IV.

Opiniones de los antiguos sobre la geografía física del globo y

manera de figurarla.

En el _Apéndice_ á esta obra publicaremos los textos citados en los

escritos de Colón y que por confesión propia influyeron en su empresa.

Creo que su reunión tendrá además otro interés: el de aclarar la

historia de la geografía en general.

Es curiosísimo reunir y comparar las opiniones que los antiguos se

habían formado de la posibilidad de comunicaciones entre las

extremidades opuestas de la tierra habitada, como de la existencia de

algunas otras masas continentales separadas de ella. Estas opiniones

fueron transmitiéndose en no interrumpida serie al través de la Edad

Media.

Desde los _Orígenes_ de Isidoro de Sevilla hasta la _Margarita

filosófica_ de Jorge Reisch, prior del convento de los Cartujos de

Friburgo, libro que tan grande influencia ejerció en el estado de los

conocimientos en el siglo XVI[87] y cuyo nombre está hoy casi olvidado;

los hombres más célebres, Vicente de Beauvais (Vincentius Bellovacensis,

autor del _Speculum majus_), Juan Salisbury (Joannes parvus

Sarisberiensis), Roger Bacon y Pedro d’Ailly tomaron de Aristóteles, de

Plinio, desgraciadamente más conocido que Strabón, y de Séneca lo que se

relaciona con la cosmografía y la física del globo. Por esta continua

filiación, las indicadas ideas se conservaron y dominaron los ánimos

cuando el ardiente deseo de las empresas marítimas sucedió al no menos

ardiente de las largas peregrinaciones por el interior de las tierras.

Al llegar á las cuestiones que ofrecen importancia é interesan á los

estudios filológicos, no puedo pasar en silencio lo que pertenece menos

á la descripción del mundo real que al ciclo de la _geografía mítica_.

Sucede al espacio lo mismo que al tiempo. No se puede tratar la historia

bajo un punto de vista filosófico, dejando en completo olvido los

tiempos heroicos. Los mitos de los pueblos, mezclados á la historia y á

la geografía, no pertenecen por completo al mundo ideal; si uno de sus

rasgos distintivos es la vaguedad: si el símbolo cubre en ellos la

realidad con un velo más ó menos espeso, los mitos, íntimamente ligados

entre sí, revelan, sin embargo, la raíz de las primeras nociones

cosmográficas y físicas.

Los hechos de la historia y de la geografía primitivas no son sólo

ficciones ingeniosas, puesto que reflejan las opiniones formadas acerca

del mundo real. El gran continente más allá del Mar Cronieno y esa

Atlántida de Solón que preocupaba á los contemporáneos de Cristóbal

Colón, jamás tuvieron la realidad local que se les asigna; ¿pero es

preciso, por ello, considerarlos _sentina fabularum_ y desdeñar como á

los Cabiros, los misterios samotracios y cuanto se refiere á las

primeras formas de creencias, relativas á los cultos, lo que atañe á la

configuración del globo y á la filiación de los pueblos y de las

lenguas, creencias que son el producto instintivo de la inteligencia

humana?

La idea de la probable existencia de una masa de tierra separada de la

que habitamos por vasta extensión de mares, debió ocurrir desde los

tiempos más remotos. Es tan natural al hombre franquear con la

imaginación los límites del espacio y soñar la existencia de algo más

allá del horizonte oceánico, que aun en los tiempos en que se creía la

tierra un disco de superficie plana ó ligeramente cóncava, podía

imaginarse que más allá de la cintura del Océano homérico existía alguna

otra habitación de hombres, otra οἰκουμένη, el _Lokaloka_ de los mitos

indios, anillo de montañas situado más allá del séptimo mar.

Este concepto debía tomar más desarrollo conforme se iba extendiendo la

navegación al Oeste de las columnas de Briareo ó de Ægænon,

multiplicándose los _cuentos de los viajeros fenicios_; y cuando se pudo

formar alguna idea de los contornos, ó, mejor dicho, de la forma

limitada de nuestra masa continental. La _gran tierra_ situada hacia el

Noroeste, que, como Meropis, está indicada en los fragmentos de

Theopompo y como _continente cronieno_ en dos pasajes de Plutarco que

después examinaremos, corresponde á una serie de mitos que, á pesar de

los sarcasmos poco ingeniosos de los Padres de la Iglesia[88], es de

remota antigüedad en la esfera de las opiniones helénicas, como todo lo

que se relaciona con Sileno, adivino y personaje cosmogónico, ó á ese

imperio de los Titanes y de Saturno, progresivamente rechazado hacia el

Oeste y Noroeste[89].

