Progreso de las ideas cosmográficas antes de Colón.
El estado de nuestra civilización europea nos conduce involuntariamente
á Grecia como punto de partida, lo mismo al investigar las opiniones que
contienen los gérmenes de las que hoy dominan, que al recorrer la larga
serie de las atrevidas tentativas realizadas con objeto de ensanchar el
horizonte geográfico.
Durante largo tiempo, la tierra, conforme á las ideas de los primeros
poetas de la escuela jónica, era un disco cuyas orillas ocupaba el
Océano, disco inclinado un poco hacia el Sud á causa del peso que
producía la abundante vegetación en los trópicos[22].
Hacia estas orillas se situaban el Elíseo, las islas de los
Bienaventurados, los Hiperbóreos y el pueblo justo de los Etiopes. La
fertilidad del suelo, la templanza del clima, la fuerza física de los
hombres, la pureza de las costumbres, todos los bienes eran propios de
las extremidades del disco terrestre[23]. De aquí el vago[24] deseo de
llegar á él, ó por el Phase[25] ó por las columnas de Briareo. La
especial configuración de la cuenca del Mediterráneo, abierta al
Occidente, impulsó el interés de los navegantes fenicios hacia la parte
atlántica del Océano. La historia de la Geografía presenta esta serie de
intentos desde los tiempos más remotos para avanzar progresivamente en
la dirección occidental, intentos debidos al ansia de ganancias, á
curiosidad aventurera ó al azar de las tormentas; presenta además larga
serie de descubrimientos presididos por la misma idea y favorecidos por
los mismos accidentes. Desde Colæus de Samos, arrastrado por los vientos
de Levante fuera de su camino, en su travesía de la isla de Platea á las
costas de Egipto, se llega á las gigantescas empresas de Colón y de
Magallanes. El horizonte geográfico se ensancha poco á poco desde el mar
Egeo al meridiano de las Syrtes, desde aquí á las columnas de Hércules
y fuera del Estrecho, con Hannón hacia el Sur y con Pytheas hacia el
Norte. Las atrevidas empresas de los fenicios fueron precedidas[26] de
los tímidos ensayos de los marinos de Creta, Samos y Focea. El antiguo
conocimiento que los fenicios tenían del río Océano, más allá de las
columnas de Hércules, acaso lo pone de manifiesto el mismo nombre que
adoptaron los helenos para designar el mar exterior[27].
Desde los tiempos homéricos creían los griegos que á Poniente había
parajes ricos y fértiles; pero su conocimiento exacto de la cuenca del
Mediterráneo no se extendía más allá del meridiano de la Gran Syrte y de
Sicilia. Toda la parte occidental de esta cuenca que los fenicios
surcaban hacía ya largo tiempo, no la conocieron los helenos hasta
después del viaje, cuya importancia reconoció Herodoto[28], de Colæus de
Samos, que llegó hasta Tartesus y el cabo Soloé.
El Periplo atribuído á Scylax[29], compuesto probablemente en la época
de Filipo de Macedonia, designa más allá de Cerne un mar de Sargazo, una
abundancia de fuco que anuncia la proximidad de las islas de Cabo Verde,
pero que no me parece idéntico al mar de Sargazo que menciona el pseudo
Aristóteles en la compilación conocida con el nombre de _Narraciones
maravillosas_[30].
Cuando no se quieren perder de vista las grandes divisiones naturales de
la geografía física y su constante influencia en los destinos de los
pueblos, reconócense en las épocas memorables de los progresos de la
navegación del Mediterráneo de Este á Oeste las tres grandes cuencas
parciales en que se subdivide la gran depresión de este mar, según he
indicado ya en otra obra[31]. La cuenca del mar Egeo está limitada al
Sur por una curva que pasa por Rodas, Candía, Cerigo y el cabo Meleo; la
cuenca de las Syrtes tiende á cerrarse entre el cabo Bon, la isla
Pantelaria, el banco que M. Smyth nombra _Adventure Bank_ y el cabo
Grantola, tendencia cuya acción continua acaba de demostrar la aparición
de una nueva isla volcánica (isla de Graham). No debe olvidarse que esta
reseña de geografía física presenta á Cartago fundada cerca del punto en
que la cuenca tirrena (de Cerdeña y de las islas Baleares) se une á la
cuenca jónica (de Malta y de las Syrtes), y que la Grecia comerciante
dominaba á la vez por su posición en esta última cuenca y en la del mar
Egeo. La expedición de Colæus de Samos[32] fué la que abrió á los
griegos la tercera y más occidental de estas cuencas, terminada por las
columnas de Hércules.
