto, poco antes de que el geógrafo
Ortelio creyera encontrar, no en los viajes al Vinland, sino en los de
los hermanos Zeni, el primer descubrimiento de América, un historiador
inglés, el Dr. Powell, y el útil compilador Ricardo Hakluyt[316], dieron
alguna celebridad á las aventuras de Madoc, hijo segundo de un príncipe
de North-Wales, Owen Guineth ó Guynedd.
Cansados de una guerra civil por causa de cuestiones de legitimidad y de
sucesión al trono, Madoc y sus partidarios «buscaron aventuras en el
mar, bogando hacia el Oeste y dejando las costas de Irlanda tan al Norte
que arribaron á una tierra desconocida é inhabitada, donde vieron cosas
rarísimas». De vuelta á su patria, persuadieron á algunos colonos para
que dejaran el suelo pobre y pedregoso del país de Galles y fueran á la
buena y fértil tierra nuevamente descubierta. Partió por segunda vez
Madoc con diez barcos y aunque prometió volver no se supo más de él.
No cabe duda de que este suceso, vagamente referido, fué celebrado en
1477, quince años antes de la expedición de Colón, en unos versos del
poeta Mereditho.
Hakluyt considera el viaje de Madoc «como el primer descubrimiento de
las Indias occidentales, hecho por los bretones, antes que por los
españoles», y quiere que las cruces que López de Gomara (lib. II, cap.
16) afirma eran adoradas en Acazunil[317] se deban á la influencia de
estas antiguas colonias de habitantes del país de Gales, fundadas en
1170.
Ya en la época del caballero Ralegh corrió en Inglaterra confusa noticia
de la sorpresa con que se había oído en las costas de la Virginia el
saludo de Gales _hao, houi, iach_, de igual suerte que los misioneros
franceses escucharon con tanto asombro como alegría el canto de
_Alleluia_ á los salvajes del Canadá. El capellán inglés Owen se había
salvado en 1669, de manos de los indios Tuscaroras, que querían
arrancarle el cuero cabelludo, pronunciando algunas palabras del
dialecto del país de Gales. Benjamín Beatty descubrió un pueblo que
conservaba (desde hacía quinientos años) la tradición de la llegada á
América de Madoc ap Owen Guineth.
Todas estas fábulas se han renovado periódicamente; y aun en nuestros
días se han discutido con seriedad[318] los «pergaminos, libros célticos
y títulos de origen», que un capitán, Isaac Stewart, encontró en Red
River de Natchitoches.
Ya he recordado en otra obra (_Relación histórica_, tomo III, pág. 159)
que desaparecieron todos estos rastros de colonias del país de Gales tan
pronto como viajeros menos crédulos, cuyas relaciones se comprueban unas
por otras, Clark y Lewis, Pike, Drake y los editores de la nueva
_Arqueología americana_, recorrieron el interior del país ó sometieron
el estudio de la filiación de las lenguas indígenas á una crítica más
severa.
Muy erróneamente[319] se ha acusado á Hakluyt de haber inventado las
aventuras de Madoc para servir los intereses de la reina Isabel y
legitimar los proyectos de Ralegh sobre las dos Américas[320], cuando se
temía que ambas llegaran á ser presa de los castellanos.
La política de la reina Isabel no necesitaba esta clase de apoyo. Cuando
Felipe II se quejaba en 1580 de las depredaciones de Drake en las costas
americanas, la Reina, según Camden, respondió noblemente: «que el Océano
era libre como el aire, y que una costa cualquiera no se convierte en
propiedad de quien le da su nombre.»
Por lo demás, en punto á legitimidad por causa de una primera ocupación,
los castellanos tenían derechos que, según la _Historia de las Indias_,
de Oviedo, databan de algunos miles de años antes de la colonización del
príncipe Madoc. Oviedo, como paje de aquel infante D. Juan (hijo único
de Fernando el Católico), cuya prematura muerte cambió la faz del mundo,
asistió á la entrada de Colón en Barcelona. Tan viva fué la impresión
que le causó este imponente espectáculo, que durante treinta y cuatro
años ocupóse en las comarcas nuevamente descubiertas, de las
producciones y de la historia de América.
Participaba de la extraña opinión de Colón «de que las Nuevas Indias
eran las islas Hespérides, que Stacio Seboso[321] sitúa á cuarenta días
de navegación hacia el Oeste de las Gorgonias, ó islas de Cabo Verde».
Oviedo sabe «que Hesperus, duodécimo rey de España, hermano de Atlas,
gobernaba, como Carlos V, lo mismo las Indias que la península hespérica
ó ibérica, 1658 años antes de nuestra era; de suerte que, por el
descubrimiento de Colón, la justicia divina no había hecho otra cosa que
reintegrar á España en sus antiguos derechos. Muy difícil sería dar más
antigüedad de la que tienen los mitos de Hesperus y Atlas á los derechos
de la metrópoli para dominar las colonias.
No puede negarse que los vascos y los pueblos de origen céltico,
practicando la pesca en lejanas costas, rivalizaron constantemente en el
norte del Atlántico con los escandinavos, y que á estos últimos
precedieron en el siglo VIII, en las islas Færoë y en Islandia, los
marinos irlandeses; pero, á pesar de estas pruebas de actividad náutica,
es verdaderamente extraordinario que el citado príncipe Madoc, «dejando
á Irlanda al Norte», y no tocando, por tanto, en las estaciones
intermedias, que habían favorecido los descubrimientos escandinavos,
pudiese llegar en su viaje de aventuras hasta la costa de los Estados
Unidos, y volver desde allí al país de Gales en busca de nuevos colonos.
