Influencia de Pablo Toscanelli en los proyectos de Cristóbal Colón.
Sin negar la influencia que las opiniones y los testimonios de los
antiguos han ejercido en el ánimo de Cristóbal Colón, no diremos, sin
embargo, que el descubrimiento de América se debe á Pytheas[95], á
Eratosthenes[96] ó á Posidonio[97]. Colón, después de lograr su
propósito, distingue con legítimo orgullo entre el mérito de la
ejecución y el de los acertados presentimientos. Al llegar á Lisboa, de
vuelta de su primer viaje, escribe (el 14 de Marzo de 1493) á su
protector D. Luis Santángel, ministro de Hacienda por la corona de
Aragón: «_Consecuti sumus quæ hactenus mortalium vires minime
attigerant: nam si harum Insularum (Indiæ supra Gangem) quidpiam aliqui
scripserunt aut locuti sunt, omnes_ _per ambages et conjeturas, nemo, se
eas vidisse asserit; unde prope videbatur fabula_»[98].
Algún tiempo después añade el Almirante en la carta á los Reyes, fechada
en la isla de Haïti en Octubre de 1498: «Todos los que habían oído
(_mi_) plática, todos lo tenían á burla, salvo dos frailes que siempre
fueron constantes» (probablemente el guardián del convento de la
Rábida, fray Pérez de Marchena, franciscano, y el dominico fray Diego de
Deza, que permanecieron constantes en sus opiniones).
A la influencia de ambos religiosos y al gran corazón de la reina
Isabel[99] debió Colón la dicha de realizar su vasto proyecto, y también
á la de Pablo (del Pozzo) Toscanelli, que, con sus consejos, dióle mayor
seguridad de ejecutarlo. No esperaba, sin duda, la buena fortuna de
encontrarse en perfecta identidad de miras con uno de los más ilustres
geógrafos de su época, y el mismo Colón confiesa que esta conformidad de
razonamientos le alentó en la idea que se había formado de las ventajas
de un camino á la India por la vía del Oeste, y de la esperanza de
encontrar islas antes de llegar á la costa de Asia. No pondré aquí el
texto[100] de las dos cartas de Toscanelli, escritas primitivamente en
latín é impresas muchas veces; limitaréme á llamar la atención sobre
algunos conceptos de ellas, cuya importancia histórica no se ha hecho
resaltar bastante, porque en cuestiones de esta índole siempre habrá que
acudir á los documentos del siglo XV.
«La autoridad de los autores clásicos y otras semejantes de este autor
(Pedro de Heliaco), dice Fernando Colón, fueron las que movieron más al
Almirante para creer su imaginación, como también un maestro, Paulo
Físico[101], florentín, hijo de Domingo, contemporáneo del mismo
Almirante, el cual dió causa en gran parte á que emprendiese este viaje
con más ánimo.»
Toscanelli, inclinado al estudio de las matemáticas, á causa de un
convite en casa de Felipe Bruneleschi y de la ingeniosa conversación que
en él sostuvo este arquitecto y mecánico, distinguióse entre todos los
astrónomos de su época durante una larga carrera (llegó á la edad de
ochenta y cinco años), por su constante atención á los descubrimientos
náuticos y á los viajes por tierra.
Era entonces Italia el centro de las grandes operaciones comerciales
que los pisanos, venecianos y genoveses hacían con el Asia austral[102],
por la vía de Alejandría, del mar Rojo y de Bassora y con las costas del
mar Caspio y la Sogdiana, por la vía de Azov (Tana). No se ocupaba sólo
Toscanelli en la corrección de las tablas solares y lunares por las
observaciones gnomónicas y de astrolabio, como de cuanto podía facilitar
el empleo de los métodos de astronomía náutica, ampliamente discutidos,
pero rara vez empleados hasta entonces; aplicó también su inteligencia á
la comparación de la geografía antigua con los resultados de los
descubrimientos modernos y con la utilidad práctica que el comercio de
Europa podría sacar de este género de trabajos abriendo un camino
directo al _país de las especias_ por medio de la navegación hacia el
Oeste.
La prueba de este encadenamiento de ideas, de este movimiento
intelectual desde la segunda mitad del siglo XV, la encontramos en las
cartas de Toscanelli y en todos los escritores notables de su época.
