XII.

Consideraciones sobre la geografía física del globo terrestre y sobre

las comunicaciones con América antes de descubrirla Cristóbal Colón.

Al elevarse á consideraciones sobre la física del globo, y al examinar

el relieve de las dos grandes masas continentales que sobresalen hoy del

nivel de la superficie del Océano, obsérvase no sólo su configuración

individual (articulación y ensanche hacia el Norte, terminación

piramidal hacia el Sur á diferentes distancias del polo, abundancia de

islas frente á las costas orientales), sino también las relaciones de

proximidad ó alejamiento entre ambos mundos. Estas circunstancias, á las

que se une la situación de islas interpuestas como puntos de paso ó

estaciones intermedias, han influído necesariamente en las

probabilidades que tuvieran los habitantes de ambos continentes para

revelarse su mutua existencia.

A los 60° y 70° de latitud boreal, el acrecentamiento de las masas

continentales llega á tal punto, que la anchura de los mares es poco más

de la octava parte de circunferencia del globo correspondiente á dichos

paralelos.

América se aproxima al antiguo continente en tres sitios á menos de 600

leguas marinas (de 20 al grado ecuatorial): entre Escocia ó Noruega y la

Groenlandia oriental; entre el cabo Noroeste de Irlanda y las costas del

Labrador; entre Africa y el Brasil. La primera de estas distancias es

casi la mitad menor que las otras. El canal del Atlántico entre al cabo

Wrath de Escocia y Knighton-bay (lat. 69° 15′ al Sur de Scoresby-Sound

de la Groenlandia oriental), tiene solamente 270 leguas de ancho, y en

la dirección de esta travesía se encuentra Islandia; es una distancia

igual á la del Havre á Varsovia. Desde Stadtland (62° 7′), en Noruega,

al mismo punto en la Groenlandia oriental, hay 280 leguas marinas.

El valle longitudinal del Atlántico que separa las dos grandes masas

continentales, presentando ángulos salientes y entrantes que se

corresponden (al menos desde 75° N. á 30° S.), se ensancha en el

paralelo de España, donde desde el cabo de Finisterre á Terranova hay

617 leguas marinas. En la proximidad al Ecuador vuelve á estrecharse

entre Africa (costa del cabo Roxo, cerca del banco de los Bissagos y

Sierra Leona) y el cabo de San Roque. La distancia de continente á

continente en la dirección NE.-SO., en la cual se encuentran las islas y

escollos de las Rocas, de Fernando Noronha, del Pinedo, de San Pablo y

de French Shoal, es de 510 leguas, suponiendo el cabo de Sierra Leona,

según el capitán Sabine, en la longitud de 15° 39′ 24ʺ, y el cabo de San

Roque, según el almirante Roussin y el hábil observador Sr. Givry, en la

longitud de 37° 37′ 26ʺ. El punto más próximo al Africa es probablemente

la punta Toiro, cerca de la aldea Bom-Jesus (lat. austr., 5° 7′), y la

saliente más oriental de América está de 2° á 3° más al Sur, entre el

río Parahyba do Norte y la rada de Pernambuco. Esta anchura del

Atlántico entre Sierra Leona y el Brasil es la distancia del Havre á

Moscou, ó mejor á Jaroslav, en Rusia.

Las travesías tan frecuentes en la navegación del Mediterráneo nos

proporcionan comparaciones de más fácil comprensión. Desde Escocia á la

Groenlandia oriental (mínimum de distancia) hay como desde Gibraltar al

cabo de Bon; desde Africa al Brasil como desde Gibraltar á Bengasí y á

las costas de la Cyrenáica.

Pero la consideración de estas distancias cambia completamente al

recordar que las tierras situadas al Norte del círculo polar, pobladas

por algunas miserables tribus de esquimales, la inmensa península de

Groenlandia que han explorado recientemente Scoresby, Sabine y el

teniente dinamarquies Graah, los Arctic-Highlands, al Norte de la bahía

de Baffin, y las tierras descubiertas por Parry en 1819 y 1820, formando

las costas septentrionales del canal de Barrow y conocidas con los

nombres de North-Devon, North-Georgia y Mellville-Island, están

completamente separadas de la América continental rodeándola por el

Norte.

