Ideas cosmográficas de Colón y causas que le impulsaban al
descubrimiento de las Indias.
El cardenal d’Ailly, cuyas obras tanto estimaba Colón, ocupábase
desgraciadamente más en trabajos de erudición clásica que de las
relaciones de los viajeros inmediatos á su época. Aunque escribió ciento
cuarenta años despues de Roger Bacon, jamás cita los trabajos de Marco
Polo, consignados desde 1320 en un manuscrito latino de Franco Pipino de
Bolonia: ignora los vastos proyectos de Sanuto Torsello, encaminados á
cambiar la dirección del comercio de la India, la existencia de las
islas Antilia y Brasil (Bracir) revelada por Picigano, y los viajes de
los Zeni á las regiones septentrionales del Atlántico. No fué en los
tratados cosmográficos del Cardenal donde Colón aprendió las nociones de
las tierras occidentales que según Toscanelli ofrecían abrigo en el
camino de la India por el Oeste. Pedro d’Ailly ni siquiera conocía el
nombre de Cathaï, y su geografía, á excepción de algunas citas árabes,
recuerda menos el siglo de Ptolomeo que el de Isidoro de Sevilla.
Únicamente insiste con frecuencia (y quizá por ello era el afecto de
Colón á compilaciones tan medianas) en la gran extensión del Asia hacia
el Oriente, y en lo próximas que estaban la India y España. Al notable
párrafo (_Imago Mundi_, cap. VIII) tomado literalmente de Roger Bacon, y
que antes cité, pueden añadirse los siguientes: «Multo major est
longitudo terræ versus Orientem quam ponat Ptholomeus, et secundum
philosophos Oceanus qui extenditur inter finem Hyspaniæ ulterioris, id
est Africæ á parte Occidentis, et inter principium Indiæ á parte
Orientis, non est magne latitudinis. Nam expertum est quod hoc mare
navigabile est paucissimis diebus si ventus sit conveniens, et ideo
illud principium Indiæ in Oriente non potest multum distare á fine
Africæ.--Frontem Indiæ meridianum alluit maris brachium descendens á
mari Oceano quod est inter Indiam et Hyspaniam inferiorem, seu
Africam.--A polo in polum decurrit aqua in corpus maris et extenditur
inter finem Hyspaniæ et inter principium Indiæ non magnæ latitudinis, ut
principium Indiæ possit esse ultra medietatem æquinoctialis circuli sub
terra valde accedens ad finem Hyspaniæ. Et Aristoteles et ejus
comentator, libro _Cœli et Mundi_, adhuc inducunt rationem quod
elephantes esse non possent: ideo concludit hæc loca esse propinqua et
mare intermedium esse parvum»[62]. Se concibe que una misma idea, tantas
veces repetida, debía agradar grandemente á los que, como Toscanelli y
Colón, meditaban de contínuo pasar desde España á las costas orientales
de Asia (_ad illam partem sub pedibus nostris sitam_) por la vía de
Occidente.
También en el _Cuadro del mundo conocido_[63] de Pedro d’Ailly pudo
aprender Colón que, según Alfragan, el valor absoluto de los grados
expresados en leguas es menor de lo que generalmente se admite.