Cristóforo Landino, florentino, traductor de Plinio y comentador de
Virgilio, habla del concurso de extranjeros en su patria, de hombres que
llegaban de las regiones más lejanas, que _circa initia Tanais habitant.
Ego autem interfui cum Florentiæ illos Paulus physicus diligenter quaque
interrogaret_[103]. Estas relaçiones con los negociantes que venían de
Oriente, hasta de la misma India y del archipiélago indio, como el
veneciano Nicolás Conti[104], enardecieron la imaginación del anciano.
Más de setenta y siete años contaba ya cuando escribió á Colón: «Alabo
vuestro designio de navegar á Occidente, y estoy persuadido que habréis
visto, por mi carta, que el viaje que deseáis emprender no es tan
difícil como se piensa; antes al contrario, la derrota (es decir, la
travesía desde las costas occidentales de Europa á las Indias de las
especias, _Indie delle-spezierie_, como decían los florentinos y los
venecianos) es segura por los parajes que he señalado; quedaríais
persuadido enteramente si hubieseis comunicado _como yo con muchas
personas que han estado en estos países_ (la India de las especias), y
estad seguro de ver reinos poderosos, cantidad de ciudades pobladas y
ricas provincias», etc.
En la carta al canónigo Martínez dice también Toscanelli: «De sólo el
puerto de Zaiton (Zaithun), uno de los más hermosos y famosos de
Levante, parten todos los años más de cien bajeles cargados de pimienta,
sin contar otros que vuelven cargados de toda clase de especias. Es
grande y poblado el país; tiene muchas provincias y muchos reinos del
dominio de un príncipe solo, llamado el Gran Can (Khan), que es lo mismo
que Rey de Reyes. Ordinariamente tiene su residencia en el Catay. Sus
predecesores deseaban tener comercio con los cristianos, y ha doscientos
años que enviaron embajadores al Papa, pidiéndole maestros que les
instruyesen en nuestra fe; pero no pudieron llegar á Roma y se vieron
precisados á volverse por los embarazos que hallaron en el camino. En
tiempo del papa Eugenio IV vino un embajador que le aseguró el afecto
que tenían á los católicos los príncipes y pueblos de su país; estuve
con él largo tiempo; me habló de la magnificencia de su Rey, de los
grandes ríos que había en su tierra, y que se veían doscientas ciudades
con puentes de mármol, fabricadas sobre las riberas de un río solo. El
país es bello, y nosotros debíamos haberle descubierto por las grandes
riquezas que contiene y la cantidad de oro, plata y pedrería que puede
sacarse de él; escogen para gobernadores los más sabios, sin
consideración á la nobleza y á la hacienda. Hallaréis en el mapa que hay
desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á
Poniente, veintiséis espacios, cada uno de 150 millas. Quisay (Quinsai)
tiene 35 leguas de ámbito; su nombre quiere decir ciudad del cielo:
vense allí diez grandes puentes de mármol sobre gruesas columnas de una
extraña magnificencia: está situada en la provincia de Mango, cerca de
Catay»[105].
Es probable que las animadas relaciones del veneciano Nicolás de Conti,
que vino á Florencia en 1444, después de veinticinco años de viajes por
Syria, el golfo Pérsico, la India á ambos lados del Ganges, la China
meridional, el archipiélago de la Sonda, Ceylán, el mar Rojo y Egipto,
de igual suerte que la frecuencia de relaciones comerciales con estas
ricas comarcas, hicieran muy familiar á Toscanelli el conocimiento
topográfico del Asia meridional y oriental. Toscanelli vivió siempre en
Florencia, y allí fué donde el papa Eugenio IV (de la familia Condolmeri
de Venecia) perdonó al viajero Conti, su compatriota, la apostasía[106],
imponiéndole por penitencia referir _con entera verdad_ las aventuras de
sus viajes al secretario pontificio, el célebre filólogo Francisco
Poggio Bracciolini. Perteneciendo también yo á la clase de viajeros, no
examinaré imprudentemente si, al imponer tal penitencia, hubo más
malicia que benignidad. Se concibe que la lectura de ciertos viajes
pueda imponerse como ruda expiación; pero referir los incidentes de una
vida de aventuras con toda verdad, _con ogni verità_ (así era la
cláusula de la absolución pontificia), sólo es castigo cuando se
desconfía de la formalidad del viajero[107].