De igual manera, aunque en menor escala, la Escandinavia, habitada por

pueblos de raza germánica, envuelve el Noreste de Europa, y parecería un

fenómeno de configuración semejante si el istmo de Finlandia, lleno de

lagos, estuviera abierto entre el golfo de este nombre y el mar Blanco.

La Escandinavia americana, insular y circumpolar, con límites

completamente desconocidos por el Noreste y Nooreste, pertenece á

América con igual derecho que el archipiélago de la Tierra del Fuego; y

le pertenece como Nueva Zembla, el Japón y Ceylán forman parte de Asia.

La dirección de las costas orientales de América, desde la Florida hasta

los 70° de latitud, es (á pesar de la vasta extensión de un mar interior

que comunica con el Atlántico por el estrecho de Davis) tan uniforme de

Suroeste á Noreste[246] que la parte más oriental de la Groenlandia (la

tierra de Edam[247] vista el año de 1655 por los holandeses en latitud

de 77° 25′) está 3½° más oriental que el cabo Blanco de Africa, y

sólo la misma distancia más occidental que el cabo Slyne de Irlanda.

Resulta de esta dirección que la región continental de América está más

alejada de Europa que la costa desierta de la Groenlandia oriental.

La menor distancia desde Irlanda al Labrador es de 542 leguas marinas,

unas 30 leguas más que la distancia desde Africa al Brasil. Pero es tal

el frío que reina en la costa oriental de un continente, en las

latitudes donde cae la nieve en abundancia y donde dominan los vientos

de Oeste, que son por tanto los de tierra, tal es la diferencia de

posición y la inflexión de las líneas isothérmicas en América y Europa,

que para encontrar una tierra donde el europeo pueda habitar

cómodamente, es preciso avanzar desde el Labrador hacia la desembocadura

del lago San Lorenzo. Determinaremos la distancia (690 leguas marinas)

desde Irlanda al San Lorenzo con alguna precisión, porque la

desembocadura de este gran río ha sido el punto de las primeras

incursiones de los colonos islandeses, quinientos años antes de Colón y

Sebastián Cabot.

En estas consideraciones sobre la geografía física sólo he tratado hasta

ahora de valuaciones de distancias directas, no de las rutas que siguen

los pueblos al través del Océano, favorecidos ó contrariados por los

vientos ó las corrientes, atraídos ó desviados por las ventajas que

ofrecen las islas interpuestas ó las estaciones intermediarias. La

Islandia, las Azores y las Canarias son puntos de parada que han

desempeñado importantísimo papel en la historia de los descubrimientos y

de la civilización; es decir, en la serie de los medios que han empleado

los pueblos de Occidente para ensanchar la esfera de su actividad y para

comunicarse con las partes del mundo que les faltaba conocer.

Los fenicios y los helenos conocieron las islas Afortunadas, próximas á

la entrada del antiguo río _Ogenos_ (Océano) desde que traspasaron las

columnas de Briareo. El descubrimiento de la Islandia precedió al de

las Azores, grupo intermedio por su posición en latitud, pero algunos

grados más al Occidente de la antigua Thulé, cuya costa oriental

coincide casi con el meridiano de Tenerife. Estas islas[248], situadas

entre dos continentes, han perdido su importancia desde que dejaron de

ser avanzada de la civilización europea, puntos de llegada y de

esperanza. Cuando terminaron las exploraciones de las costas de Africa y

de América, terminó también su interés histórico, quedándoles únicamente

la ventaja material de servir de puntos de escala y de colonización

agrícola.

La extensión del nuevo continente es inmensa en su parte boreal, sobre

todo más allá de los 60° de latitud, donde el máximum de su anchura

continental de Oeste á Este, desde el cabo del Príncipe de Gales á la

tierra de Edam, ó, si se quiere, hasta un punto determinado, con más

certeza astronómica, por el capitán Sabine, Roseneath-Inlet en la

Groenlandia oriental, es de 154½°, ó[249] de 148° 20′. En esta

altura, los dos mundos por el Este de Asia están tan próximos, que sólo

les separa un estrecho cuya anchura es de 17½ leguas marinas[250], y

los Tchuktchos de Asia, á pesar de su inveterado odio contra los

esquimales del golfo de Kotzebue, pasan algunas veces á las costas

americanas.