Alfragan, ó más bien Al Fergani, llamado así por el sitio donde nació
(porque el verdadero nombre del astrónomo árabe es Ahmed Mohammed Ebn
Kotahir, ó Kethir, de Fergana en Sagdiana), no da en rigor más que el
resultado de la célebre medida de algunos grados terrestres que el
califa Almamum hizo practicar en la llanura de Sindjar. En vez de
expresar este resultado por _codos negros_, lo expresa por millas, y el
Almirante, sin fijarse en la perfecta ignorancia en que hasta Ebn Iouni,
el más ingenioso astrónomo de aquel tiempo, nos dejaron, relativamente
al valor del módulo empleado, tomó las millas de Alfragan, por las
millas italianas de que habitualmente se servía en sus viajes. Don
Fernando Colón, al conservarnos el extracto del tratado[64] de su padre
«sobre la posibilidad de habitar todas las zonas», y también otro
manuscrito[65] que comprende las causas en que el grande hombre fundaba
las esperanzas en el buen éxito de su expedición, nos muestra la
importancia que entonces se daba á la opinión de Alfragan sobre el
verdadero tamaño de la tierra. «Lo que hacía creer más al Almirante,
dice Fernando Colón, que aquel espacio (la distancia entre España y
Asia) era la opinión de Alfragano, y los que le siguen, que pone la
redondez de la tierra mucho menor que los demás autores y cosmógrafos,
no atribuyendo á cada grado de ella mas que 56 millas y dos tercios, de
cuya opinión infería que, siendo pequeña toda la esfera, había de ser
por fuerza pequeño el espacio que Marino dejaba por desconocido, y en
poco tiempo navegado, de que infería asimismo que, pues aun todavía no
estaba descubierto el fin oriental de la India, sería aquel fin el que
está cerca de los otros por Occidente (de la parte más occidental de
Europa y de África).» Pero hay más aún; en otro sitio (en el _Tratado de
las zonas habitables_) dice expresamente el Almirante: «Navegando muchas
veces desde Lisboa á Guinea, encontré[66], observando con atención, que
el grado corresponde en la tierra á 56 millas y dos tercios».
Si estas nociones no las aprendió el Almirante en las obras del cardenal
d’Ailly, las obtendría por vía menos indirecta, por alguna de las
traducciones árabe-latinas, á las que, según parece, recurría con
frecuencia durante sus estudios cosmográficos en Portugal y en España.
Después de largas consideraciones acerca de Ptolomeo y Marín de Tyro,
Catigara y la Etiopía, el Ganges y la posición del Paraíso terrestre,
añade Colón en una carta dirigida á los reyes Fernando é Isabel y
fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503: «El mundo no es tan grande
como dice el vulgo, y un grado de la equinoccial está 56 millas y dos
tercios; pero esto se tocará con el dedo.» Véase, pues, la importancia
que el Almirante daba á la idea de la pequeñez del globo y de la
brevedad del camino por donde se llega á la tierra aurífera de Veragua,
«de que Vuestras Altezas, dice, son tan señores como de Xerez y de
Toledo».
Es muy interesante observar el desarrollo progresivo de una grande idea
y descubrir una á una las impresiones que determinaron el descubrimiento
de un hemisferio entero. La permanencia en puntos situados, por decirlo
así, en el límite del mundo conocido, en Lisboa, en las Azores, en
Puerto Santo; la costumbre de ver partir con frecuencia expediciones de
descubrimiento por una ruta que se desaprueba; la posibilidad de oir de
boca de los mismos marinos los hechos ó las ilusiones que les
proporcionaron las aventuradas expediciones hacia el Oeste; finalmente,
el atento examen de las cosmografías de las diversas épocas, fueron las
circunstancias que excitaron, vivificaron, por decirlo así, en el alma
ardiente de Colón tan grandes y nobles proyectos. No se debe atribuir á
una sola causa lo que pertenece al conjunto de inspiraciones que recibe
un hombre superior durante los largos años que preceden á un
descubrimiento.