La permanencia de Nicolás de Conti y de Poggio en una ciudad en que
Toscanelli, según su propio testimonio y el de Cristóforo Landino,
buscaba sin cesar ponerse en relación con los hombres que el comercio
había conducido al _país de las especias_, debía necesariamente hacer
revivir los recuerdos que Marco Polo dejó de las maravillas de Quinsay y
de Cambalu, del frecuente arribo de buques al puerto de Zaithun y de las
riquezas del Mango. Esta conformidad de tradiciones, la celebridad de
las mismas localidades, renovada con siglo y medio de intervalo, debían
influir tanto en el activo espíritu de Toscanelli, que probablemente es
Nicolás de Conti el designado, sin nombrarle en la segunda carta á
Colón, entre los viajeros al Asia á quienes conviene oir para comprender
la facilidad y utilidad del viaje á la India por el Oeste.
No puedo creer, sin embargo, como el abate Ximénez y tantos otros
autores que le han copiado, que «el embajador del Gran Can», llegado á
Florencia en tiempo de Eugenio IV, y del que se habla en la carta al
canónigo Martínez, sea el mismo Nicolás de Conti. En la carta se
designan dos embajadores Mogoles; el uno «doscientos años antes, el
otro en tiempo de Toscanelli». La primera embajada es, sin duda, la que
fracasó en 1267 por la enfermedad de un señor mogol[108], Khogatal,
cuando el regreso de Nicolás y de Maffeo (Mateo) Poli, padre y tío del
célebre Marco Polo, conocido primeramente con el nombre un poco satírico
de _Messer Marco Milione_. Éste fué quien, según la oportuna frase del
viejo Sansovino, descubrió un nuevo mundo antes de Colón, y cuya
admirable obra poseemos.
En cuanto á la segunda embajada en tiempo de Eugenio IV, no hay indicio
alguno en el viaje de Conti de que trajera misión alguna del _Gran Can_.
¿Cómo es posible que Poggio, en el corto epílogo añadido en honor del
viajero «que ha visto, dice, países por nadie recorridos desde los
tiempos de Tiberio», no había de mencionar incidente tan honroso? ¿Cómo
Toscanelli, que niega á Nicolás y Maffeo Poli el título de
embajadores[109], y que recuerda expresamente que los encargados de la
misión quedaron en el camino y sin llegar á Italia, hubiera hablado del
veneciano Conti como de un embajador mogol «que ponderaba la
magnificencia de _su_ rey y el afecto de _su_ país hacia los católicos?»
Nicolás de Conti, después de perder en la peste de Egipto su mujer, dos
hijos y dos criados, volvió con los otros dos hijos que le quedaban á
Venecia. De venir en su compañía algún embajador del _Can_, no hubiese
sido olvidado en la minuciosa y detallada relación de su viaje. Ignoro
absolutamente quién fuera el personaje mogol con el cual tuvo
Toscanelli, según dice, larga conferencia durante el pontificado de
Eugenio IV, que duró diez y seis años; pero, por las razones expuestas,
creo poco probable fuera un viajero veneciano que llegaba como penitente
á Florencia. Acaso hubo alguna equivocación, quizá un error originado
por una de esas mistificaciones diplomáticas á que hemos visto expuestas
las primeras cortes de Europa, aun en tiempos modernos, cuando algunos
aventureros asiáticos ó africanos se suponían encargados de los
intereses de sus príncipes.
Sea cualquiera la influencia que ejerciese en el ánimo de Colón la
carta de Toscanelli, es, sin embargo, una prueba cierta (y lo recordamos
en honor de aquél) de la anterioridad de los proyectos del navegante
genovés. Llegó éste á Lisboa en 1470 é hizo amistad con el florentino
Lorenzo Giraldi, como en Sevilla vivió en íntimas relaciones con otro
florentino, Juan Berardi, jefe de una casa de comercio en la que estaba
empleado Amerigo Vespucci. En todos los puertos de movimiento comercial,
tanto de Europa como de las costas septentrionales de África y de
Levante, había entonces establecidos negociantes italianos. Supo con
certeza Colón que el rey de Portugal Alfonso V había hecho pedir á
Toscanelli, por medio del canónigo Fernando Martínez, una instrucción
detallada acerca del camino de la India por la vía del Oeste, y esta
noticia debió alarmar á quien con grande empeño proyectaba lo mismo.
