Estado social de América antes del descubrimiento.
Imposible es hablar del primer reconocimiento de las costas de América
por los normandos, á principios del siglo undécimo, sin exponer antes
algunas graves consideraciones acerca de los destinos de la especie
humana. Si este reconocimiento hubiera sido algo más que un suceso
pasajero; si le hubiera seguido una conquista permanente y progresiva,
avanzando de Norte á Sur, el estado moral y político del Nuevo Mundo
fuera muy distinto del que ha llegado á ser por la conquista de los
españoles en los siglos XV y XVI. No fundo esta afirmación en hechos
generalmente conocidos; en el contraste entre las rudas costumbres de la
Europa escandinava y la floreciente civilización de los Estados del
Mediodía; en los cambios que la sociedad europea ha experimentado en el
espacio de cuatro ó cinco siglos; pero deseo que el lector fije su
atención en el carácter individual impreso á las diferentes partes de
América por los matices de barbarie ó de civilización más ó menos
avanzada que distinguen á los indígenas, en la época del primer
establecimiento de las colonias españolas, portuguesas ó inglesas.
En la región de los pueblos cazadores, por ejemplo, en los Estados
Unidos y en el Brasil, las hordas errantes, fácilmente vencidas, huyeron
de la vecindad con los europeos. Rechazadas poco á poco detrás de la
cordillera de los Alleghanys y después más allá de las márgenes del
Mississipí y del Missouri, sufriendo á la vez un desmejoramiento en las
costumbres y en la constitucion física, al aislarse, se empobrecieron y
casi se extinguieron.
Los indígenas no intervienen para nada en el cuadro político de esta
parte del Nuevo Continente, frontera á Europa, porque evacuaron el país
en todas aquellas comarcas donde, por su primitiva barbarie y su manera
de entender la libertad, les fueron odiosas las instituciones de nuestro
orden social.
No sucedió lo mismo en los pueblos montañeses de los Andes y en el
litoral frontero al Asia, centro de la civilización más antigua de la
especie humana. Méjico, al sur de Río Gila, Teochiapán, Nicaragua,
Cundina, marca, el imperio de los Muyscas, Quito y el Perú estaban
ocupados á fines del siglo XV por pueblos agrícolas que gozaban una
civilización más ó menos avanzada, unidos por comunidad de culto y de
creencias religiosas, formando sociedades políticas, sencillas unas por
efecto de larga tiranía, raras y complicadas otras en su organización
interior; favorables en algunos puntos á la tranquilidad pública, á la
prosperidad material, á una civilización en masa, pero contrarias á todo
desarrollo de las facultades individuales[312].
En Méjico la corriente de los pueblos montañeses verificóse de Norte á
Sur; mientras en la América meridional, en la teocracia de los Incas, el
movimiento civilizador se realizó en todas direcciones. Desde la meseta
de Cuzco se propagó casi al mismo tiempo hacia los Andes de Quito, los
bosques del Alto Marañón y las Cordilleras de Chile.
En esta región, que era desde antiguos tiempos agrícola, los
conquistadores europeos se limitaron á seguir los rastros de una cultura
indígena. Los indios no se apartaron de la tierra que cultivaban desde
hacía tantos años, y algunos pueblos tomaron nombres españoles.
Méjico solamente cuenta 1.700.000 indígenas, de raza pura, cuyo número
aumenta con la misma rapidez que el de las otras razas. En Méjico, en
Guatemala, en Quito, en el Perú, en Bolivia, la fisonomía del país, á
excepción de algunas grandes ciudades, es esencialmente india; en los
campos, la variedad de las lenguas se ha conservado con las costumbres y
los usos de la vida doméstica. Allí sólo hay de nuevo algunos rebaños de
vacas y de ovejas, algunos cereales y las ceremonias de un culto
mezclado con las antiguas supersticiones locales.
Preciso es haber vivido en las altas mesetas de la América española ó en
la Confederación anglo-americana para comprender bien lo que este
contraste entre los pueblos cazadores y los agrícolas, entre los países
desde largo tiempo bárbaros y los que gozaban de antiguas instituciones
políticas y de una legislación indígena muy desarrollada, ha facilitado
ó detenido la conquista, é influído en la forma de los primeros
establecimientos de los europeos y como ha impreso, aun en nuestros
días, carácter propio á las diferentes regiones de América.