En un tratadito[67] escrito probablemente hacia 1499 por el genovés
Antonio Gallo (_De Navigatione Columbi_ _per inaccesum antea Oceanum
Conmentariolus_) se afirma que el «mundo de la India» (_mundus quem
Indiam vocitabant_) fué adivinado, no por Cristóbal Colón, sino por su
hermano Bartolomé, «que concibió la idea de una navegación hacia el
Oeste al fijar en Lisboa los descubrimientos hechos por los portugueses
más allá de San Jorge de la Mina en los mapamundis que dibujaba para
ganarse la vida». El autor habla con algún desdén de Cristóbal Colón
(_intra pueriles annos parvis literulis imbuti_). Este mismo aserto
repite el obispo Agustín Giustiniano, que de la proyectada edición de
una Biblia políglota completa, solamente imprimió en Génova en 1516 la
colección de los Salmos. Sabiendo que el Almirante se vanagloriaba de
haber realizado las profecías del salmo diez y ocho, Giustiniano, que
era obispo de Nebbio, en Córcega, y monje de la orden de Santo Domingo,
aprovechó esta ocasión[68] para dar una biografía de Cristóbal Colón y
noticia de sus descubrimientos. Don Fernando Colón[69] ha probado con
los manuscritos de su padre que fué éste quien enseñó á Bartolomé,
«hombre poco letrado», el arte náutico y el dibujo de cartas de marear,
y rechaza[70] con la urbanidad que en todos tiempos ha caracterizado las
disputas literarias «las trece mentiras de Giustiniano». La magistratura
de Génova empleó otra refutación más directa; con penas severas confiscó
la obra. Por lo demás, vemos en documentos encontrados en los archivos,
que, aun durante sus viajes, acostumbraba Cristóbal Colón á trazar la
configuración de las costas. Una carta de marear de la isla de la
Trinidad y del golfo de Paria, dibujada durante su tercer viaje
(probablemente en Agosto de 1498), llegó á ser célebre en el pleito
entre el fiscal del Rey y los herederos del Almirante. Éste hace mención
de ella al fin de la carta dirigida á los Reyes á su vuelta á Santo
Domingo. Es la _pintura_, ó, como dice Alonso de Ojeda, _la figura de lo
que el Almirante había descubierto_[71]; carta que guió á los navegantes
á quienes el fiscal quería atribuir el mérito del descubrimiento del
continente americano.
Adviértese en lo poco que nos ha quedado de los escritos de Colón, sea
en lo que conservó su hijo, ó en su correspondencia con los soberanos ó
con personas de la corte de Isabel, ó, en fin, en el bosquejo de la obra
de las _Profecías_, que lo que más atormentaba la imaginación del grande
hombre y lo que buscaba con mayor empeño en las obras de los antiguos y
en los cosmógrafos más inmediatos á su siglo era la proximidad entre la
India y las costas de España; el conocimiento de la grande extensión de
Asia hacía el Oriente; el número de islas ricas y fértiles que rodeaban
las costas orientales del continente asiático; la pequeñez absoluta de
nuestro planeta, y la relación que en general presenta el _área_ de las
tierras y de los mares en la superficie del globo.
Esta variedad de consideraciones, que debían conducir todas al mismo
objeto, anuncia una amplitud de miras poco común. Pero en un siglo en
que faltaba conocimiento preciso de los hechos, puesto que el mismo
descubrimiento de Colón asentaba las bases de una geografía física, ésta
extensión de miras no encontraba apoyo en la exactitud de las
observaciones.
Por fortuna, los errores favorecían la ejecución del proyecto,
inspirando un valor que las ideas más exactas de las dimensiones del
globo, de la longitud de Catigara, del Cathaï y de Zipanga, del tamaño
de los mares y de la pequeñez de los continentes hubieran quebrantado.
Colón censura á Ptolomeo por haber acortado la extensión de las tierras
hacia el Este, fijada por Marin de Tyro, y rechaza todas las opiniones
de los antiguos[72] sobre la relación en que están los continentes y los
mares, afirmando, según hemos visto antes, que «el mundo es poco: el
enjuto de ello es seis partes, la séptima solamente cubierta de
agua»[73]. Este es el resultado de la geografía física que aprendió
Colón en el cuarto libro de Esdras, llamado antiquísimamente en la
iglesia griega el Apocalipsis de Esdras, é inventado probablemente por
un judío que vivía fuera de Palestina en el siglo primero de nuestra
era. Este Apocalipsis forma el primer libro de Esdras en la versión
etiópica publicada recientemente en Oxford.