Desde que á la hipótesis del disco de la tierra nadando en el agua,
sustituyó la idea de la esfericidad de la tierra, idea propia de los
Pitagóricos (Hicétas, Ecphantos y Eraclides del Puente)[33] y de
Parmenides de Elea; expuesta y defendida con admirable claridad por
Aristóteles[34], no se necesitó grande esfuerzo de ingenio para entrever
la posibilidad de navegar desde la extremidad de Europa y Africa á las
costas orientales de Asia. Encontramos, en efecto, esta posibilidad
claramente enunciada en el _Tratado del cielo_, del Stagirita (últimas
líneas del libro segundo), y en dos lugares célebres de Strabón[35]. Por
ahora basta enunciar aquí que ambos autores hablan _de un solo mar que
baña las costas opuestas_. No considera Aristóteles la distancia muy
grande, y deduce ingeniosamente de la geografía de los animales un
argumento en favor de su opinión. Recuerda los elefantes que viven en
las regiones extremas y opuestas, y así confirma (sea dicho
incidentalmente) la antigua existencia de estos grandes paquidermos al
Noroeste del desierto de Sahara[36]. Considera muy probable que además
de la gran isla que forman Europa, Asia y Africa, existan en el
hemisferio opuesto otras menos grandes[37]. Strabón no encuentra otro
obstáculo para pasar de Iberia á las Indias que la desmesurada anchura
del Océano Atlántico.
Las ideas que acabamos de exponer se conservaron y propagaron entre gran
número de hombres notables á través de la Edad Media hasta la época de
Colón. Verdad es que los escrúpulos teológicos de Lactancio, de San Juan
Crisóstomo y de algunos otros Padres de la Iglesia, contribuyeron á
impulsar el espíritu humano en un sentido retrógrado. Repetíanse las
objeciones y las burlas que emplearon los epicúreos para combatir el
dogma pitagórico y la esfericidad de la tierra. Por fortuna la
generalidad no asintió á estas ilusiones. La _Topografía cristiana_[38]
vagamente atribuída á un mercader de Alejandría, que se hizo fraile en
el reinado del emperador Justiniano, y al cual llaman Cosmas
Indicopleustes, nos da á conocer en forma sistemática las extrañas
opiniones de los Padres de la Iglesia. Vuelve á ser la tierra una
superficie plana, no un disco, como en tiempo de Thales, sino un
paralelógramo rodeado de las aguas del Océano y simétricamente recortado
por cuatro golfos (el mar Caspio, los golfos de Arabia y de Persia y el
_Romanorum sinus_, es decir, nuestro Mediterráneo).
Según la enumeración que Strabón hizo clásica[39]: «Más allá del Océano
que circunda los cuatro lados del continente interior, el cual
representa el _área_ del tabernáculo de Moisés, hay situada otra tierra
que contiene el paraíso y que habitaron los hombres hasta la época del
diluvio.» Equivocadamente se ha querido comparar á América, esta tierra
antediluviana, opuesta no á la Europa occidental, sino á toda la isla de
forma cuadrilonga del antiguo continente.
Se ha supuesto que al llegar Cristóbal Colón á la embocadura del Orinoco
reconoció en esta región el paraíso terrestre, según los dogmas de la
_Topografía cristiana_; pero el Almirante no menciona para nada á
Cosmas, ni en la carta que en 1498 dirigió á los Reyes Católicos,
fechada en la isla de Haïtí, carta llena de rasgos de pedantesca
erudición, ni en el libro de las _Profecías_. Para situar el paraíso en
la América del Sur no tuvo otros motivos que la abundancia de las aguas
dulces que la riegan, la belleza de un clima que, sobre el mar,
parecióle singularmente templado y la extraña hipótesis[40] de una
protuberancia irregular de la tierra hacia Occidente, donde «la costa de
Paria está más próxima á la bóveda celeste que España».