Esta gran aproximación de los continentes revélase también en la

distribución geográfica de los vegetales. Al Norte del Estrecho de

Behring es donde especialmente los Rhododendron, la Azelia procubens, la

Uvularia asplenifolia y las Liliaceas de la flora alpina del Kamtchatka

cubren[251] el litoral americano, que, siendo bajo y arenoso, goza de

una temperatura más suave que la costa asiática.

Cuando se observa atentamente la configuración extraordinaria de Asia y

la serie de islas que casi sin interrupción se prolonga desde la

península de Kamtchatka, por medio de las Korilas, Yeso, el Japón, los

Lieu-Kieu (Loo Choo), Formosa, los Bachis y los Babuyanes hasta

Filipinas, desde los 20° á los 52° de latitud, se concibe cómo esa larga

cadena de islas de diferentes tamaños, formando con el litoral del

continente, diversamente articulado, _cuatro mediterráneos con muchas

salidas_[252] (los mares de Okhotsk, de Taraïkaï, del Japón y de la

China), debía ejercitar los pueblos del continente en el

establecimiento de relaciones comerciales, de colonización y de

propaganda religiosa con los habitantes de las islas situadas enfrente

de la costa.

El estudio más concienzudo que en estos últimos tiempos se ha hecho de

la historia de la China, del Japón y de Corea, gracias á los trabajos de

Abel Rémusat, de Klaproth y de Siebold, prueba la influencia que estas

relaciones han ejercido en los progresos de la civilización y en la

extensión del budhismo. En todo el Este y Norte de Asia dicha extensión

parece relacionada con la templanza de las costumbres y la afición á la

literatura. Doscientos nueve años antes de nuestra era, la expedición

mística de los Thsin chi-Huang-ti recorrió el mar del Este «en busca de

un remedio que procure la inmortalidad del alma». Con este motivo

trasladaron su residencia al Japón 300 parejas de jóvenes[253].

El carácter especial del litoral del continente y de una serie de islas

que se presenta á la vista del navegante, á veces como lengua de tierra

cortada, á veces como levantamientos volcánicos, siguiendo una misma

dirección (Sur-Suroeste, Norte-Noreste), hace creer que naciones

comerciantes, que desde largo tiempo conocían el uso de la brújula,

hayan ido progresivamente hacia la América occidental por el Estrecho de

Behring ó por la larga cadena arqueada de las islas Aleutinas, que casi

une las penínsulas de Alaska y de Kamtchatka (á los 60° de latitud). Sin

embargo, no hay prueba alguna de que, en los tiempos históricos, se haya

realizado esta navegación ni de que un descubrimiento debido al azar, á

la violencia de una tormenta, llegara á ser motivo de comunicaciones

entre ambos continentes.

Un sabio, cuyo nombre goza de justa celebridad, Deguignes, padre, se

equivocó cuando en las _Memorias de la Academia de Inscripciones_ (vol.

XXVIII, pág. 505) anunció hace más de ochenta años que desde el siglo V

conocían los chinos América, y que sus barcos iban al Fusang, situado á

20.000 li de distancia del Tahan; que el Fusang es la costa Noroeste del

nuevo continente, y el nombre de Tahan designa á Kamtchatka. Deguignes

tomó por relato de una navegación la noticia dada por un religioso

budhista[254] acerca del Fusang, que era su patria, noticia inserta en

los _Grandes anales de la China_. Analizando críticamente esta

noticia[255], ha probado el Sr. Klaproth que el Fusang, donde la ley de

Budha y las instituciones monásticas se habían establecido desde el año

458 (de J. C.), es el Japón. Según las distancias indicadas por el monje

Hoeï-chin, natural de Fusang, país de las viñas, donde usan de carretas

arrastradas por bueyes de largos cuernos, caballos y ciervos, el Sr.

Klaproth ha hecho ver que el país de Than, situado al Oeste del _Vinland

de Asia_[256] no puede ser otra cosa que la isla Taraïkaï, que nuestros

mapas nombran erróneamente Saghalien[257]. La indicación sólo de la

frecuencia de los caballos, del uso de la escritura y de la fabricación

del papel con la corteza del _Fu-sang_ ó _morera útil_, hubiera podido

advertir á Deguignes que Hoeï-chin no habla de América. ¿Qué interés,

por lo demás, hubiera podido llevar más allá de los 50° de latitud á

pueblos que habitaban en climas benignos, y cuya navegación, como su

brújula, dirigíanse más bien hacia el Sur? Los chinos tuvieron

indudablemente relaciones desde muy antiguo con pueblos de raza

tunguesa, establecidos en las márgenes del Amur y al Norte de Corea.