Á los catorce años interrumpió Colón sus estudios académicos en Pavía.
Sin estar de completo acuerdo con Antonio Gallo respecto á la
insignificancia de estos estudios (_parvulæ literulæ_), se comprende que
la causa del desarreglo de erudición y de teología algo mística,
advertida en muchos de sus escritos, data de la época de su permanencia
en Lisboa[74]. A una vida aventurera, á los viajes al Levante y al Norte
(á las islas Færöer ó á Islandia), sucedió algún descanso favorable á
los trabajos literarios. Es probable que durante su larga permanencia en
Portugal desde 1470 á 1484, desde los treinta y cuatro á los cuarenta y
ocho años de edad, rehiciera, por decirlo así, sus estudios. «Para
confirmarse más en el dictamen de navegar la vuelta de Occidente (dice
Fernando Colón) para llegar á la tierra del Gran Kan, empezó _de nuevo_
á ver los autores cosmógrafos que había leído antes y á considerar las
razones astrológicas que podían corroborar su intento.»
En las investigaciones históricas conviene descender de las
generalidades á los detalles de los hechos, y como el objeto de mi
trabajo es obtener por el examen crítico de los documentos que nos
quedan de puño y letra de Cristóbal Colón el conocimiento íntimo de las
ideas que le indujeron al descubrimiento de América, he tratado de
formar juicio exacto de los libros que consultaba Colón habitualmente,
procurando adivinar cuáles eran los autores antiguos que más influyeron
en su imaginación, incesantemente ocupada en vastos proyectos. Reuniré
los pasajes mencionados por el Almirante en los escritos que de él
tenemos, y los que su hijo D. Fernando presenta como causas de la
empresa (_Autoridad de los escritores para mover al Almirante á
descubrir las Indias_) conforme á las memorias de su padre.
Los autores de este tiempo indican rara vez, y cuando lo hacen, con muy
poca precisión, el libro y capítulo de donde toman las citas, porque
años antes del descubrimiento de América los libros impresos eran tan
raros, que no existía ninguna edición del texto de Herodoto, de Strabón,
ó de los libros de física de Aristóteles. En general, me ha sido fácil
adivinar los pasajes de autoridades clásicas en que el Almirante fundaba
sus pruebas cuando, al alegar las opiniones de los escritores antiguos,
las desarrollaba. Puede creerse que durante su permanencia en Lisboa y
Sevilla, desde 1470 á 1492, hizo que le ayudaran los eruditos de estas
poblaciones; al menos vemos que, poco después, en 1501, tuvo el buen
tino de consultar al Padre Gaspar Gorricio y de conseguir le
proporcionara, para el libro de las _Profecías, autoridades que hacían
al caso de Jerusalén_, es decir, relacionadas con la conquista del
Santo Sepulcro, objeto definitivo de la conquista de los tesoros de la
India Occidental.
Debe creerse, sin embargo, que, en general, el Almirante debió sus
inspiraciones más bien á las obras de Isidoro de Sevilla, de Averroës y
de Pedro de Ailly, que á las raras traducciones latinas y españolas[75]
que podía consultar cuando llegó á Portugal. Confirma esta afirmación lo
que antes copió de la carta de Colón de 1498, comparándola al _Opus
majus_, de Roger Bacon, y á la Enciclopedia (_Imago Mundi_), del
Cardenal d’Ailly.
Llego, pues, al detalle de los hechos.