El P. José Acosta, que estudió sobre el terreno el drama sangriento de
la conquista, comprendió ya estas diferencias notables de la
civilización progresiva y de la completa ausencia de orden social que
presentaba el Nuevo Mundo en la época de Cristóbal Colón, ó poco tiempo
después de la colonización española, y dice (según la ingenua traducción
de Roberto Regnauld, hecha en 1597) «ser cosa bien demostrada que lo que
mejor prueba la barbarie de los pueblos es el gobierno que los rige y la
forma en que se dejan mandar; porque cuanto mayor es el número de los
hombres que se aproximan á la razón, tanto más humano y menos insolente
es su gobierno y más tratables los reyes, y se acomodan mejor con sus
vasallos, reconociendo que la Naturaleza les hizo iguales. Por ello
muchas naciones de estos indios no han querido, en sus comunidades,
reyes ó señores absolutos; porque, entre los bárbaros, los gobernantes
tratan á los súbditos como bestias y quieren ellos ser tratados como
dioses.» El jesuíta, quizá intencionadamente, atribuye á sabia previsión
lo que sólo se debía al imperio de las circunstancias y de los
intereses.
Acabo de exponer cómo el estado social en que Europa encontró á América
á fines del siglo XV modificó profundamente la marcha de la conquista,
la forma de los primeros establecimientos y, lo que es más importante y
no ha sido bien apreciado en las discusiones de la política americana,
el carácter que hoy conservan los diferentes estados libres del Nuevo
Continente. Pero este estado social era distinto cuatro siglos antes de
la conquista. De ir los europeos á América tras las huellas de los
marinos escandinavos, hubieran encontrado allí un orden de cosas
totalmente diverso.
Desde la primera llegada de los aventureros normandos á Salerno y á la
Pulla, hasta la destrucción del poder de los árabes en España, es decir,
desde el principio del siglo XI hasta fines del XV, sufrió sin duda
Europa cambios considerables en el estado de su civilización; sin
embargo, las revoluciones ocurridas en América durante esta misma época
son mucho más asombrosas.
Los Imperios contra los cuales lucharon Cortés y Pizarro no existían
cuando los escandinavos llegaron á las costas de Vinland. El pueblo
azteca no apareció en la meseta de Anahuac hasta 1190; la ciudad de
Tenochtitlán (Méjico) fué fundada en medio de un lago alpino en 1325, es
decir, unos setenta años antes del viaje de los hermanos Zeni.
Lejos de mi ánimo suponer que en el Anahuac, antes de los aztecas, y en
el Perú, antes de la misteriosa llegada del primer Inca, no había habido
nunca cultura intelectual ú orden social. Los grandes monumentos
piramidales de Teotihuacán, de Cholula y de Papantla son más antiguos
que los aztecas; y de igual modo en los alrededores del lago Titicaca,
en la meseta peruana, las ruinas de Tiahuanaco son señales de una
civilización anterior á las construcciones de los Incas de Cuzco. Pero
el Nuevo Mundo ha tenido sin duda, como el antiguo, vicisitudes de
barbarie y de civilización.
Sabemos con certidumbre que los pueblos del Perú vivían muy embrutecidos
antes de la legislación teocrática de Manco Capac; sabemos que la
población industriosa de los toltecas que habitaba en Méjico quinientos
años antes que los aztecas, que empleaba como éstos la escritura
jeroglífica y que tenía una medida del año más exacta que los pueblos de
Europa, decayó desde el siglo XI, hasta llegar á gran envilecimiento.
Estos datos bastan para probar que la Europa escandinava hubiera
encontrado las hermosas regiones alpinas de la América tropical muy
distintas de lo que eran en tiempo de Colón, de Cortés y de Pizarro.
En la primitiva época acaso hubo otros centros de cultura parcial en
Guatemala, Utatlán, Copán, Petén y Santo Domingo Palenque; al norte de
Méjico, en Quivira (el Dorado del rey barbudo Tatarrax), célebre por las
fábulas de fray Marcos de Niza; y al norte de la Luisiana, entre las
orillas del Ohío y los lagos del Canadá, desde los 39° á los 44° de
latitud.
Compréndese que haya frecuentes cambios de lugar en la cultura por
efecto de grandes emigraciones de pueblos á quienes rodean hordas
bárbaras.
Los rastros de algunos progresos en las artes son indudables hasta en
las regiones más boreales; pero es imposible hasta ahora asignar fechas
de origen á los _túmulus_ y á las circunvalaciones polígonas de la Alta
Luisiana, como á los edificios de Palenque, adornados con tanta riqueza
de esculturas[313].
Propio es de sana crítica histórica detenerse donde faltan los datos
precisos, sin desdeñar por ello las ingeniosas combinaciones que pueden
ocasionar probables conjeturas. Lo que se trata de probar aquí es que
América, entre las épocas de Leif y de Colón, cambió de aspecto, sin
influencia alguna del Antiguo Mundo, y que estos cambios en el orden
social modificaron esencialmente en muchos puntos del Nuevo Mundo el
estado de las sociedades europeas que se establecieron en medio de
pueblos indígenas que de muy antiguo eran agrícolas.