El mito de la Atlántida ó de un gran continente occidental, aunque no

se le crea importado de Egipto y sí debido exclusivamente al genio

poético de Solón, data por lo menos del siglo VI antes de nuestra era.

Cuando la hipótesis de la esfericidad de la tierra, producto de la

escuela de los Pitagóricos llegó á extenderse y á apoderarse de los

ánimos, las discusiones sobre las zonas habitables y la probabilidad de

la existencia de otras tierras cuyo clima era igual al nuestro en

paralelos heterónimos y en estaciones opuestas, convirtiéronse en

materia de un capítulo indispensable en todo tratado de la esfera ó de

cosmografía.

Los que como Polibio y Eratósthenes no habían observado que la elevación

de las tierras, el decrecimiento de la marcha aparente del sol al

aproximarse á los trópicos y el alejamiento de dos pasos del sol por el

zenit de la localidad, hacían la zona ecuatorial y el Ecuador mismo

menos cálidos que las regiones más próximas á los trópicos, sumergían,

por efecto de una corriente ecuatorial, esta parte de la superficie del

globo, que, quemada por el sol, no la creían en manera alguna á

propósito para ser habitada.

Propagaron principalmente esta cuestión el estoico Cleanthes y el

gramático Cratés. Refutóla Gemino, pero reapareció con gran crédito á

principios del siglo V en la teoría de las impulsiones oceánicas que

Macrobio expuso como una explicación del flujo y reflujo del mar. Mas

allá de este brazo del Océano ecuatorial que atraviesa la zona tórrida,

más allá de nuestra masa de tierras continentales, extendidas en forma

de _clamyde_ y aisladas en una parte del hemisferio boreal, suponíase la

existencia de otras masas de tierras, en las cuales se repiten los

mismos fenómenos climatéricos que observamos en las nuestras. No parecía

probable que la gran porción de la superficie del globo no ocupada por

nuestro οἰκουμένη estuviera toda cubierta de agua. Ideas de equilibrio y

simetría cuya falsa aplicación han producido, hasta en tiempos modernos,

muchas ilusiones geográficas, oponíanse, al parecer, á ello.

Bajo la influencia de estas ideas empezaron á aparecer grupos aislados

de continentes en el hemisferio opuesto, indicados por Aristóteles y su

escuela (_Meteorologica_, II, 5; _De Mundo_, cap. III); los dos pueblos

etíopes de Cratés, uno de los cuales habitaba al Sud del brazo de mar

ecuatorial; el _otro mundo_ de Strabón; el _alter orbis_ de Pomponio

Mela; una verdadera tierra austral[90]; las dos zonas (_cinguli_)

habitables[91] de Cicerón (_Somn. Scip._, cap VI), una de las cuales es

la de nuestros antípodas insulares; en fin, la tierra _quadrífida_ ó las

_quatuor habitationes vel insulæ_ (cuatro masas de tierra separadas

entre sí) de Macrobio (_Comm. in Somn. Scip._, II, 9).

En el sistema pitagórico de Philolao, conforme al cual el sol es un

inmenso _reflector_ que recibe la luz de un cuerpo central (Hestia), la

tierra y el Antichthon de Hicetas de Siracusa (Nicetas, según algunos

manuscritos de Cicerón, _Academ. Quæst._, VI, 39; Œcetes, según

Plutarco, _de Plac. Phil._, III, 9), movíanse paralelamente conforme á

su órbita común; pero el Antichthon era el hemisferio opuesto al

nuestro, hemisferio que los geógrafos poblaban á su gusto[92].

He creído deber dar esta reseña general de las ideas que constantemente

se han formado los hombres acerca de la existencia de _otro mundo_ ó de

continentes _transoceánicos_ desde los tiempos más remotos. Los Padres

de la Iglesia, de quienes el monje Cosmas fué intérprete, desfiguraron

estos conceptos primitivos del modo más extraño, suponiendo una _terra

ultra Oceanum_ que encuadraba el paralelógramo de su mapa mundi.