Desde la época de la dinastía de Thang conocían á los Kulihanes y á los

Tuphos, próximos al lago Baïkal; pero este conocimiento lo adquirieron

por medio de viajes terrestres hechos á las comarcas de los bárbaros

del Norte.

Examinada cuidadosamente la correspondencia completa del P. Gaubil, que

ya había proporcionado al ilustre Laplace tan preciosos informes acerca

de la longitud de la sombra meridional en los solsticios, observada por

los chinos en el año 1.100, antes de nuestra era, viene en apoyo de las

dudas de M. Klaproth la autoridad del más sabio de los misioneros

jesuítas. «Todo cuanto me decís--escribe[258] el P. Gaubil á uno de sus

hermanos en religión, en París en 1752--de la Memoria del señor

Deguignes acerca del Wenchin[259] y el Tahan, y de los viajes á largas

distancias al Noroeste del Japón, podría induciros á creer que los

chinos han conocido á América. Los textos nada prueban, y con

razonamientos tan vagos podría sostenerse hasta que los chinos han

venido á Francia, á Italia y á Polonia.»

Esta afición á las hipótesis quiméricas y á las ficciones que el P.

Gaubil censura á los geógrafos, y que recientemente ha hecho atribuir á

los indios antiguo conocimiento de las Islas Británicas, encuéntrase

también, sin que se les pueda censurar, en los poetas chinos. El país de

Fusang es el teatro de sus fantasías, y no faltan, porque no podían

faltar en ellas, conforme á la afición nacional, al lujo de las sedas,

moreras de muchos miles de toesas de altura y gusanos de la seda de seis

pies de longitud.

Si hasta ahora no hay hecho histórico alguno que presente indicios de

comunicación espontánea de los pueblos civilizados del Asia Oriental con

el Nuevo Continente, no es, sin embargo, inverosímil que alguna

tempestad haya arrastrado japoneses ó Siampis de la raza de Corea á la

costa Noroeste de América. Sucesos de esta índole no tienen lugar en las

investigaciones que son objeto de la presente obra. Gomara asegura que

en el siglo XVI suponíase haber hallado en las costas del Quivira y de

Cibora (el Eldorado del Méjico boreal, sitio fabuloso de una antigua

civilización) los restos de un buque del Cathay[260]; pero en aquel

tiempo tan cercano á la Edad Media, como á veces en nuestros días, la

credulidad interpreta hechos mal observados, para fundar sobre ellos

sistemas.

La dispersión de la flota que Khubilaï Khan, fundador de la dinastía de

los Yuan y hermano de Manggu-Khan, envió en 1281 para conquistar el

Japón, ha dado origen á hipótesis con las cuales Reinhold Forster y M.

Ranking[261] han querido explicar grandes cambios en la civilización y

el estado político del Perú. Paréceme indudable que los monumentos, las

divisiones del tiempo, las cosmogonías y muchos mitos que he discutido

en mi obra sobre los _Monumentos de los pueblos indígenas de América_,

presentan notables analogías con las ideas del Asia Oriental, analogías

que anuncian antiguas comunicaciones, y que no son sencillo resultado de

la identidad de situación en que los pueblos se encuentran en la aurora

de la civilización. ¿Por qué vía se han realizado estas lejanas

comunicaciones? ¿Cómo se ha conservado la cultura intelectual,

atravesando las regiones boreales, donde los dos continentes se

aproximan? Problemas son éstos que no pueden resolverse en el estado

actual de nuestros conocimientos. La corriente de los pueblos del Aztlán

en Méjico fué sin duda de Norte á Sur; pero sólo se pueden seguir los

rastros de estas emigraciones hasta el río Giba ó á lo más hasta el lago

de Teguajo, que no traspasa, al parecer, el paralelo de 41°. La cuestión

de los primeros pobladores de América no entra en los dominios de la

historia, como tampoco en los de las ciencias naturales la del origen de

las plantas y de los animales y la distribución de los gérmenes

orgánicos.

