X.

Las expediciones clandestinas.

He manifestado anteriormente cómo pudo ser figurado al cabo austral de

Africa en un mapa de Fra Mauro, treinta años antes de que Díaz lo

doblase; pero ¿cómo explicar la indicación de un estrecho americano en

un mapa portugués antes del viaje de Magallanes?

Recordaré las circunstancias que pueden haber hecho conjeturar la

existencia de un paso, y debe advertirse que en la Edad Media las

conjeturas se dibujaban religiosamente en los mapas, como lo prueba la

Antilia, San Brandón ó Borondón, la Mano de Satán, la isla Verde, la

isla Maida y la configuración de las vastas tierras australes.

Al lado de las expediciones autorizadas por el Gobierno español, y cuya

lista completa hemos dado anteriormente, hubo viajes clandestinos,

emprendidos por cuenta de otras naciones ó por súbditos españoles que

querían engañar al fisco. Cuando Alonso de Ojeda en 1501 partió por

segunda vez para reconocer la costa de Venezuela, después de haber sido

nombrado gobernador de Coquivacoa, se sabía que los ingleses habían

desembarcado en la parte occidental de esta costa[204].

Según el testimonio de un tal Rodríguez Serrano, de Sevilla, que se

alababa de haber estado en el Cabo de San Agustín con el comendador

Mendoza, parece que ya en la época del viaje de Diego de Lepe, del que

antes he hablado, había «expediciones obscuras y furtivas». Quizá á

expediciones de esta índole corresponden las que Vespucci debe haber

hecho por cuenta del Rey de Portugal desde 1501 á 1504 á las costas del

Brasil, aunque el piloto Nuño García, que dibujaba las cartas de la

América occidental y supo por Vespucci la verdadera latitud del Cabo de

San Agustín, advierte que si este viajero florentino hubiera ido allá

«clandestina y maliciosamente» por cuenta de los portugueses, no se

atreviera á alabarse de ello en España[205].

Podrá dudarse respecto á Vespucci y á la problemática serie de sus

viajes marítimos; pero es seguro que las expediciones clandestinas

fueron frecuentes desde que Colón descubrió la tierra firme de Paria y

las corrientes llevaron á Cabral á las costas del Brasil.

En Septiembre de 1501 se juzgó indispensable publicar una ordenanza[206]

especial para Sevilla, la isla de Gran Canaria y Haïti (la Española),

imponiendo severas penas á las personas que, sin permiso particular,

intentaran «descubrimientos en el mar Océano y en la tierra firme de las

Indias». Vasco Núñez de Balboa[207], en las curiosas relaciones que hace

á la corte de los resultados de los descubrimientos de las costas del

mar del Sur, donde encuentra «perlas en forma de pera de una pulgada de

largas» é indios que son «_buena gente y de buena conversacion_», indica

las incursiones hechas en la costa de Veragua y de Nombre de Dios por

capitanes «que van á descubrir y que han sido enviados no se sabe por

quién y con qué autoridad».

Estos ejemplos, que podría multiplicar, prueban que los documentos

oficiales, los que sólo dan cuenta de las expediciones hechas á costa

del Gobierno español, no ofrecen absoluta certidumbre de que en

determinada época sólo llegaran los descubrimientos á tal ó cual límite.

Corrían en Sevilla y en Lisboa noticias comunicadas por viajeros

clandestinos, y los autores de los mapas que se hacían entonces con

grandísima actividad en todas las ciudades marítimas, aprovechaban

estas noticias verdaderas ó falsas, desnaturalizándolas con arreglo á

combinaciones conjeturales.

En los primeros tiempos de la conquista de América existía la costumbre

de considerar cada parte nuevamente descubierta como una isla más ó

menos grande. Poco á poco se iba conociendo la unión des estas partes, y

cuando las observaciones faltaban, había el atrevimiento de reunir y

prolongar las costas en los mapas, ateniéndose á vagas indicaciones.