Viviendo la Edad Media sólo de recuerdos que suponía clásicos y sin fe

en sus propios descubrimientos, si no creía encontrar en los antiguos

indicios de ellos, estuvo hasta los tiempos de Colón agitada por todas

las ilusiones cosmográficas de los siglos anteriores.

Al lado de esta tendencia tan natural, y por lo mismo tan general, de

suponer muchas tierras habitadas que los mares separaban, encuéntrase

otra no menos antigua: la de considerar las islas ó los puntos de

tierras nuevamente descubiertos, como contiguos y formando parte de un

gran continente. En esta última forma fueron representadas primeramente

las Islas Británicas (Dión Cassio XXXIX, 50; Flor., III, 10), y Ceylán

(Trapobana ó Sielediv), «quæ Hipparcho[93] prima pars _Orbis alterius_

dicitur» (Mela, III, 7, 7). Esta expresión tan característica de un

_otro mundo_, encuéntrase en Plinio unida á la de _tierra de los

antichtones_ «Trapobanen alterum orbem esse diu existimatum est,

Antichthonum appellatione». (Plin., VI, 22, § 24.)

La historia de los descubrimientos geográficos modernos nos muestra la

misma inclinación á transformar, gracias á prolongaciones de contornos

fantásticos y uniones imaginarias, los cabos de muchas islas y de vastos

continentes. Hay más; la predilección por las ligaduras que acabamos de

indicar en el trazado de los mapas, conduce á otro procedimiento,

hallado lo mismo en Ptolomeo que en los geógrafos de nuestro siglo.

Cuando las extremidades de las tierras que se han unido ó alineado en

continentes se acercan á nuestros οἰκουμένη, abandónase la hipótesis de

los continentes separados y se les une á puntos antiguamente conocidos.

De este modo Marin de Tyro y Ptolomeo transformaron el mar de la India

en un mar cerrado ó mediterráneo. Imaginábase que la península

transgangética, donde estaba situada Catígara (Caitogora, Edrisi, pág.

57), más allá del Sinus Magnus, en la extremidad oriental del Asia, se

unía hacia el Oeste por medio de una _tierra incógnita_ al promontorio

Prasum (cabo Delgado), y á la costa africana de Azania (Ayan, el

_Zingium_ de Cosmas Indicopleustes, Montfaucon, II, 132).

Afortunadamente esta hipótesis de un mar cerrado, desconocido para

Strabón, que rechaza todos los istmos desde el estrecho de Hércules

hasta el mar Rojo, no estorbó ni detuvo los descubrimientos de los

intrépidos navegantes del siglo XV, á pesar de que la falsa erudición

ejercía en ellos más influencia de lo que generalmente se cree.

Por un procedimiento semejante, en el célebre mapa de América que Juan

Ruysch añadió á la edición de la Geografía de Ptolomeo, publicada en

Roma en 1508, encuéntrase, según la observación de Mr. Walckenaer, no

sólo la Gruenlant (Groenlandia), sino también Terranova y los

_Baccalauræ_, completamente separados de la América insular, es decir

del _Mundus Novus_, de la Terra Sanctæ Crucis, y reunidos al continente

septentrional de Asia (la tierra de Gog, las costas del Plisacus Sinus,

y el país de Ergigaï).

Separaciones idénticas, aunque mucho más atrevidas[94], porque unen todo

el Canadá y la Florida al Asia boreal, y los separan de _Brasilia_ (la

América del Sud) «extendida hacia Melacha (Malacca) y Zanzíbar (costa é

isla de Zanguébar, quizá la isla Akgia de los árabes)», reaparecen en

1533 en la cosmografía de Juan Schoner.

Posteriormente, Sebastián Munster, uno de los restauradores de las

ciencias geográficas, une la Groenlandia á la Noruega, y aun en nuestros

días, entre los meridianos del cabo de Hornos y el de Buena Esperanza,

hay de vez en cuando el capricho de reunir islas próximas al círculo

polar antártico en grandes masas continentales.

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 12 / 43 题