Motivos que impulsaban al descubrimiento de América á fines del siglo
XV.
Los detalles de la historia de las ciencias sólo son útiles cuando se
los reune y sistematiza, porque la acumulación de hechos aislados sería
de una aridez fatigosa, si la investigación de los hechos no se hiciera
con algún propósito de generalizar respecto á los progresos de la
ciencia ó á la marcha de la civilización.
Los gérmenes que hemos descubierto en las obras de los escritores
antiguos fueron fecundados por corto número de sabios de gran talento
que brillan en la Edad Media.
En cada siglo existe un trabajo oculto, cuyo resultado en ideas,
convicciones y esperanzas acrece insensiblemente el poder del hombre, y
se manifiesta en acción cuando circunstancias aparentemente accidentales
(coincidencias que revelan una necesidad en los destinos del mundo)
favorecen el movimiento exteriormente.
Por lo general, la historia sólo conserva la tradición de las empresas
afortunadas, de los grandes éxitos obtenidos en la serie de los
descubrimientos; pero lo que prepara el movimiento y el éxito pertenece
á combinaciones de ideas y de pequeños sucesos que obran simultáneamente
y cuya importancia no se conoce hasta que se consiguen los grandes
resultados, como los que se deben á Díaz, Colón, Gama y Magallanes. De
esta suerte de descubrimientos, que llaman poderosamente la atención de
los hombres, preséntanse al principio como aislados é independientes del
impulso de los siglos anteriores, y sólo cuando pasan las primeras
impresiones de admiración y entusiasmo empieza la investigación de las
causas que abrieron el camino á las grandes conquistas de la
inteligencia. En este trabajo, los odios de nación á nación, el maligno
placer de desacreditar y, sobre todo, la falta de buena crítica
histórica dan frecuentemente importancia á hechos no comprobados, á
creaciones de pura conjetura, que en ningún razonamiento científico se
fundan.
Por lo dicho en el capítulo anterior puede apreciarse en su justo valor
lo que nos resta examinar respecto á sucesos y opiniones que, según se
cree, condujeron al descubrimiento del Nuevo Mundo, y creo que este
examen puede llegar á ser fuente fecunda de útiles datos de relación,
esclareciendo los hechos con nociones de historia y de geografía física,
poco atendidas en estudios de esta índole.
Los hechos son la base principal de toda discusión sometida á una sana
crítica, y su indicación es indispensable para que el lector pueda
juzgar el grado de confianza que merecen los resultados obtenidos;
especialmente cuando su interpretación tiene por objeto formar ideas
generales acerca de las varias causas que han determinado la dirección
de los descubrimientos y de los progresos del comercio marítimo.
Procuraré, en lo que voy á exponer, no extenderme inútilmente en puntos
que han sido tratados hasta la saciedad, limitándome á lo que puede
conducir en el actual estado de nuestros conocimientos á esclarecer de
nuevo los hechos ó á nuevas combinaciones de datos históricos.
La aventura de Cabral, que en su viaje de Europa á la India, por la via
del cabo de Buena Esperanza, fué sin querer arrastrado por las
corrientes hacia el Oeste y llevado el 22 de Abril de 1500 á las costas
del Brasil (tierra de Santa Cruz), ha hecho decir á Robertson, que en
los destinos del género humano estaba el descubrimiento del Nuevo
Continente á fines del siglo XV. Dejando á un lado la idea vaga del
destino, cuando el mutuo encadenamiento de tantas causas y efectos no es
difícil de reconocer, la filosofía y la historia nos muestran en todas
las épocas grandes acontecimientos, de largo tiempo atrás preparados;
pero lo que constituye el carácter distintivo de cada siglo manifiéstase
en acción y somete los sucesos al imperio de una necesidad moral.
La expedicion de Alejandro á Persia y á la India, y la audaz energía de
Lutero, favorecieron sin duda, la primera, el contacto del Occidente y
del Oriente; la segunda, la emancipación del pensamiento. Pero era tal
la situación de las cosas humanas en estas dos épocas memorables de la
vida de los pueblos, que la caída del imperio de los persas y la
aminoración del poder pontificio no podían retardarse. El contacto de
las dos civilizaciones y la reforma religiosa, preludio de las reformas
políticas, probablemente se hubieran realizado sin el héroe macedonio y
sin el fraile de Wittemberg. Indudablemente, la grandeza de alma y la
individualidad de los hombres superiores aumentan las probabilidades del
éxito y aceleran y vivifican el movimiento; pero estos hombres
superiores que parece inspiran su ideal á los siglos en que viven, obran
bajo la influencia de las ideas dominantes en una época fecundada y
engrandecida por otra época anterior. En la especial dirección del
movimiento intelectual, en la simultaneidad de la voluntad, en la
urgencia irresistible de necesidades verdaderas ó ficticias, fúndase la
fuerza de impulsión, la necesidad y el poder de los acontecimientos que
se realizan.