Si la gran proximidad de Asia y América corresponde á una zona

inhospitalaria y helada en la latitud del Labrador, del mar de Hudson,

del lago de los Esclavos y del río Anadyr, las costas de ambos

continentes, al avanzar hacia el Sur, se inclinan desde el paralelo de

los 60° en dirección tan opuesta, y huyen, por decirlo así, una de otra,

de tal modo que á los 30° de latitud en el paralelo de Nanking y de

Nueva Orleans, el litoral de China se aleja 123° del litoral de la Vieja

California, esto es, tres veces la distancia que existe entre Africa y

la América meridional. Este es uno de los caracteres distintivos del

Océano Pacífico, llamado con justicia el _Gran Océano_. Su cuenca no

tiene la configuración de un valle longitudinal con ángulos salientes y

entrantes que se correspondan, como en el Atlántico. Desde el estrecho

de Behring las costas opuestas se apartan con igual rapidez; las de Asia

dirigidas al SO.-NE.; las de América al SE.-NO. Podría decirse que en el

levantamiento de las dos masas continentales hubo del lado oriental del

Nuevo Mundo una conexidad de fuerzas que determinó simultáneamente los

contornos de las masas americanas y de las del antiguo continente,

mientras en las cuencas del Gran Océano Pacífico, causas más

independientes entre sí han producido efectos distintos.

Al relacionar ideas geológicas, ó más bien físico-geográficas, con las

probabilidades que se hayan presentado á las razas humanas para

comunicarse entre sí, debo mencionar ante todo esa zona de islas

alargadas hacia el Asia que se extiende de Este á Oeste por Juan

Fernández, Salas y Gómez, la isla de Pascuas[262], la metrópoli de

Taïti, las Fidji y las Hébridas hacia la Nueva Caledonia, y después,

como circunstancia muy importante[263] para las necesidades de la

navegación, la de una corriente que se dirige entre los paralelos de 35

y 40° Sur del meridiano de Taïti, hacia las costas de Chile, y que, por

tanto, es opuesta á la corriente ecuatorial.

A excepción de Méjico y de Guatemala, cuyas planicies, por la poca

anchura, dominan ambos mares á la vez, donde los españoles, al llegar al

Nuevo Mundo, encontraron una civilización que se mostraba en los

monumentos, en los grandes caminos, en las instituciones civiles y en el

carácter imponente del culto y de las congregaciones religiosas, fué en

la parte de América que da frente al Asia. La que baña el Atlántico sólo

presentaba pueblos nómadas y cazadores, poco numerosos y hasta

inferiores en cultura á las razas extinguidas, que en las llanuras al

sur de los grandes lagos del Canadá, construyeron las circunvalaciones

polígonas que semejan campos atrincherados.

Á la costa más civilizada de América, donde habitaban pueblos agrícolas

y vestidos, corresponde, al Oeste, la costa oriental del Antiguo Mundo,

donde todo lo que tiende al progreso de la inteligencia y su aplicación

á las necesidades de la vida social, tiene indudablemente una

antigüedad de muchos miles de años respecto á las costas occidentales de

Europa. Sin embargo (tal es el misterioso encadenamiento de las cosas

humanas), por el Oeste, por la parte más largo tiempo bárbara del

Antiguo Mundo, es por donde se realizó el descubrimiento de América.

Acaso las diversas familias del género humano no hicieron entonces más

que reanudar los lazos que ya habían existido entre ellas en tiempos

anteriores á toda reminiscencia histórica.

En el valle longitudinal del Atlántico, donde las sinuosidades

correspondientes á las dos orillas están ocupadas hoy en gran parte por

la civilización europea, el Antiguo Continente se acerca dos veces y

casi á la misma distancia (de 510 y de 542 leguas marinas) á las costas

del Continente americano. El valle tiene el mínimum de anchura en una

dirección SSO.-NNE. cerca del Ecuador entre Africa y el Brasil. Desde el

cabo Roxo (entre la desembocadura del Gambia y los Bissagos) al cabo de

San Roque, sólo hay diez leguas marinas[264], menos que desde este

último cabo á Sierra Leona. En Europa el promontorio de la Irlanda

Occidental, entre Tralee y Dingle Bay, es el que más se aproxima á la

extremidad SE. del Labrador, un poco al Norte de Terranova. El Atlántico

tiene en este paralelo (y entre los dos puntos sólo hay una diferencia

de latitud de 9′) una anchura de 542 leguas[265]. La diferencia de

distancias entre Europa y la América continental del Norte, entre Guinea

y la América del Sur, no es, pues, á pesar del aumento de más de 40° de

latitud, sino de 94 millas, de 60 al grado ecuatorial.