Don Fernando Colón cita, conforme á los manuscritos de su padre
(_Historia del Almirante_, capítulos VI, VII y VIII), como causas que
indujeron á éste á emprender el viaje de descubrimiento las siguientes:
1.º Aristóteles, en el segundo libro _Del Cielo y del Mundo_, con el
comentario de Averroës, dice que desde las Indias se puede pasar á Cádiz
en pocos días. Es el pasaje _De Cœlo_, II, 14; pero la frase «en pocos
días» es de Séneca y no de Aristóteles. También Pedro Mártir de
Anghiera, en carta escrita en 1495 (Ep. 164, ed. Elzevir, 1670, pág. 93)
al cardenal Bernardino, añade, después de hablar de las maravillas del
segundo viaje de Colón, en el cual creyó éste no estar apartado más de
dos horas (en longitud expresada por una medida de tiempo) del
Quersoneso de Oro de Ptolomeo: «Hanc ergo terram Almirantus iste se
humano generi præbuise, quia latentem invenerit sua industria suoque
labore, gloriatur. Indiæ Gangetidis continentem, eam esse plagam
contendit: nec Aristoteles, qui in libro de Cœlo et Mundo _non longo
intervallo distare á littoribus Hispaniæ Indiam_ ait, Senecaque ac
nonnulli alii ut admirer patiuntur.» Estos mismos recuerdos clásicos se
presentaron á la imaginación de Anghiera, después del primer viaje de
Colón, en una carta dirigida al Arzobispo de Braga, fechada en el mes de
Octubre de 1493 (Ep. 135, pág. 74).
2.º «Séneca, en las _Naturales Quæstiones_, lib. I, dice que desde
las últimas partes de España pudiera pasar un navío á las Indias en
pocos días, con vientos.» Este es el pasaje de Séneca, _Naturales
Quæst._, Præf., § 11, que el cardenal d’Ailly, engañado[76] por el _Opus
major_ de Bacon, pág. 185, cita como perteneciente al lib. V de Séneca.
Nada he encontrado en éste referente á las ideas que preocupaban á
Colón, sino es en _Quæst. Natur._, V, 18, 9, donde dice: «An Alexander
ulterior Bactris et Indis velit quærere quid sit ultra Magnum Mare?»
Cuando Cristóbal Colón, en su tercer viaje, escribió á los monarcas
españoles desde la isla de Haïti, en 1498, una carta interesantísima,
induciéndoles á imitar los valerosos ejemplos de _«Nero César_, que
envió á _ver las fuentes del Nilo_» (NAVARRETE, t. I, pág. 244),
indudablemente tenía á la vista el texto de Séneca, en que el filósofo
cortesano muestra á Nerón como noble apreciador de todas las virtudes en
una época en que éste desdeñaba «_flagitiorum et scelerum valamenta_».
«Ego quidem», dice Séneca (_Natur. Quæst._, VI, 8, 3) «centuriones duos
quos Nero Cæsar, ut aliarum virtutum ita veritatis amantissimus, ad
investigandum caput Nili miserat[77], audivi narrantes.....»