La gran fama que gozaba el astrónomo de Florencia engendró en Colón la
esperanza de aprovechar las luces del sabio italiano para la
consolidación de su empresa. Lorenzo Giraldi se encargó de que llegaran
á Toscanelli las cartas escritas por Colón. Sólo conocemos las
respuestas de éste en número de dos:
«Veo, dice la primera carta de Toscanelli, el noble y gran deseo vuestro
de querer pasar adonde nacen las especerías, por lo cual, en respuesta
de vuestra carta, os envío la copia de otra que escribí algunos días ha
á un amigo mío, doméstico del Serenísimo Rey de Portugal, antes de las
guerras de Castilla, en respuesta de otra que me escribió de orden de su
Alteza sobre el caso referido.» Como la carta al canónigo de Lisboa está
fechada en Florencia el 25 de Junio de 1474, puede creerse, á causa de
la frase incidental _algunos días ha_[110], que Colón consultó á
Toscanelli á principios del mismo año. Esta fecha no carece de
importancia para la historia del descubrimiento de América, porque
directamente contradice el cuento que refieren el inca Garcilaso, Gomara
y Acosta[111], de que un piloto de Huelva llamado Alonso Sánchez, que
en una travesía de España á las islas Canarias, en 1484, pretendió haber
llegado á impulso de los vientos del Este hasta las costas de Santo
Domingo, fué, sin duda, quien, al volver á la isla Tercera, hizo nacer
en el ánimo del Almirante la _primera idea_ de su expedición. Ya Oviedo
califica esta anécdota de «fábula que circula entre la plebe», y el
misterioso viaje de Alonso Sánchez es posterior en diez años á la
correspondencia con Toscanelli.
Pero si esta correspondencia prueba que Colón se ocupaba del proyecto de
buscar el país de las especias por el Oeste mucho antes de entrar en
relaciones con el célebre astrónomo de Florencia, queda indeciso cuál de
los dos, Colón ó Toscanelli, fué el primero en entrever la posibilidad
de esta nueva vía abierta á la navegación de la India.
Toscanelli, según antes hemos dicho, contaba setenta y siete años de
edad cuando habló de su proyecto al canónigo Martínez y probablemente la
persuasión de la brevedad del camino (_brevisimo camino_) á través del
Océano Atlántico databa de mucho antes en su ánimo.
Dice terminantemente: «Aunque yo he tratado _otras muchas veces_ del
brevísimo camino que hay de aquí á las Indias donde nacen las
especerías, por la vía del mar, el cual tengo por más corto que el que
hacéis á Guinea, ahora me decís que su Alteza quisiera alguna
declaración ó demostración para que entienda y se pueda tomar este
camino, por lo cual, sabiendo yo mostrársele con la esfera en la mano,
haciéndole ver cómo está el mundo, sin embargo he determinado, para más
facilidad y mayor inteligencia, mostrar el referido camino en una carta
semejante á las de marear, y así se la envío á su Majestad, hecha y
pintada de mi mano, en la cual va pintado todo el fin del Poniente,
tomando desde Irlandia al Austro hasta el fin de Guinea, con todas las
islas que están situadas en este viaje, á cuya frente está pintado en
derechura por Poniente el principio de las Indias, con las islas y
lugares por donde podéis andar y cuánto os podríais apartar del Polo
Artico por la línea equinoccial, y por cuanto espacio, esto es, con
cuántas leguas podríais llegar á aquellos lugares fertilísimos de
especería y piedras preciosas.»
Este párrafo prueba suficientemente que mucho antes de 1474 había
aconsejado Toscanelli al Gobierno portugués el camino que siguió Colón y
que accidentalmente produjo el descubrimiento de América.
Parece natural que esta misma idea ocurriera á la vez á muchos hombres
instruídos y con empeño ocupados en extender la esfera de los
descubrimientos: debió nacer en la imaginación de Martín Behaim, cuyo
famoso globo construído en 1492 (_Apfel_, la manzana terrestre) sitúa
«el rey de Mango, Cambalu y el Cathay á 100 grados al Oeste de las
Azores», como lo hacían Toscanelli, Colón y cuantos creían al Asia
excesivamente prolongada hacia Oriente.