Las relaciones de proximidad de ambos mundos cambian considerablemente

cuando se considera como parte del Nuevo Continente la extensa isla de

Groenlandia, cuya prolongación hacia el Noroeste más allá del mar de

Baffin y del estrecho de Barrow, es completamente desconocida. Esta

comarca septentrional parece, en efecto, corresponder á América por la

identidad de dirección (SO.-NO.), y sus costas orientales desde Georgia

á la tierra de Edam, desde los 30 á los 77 grados y medio de latitud.

La Groenlandia Oriental en las tierras de Scoresby se aproxima de tal

modo á la península escandinava y al Norte de Escocia, que desde esta

última al cabo Barclay (grado y medio al Sur del paralelo de la isla

volcánica de Juan Mayen), sólo hay 269 leguas marinas[266], lo cual es

casi la mitad de la anchura del Atlántico entre Africa y el Brasil. Con

viento fresco y continuo del NO. se atraviesa este espacio en menos de

cuatro días.

La aproximación de todas las masas continentales hacia el círculo polar

ártico, y más allá, se revela también, según lo demuestran las

investigaciones más exactas acerca de la geografía de las plantas, en el

gran número de vegetales que son propios de la Europa, el Asia y la

América boreal[267]. La América del Sur, y en general toda la parte

tropical del Nuevo Mundo, tiene distinto carácter. La gran ley de la

Naturaleza, reconocida por Buffón en la desemejanza de la creación

animal propia de estas regiones y de Africa, puede aplicarse con ciertas

restricciones al reino vegetal. Las excepciones de la ley son raras,

pero existen, no sólo en las plantas monocotiledóneas, especialmente en

las gramíneas y en las ciperáceas[268], sino también en las

dicotiledóneas arborescentes, que no son de las especies litorales[269]

ó acuáticas.

Es notable sin duda que, según los trabajos de M. Roberto Brown sobre la

flora del Congo y las discusiones de los Sres. Perrottet y Guillemin

sobre la flora de Cabo Verde y de la Senegambia sean principalmente las

costas africanas y las del Brasil y la Senegambía las que presentan

estas analogías con el Africa equinoccial. Basta, para probarlo, citar

las especies del Río Zahir y del Senegal, cuyos nombres específicos

indican los lugares donde los viajeros botánicos las han recogido por

primera vez: Schwenkia americana, Urena americana, Cassia occidentalis,

Ximenia americana, Waltheria americana, que es idéntica á la Waltheria

índica[270].

Las corrientes se dirigen desde el Congo al O. hacia el Brasil,

mientras que en la desembocadura del Senegal y más allá hasta la bahía

de Biafra, el movimiento de las aguas es al S. y SE., y, por tanto,

completamente contrario al transporte de frutos y semillas á las costas

americanas. Lo que sabemos de la acción deletérea que ejerce el agua del

mar en un trayecto de 500 ó 600 leguas sobre la excitabilidad

germinativa de la mayoría de las semillas, no es favorable al sistema

demasiado generalizado de la emigración de los vegetales por medio de

las corrientes pelásgicas.

No debo terminar esta reseña del gran valle del Atlántico, en el punto

donde presenta menos anchura entre masas de tierra completamente

continentales, sin añadir á las líneas generales del cuadro físico la

indicación de un hecho, ó mejor dicho, una creencia del siglo XVI que

los modernos historiadores del _Nuevo Mundo_ han desatendido

completamente. Colón supo cuando su segundo viaje que la isla de Haïtí

era atacada algunas veces por una raza de hombres negros (_gente

negra_), que vivía hacia el Sur ó Sureste.