Antes de partir para su cuarto viaje, ya anunció Cristóbal Colón que

encontraría un estrecho en la costa de Veragua, en la región Suroeste

del mar de las Antillas[208]. Cuando llegó el 26 de Noviembre de 1502 al

término más oriental de su navegación, al puerto del Retrete (Puerto

Escribanos), en el istmo de Panamá, tenía á la vista, según sus propias

palabras, «algunas cartas de navegar de algunos marineros»[209], que

unían la tierra que él acababa de descubrir á la costa de las perlas que

Ojeda y Bastidas habían recorrido.

Comparando atentamente las fechas de todas estas expediciones (y sólo

las conocemos[210] desde hace cuatro años por la publicación de los

documentos que contiene el tercer volumen de la _Colección de

Navarrete_), se ve que Bastidas había estado en Puerto del Retrete un

año antes que Colón, pero que no volvió á Cádiz hasta Septiembre de

1502. Ahora bien; Colón emprendió su cuarto viaje el 11 de Mayo de 1502,

y no pudo, por tanto, haber adquirido en España los mapas que

prolongaban las costas tan lejos hacia el Oeste, más allá del golfo de

Uraba. Los debió encontrar en Haïti, donde se detuvo durante algunos

días en Julio de 1502, un año después de haber llegado allí Bastidas de

vuelta de su viaje á la costa noroeste de Venezuela.

Este ejemplo prueba cuánto se apresuraban entonces á poner en los mapas

lo que podía servir de enseñanza en los progresos de los descubrimientos

más recientes. Conocíase la importancia de estos documentos gráficos, y

Ojeda mismo, en el primer viaje que hizo con Amerigo Vespucci, fué

guiado (su propio testimonio da fe de ello en el pleito del fiscal

contra Diego Colón) por un fragmento de mapa (pintura de tierra)

dibujado por el mismo Colón y comunicado indiscretamente por el obispo

Juan Rodríguez de Fonseca, enemigo del Almirante y protector de su rival

Alonso de Ojeda[211].

Réstame dar cuenta del ejemplo más sorprendente de los conocimientos

vulgarizados por los mapas, y fundados en la tradición de expediciones

clandestinas.

He encontrado en la bella edición de la _Geografía_ de Ptolomeo, hecha

en Roma en 1508, indicio de navegaciones portuguesas á lo largo de las

costas orientales de la América del Sur _hasta 50° de latitud austral_.

Dícese al mismo tiempo «que no llegaron á la extremidad del continente».

Esta edición, impresa por Evangelista Tosino, y redactada por Marcos, de

Benevento y Juan Cotta, de Verona, contiene un mapamundi de Ruysch

(Nova et universalior orbis cogniti tabula Joan, Ruysch Germano

elaborata), en el cual está representada la América meridional como una

isla de inmensa extensión, con el nombre de Terra Sanctæ Crucis sive

mundus novus. En una nota se añade lo siguiente: «Hæc regio á plerisque

alter terrarum orbis existimatur.»

Entre la grande isla y el Yucatán (llamado Culicar) hay un paso

libre[212]. Se reconocen en el litoral de la América meridional,

comenzando por el Noroeste y siguiendo el trazado hacia el Suroeste: la

península Chichivacoa (Coquivacoa) con una isla inmediata, Tamaraque

(Aruba ó quizá Curaçao?); el golfo de Vericida (golfo de Maracaybo ó

golfo de Venecia, llamado así por Ojeda en 1499); la tierra de Pareas

(Paria) con el río Formoso (Orinoco?), y finalmente el cabo Sanctæ

Crucis, que está en la misma posición del cabo de San Agustín. Desde

este cabo la costa continúa al Sur, leyéndose la nota siguiente: «Nautæ

Lusitani partem hanc terræ hujus observarunt et usque ad elevationem

poli antartici 50 graduum pervenerunt, nondum tamen ad ejus finen

austrinum.»

Esta misma edición romana de 1508 contiene una disertación, cuyo título

es: _Noba orbis descriptio ad nova Oceani navigatio qua Lisbona ad

Indicum pervenitur pelagus_, Marco Beneventano monacho Cælestino edita.