Ya hemos visto que Toscanelli y Colón distinguen en sus escritos el
objeto principal de la empresa (encontrar el camino más corto para ir á
la India) del secundario (el descubrimiento de algunas islas).
Toscanelli distingue además «las islas que se encontrarán en el camino
(_que están situadas en este viaje_), por ejemplo, la Antilia, de las
próximas á la India continental, por ejemplo, Cipango, y las islas con
las cuales trafican los negociantes de diferentes naciones».
Hasta la misma nota histórica que Colón puso al frente de su Diario de
navegación, terminado en 15 de Marzo de 1493, da por motivo del viaje el
deseo de los Reyes Católicos de conocer las inclinaciones de un poderoso
príncipe de la India, el _Gran Can_, en favor de la religión cristiana,
«y ordenaron, añade, que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se
acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta
hoy no sabemos, por cierta fe, que haya pasado nadie»[112].
No se trata (en este preámbulo del Diario de Colón) de las _islas_ y de
la _Tierra Firme_ por descubrir en la _Mar Océana_, sino como resultado
probabilísimo de una empresa cuyo principal objeto es dirigirse _con la
armada suficiente á las dichas partidas de India_. (_Las del Gran Can._)
La expedición proyectada no fué, pues, en un principio, propiamente
hablando, un viaje de descubrimiento de tierras nuevas, sino un viaje
que debía comprobar la existencia del paso libre á las Indias por el
_Oeste_, como Magallanes, Parry, Ross y Franklin comprobaron ó
intentaron los pasos por _Suroeste_ y el _Noroeste_[113].
La influencia que Toscanelli ejerció en el ánimo de Colón recuerda
involuntariamente la cuestión promovida por Vincent, de si el
descubrimiento de la navegación á las Indias doblando el cabo de Buena
Esperanza se debe á Corvilham ó á Gama. No cabe duda de que Corvilham,
después de vivir en Calicut, en Goa y entre los árabes de Sofala en la
costa oriental de Africa, escribió á Juan II, rey de Portugal, por
mediación de dos judíos, Abraham y Josef[114], que los barcos
portugueses, si continuaban costeando el Africa occidental hacia el Sud,
llegarían á la extremidad de este continente, y al llegar á este extremo
debían dirigir la ruta en el Océano oriental hacia Sofal y la isla de la
Luna[115] (Madagascar). Renovaba también Corvilham, fundándose en las
recientes experiencias de los navegantes árabes de Sofala y de toda la
costa de Zanguébar y de Mozambique, las ideas expuestas por muchos en la
antigüedad sobre la forma triangular del Africa austral, aumentando así
la confianza de Gama; pero hay gran distancia de la posibilidad del
éxito, probado con argumentos irrecusables, á la atrevida ejecución de
los proyectos de Colón y de Gama. Por lo demás, este último tenía una
ventaja que no podía ofrecer Toscanelli al navegante genovés. Cuando el
20 de Noviembre de 1497 llegó á la extremidad de Africa[116], sabía ya
que encontraría al otro lado una costa en dirección del Oeste-Sudoeste
al Este-Nordeste, puesto que el cabo Tormentoso, que el rey Juan con
feliz presentimiento llamó cabo de Buena Esperanza, no sólo lo descubrió
Bartolomé Díaz, sino también lo _dobló_ en Mayo de 1487. Esta
circunstancia, á que no se ha dado el valor que tiene, la expresa
claramente Barros en el tercer libro de la primera Década: «Bartholomeu
Díaz (con sus compañeros de fortuna) per caus dos perigos é tormentos
que em dobrar delle pasaram, Ihe puzeram nome Tormentoso»[117]. Gama
fué, pues, por decirlo así, precedido en una empresa que, para la
prosperidad comercial de los portugueses, fué el principio de nueva
vida.