Fácil es comprender el carácter distintivo de la segunda mitad del siglo
XV, de la época que precedió inmediatamente al descubrimiento de
América. El progreso del lujo y de la civilización en el Mediodía de
Europa produjo necesidades más apremiantes de los productos de la India.
Los viajes por tierra, alentados por el fervor religioso de los
sacerdotes budhistas y cristianos, por la política y por el interés
comercial habían ensanchado el horizonte geográfico y la esfera de las
ideas. Al mismo tiempo, el uso más frecuente de la brújula, debido al
contacto de los árabes con la India y la China; y el perfeccionamiento
del arte naval y de las ciencias que con él se relacionan,
facilitaron los medios de emprender navegaciones lejanas.
En tales circunstancias debían nacer casi á la vez dos series de ideas
que conviene distinguir cuidadosamente y que se relacionan ambas[233] á
las tradiciones y á las conjeturas de la antigüedad clásica, cuyo
interés reanimaban las íntimas relaciones de Sicilia, la Pulla y la
Calabria con Byzancio, la provechosa influencia de algunos grandes
hombres de Italia, por ejemplo, Petrarca, Boccacio y Juan[234] de
Ravena, y la emigración de algunos sabios griegos, antes de que fuera
destruído el Imperio de Oriente.
Comprendiendo en la denominación de _India_, por seguir el ejemplo de
los Helenos, primero la Etiopía troglodítica y la Arabia, después las
regiones ecuatoriales más lejanas de Africa, al lado de allá del _cabo
de los Aromas_ (las regiones _cinamomífera_ y _mirrífera_)[235];
juzgando situadas, desde la dominación de los romanos, las riquezas de
la India en las _extremidades de la tierra_, y, por tanto, en las costas
meridionales y occidentales de Asia, la Edad Media alimentó la esperanza
de llegar á esta afortunada zona, sea por la circunnavegación de Africa,
sea por el camino directo del O., indicado por el conocimiento de la
esfericidad de la tierra. Como era posible conseguir el mismo objeto por
dos distintas vías, debieron nacer á la vez y nacieron dos direcciones
de ideas y se desarrollaron progresivamente hasta la segunda mitad del
siglo XV en que Toscanelli y Colón, Usomare y Díaz, abrieron, con igual
certidumbre del éxito, los dos opuestos caminos.
El axioma de Herodoto, de que «las extremidades del mundo han obtenido
(en el reparto de los bienes de la tierra) las producciones más bellas»,
no expresa únicamente la triste y, por lo mismo, natural idea en el
hombre de que la felicidad está lejos de nosotros; fundábase también en
la observación directa de lo distante que estaban las comarcas de donde
los Helenos «habitantes de una zona templada» recibían el _electrum_ y
el estaño, el oro y los aromas.
A medida que fueron conociéndose las costas del Asia meridional por el
comercio de los fenicios, de los Edomitas del golfo de Acaba (d’Elath y
de Ezion-Geber) y del Egipto, bajo la dominación de los Ptolomeos y de
los romanos, recibiéronse los productos de primera mano, y en la
imaginación de los hombres, las extremidades del οἰκουμένη con sus
riquezas avanzaron al parecer hacia el Este.
Es digno de atención que hayan sido los árabes quienes han mostrado el
camino de la India en dos épocas memorables en la historia del comercio
de los pueblos, en tiempo de los Lagidas y de los Césares y en el siglo
XV, en la época de los rápidos descubrimientos de los portugueses. Ophir
y el Dorado de Salomón extendíanse hasta el Este del Ganges, y allí fué
situada la famosa tierra de Chrysé que tanto preocupó á los viajeros en
la Edad Media, y que unas veces aparece como isla y otras como parte del
Quersoneso de Oro[236]. La abundancia de este metal que el archipiélago
de la India, sobre todo, Borneo (Montradok) y Sumatra, dan todavía al
comercio[237] explica la celebridad de esta región.