El cap. 14 dice: Terra Sanctæ Crucis decrescit usque latitudinem 37°

austr. quamque archoploi usque at lat. 50° austr. navigaverint, ut

ferunt; quam reliquam portionem descriptam non reperi. Véase, pues, un

monje italiano que en 1508 sabía que los portugueses habían reconocido

las costas patagónicas hasta los 37°, y fiando en los se dice ó de oídas

(_ut ferunt_) hasta 50° de latitud austral, esto es, dos y medio grados

al Norte de la entrada del estrecho de Magallanes. Parecíale importante

este resultado, porque lo repite dos veces, en el mapa y en la memoria.

Ahora bien; en 1508 y en expediciones autorizadas sólo habían llegado

los españoles[213] poco más allá del cabo de San Agustín (lat. austr. 8°

20′); y cuando Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís partieron para

la expedición en la que llegaron hasta los 40° de latitud austral, hacía

muchos meses que estaba publicada la edición de Ptolomeo á que me

refiero.

El descubrimiento del Brasil hecho por Cabral (de 10° á 16½° de

latitud austral) produjo tan grande impresión en los ánimos que, desde

aquella época, hasta la corte de Lisboa fijó sus miras en un paso hacia

el Oeste. Paréceme, por tanto, muy probable que haya habido desde 1500 á

1508 una serie de tentativas portuguesas[214] al Sur de Puerto Seguro en

la Terra Sanctæ Crucis, y que las vagas nociones de estas tentativas

han servido de base á la multitud de cartas marinas que se fabricaban en

los puertos más frecuentados.

Diversas combinaciones pueden haber inducido á los geógrafos á situar un

estrecho en los primeros mapas de América. Subsistió en la Edad Media la

opinión de Cratés, de Strabón y de Macrobio acerca de la comunicación de

todos los mares. El Océano Pacífico lo vió Balboa en 1513, cuatro años

antes de que Magallanes expusiera en España su convicción de la

existencia de un estrecho al sur del Río de la Plata. Desde el año 1511

los descubrimientos de Antonio Abreu en la parte Sureste del

archipiélago de las Indias, habían vulgarizado la idea de las _grandes

tierras australes_. Viendo que la tierra de Santa Cruz se prolongaba

indeterminadamente hacia el Mediodía (el monje de Benevento dice que no

se la encontraba fin á los 50°), debía imaginarse que este dique

continental, cuya continuidad impedía la libre comunicación de los

mares, debía estar roto en alguna parte. Acaso también el mapamundi de

Fra Mauro, del que poseía Portugal una copia en 1459, produjo en el

ánimo de algunos geógrafos sistemáticos la hipótesis de que existía

analogía de configuración entre las dos extremidades de Africa y

América. El canal que separa el Diab[215] de la gran masa continental, y

acerca del cual he llamado antes la atención del lector, podía repetirse

en el Nuevo Continente. ¿Debe admitirse, por los indicios que he

encontrado en la edición de Ptolomeo de 1508, que, antes de Solís,

fueron más allá de la desembocadura del Río de la Plata algunos

navegantes aventureros portugueses? Esta suposición, por lo menos muy

probable, deja entrever el modo de fundamentar combinaciones hipotéticas

en hechos positivos, sea que se sospechara la existencia del estrecho á

causa de la fuerza de las corrientes que hacia él se dirigen, como lo

cree Varenio[216], sea porque en las latitudes más meridionales se

adquiriera, por comunicación con los indígenas, alguna noción confusa

de un paso hacia el _otro mar_.

Bastaba llegar hasta el golfo de San Jorge, á una costa antiguamente

habitadísima, como lo prueban las numerosas sepulturas de

Patagones[217], para saber que los habitantes del archipiélago de

Chayamapu y del de Chonos[218] remontan algunas veces el litoral del

Océano Pacífico en la dirección de Este á Oeste por brazos de mar

(ciénagas) y canales naturales, aproximándose de esta suerte á las

costas del Océano Atlántico.