Mencioné antes la carta marítima que Toscanelli había dibujado para el
canónigo Martínez, á fin de mostrar la ruta que debía seguirse para
llegar desde las costas de Portugal al «principio de las Indias.» Este
mapa, en el cual el astrónomo florentino había «pintado de su mano»
todas las islas situadas en el camino, sirvió, por decirlo así, de guía
á Colón en su primer viaje: en tal sentido merece mayor interés del que
hasta ahora ha inspirado. Al enviar Toscanelli á Colón una copia de su
carta al canónigo Fernando Martínez, dice claramente: «os envío otra
carta de marear semejante á la que envié (al Canónigo)»[118]. En la
carta escrita al Canónigo añade que hay «desde Lisboa á la famosa ciudad
de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, 26 espacios cada uno de
150 millas, mientras desde la isla Antilia hasta la de Cipango, se
encuentran 10 _espacios_, que hacen 225 _leguas_.»
Ignoramos á cuántos _espacios_ situaba Toscanelli el Japon (Cipango),
al Este de Kanphu (hoy Hantgcheu-fu y entonces Quinsay ó Quisay); pero
como esta distancia es efectivamente, tomando á Ieddo por el centro del
Japón, de 16 grados de longitud, y la valuación de Behaim[119] difiere
muy poco de la moderna, se deduce que Toscanelli contaba probablemente
desde Portugal á Antilia un quinto y de Antilia á Quinsay
aproximadamente cuatro quintos de todo el camino desde Lisboa á la
China.
Más difícil es averiguar el valor absoluto de los _espacios_ del mapa de
Toscanelli. Estas grandes divisiones que abarcan cierto número de
grados, y que aun empleamos para no desfigurar nuestros mapas trazando
los meridianos grado por grado, se usaban ya en la época de Ptolomeo.
Encuéntraselas indicando un número redondo de millas marinas ó de grados
de longitud en casi todos los mapas manuscritos de los siglos XV y XVI
que he podido examinar, por ejemplo, en los de Ribero y de Juan de la
Cosa. El geómetra de Florencia presenta dos valuaciones de los
_espacios_ que emplea, una en leguas y otra en millas. Si, según él, un
espacio es igual á 22½ leguas ó 150 millas, resulta que una legua
equivale á 6½ millas. No se refiere, pues, á la legua marina italiana
de 4 millas, usada en tiempo de Colón en Génova, y que este marino
emplea en su Diario de ruta[120]; acaso sea una milla más pequeña, de
760 toesas, cinco de las cuales forman una legua geográfica de 15 al
grado. Como los _espacios_ no se valúan en grados y las conjeturas del
abate Ximénez, comentador de la carta de Toscanelli, son erróneas[121],
es imposible encontrar salida á este laberinto de medidas con tan vagas
denominaciones. No se puede reducir con precisión á grados de longitud
la distancia de veintiséis veces 22½ leguas que Toscanelli supone que
tendría que recorrer Colón, «derechamente al Occidente» desde Lisboa á
Quinsay: sin embargo, en la hipótesis de las leguas más largas (de 15 al
grado ecuatorial), no se llega sino cerca del grado 50 de longitud (para
585 leguas) en el paralelo de 38° 42′, lo que situaría la costa de la
China en el meridiano del río Essequibo y de la parte occidental de
Terranova.
Ocasión tendré de hablar más adelante de esta proximidad del Asia
oriental, que motivaba la frase _brevisimo camino_ empleada por
Toscanelli en su carta al canónigo Martínez, mientras que en la segunda
carta dirigida á Colón dice sencillamente: «habréis visto que el viaje
que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa.»
En su primer viaje de descubrimiento guiábase Colón por una carta marina
que llevaba á bordo, y navegaba con la seguridad propia de un hombre que
sabe debe encontrar lo que busca. El Diario descubierto por Muñoz en los
archivos del Duque del Infantado es buena prueba de ello.
Hay una circunstancia notabilísima que merece ser examinada con los
datos proporcionados en el texto, copia de puño y letra del Obispo de
Chiapa: tres días después que Colón creyó haber observado por primera
vez la declinación de la aguja imantada, el 13 de Septiembre de 1492, el
estado del cielo, las masas de fuco flotante y otras circunstancias le
hicieron creer que se encontraba cerca de alguna isla, pero no de tierra
firme, «_porque la tierra firme_, dice el Almirante, _hago más
adelante_»[122]. El 19 de Septiembre continuaban las señales de
proximidad de tierra, y lloviznaba sin viento. El Almirante no quiso
apartarse de su camino para buscar esta tierra. Estaba seguro de que por
las partes del Norte y del Sud había islas, y en efecto las había,
navegando por medio de ellas, porque su voluntad era ir primero á la
India con tiempo tan favorable, y «á la vuelta se vería todo placiendo á
Dios». Son sus palabras.