3.º El poeta trágico Séneca, que algunos creen ser el mismo filósofo
(duda expresada también por D. Fernando Colón), escribió para el coro de
_Medea_: «Vienient annis sæcula seris»; profecía que el Almirante ha
cumplido. Tanto fijó la atención de Colón este pasaje, que se le
encuentra copiado entero dos veces[78] de su letra en el bosquejo de su
famoso libro _de las Profecías_, comenzado en 1501. Añade allí una
traducción española tan inexacta como la que pone su hijo, y mucho
menos poética de lo que es frecuentemente la prosa del Almirante, por
ejemplo, la famosa relación dirigida á los Monarcas[79] y fechada en
Jamaica el 7 de Julio de 1503, relación tan animada como un drama. Una
de estas copias de los seis versos de _Medea_ encuéntrase intercalada en
una carta á la reina Isabel, llena de citas bíblicas; la otra está entre
las observaciones de eclipses lunares hechas en Haïti y en Janahica
(Jamaica) en 1494 y 1504. El historiador Herrera[80] acusa á Séneca,
sin añadir la cita del texto, de un grande error, porque el filósofo
romano imaginó que América sería descubierta algún día por la parte del
Norte y no hacia el Oeste. Este concepto de Herrera contiene una alusión
al citado coro de _Medea_. Indudablemente, Séneca no es profeta; pero
Herrera se equivocó por una falsa interpretación del verso _Nec sit
terris ultima Thule_. Lo que genuinamente dice el poeta es que la nueva
tierra estará más lejana que la isla que se creía en su tiempo colocada
en el extremo del mundo conocido, pero no que se encontrará en la
dirección de Thule, á la cual Colón en sus _Profecías_ paganas y
bíblicas llama, no _Thyle_[81], sino «_última Tille_», y en su
manuscrito sobre las «_cinco zonas habitables_» pretende[82] haberla
visitado, en Febrero de 1477, lo cual, cronológicamente, es poco
probable. Antes de dejar de hablar de Séneca, más asequible que
Aristóteles, y por tanto, de mayor autoridad y más universalmente
reconocida en la Edad Media, debo indicar un error de los catedráticos
de Salamanca en sus disputas cosmográficas con Cristóbal Colón. Sabido
es que los Monarcas encargaron, probablemente hacia el fin de 1487, al
Prior del Prado[83], fraile de San Jerónimo y confesor de la Reina,
defender la gran causa de los descubrimientos occidentales, ante los
profesores, «que eran ignorantes», dice D. Fernando Colón en la _Vida_
de su padre, «y no pudieron comprender nada de los discursos del
Almirante, que tampoco quería explicarse mucho, temiendo no le sucediese
lo que en Portugal», donde trataron de robarle el secreto para
aprovecharlo sin su concurso, conforme á la treta aconsejada por el
doctor Calçadilla, ó más bien (porque así era el verdadero nombre de
este prelado) de D. Diego Ortiz, obispo de Ceuta, natural de Calçadilla,
cerca de Salamanca. Con razón observa Muñoz cuán sensible es que no
hayan quedado documentos de esta controversia científica, porque nos
darían á conocer de un modo preciso el estado de las matemáticas y de la
astronomía en las Universidades españolas del siglo XV. Sólo sabemos que
Colón llevaba escritos de antemano los argumentos que debía explanar en
favor de su empresa durante las conferencias tenidas en el convento de
dominicos de San Esteban. Es probable que los documentos conteniendo las
principales causas del descubrimiento, y que quedaron en manos del hijo
de Colón, de Bernáldez, cura de los Palacios, y de Bartolomé de las
Casas, estuvieran redactados conforme á las notas comunicadas á los
catedráticos de Salamanca. Fernando Colón refiere que los catedráticos
objetaron al Almirante con la autoridad de Séneca, que (_por vía de
cuestión_) trataba si el Océano era _infinito_, de suerte que el mundo
era muy grande para ir en tres años al fin del Levante, como quería.
Nada, absolutamente nada, hay en las _Cuestiones Naturales_ de Séneca
que pueda justificar este aserto. Al contrario, está refutado en el
pasaje de Séneca (Præf., § 11) que no era desconocido á D. Fernando
(_Vida del Almirante_, capítulo VII).
4.º Aristóteles, «en el libro de _Las Cosas Naturales_, habla de
haber navegado por el mar Atlántico algunos mercaderes cartagineses á
una isla fertilísima, la cual ponían los portugueses en sus mapas con el
nombre de Antilia, fuera ella, ó una de las islas que se veían todos
los años (á favor de ciertas circunstancias meteorológicas) al Oeste de
las Azores, de Madera y de la Gomera.» Este es el pasaje de las
_Mirabiles Auscultationes_ del pseudo Aristóteles, libro que Mr. Niebuhr
cree escrito hacia la 130 Olimpiada, es decir, seis Olimpiadas después
de la muerte de Theophrasto. Tómase gran trabajo Fernando Colón para
probar, contra Oviedo, que esta isla de los cartagineses no era Haïti ni
Cuba, ni ninguna de las descubiertas por su padre, y cuyo número, en la
época más desventurada de su vida (en 1500), en un fragmento de carta
autógrafa (NAVARRETE, _Colección diplom._, t. II, pág. 254), exagera
hasta 1.700. Verdad es que en esta controversia quéjase D. Fernando de
que, ignorando el griego, su adversario no haya podido leer el pasaje de
Aristóteles sino en los libros de fray Teófilo de Ferraris; pero él
mismo en esta ocasión no daba pruebas de una erudición muy sólida.
