Opiniones de los antiguos sobre la geografía física del globo y
manera de figurarla.
En el _Apéndice_ á esta obra publicaremos los textos citados en los
escritos de Colón y que por confesión propia influyeron en su empresa.
Creo que su reunión tendrá además otro interés: el de aclarar la
historia de la geografía en general.
Es curiosísimo reunir y comparar las opiniones que los antiguos se
habían formado de la posibilidad de comunicaciones entre las
extremidades opuestas de la tierra habitada, como de la existencia de
algunas otras masas continentales separadas de ella. Estas opiniones
fueron transmitiéndose en no interrumpida serie al través de la Edad
Media.
Desde los _Orígenes_ de Isidoro de Sevilla hasta la _Margarita
filosófica_ de Jorge Reisch, prior del convento de los Cartujos de
Friburgo, libro que tan grande influencia ejerció en el estado de los
conocimientos en el siglo XVI[87] y cuyo nombre está hoy casi olvidado;
los hombres más célebres, Vicente de Beauvais (Vincentius Bellovacensis,
autor del _Speculum majus_), Juan Salisbury (Joannes parvus
Sarisberiensis), Roger Bacon y Pedro d’Ailly tomaron de Aristóteles, de
Plinio, desgraciadamente más conocido que Strabón, y de Séneca lo que se
relaciona con la cosmografía y la física del globo. Por esta continua
filiación, las indicadas ideas se conservaron y dominaron los ánimos
cuando el ardiente deseo de las empresas marítimas sucedió al no menos
ardiente de las largas peregrinaciones por el interior de las tierras.
Al llegar á las cuestiones que ofrecen importancia é interesan á los
estudios filológicos, no puedo pasar en silencio lo que pertenece menos
á la descripción del mundo real que al ciclo de la _geografía mítica_.
Sucede al espacio lo mismo que al tiempo. No se puede tratar la historia
bajo un punto de vista filosófico, dejando en completo olvido los
tiempos heroicos. Los mitos de los pueblos, mezclados á la historia y á
la geografía, no pertenecen por completo al mundo ideal; si uno de sus
rasgos distintivos es la vaguedad: si el símbolo cubre en ellos la
realidad con un velo más ó menos espeso, los mitos, íntimamente ligados
entre sí, revelan, sin embargo, la raíz de las primeras nociones
cosmográficas y físicas.
Los hechos de la historia y de la geografía primitivas no son sólo
ficciones ingeniosas, puesto que reflejan las opiniones formadas acerca
del mundo real. El gran continente más allá del Mar Cronieno y esa
Atlántida de Solón que preocupaba á los contemporáneos de Cristóbal
Colón, jamás tuvieron la realidad local que se les asigna; ¿pero es
preciso, por ello, considerarlos _sentina fabularum_ y desdeñar como á
los Cabiros, los misterios samotracios y cuanto se refiere á las
primeras formas de creencias, relativas á los cultos, lo que atañe á la
configuración del globo y á la filiación de los pueblos y de las
lenguas, creencias que son el producto instintivo de la inteligencia
humana?
La idea de la probable existencia de una masa de tierra separada de la
que habitamos por vasta extensión de mares, debió ocurrir desde los
tiempos más remotos. Es tan natural al hombre franquear con la
imaginación los límites del espacio y soñar la existencia de algo más
allá del horizonte oceánico, que aun en los tiempos en que se creía la
tierra un disco de superficie plana ó ligeramente cóncava, podía
imaginarse que más allá de la cintura del Océano homérico existía alguna
otra habitación de hombres, otra οἰκουμένη, el _Lokaloka_ de los mitos
indios, anillo de montañas situado más allá del séptimo mar.
Este concepto debía tomar más desarrollo conforme se iba extendiendo la
navegación al Oeste de las columnas de Briareo ó de Ægænon,
multiplicándose los _cuentos de los viajeros fenicios_; y cuando se pudo
formar alguna idea de los contornos, ó, mejor dicho, de la forma
limitada de nuestra masa continental. La _gran tierra_ situada hacia el
Noroeste, que, como Meropis, está indicada en los fragmentos de
Theopompo y como _continente cronieno_ en dos pasajes de Plutarco que
después examinaremos, corresponde á una serie de mitos que, á pesar de
los sarcasmos poco ingeniosos de los Padres de la Iglesia[88], es de
remota antigüedad en la esfera de las opiniones helénicas, como todo lo
que se relaciona con Sileno, adivino y personaje cosmogónico, ó á ese
imperio de los Titanes y de Saturno, progresivamente rechazado hacia el
Oeste y Noroeste[89].