En la mañana del 20 de Septiembre vinieron á cantar en lo alto de los
mástiles pajarillos que viven en tierra, y se fueron á la caída de la
tarde[123]. El martes 25 de Septiembre fué el Almirante á la carabela
_Pinta_ para hablar con Martín Alonso Pinzón sobre una carta que le
había enviado tres días antes, y en la cual parece que el Almirante
había pintado algunas islas en este mar. Martín Alonso decía que estaban
próximos á estas islas, y así parecía al Almirante, añadiendo que la
causa de no encontrar las islas debía ser la corriente, que llevaba los
barcos á Nordeste y que no habían andado tanto (al Oeste) como los
pilotos decían. Por consecuencia, el Almirante, al volver á su carabela,
quiso que se le enviase la carta marina, lo cual se hizo por medio de
una cuerda, y «comenzó á _cartear_ en ella con su piloto y marineros,
hasta que, al sol puesto, subió el Martín Alonso en la popa de su navío,
y con mucha alegría llamó al Almirante pidiéndole albricias que veía
tierra.» Lo que no resultó cierto.
El 3 de Octubre, dice el Almirante en su Diario «que no se quiso
detener, barloventeando la semana pasada y estos días que había tantas
señales de tierra, aunque tenía noticia de ciertas islas en aquella
comarca, por no se detener, pues su fin era pasar á las Indias, y si se
detuviera, dice él que no fuera buen seso.»
Finalmente, el 6 de Octubre, seis antes del gran día del descubrimiento
de Guanahaní (viernes 12 de Octubre), «Martín Alonso Pinzón dijo que
sería bien navegar á la cuarta del Oeste, á la parte de Sudueste; y al
Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de
Cipango, y el Almirante vía que si la erraban que no pudieran tan presto
tomar tierra, y que era mejor una vez ir á la tierra firme, y después
(al retorno) á las islas»[124].
Comprendo perfectamente por qué entonces inquietaba á Colón y á Pinzón
no ver la isla de Cipango (Zipangri, de Marco Polo), porque Colón había
anunciado que era la primera tierra que encontrarían á 750 leguas al
Oeste de Canarias, según lo refiere su hijo Fernando. El Diario original
dice que hasta el 1.º de Octubre habían andado 707 leguas, no desde
el Puerto de Palos, sino desde la Gomera, ó en general las Canarias,
según la explicación del Almirante relativa á la distancia en que se
encontraba el 19 de Septiembre. Ahora bien; del 1.º al 6 de Octubre,
el camino andado al Oeste era, adicionando los datos parciales, de 259
leguas. El 6 de Octubre creíase Colón, por tanto, á 966 leguas de
distancia, ó sean 216 más allá del punto en que calculaba la situación
de Cipango.
He reunido todos los pasajes relativos á la carta marina que parece
haber guiado á Colón antes de llegar á la isla de Guanahaní. Más
adelante, el 14 de Noviembre de 1492, menciona el diario, con ocasión
de los cabos ó islotes que bordean la costa Nordeste de Cuba, «las islas
innumerables que en los mapamundos al fin del Oriente se ponen.»
Un historiador muy juicioso, M. Sprengel, traductor de la obra de Muñoz,
no titubea en suponer que Colón se guiaba por la misma carta de ruta que
le envió Toscanelli en 1474. Indudablemente, esta carta se consideraba
importantísima, porque los manuscritos dejados por Las Casas dicen (lib.
I, cap. XII de la _Historia de las Indias_) que este prelado, á la edad
de ochenta y cinco años, época en que terminó la citada _Historia_, aun
poseía tan notable monumento, «la _carta de marear_ que Toscanelli envió
á Colón». Ahora bien; una carta marina conservada cincuenta y tres años
después de la muerte de su autor, con mayor motivo debía encontrarse en
1492 á bordo de la carabela (capitana) _Santa María_. Observemos, sin
embargo, que la que Colón envió el 25 de Septiembre á la carabela
_Pinta_ estaba pintada (dibujada) por sus propias manos. Las Casas dice
claramente en el extracto que poseemos del Diario: «donde según parece
tenía pintadas el Almirante ciertas islas.»