En la geografía sistemática de las comarcas lejanas, cerca de Chrysé, la
isla de Oro, debía estar simétricamente colocada Argyré, ó la isla de
Plata: así se reunían los dos metales preciosos, las riquezas de Ophir y
de Tarsis (Tartessus) de Iberia.
Para los geógrafos árabes Edrisi y Bakui, los límites orientales del
mundo conocido están marcados por la isla de arenas de plata, Sahabet y
las islas auríferas Vac-Vac y Saïla (que no debe ser confundida con
Ceylán ó Serendive) (Bakui, pág. 399; Edrisi, pág. 38), donde los
perros y los monos llevaban collares de oro. Considerábanse estos grupos
de islas como próximos de una parte á Sofala de Africa y de otra á los
Sines (al Cathay), lo cual sólo puede comprenderse teniendo á la vista
el mapamundi de la biblioteca Bodleyana en el que el mar de Hind se
extiende de Occidente á Oriente, limitado por las costas paralelas de
Africa y de Asia.
Todas las mediocres composiciones geográficas de la Edad Media,
mezclando constantemente una falsa erudición clásica con algunas
nociones tomadas de los itinerarios más modernos, presentan casi
estereotipada la configuración extraordinaria y ficticia dada por
Ptolomeo ó por sus inhábiles _continuadores_ (lib. VII, capítulos 2 y 3)
al Quersoneso de Oro, un poco prolongado hacia el Sur; al _Sinus Magnus_
y á esa inmensa península de los Sines, en la cual están situadas Thinæ
y Catigara.
Lo que hasta nosotros ha llegado de Diarios y cartas de Cristóbal Colón
está lleno de reminiscencias bíblicas del Ophir y de recuerdos de
Ptolomeo. Al elogiar pomposamente la utilidad y el valor moral y
religioso del oro («con el qual se hace tesoro, y con el tesoro, quien
lo tiene, _hace cuanto quiere en el mundo_ y llega á que _echa las
ánimas al paraíso_»), Colón recuerda á la reina Isabel cómo el
historiador Josepho nos enseña que el rey Salomón sacó su oro (666
quintales) de la _Aurea_ (quiere decir del Quersoneso de Oro) y afirma
que la tierra de Veragua (al noroeste del istmo de Panamá), que en dos
días le ha dado más signos de riquezas que la Española en cuatro años,
es esa _Aurea_ de las Indias. «El oro que tiene el _Quibian de Veragua_
y los otros de la comarca, bien que segun informacion él sea mucho, no
me pareció bien ni servicio de Vuestras Altezas de se le tomar por via
de robo: la buena orden evitará escandalo y mala fama, y hará que todo
ello venga al Tesoro, que no quede un grano»[238]. Anteriormente he
hablado de «el misterioso fin del Oriente, donde está la _montaña_
Sopora[239], á donde para llegar tardaban los barcos de Salomón tres
años, y que SS. AA. poseen hoy en la isla de Haïti.»
Durante el tercer viaje, en el que descubrió la costa de Paria, las
ideas bíblicas dominan el ánimo de Colón. El sitio del Paraíso que acaba
de hallar, y las riquezas del «país montañoso de Ophir (_Monte Sopora_),
agitan su imaginación». En el cuarto y último viaje vuelven á
preocuparle el Quersoneso de Oro, y las ideas de Ptolomeo aprendidas en
las obras de Pedro d’Ailly y de Nicolás de Lira.
Un cambio de ideas de bastante importancia, que data del tiempo de la
topografía cristiana de Cosmas, y que favorecieron los viajes por tierra
en la Edad Media, es la opinión sistemática de llevar las riquezas de la
India, las especias, los aromas, los diamantes y los metales preciosos á
la parte más oriental del continente asiático. El Indicopleustes había
dado á conocer las costas de los Tzines, bañadas por un mar oriental;
los Sinæ de Ptolomeo estaban, al contrario, más alejados del Sinus
Magnus. El mapamundi de Behaim pone á Chrysé (Crisis) y Argyré á la
desembocadura del Ganges, más allá del meridiano de Java Mayor (Borneo?)
hacia Zipangu, el Japón[240]. Hasta en el _Opúsculo geográfico_ de
Myritius, dedicado á un comendador de Malta, el barón de
Riedesel-Kamberg (Ingolst. 1590, pág. 128) encuentro «Zipangri olim
Chryse dicta»; indicación tanto más notable, cuanto que, por la relación
de Barros sabemos que á la vuelta de su primer viaje, el 4 de Marzo de
1493, vióse obligado Colón á entrar en el Tajo y á presentarse al Rey y
á la Reina de Portugal, que de seguro no le tenían grande afecto, y
parecióle oportuno hacer correr la noticia de «que venía de _Zipangu_,
trayendo de allí[241] oro en abundancia».