La idea de que podía existir en estos parajes (latitud 45°-47°) una

comunicación entre ambos mares, se perpetuó de tal modo, que todavía en

1790, siendo virrey del Perú D. Gil de Lemos, ocasionó la expedición de

D. José Moraleda, quien entró en el Estero de Aysent (lat. austr. 45°

28′) hasta ochenta y ocho leguas marinas de distancia del litoral

oriental del golfo de San Jorge. Pude examinar, durante mi estancia en

Lima, las instrucciones dadas á este piloto de la marina Real,

recomendándole «el más profundo secreto» respecto á una tentativa cuyo

buen éxito hubiera abreviado en seiscientas ó setecientas leguas el

camino que se seguía, dando la vuelta al cabo de Hornos[219].

Cuando se está versado en la lectura de los documentos que tratan de los

descubrimientos desde 1492 á 1525, se advierte lo que aprovechaban á los

marinos de entonces los informes de los indígenas. El Cacique de

Tumaco[220] trazó á Balboa, cuando éste llegó á la bahía de Panamá, la

_figura_ de las costas de Quito, describiéndole al mismo tiempo la

riqueza del oro del Perú y la forma extraordinaria de las llamas que

transportan los minerales en las cordilleras, y que los españoles

creyeron eran camellos. Hay, sin embargo, muchos centenares de leguas

desde el istmo hasta las regiones que el Cacique conocía con tanta

exactitud.

Algunas veces los marinos europeos permanecieron durante más de un año

entre los indígenas y aprendieron su lengua, siendo recogidos por otras

expediciones que frecuentaban las mismas localidades[221]. Ya hemos

visto que ocho años antes de que Magallanes y Faleiro vinieran á España

á exponer sus proyectos, Pinzón y Solís habían visitado ya la

desembocadura del río Colorado, que está á 5° al Norte de ese golfo de

San Jorge, llamado por los españoles en el siglo XVII _Bahía sin fondo_,

en la persuasión de la posibilidad de un paso al mar del Sur. Paréceme

probable que en el intervalo de 1509 á 1517 continuaron los

descubrimientos algunas expediciones clandestinas más lejos de donde

llegó Solís. Recientemente han ilustrado mucho el conocimiento de la

tierra de Patagonia los excelentes trabajos del capitán Phillip Parquer

King y las expediciones científicas inglesas de 1826 y 1830. No hay

_estero_ profundo en el golfo de San Jorge, como ya lo demostró la

expedición de Malaspina; pero en Port Desiré[222] (latitud 47° 42′), en

el puerto de Santa Cruz[223] (latitud 50° 18′) y en el río Gallegos en

la bahía de los Nogales (lat. 51° 40′) hay _inlets_ cuya anchura es aún

desconocida. El río Gallegos especialmente ha podido dar ocasión á

vagas conjeturas sobre comunicación entre los dos mares _al norte_ del

estrecho de Magallanes; porque después del cabo de Santa Isabel, que

avanza en el Océano Pacífico, algunos brazos de mar penetran al través

de la costa pedregosa, muy lejos hacia el E. y el más oriental de estos

brazos (_inlets_) termina en la bahía que el capitán King llamó del

Desengaño, á distancia de 2° 45′ de longitud oriental del meridiano del

cabo de Santa Isabel. Desde este punto hasta la extremidad más

occidental del curso del río Gallegos, á donde hasta ahora se ha

llegado, hay treinta y dos leguas marinas. El istmo de río Gallegos es,

por tanto, la mitad menos ancho que aquel donde se ha formado el

estrecho de Magallanes[224] ó estrecho de la Madre de Dios, de

Sarmiento[225].

Debe presumirse que las nociones vagas de la configuración del

continente hacia su extremidad austral se reflejaron antes de 1517 en

las cartas marinas, y que Magallanes vió una de esas cartas en los

archivos del Rey de Portugal.

En Pigafetta encuentro un indicio directo de que la gran sinuosidad de

la costa á la desembocadura de Río de la Plata fué lo que hizo situar

primeramente el estrecho tan deseado á los 36° de latitud austral; pero

cuando Solís, en su segundo viaje (1515), reconoció que esa abertura y

ese _mar dulce_ eran la desembocadura de un río, los geógrafos buscaron

el estrecho más al Sur. He aquí el pasaje del Diario de Pigafetta, al

que no se ha prestado la debida atención: «Cerca de este río está el

cabo de Santa María; se había creído una vez que estaba allí el canal

que conduce al mar del Sur, pero ahora se ha descubierto que no es aquel

el fin de la tierra (del continente), sino sólo la desembocadura de un

río, que tiene 17 leguas (ó 68 millas) de ancha.»