Sería conveniente hoy, que la crítica es severa sin ser desdeñosa, hacer
en los mismos sitios nuevos estudios, tomando de las tradiciones y de
los antiguos cronistas del país de Gales todo lo relativo á la
desaparición de Madoc, apellidado Owen Guineth. En manera alguna
participo del desdén con que frecuentemente son tratadas las tradiciones
nacionales[322], y tengo, al contrario, la firme persuasion de que,
empleando más asiduidad, esclareceríanse mucho, por el descubrimiento de
hechos completamente desconocidos hoy, estos problemas históricos
relativos á las navegaciones en la Edad Media, á las notables analogías
que presentan las tradiciones religiosas, las divisiones del tiempo y
las obras de arte en América y en el Asia oriental, á las emigraciones
de los pueblos mejicanos á esos antiguos centros de civilización de
Aztlán, de Quivira, de la Alta Luisiana, y de las mesetas de
Cundinamarca y del Perú.
Entre las tentativas hechas antes de Colón para llegar á la India por la
vía directa del Oeste, pone Malte Brun[323] el viaje de Vadino y de
Guido de Vivaldi en 1281. Otros geógrafos han creído que la expedición
de los dos hermanos, repetida en 1291 por Ugolino Vivaldi y Teodosio
Doria, era pura y sencillamente una exploración del Atlántico, idéntica
á la expedición de los Almagrurinos; pero, si se examina atentamente el
manuscrito encontrado por M. Graberg, se ve que los Vivaldi («volentes
ire _in Levante_, ad partes Indiarum») siguieron la costa de Africa. Su
tentativa, escrita en latín bárbaro, realizóse entre los viajes de
Ascelín y de Marco Polo; pero, por las relaciones de comercio que había
entre sus compatriotas, los genoveses, y los árabes, acaso tuvieron
alguna idea de la posibilidad de dar la vuelta á Africa.
Un tal Antonio Usodimare (Usus maris), compañero de Cadamosto (Alvise da
Ca Da Mosto), dice en una carta, fechada en 12 de Diciembre de 1455,
«que después de comprar esclavos, que le vendió un _nobilis dominus
niger_, encontró muy cerca de la zona, donde perdió de vista la estrella
polar, en una costa próxima al dominio del Preste Juan, un hombre
blanco, que decía descender de uno de los marineros de la tripulación
perdida[324] de las carabelas Vivaldi. La genealogía puede no ser
cierta; pero el documento de los archivos de Génova, debido á las
curiosas investigaciones de M. Graberg, probará siempre que en el siglo
XV considerábase la expedición de los hermanos Vivaldi como una
expedición á Africa, tanto más interesante, por ser anterior en unos 65
años al viaje del catalán D. Jaime Ferrer[325] á Río de Oro.
Más parecido á la expedición de los Almagrurinos que la de los Vivaldi
es, sin duda, el viaje que el infante D. Enrique mandó hacer en 1431 á
Gonçalo Velho Cabral. Fué ésta una verdadera exploración del Atlántico,
«una tentativa--dice el biógrafo del Infante (el Padre del Oratorio José
Freire)--para descubrir tierra al Oeste» (_Vida do infante D. Henrique_,
pág. 319). En esta tentativa fué Velho Cabral primero hacia los escollos
de las Hormigas, al sur de la isla de San Miguel de las Azores, y en
1432 á la isla Santa María.
Terminaré la lista de los navegantes que se ha supuesto intentaron,
antes de Cristóbal Colón, descubrir alguna parte de América, citando al
piloto polaco Juan Szkolny (Scolnus), en quien recientemente ha hecho
fijar de nuevo la atención la sabia _Historia de la Geografía_ de Mr.
Lelewel[326].
Szkolny estaba en 1476 al servicio del rey Christián II de Dinamarca, y
se asegura que llegó á las costas del Labrador después de haber pasado
por delante de Noruega, de Groenlandia y de la Frislanda de los Zeni.
No me atrevo á formar juicio alguno sobre esta afirmación de Wytfliet,
de Pontano y de Horn[327]. Una tierra vista _después_ de la Groenlandia,
en la dirección indicada, puede haber sido el Labrador, y me sorprende
que Gomara, que imprimió su _Historia de las Indias_ en Zaragoza, en
1553, conociera ya al piloto polaco[328]. Acaso se sospechó, cuando la
pesca de los _bacalaos_ empezaba á hacer más frecuentes las relaciones
de los marinos de la Europa meridional con los escandinavos, que la
tierra vista por Szkolny debía ser idéntica á la que visitaron en 1497
Juan y Sebastián Cabot, y en 1500 Gaspar Cortereal.
Gomara dice, y por cierto no con gran exactitud, que á los ingleses
agradaba mucho la Tierra de Labrador porque en ella encontraban la
latitud y el temple de su país natal, y que los hombres de Noruega
fueron allí con el piloto Juan Scolbo, como los ingleses con Sebastián
Gaboto. No debe olvidarse, sin embargo que, al tratar Gomara la cuestión
de los que precedieron á Colón, no cita al piloto polaco, á pesar de ser
intencionado hasta el punto de asegurar[329] que, en el fondo, no puede
decirse á quién se debe el descubrimiento de las Nuevas Indias.