El mito de la Atlántida ó de un gran continente occidental, aunque no
se le crea importado de Egipto y sí debido exclusivamente al genio
poético de Solón, data por lo menos del siglo VI antes de nuestra era.
Cuando la hipótesis de la esfericidad de la tierra, producto de la
escuela de los Pitagóricos llegó á extenderse y á apoderarse de los
ánimos, las discusiones sobre las zonas habitables y la probabilidad de
la existencia de otras tierras cuyo clima era igual al nuestro en
paralelos heterónimos y en estaciones opuestas, convirtiéronse en
materia de un capítulo indispensable en todo tratado de la esfera ó de
cosmografía.
Los que como Polibio y Eratósthenes no habían observado que la elevación
de las tierras, el decrecimiento de la marcha aparente del sol al
aproximarse á los trópicos y el alejamiento de dos pasos del sol por el
zenit de la localidad, hacían la zona ecuatorial y el Ecuador mismo
menos cálidos que las regiones más próximas á los trópicos, sumergían,
por efecto de una corriente ecuatorial, esta parte de la superficie del
globo, que, quemada por el sol, no la creían en manera alguna á
propósito para ser habitada.
Propagaron principalmente esta cuestión el estoico Cleanthes y el
gramático Cratés. Refutóla Gemino, pero reapareció con gran crédito á
principios del siglo V en la teoría de las impulsiones oceánicas que
Macrobio expuso como una explicación del flujo y reflujo del mar. Mas
allá de este brazo del Océano ecuatorial que atraviesa la zona tórrida,
más allá de nuestra masa de tierras continentales, extendidas en forma
de _clamyde_ y aisladas en una parte del hemisferio boreal, suponíase la
existencia de otras masas de tierras, en las cuales se repiten los
mismos fenómenos climatéricos que observamos en las nuestras. No parecía
probable que la gran porción de la superficie del globo no ocupada por
nuestro οἰκουμένη estuviera toda cubierta de agua. Ideas de equilibrio y
simetría cuya falsa aplicación han producido, hasta en tiempos modernos,
muchas ilusiones geográficas, oponíanse, al parecer, á ello.
Bajo la influencia de estas ideas empezaron á aparecer grupos aislados
de continentes en el hemisferio opuesto, indicados por Aristóteles y su
escuela (_Meteorologica_, II, 5; _De Mundo_, cap. III); los dos pueblos
etíopes de Cratés, uno de los cuales habitaba al Sud del brazo de mar
ecuatorial; el _otro mundo_ de Strabón; el _alter orbis_ de Pomponio
Mela; una verdadera tierra austral[90]; las dos zonas (_cinguli_)
habitables[91] de Cicerón (_Somn. Scip._, cap VI), una de las cuales es
la de nuestros antípodas insulares; en fin, la tierra _quadrífida_ ó las
_quatuor habitationes vel insulæ_ (cuatro masas de tierra separadas
entre sí) de Macrobio (_Comm. in Somn. Scip._, II, 9).
En el sistema pitagórico de Philolao, conforme al cual el sol es un
inmenso _reflector_ que recibe la luz de un cuerpo central (Hestia), la
tierra y el Antichthon de Hicetas de Siracusa (Nicetas, según algunos
manuscritos de Cicerón, _Academ. Quæst._, VI, 39; Œcetes, según
Plutarco, _de Plac. Phil._, III, 9), movíanse paralelamente conforme á
su órbita común; pero el Antichthon era el hemisferio opuesto al
nuestro, hemisferio que los geógrafos poblaban á su gusto[92].
He creído deber dar esta reseña general de las ideas que constantemente
se han formado los hombres acerca de la existencia de _otro mundo_ ó de
continentes _transoceánicos_ desde los tiempos más remotos. Los Padres
de la Iglesia, de quienes el monje Cosmas fué intérprete, desfiguraron
estos conceptos primitivos del modo más extraño, suponiendo una _terra
ultra Oceanum_ que encuadraba el paralelógramo de su mapa mundi.