Los cabos Santa María y San Antonio, que forman la desembocadura al

Norte y al Sud, están situados de modo que el primero avanza 2° 40′ más

que el segundo hacia el E. Su distancia oblicua en la dirección SSO. al

NNE., es de 65 leguas marinas, mientras la verdadera anchura interna del

río sólo es, entre Montevideo y Punta de Piedras, de 18, y entre

Sacramento y Buenos Aires de 9 á 10 leguas. Por esta disposición de las

tierras el cabo Santa María podía aparecer á un barco procedente del

Norte como la extremidad del continente, es decir, de la Tierra de Santa

Cruz, porque, en el meridiano del Cabo no se veía ninguna tierra hacia

el Sur. Además la violencia de una corriente que sale por esta abertura

de la costa (_current of the Plata_, Rennell, página 137) debía

contribuir mucho á la idea de la existencia de un estrecho. La

corriente (_outfall of the Rio Plata_) adquiere una velocidad de 24 á 32

millas en veinticuatro horas, y se hace sentir á 80; y aun en algunas

circunstancias domina á la corriente brasileña (NNE.-SSO.), según el

capitán Beaufort, hasta á 200 leguas de distancia.

El Diario de Pigafetta y los documentos que Herrera nos ha conservado,

prueban que el navegante portugués estaba incierto respecto al punto

donde encontraría el estrecho, cuya existencia anunciaba de un modo tan

seguro. Dice sencillamente que se encontrará bajando al Sur del cabo de

Santa María, que marca la desembocadura de Río Juan de Solís.

Al llegar á los 40° delante de una bahía, á la cual dió el nombre de San

Matías (la bahía de Todos los Santos, muy cerca del sitio donde Pinzón y

Solís llegaron en 1508), Magallanes determinó examinar atentamente la

costa[226] «para ver si había en ella algún estrecho». Después de hacer

inútiles reconocimientos, descuidando el del golfo de San Jorge, la

expedición se vió forzada á invernar durante cinco meses en el puerto de

Río San Julián (según San Martín, piloto de Magallanes, en latitud 49°

18′; la verdadera es 49° 8′). Quejábase la tripulación de que, en tan

largo trayecto (desde la desembocadura del río de la Plata) nada se

hubiera visto que pareciera un estrecho, y Magallanes respondió: «Que

no puede faltar el estrecho más adelante, y que irá, si es preciso,

hasta los 75° de latitud, donde durante el invierno casi desaparece la

luz del día.»

La ingenuidad de esta última expresión, conservada en el Diario de

Pigafetta[227], prueba que Magallanes estaba persuadido de la existencia

de un paso más allá del Río de la Plata, pero que la _Carta de los

archivos_, atribuída á Behaim, no indicaba en manera alguna la posición

del estrecho. Vémosle enviar al capitán Juan Serrano al río de Santa

Cruz (lat. 50° 18′) «para que descubriera si había allí un paso» y

todavía, cuando llega al cabo de las Vírgenes (lat. 52° 20′), á la

entrada del estrecho, «sólo reconoce allí una gran _cala_, y sospecha

que esta _cala_ pueda encerrar algún misterio».

Todo demuestra, pues, la incertidumbre del verdadero sitio del paso, y

aunque no cabe negar la posibilidad de que Martín Behaim, que habitó

constantemente en Fayal desde 1494 á 1506, haya podido adquirir muchas

nociones verdaderas ó conjeturales acerca de la configuración de las

costas orientales de la América del Sur, nada prueba que llevara á

Lisboa, donde llegó en 1507, poco tiempo antes de su muerte, la carta

que Magallanes dice haber visto en los archivos del Rey de Portugal.

Quizá las meditaciones[228] de este gran cosmógrafo dirigíanse más bien

á Africa, cuyas costas había recorrido en parte, que á la costa

descubierta por Yáñez Pinzón, por Lepe y por Cabral.