Distingue estos negros de los Caribes de las Pequeñas Antillas, á

quienes, en una carta á los monarcas, fechada en el mes de Octubre de

1498 llama _Caribales_[271], y los pinta armados de azagayas, cuya

composición metálica llamó singularmente su atención. Los indígenas de

Haïtí llamaban esta composición _Guanin_. Colón la envió al rey

Fernando, y refiere Herrera (sin duda por lo que vió en los manuscritos

de Las Casas, porque D. Fernando Colón no habla de ello), que el

análisis hecho en España dió á conocer en el _Guanin_ para 32 partes 18

de oro, 6 de plata y 8 de cobre[272]. Era, pues, oro de baja ley (_oro

baxo_), notable por la doble aleación (0,44) de cobre y plata, producida

sin duda en aquellos pueblos bárbaros por la naturaleza especial de un

mineral aurífero.

La dirección meridional que el Almirante dió á su tercer viaje tuvo por

único motivo el deseo de llegar al país del _Guanin_. «Dixo Colón que

por aquel camino pensaba experimentar lo que decían los Indios de la

Española de la gente negra que traía los hierros de las azagayas de un

metal que llamaban guanín.»

Vasco Núñez de Balboa, el primero que atravesó el istmo para llegar al

mar del Sur, encontró efectivamente negros en el Darien. «Este

_conquistador_, dice Gomara (_Historia de las Indias_, fol. 34), entró

en la provincia de Quareca, donde no encontró oro, sino algunos negros

esclavos del señor del lugar. Preguntó al señor de dónde había sacado

aquellos esclavos negros, y le respondió que las gentes de aquel color

vivían cerca de allí y estaban constantemente en guerra con ellos.»

«Estos negros, añade Gomara, eran iguales á los _negros de Guinea_, y en

las Indias yo pienso que no se han visto negros después.»

A Pedro Mártir de Anghiera (_Ocean._ déc. III, lib. I, página 45), que

observa todo lo que atañe á las razas americanas, sorprendió este hecho

referido por Gomara, y lo explica, con alguna ligereza, suponiendo

algún naufragio de africanos en las costas de América. Estos esclavos

son, sin duda, dice, descendientes de _negros etíopes_, que, después de

infestar la mares como piratas (_latrocinii causa_) los arrastró alguna

tempestad á naufragar en el Darien.

No puede negarse (y, según antes dije, los mapas del mayor Rennell dan

fe de ello) que desde las costas del Congo y de Benguela, las corrientes

africanas, mezcladas á las aguas del _Gulf-Stream_, impulsan hacia el

Oeste, hacia el Brasil, la Guayana y el fondo del mar de las Antillas;

pero ¡qué largo trayecto para negros africanos que jamás fueron piratas

de alta mar, y sólo usan canoas pequeñas apropiadas para la pesca en el

litoral!

Estos _negros_ de Quareca habitaban las mismas comarcas donde los

naturales suponían primitivamente una raza blanca, suponiendo que

algunos negros albinos eran una raza especial. En mi concepto eran Papus

del mar del Sur, que fueron del Oeste, aprovechando algunas

contracorrientes en el aire y en el mar, y no negros de Etiopía. También

puede suponerse que fuera alguna tribu de indígenas de color más obscuro

que las demás, porque Gomara al decir que los _negros_ de Quareca se

parecen á los _negros de Guinea_, no menciona especialmente el cabello

rizado.

En las misiones del Orinoco, los Otomaques y los Guamos forman la

variedad más obscura, los Guaharibos del Gehette y los Guainares, la

variedad más blanca entre los indios cobrizos. Debe esperarse á que

algún viajero instruído, recorriendo parajes tan inexplorados como los

que median entre las fuentes del Atrato, el Darien y el golfo de

Mandinga, aclare la cuestión de quién era esta _gente negra_ conocida á

la vez en Haïtí y en Caribana; porque conviene precisar los hechos antes

de intentar explicarlos.

Verdad es que hay otros indicios para creer que aquel rincón de la

tierra fué antiguamente visitado por razas extranjeras. Entre los

Caramaris, que decían ser de la grande y poderosa familia de los pueblos

Caribes, encontráronse rastros de una cultura importada, como entre los

Caribes de Uraba[273] que tenía alguna noción de libros y de signos

gráficos.

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 20 / 43 题