La correspondencia con Toscanelli precedió en diez y ocho años á la
grande época del descubrimiento del nuevo continente, y Colón aprovechó,
sin duda, este intervalo para procurarse otros materiales. Seguramente
no llegó á ver, como pronto probaremos, el mapamundi de Martín Behaim,
pero pudo estudiar en los de Jacobo de Giroldis, de Andres Bianco ó de
Grazioso Benincasa.
Cuando por primera vez escribió á Toscanelli, fundaba su razonamiento en
una _esferilla que envió á maestro Paulo_, según dice su hijo D.
Fernando. Es probable que después, y sobre todo cuando la famosa disputa
con los profesores de Salamanca, empleara _esferas_ y _mapas_ como
argumentos en favor de su proyecto de navegación hacia el Oeste. Lo que
él defendía era su sistema y no el de Toscanelli, y por grande que haya
sido la influencia de los consejos y de la carta del astrónomo
florentino en el ánimo de Colón, sería fiar demasiado en la humildad y
abnegación del genio creador, suponer que el Almirante explicó á los
sabios de Salamanca, ó durante el viaje, á Martín Alonso Pinzón, la
dirección de la travesía hacia la India valiéndose de una carta ó mapa
de Toscanelli.
Aficionado Colón á los trabajos gráficos, dibujaría él mismo, con los
datos de Toscanelli y otros materiales, una carta marina representando
esa tercera parte de la superficie del globo que permanecía desconocida
desde las costas de Portugal y de la Mina hasta las costas orientales y
australes del Asia.
Muñoz insiste (lib. II, § 17) en que Colón supo la existencia de la
Antilia por la carta y el mapa de Toscanelli; pero creo poder afirmar
que en ningún escrito del Almirante, ni aun de su hijo D. Fernando, se
encuentra el nombre de Antilia, que ya era conocido en el siglo XIV, ni
el de Antillas que, especialmente desde el reinado de Carlos V, se dió
al archipiélago tropical de América[125].
Colón conservó la costumbre de llamar á las Pequeñas Antillas «islas
Caribes», ó las primeras islas de las Indias[126]. Además, el camino
que siguió en 1492 no es el que Toscanelli trazó en su carta y que
parecía seguir el paralelo de Lisboa («tomando el camino derecho á
Poniente»), aunque la diferencia de latitud entre Lisboa y Quinsai
(Hangtheufu) sea casi de nueve grados, y de que Toscanelli, al principio
de la misma carta, hable también, aunque vagamente, de la distancia que
en este camino «podríase apartar del polo Artico hacia la línea
equinoccial». Colón determinó, sin duda por las hipótesis de la posición
de Cipango, seguir una dirección más meridional. Durante más de la mitad
del camino siguió el paralelo de la Gomera, con tanta mayor constancia,
cuanto que, como dice ingenuamente su hijo, temía perder su autoridad
si, cambiando de rumbo, pareciera no saber dónde iba.
Esta ruta, muy distinta de la que los marinos toman hoy para ir á las
Antillas, condujo á Colón directamente al través del gran banco de
fucus, que se extiende al Oeste del meridiano de Corvo, desde los 19 á
los 22 grados de latitud; y á pesar de dos desviaciones de la ruta hacia
el Sudoeste (el 24 de Septiembre y el 8 de Octubre), Colón se creía en
el paralelo[127] de la isla de Hierro (latitud 27° 45′) cuando el
descubrimiento de Guanahaní.
No discutiré aquí la existencia de otra carta que debió haber guiado al
Almirante, y que su contemporáneo Gonzalo Fernández de Oviedo[128]
atribuye á un marino portugués (Vicente Díaz, de la villa de Tabira),
suponiendo que este marino, al volver de la costa de Guinea, encontró
una tierra al Oeste de Madera. Este cuento de Oviedo, relacionado con
las pretendidas tentativas de los hermanos Lucas y Francisco de Cazzana,
no merece atención[129].