Me he detenido tanto en el examen de estas relaciones que se suponen

entre Magallanes y los cosmógrafos de su época, porque en un siglo en

que la energía individual del marino tenía vasto campo que recorrer, la

convicción de un éxito, una sencilla opinión geográfica, convertíase en

acontecimiento apropiado para influir en la dirección del comercio y en

los destinos de tantos pueblos esparcidos en la inmensidad de los mares,

fuera del contacto de la civilización europea.

En la ciudad de Nuremberg, tan rica en recuerdos de la Edad Media, hay,

además del globo de Martín Behaim, que data del año 1492, otro globo

construído en 1520 por Juan Schoner[229], célebre discípulo de

Regiomontanus. Estos dos globos han sido frecuentemente confundidos, y

el error ha llegado á ser tanto más grave, cuanto que Schoner, que

emprendió su obra en Bamberg, por cuenta de su rico protector Juan

Seyler, separa América en dos grandes masas continentales y figura en el

globo el estrecho en el sitio donde Colón lo buscó inútilmente.

Ahora bien, en 1520 no se podía tener en Europa noticia alguna del

descubrimiento de Magallanes, que no desembocó del estrecho hasta el 28

de Noviembre del mismo año de 1520. El paso del Mar de las Antillas al

Océano Pacífico, indicado por Schoner[230], era, pues, producto de un

espíritu sistemático y de las falsas ideas acerca de la expedición de

Balboa. Sorprende ver que este error que indicamos durara tanto tiempo,

pues lo hallo en un mapamundi del año 1546, que forma parte de una obra

rara, _Circuli Sphæræ_ cum quinque zonis, y que en nuestras bibliotecas

públicas encuéntrase con frecuencia anejo al libro titulado

_Rudimentorum cosmograficorum Joan. Honteri Coronensis libri tres_ (Tig.

1578). En este mapamundi á Méjico se le llama _Parias_, y el repetir

dicha falsa denominación en un globo muy antiguo de la biblioteca de

Weimar, me hace creer que éste tiene alguna analogía de origen ó de

época de redacción con la obra de Schoner ó el mapamundi de 1546. Acaso

todos estos trabajos gráficos no sean más que copias de un mapa más

antiguo sepultado en algún archivo de Italia ó de España.

El globo de Weimar, que figura en el catálogo como más antiguo que otro

que lleva la fecha de 1534, presenta á _Parias_ ó la masa septentrional

de América separada á los 42° de latitud Sur por un estrecho de la

tierra antártica á que da el nombre de _Brasiliæ Regio_, y que rodea

una gran parte del polo austral. Además de este estrecho meridional, hay

otro en el istmo de Panamá, á los 10° de latitud al norte del Ecuador,

bastante ancho para que las olas de ambos mares sean figuradas sin

interrupción. Un gran buque, saliendo del mar del Sur, ha atravesado

felizmente el estrecho y viene de Zipangri (_ubi auri copia_), situado á

unos 10° al Oeste del estrecho, y formando una isla entre los 12° y los

30° de latitud.

Estas fantasías llegaron hasta la China, como lo prueba el curioso

mapamundi, cuyo conocimiento debemos á M. Klaproth[231], y que se funda

en el Tratado de la esfera de un jesuíta portugués, el Padre Manuel Díaz

(Yang mano). El autor del mapa publicado en Cantón en 1820, combina las

nociones actuales de los europeos con lo que se conocía de cosmografía

en la época de las dinastías de los Yuan, de los Ming y de los Mandchus.

Figura tres pasos entre el Atlántico y el mar del Sur, á saber: el

estrecho de Magallanes, y dos estrechos en el istmo de Panamá. Este

istmo forma una isla llamada isla de San Andrés (Ching Ngan te tao), y

deja, por tanto, dos pasos; uno al norte separado de la Vera Paz

(_Tching phing ngan_, la verdadera paz) y otro al Sur, separado de

Darien (_Ta lian wan_) y de Castilla del Oro. Véase, pues, un error en

la denominación del estrecho (terrestre ó pelásgico) figurando hasta en

los mapas chinos modernos; error antiguo, porque en Grecia ἰσθμὸς por

catacresis significaba también algunas veces un brazo de mar[232].

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 18 / 43 题