En el globo de la biblioteca del Gran Duque de Weimar, que ya hemos
citado como anterior al año de 1534, y en el que figura el istmo de
Panamá atravesado por un estrecho (como se ve también en un mapamundi
chino muy moderno de Lismingtchhe, publicado en 1820), Zipangu está 5°
al Oeste de Veragua con la inscripción: _Zipangri ubi piper et auri
copia_.
La idea de que las riquezas de la India se encontraban al E. y al SE. de
Asia, llegó á ser tan general en el siglo XV, que, maravillado Colón por
la belleza del paisaje de la costa de Cuba, cerca de Puerto Príncipe,
escribió en su Diario (14 de Noviembre de 1492) la observación
siguiente: «Creo que estas islas (las del Canal Viejo) son las
innumerables que en los mapamundos en fin del Oriente se ponen, y que
hay grandísimas riquezas y piedras preciosas y especería en ellas y que
duran muy mucho al Sur.»
La influencia del clima, hasta en los productos de la naturaleza
inorgánica era doctrina tan generalmente admitida, «que por el mucho
calor que padecía el Almirante, arguye que en estas Indias, y por allí
donde andaba, debía de haber mucho oro». (Diario 21 de Noviembre,
visiblemente alterado por Las Casas, puesto que menciona la Florida.)
«Mientras vuestra señoría, escribe en 1495 á Cristóbal Colón (en la gran
isla de Cibau) un lapidario de Burgos, Mosen Jaime Ferrer, no llegue á
_encontrar negros_, en los progresos sorprendentes de sus
descubrimientos, y entre en el _Sinus Magnus_ de Ptolomeo no puede
contar con grandes cosas (los verdaderos tesoros), como especias,
diamantes y oro.» Esta carta, unida á proyectos de métodos de longitudes
y á respuestas en las que el gran cardenal de España (Mendoza) llama al
lapidario cosmógrafo _su especial amigo_, fué publicada en Barcelona en
1545 en un libro muy raro, cuyo extraño título es _Sentencias catholicas
del Divo poeta Dant_.
El contemporáneo de Colón, Pedro Mártir de Anghiera, muestra gran
descontento por la expedición de Lucas Vázquez de Ayllón á la Florida.
«¿Qué necesidad tenemos, exclama (Ocean, déc. VIII, cap. 10) de
producciones semejantes á las más vulgares del Mediodía de Europa? ¡Al
Sur! ¡Al Sur! Quienes busquen riquezas no deben ir á las frías regiones
boreales.»
También Diego Rivero añade en 1529 en su célebre mapamundi, junto á la
tierra de Garay (Florida occidental), estas palabras: «El país es pobre
en oro, porque está muy alejado del trópico de Cáncer.»
Estas creencias, fundadas en analogías incompletas transmitidas por la
antigüedad[242], creencias que obligaban á estar en los mismos límites,
en el clima tropical, las especias y las gemas, no ha desaparecido[243]
por completo en nuestros días.
La vaguedad propia de la denominación _India_, especialmente después de
los siglos IV y VI de nuestra era, denominación arbitrariamente
extendida á regiones meridionales de Asia, de la Arabia y de las costas
etiópicas del mar Rojo[244], hacía casi sinónimas las frases, zona de la
India y zona de las Palmeras. Añadíanse á las Indias _exteriores_ é
_interiores_ de los primeros autores cristianos, á las tres Indias de
Marco Polo, muy distintas de la de Fra Mauro, la denominación de India
_superior_ con la cual se designaban las costas orientales de Asia, y
por tanto una parte del Cathay. El comercio de almacenaje de las
especias que se hacía en los puertos de la China, contribuyó sin duda á
esta confusión de ideas. Marignola llama todo el Manzi la _Grande
India_. La América, desde su descubrimiento[245], formaba, al parecer,
parte de la India superior, ó como continente ó como _Ante Ilha_ de
Asia.