Confunde la isla de _Atlanta_, al Norte del Euripo, en el canal, entre
la Lócrida y la Eubea, separada del continente por un terremoto
(Thucydides, III, 39; Plinio, II, 88), con la _Atlántida_ de Solón y de
Platón[84]; convierte en dos personas distintas á Statio Seboso[85], que
permaneció algún tiempo en Cádiz para adquirir noticias de las islas del
_mar exterior_, y toma las islas Azores, cuyas minas nadie ha elogiado,
por las Cassitérides[86].
5.º Strabón, «en el lib. primo y secundo de su _Cosmografía_», habla
de la extensión desmesurada del Atlántico, única causa que impide el
paso de España á la India (es el texto lib. I, pág. 113 Alm., páginas 64
y 65 Cas., y la opinión de Posidonio sobre la navegación del Atlántico
cuando es favorecida por los vientos de Sudeste, lib. II, página 161
Alm., pág. 102 Cas.).
6.º Strabón, en el lib. V, por la inmensa prolongación de la India
hacia el Este, según Ctésias, Onesicrito y Nearco. La cita del lib. V es
falsa, porque en este libro sólo se habla de Italia; pero el testimonio
invocado de tres viajeros á la India da á conocer fácilmente que Colón
quiso alegar el texto de Strabón, lib. XV, pág. 1011 Alm., pág. 690 Cas.
Casi superfluo es repetir aquí que una parte de estos pasajes (los de
Aristóteles, Séneca y Ptolomeo) se encuentran también mencionados en la
carta del Almirante del año 1498 y en su _Libro de las Profecías_. Este
último, si se exceptúa el coro de la _Medea_ de Séneca, sólo contiene
citas de Profetas, de Padres de la Iglesia y de algunos rabinos
convertidos, mezcla de teología mística y de erudición cosmográfica que,
al parecer, caracteriza la vejez de Cristóbal Colón. En efecto, cuanto
no toca al círculo estrecho de los intereses materiales de la vida, se
eleva en el alma ardiente de este hombre extraordinario á una esfera más
noble, á un espiritualismo misterioso. En su opinión, la conquista de
la India recién descubierta no debe tener importancia sino en cuanto
realiza las antiguas profecías y conduce, por los tesoros que da, á la
conquista de la tumba de Cristo (_á la restitución de la Casa Santa_).
Todas las cartas del Almirante expresan su ansiedad por acumular oro.
Aunque duda, hasta la época de su muerte, que América esté separada del
Asia Oriental, escribe ya en 1498 á la Reina que Castilla posee hoy otro
mundo y que recibirá pronto barcos cargados de oro, el cual servirá para
extender la fe en el universo, «porque el oro es excelentissimo; del oro
se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, _hace quanto quiere en el
mundo_, y llega á que echa las animas al Paraíso.» Extraña mezcla de
ideas y de sentimientos en un hombre superior, dotado de clara
inteligencia y de invencible valor en la adversidad; imbuído en la
teología escolástica, y, sin embargo, muy apto para el manejo de los
negocios; de una imaginación ardiente y hasta desordenada, que
impensadamente se eleva, del lenguaje sencillo é ingenuo del marino á
las más felices inspiraciones poéticas, reflejando en él, por decirlo
así, cuanto la Edad Media produce de raro y sublime á la vez.