Acaso sea más exacta la conjetura de que en la cosmología de Dante
(mezcla de ideas cristianas y árabes) esta tierra habitada sólo por la
_prima gente_, y á la cual se llega saliendo del Estrecho y navegando
entre Sibilia y Setta (Sevilla y Ceuta), primero de Este á Oeste
_dietro al sole_, y después al Sudoeste, está relacionada con la
cosmología de algunos Padres de la Iglesia, del modo que Cosmas (si
efectivamente hubo un monje así llamado) la sistematizó. Pero Dante, muy
erudito y filósofo, admitía la esfericidad de la tierra, y el paraíso
que coronaba la cima de la montaña del _purgatorio_ está situado, según
él, en medio de los mares del hemisferio austral, en los antípodas de
Jerusalén[41].
El mapamundi del Indicopleustes llama la atención por su ingenua y
bárbara sencillez. Producto del siglo VI, apenas presenta la imagen de
los primeros ensayos geográficos de los griegos, y muy bien puede
creerse que, á pesar de ser más de trescientos años posterior á Claudio
Ptolomeo, es muy inferior al Pinax de Hecátea que el tirano
Aristagoro[42] llevó á Esparta.
El autor de la _Topografía cristiana_, á quien se debe la interesante
inscripción del monumento de Adulis, tuvo, no obstante, el mérito de
saber que las costas del país de los Tzines[43], de donde viene la seda,
están opuestas al Levante y bañadas por un mar oriental. Este fué el
primer paso dado para rectificar las ideas acerca de la posición de la
India y de la China (país de los Tzines) y de la dirección de las costas
de Asia, hacia las cuales bogaba la expedición de Colón[44].
Inspirado por los árabes, por los cosmógrafos italianos y alemanes, por
las narraciones de Marco Polo, que le transmitió Toscanelli, y sobre
todo por las obras del cardenal Pedro d’Ailly, el gran navegante bebía
en fuentes que le proporcionaban abundantes motivos para la ejecución de
su proyecto y le animaban á buscar el Levante y las preciosas especias
por la vía de Poniente.
Escojamos entre los árabes el geógrafo de la Nubia: «El mar que baña las
costas occidentales de Africa, dice el scherif Edrisi, entra en el
Mediterráneo (_Mare Damascenum_) por el canal que Dhoulcarnaïn,
personaje heróico _bicorne_, confundido con el hijo de Filipo de
Macedonia, hizo abrir en tiempo de Abraham. Este _bicorne_ ordenó la
nivelación de la superficie de las aguas. Una reunión de geómetras
encontró el _Mar Tenebroso_ (el Océano) algo más elevado[45] que el
Mediterráneo» (rasgo de un mito geográfico; alude á la dirección de la
corriente que, según Rennell, viene del cabo Finisterre á lo largo de
las costas de Portugal y entra por el Estrecho de Gibraltar). El Mar
Tenebroso llámase así (Edrisi[46] mismo dice el motivo en estos
términos, según la versión latina): _Quoniam scilicet ultra illud quid
sit ignoratur. Nullus enim hominum habere potuit quidquam certi de ipso
ob difficilem ejus navigationem, lucis obscuritatem_ (singular propiedad
de un mar en que Edrisi sitúa las islas Afortunadas, _el dschasajir el
chalidath_, derivando de _chuld_, paraíso, islas que gozan del más bello
cielo) «_et frequentiam procellarum. Nemo nautarum_ _auserit illud
sulcare aut in altum navigare._ Si se han explorado algunos puntos es á
corta distancia de las costas; sábese, sin embargo, que el Mar Tenebroso
(el Atlántico) contiene muchas islas, unas habitadas y otras desiertas»
(_non obrutæ_, devastadas, como dice la versión latina). «El mar de Sin
(de la China) que baña las tierras de Gog y de Magog (la extremidad
oriental del Asia) comunica con el Mar Tenebroso. Por la parte de Asia
las últimas tierras son las islas Vac-vac, _ultra quas quid sit
ignoratur_»[47]. He aquí, pues, mencionada por los árabes, como en el
pasaje de Aristóteles (_De Cœlo_, II, 14), con tanta frecuencia citado
por Colón, la unión de los mares de la China y del Atlántico tenebroso.