Viviendo la Edad Media sólo de recuerdos que suponía clásicos y sin fe
en sus propios descubrimientos, si no creía encontrar en los antiguos
indicios de ellos, estuvo hasta los tiempos de Colón agitada por todas
las ilusiones cosmográficas de los siglos anteriores.
Al lado de esta tendencia tan natural, y por lo mismo tan general, de
suponer muchas tierras habitadas que los mares separaban, encuéntrase
otra no menos antigua: la de considerar las islas ó los puntos de
tierras nuevamente descubiertos, como contiguos y formando parte de un
gran continente. En esta última forma fueron representadas primeramente
las Islas Británicas (Dión Cassio XXXIX, 50; Flor., III, 10), y Ceylán
(Trapobana ó Sielediv), «quæ Hipparcho[93] prima pars _Orbis alterius_
dicitur» (Mela, III, 7, 7). Esta expresión tan característica de un
_otro mundo_, encuéntrase en Plinio unida á la de _tierra de los
antichtones_ «Trapobanen alterum orbem esse diu existimatum est,
Antichthonum appellatione». (Plin., VI, 22, § 24.)
La historia de los descubrimientos geográficos modernos nos muestra la
misma inclinación á transformar, gracias á prolongaciones de contornos
fantásticos y uniones imaginarias, los cabos de muchas islas y de vastos
continentes. Hay más; la predilección por las ligaduras que acabamos de
indicar en el trazado de los mapas, conduce á otro procedimiento,
hallado lo mismo en Ptolomeo que en los geógrafos de nuestro siglo.
Cuando las extremidades de las tierras que se han unido ó alineado en
continentes se acercan á nuestros οἰκουμένη, abandónase la hipótesis de
los continentes separados y se les une á puntos antiguamente conocidos.
De este modo Marin de Tyro y Ptolomeo transformaron el mar de la India
en un mar cerrado ó mediterráneo. Imaginábase que la península
transgangética, donde estaba situada Catígara (Caitogora, Edrisi, pág.
57), más allá del Sinus Magnus, en la extremidad oriental del Asia, se
unía hacia el Oeste por medio de una _tierra incógnita_ al promontorio
Prasum (cabo Delgado), y á la costa africana de Azania (Ayan, el
_Zingium_ de Cosmas Indicopleustes, Montfaucon, II, 132).
Afortunadamente esta hipótesis de un mar cerrado, desconocido para
Strabón, que rechaza todos los istmos desde el estrecho de Hércules
hasta el mar Rojo, no estorbó ni detuvo los descubrimientos de los
intrépidos navegantes del siglo XV, á pesar de que la falsa erudición
ejercía en ellos más influencia de lo que generalmente se cree.
Por un procedimiento semejante, en el célebre mapa de América que Juan
Ruysch añadió á la edición de la Geografía de Ptolomeo, publicada en
Roma en 1508, encuéntrase, según la observación de Mr. Walckenaer, no
sólo la Gruenlant (Groenlandia), sino también Terranova y los
_Baccalauræ_, completamente separados de la América insular, es decir
del _Mundus Novus_, de la Terra Sanctæ Crucis, y reunidos al continente
septentrional de Asia (la tierra de Gog, las costas del Plisacus Sinus,
y el país de Ergigaï).
Separaciones idénticas, aunque mucho más atrevidas[94], porque unen todo
el Canadá y la Florida al Asia boreal, y los separan de _Brasilia_ (la
América del Sud) «extendida hacia Melacha (Malacca) y Zanzíbar (costa é
isla de Zanguébar, quizá la isla Akgia de los árabes)», reaparecen en
1533 en la cosmografía de Juan Schoner.
Posteriormente, Sebastián Munster, uno de los restauradores de las
ciencias geográficas, une la Groenlandia á la Noruega, y aun en nuestros
días, entre los meridianos del cabo de Hornos y el de Buena Esperanza,
hay de vez en cuando el capricho de reunir islas próximas al círculo
polar antártico en grandes masas continentales.