Pero Edrisi, en vez de suponer, como los escritores de la antigüedad,
muchas _grandes islas terrestres_, es decir, otras masas continentales,
separadas de las que forman Europa, Asia y Africa, cree que el
hemisferio opuesto al nuestro es enteramente acuático. _Oceanus ambit
mediam partem terræ quasi zona, adeo ut media tantum pars terræ appareat
ac si esset ovum immersum in aquam cratere contentam[48]; nam eodem modo
dimidia pars terræ est obruta mari._
Sabido es que entre los cosmógrafos de la Edad Media como entre los de
la antigüedad, desde Parmenides de Elea hasta los Alejandrinos, había
dos opiniones respecto á la extensión de las zonas habitables. Edrisi, á
quien acabamos de nombrar, y cuya influencia ha sido tan poderosa
durante siglos, colocaba toda la tierra habitada en la zona templada
septentrional[49]; pero cien años después de él, Alberto el Grande
(Alberto de Bollstadt) no dudaba en manera alguna que la superficie del
globo estaba habitada hasta el grado 50 de latitud austral[50]. Celoso
propagandista de las obras de Aristóteles, que empezaban á dar á
conocer los árabes de España y los rabinos arabizantes, fué Alberto para
la Europa cristiana lo que Avicenas había sido para el Oriente. Sus
diversos tratados son más que paráfrasis de Aristóteles: el _Liber
cosmographicus de natura locorum_ es un compendio de geografía física en
que expone el autor, no sin sagacidad, cómo la diferencia de latitud y
el estado de la superficie terrestre producen simultáneamente la
diferencia local de los climas[51]. «Toda la zona tórrida es habitable,
y es una inepcia del pueblo (_vulgaris imperitia_) el creer que los que
tienen los pies dirigidos hacia nosotros deben necesariamente caerse.
Los mismos climas se repiten en el hemisferio inferior al otro lado del
Ecuador, y existen dos razas de etiopes (negros de cabellos lanosos),
los del trópico boreal y los negros del trópico austral (no necesito
recordar que estas ideas las enunciaron claramente Aristóteles, Cicerón,
Strabón y Pomponio Mela). El hemisferio inferior, antípoda al nuestro,
no es completamente acuático; en gran parte está habitado, y si los
hombres de estas lejanas regiones no llegan á nosotros es á causa de los
anchos mares interpuestos; acaso también (la afición á lo maravilloso,
y á lo maravilloso más raro, mézclase siempre en el siglo XIII á las
observaciones más juiciosas), acaso también algún poder magnético
retiene las _carnes humanas_, como el imán retiene el hierro.
«Además los pueblos de la zona tórrida, lejos de sufrir en su
inteligencia por el calor del clima, son muy instruídos, como lo prueban
_los libros de filosofía y de astronomía que han llegado á nosotros de
la India_»[52]. En la edición de Estrasburgo, de que me valgo, y que se
publicó tres años después de la muerte de Amerigo Vespucci[53], el
editor Jorge Tanstetter se maravilló tanto de las conjeturas de Alberto
el Grande acerca de las tierras del hemisferio austral, habitado hasta
el grado 50 de latitud, que consideró la navegación de Amerigo Vespucci
como una profecía cumplida.
Estas mismas nociones sobre la posibilidad de ir directamente á la India
por la vía del Oeste, sobre las partes de la tierra que son habitables
y la relación entre las superficies de los continentes y de los mares
(la extensión de éstos considerábase erróneamente entonces menor que la
de las tierras), encuéntranse en Roger Bacon, hombre prodigioso por la
variedad de sus conocimientos, la libertad de su espíritu y la tendencia
de sus trabajos hacia la reforma de los estudios físicos. Continuando la
vía abierta por los árabes para perfeccionar los instrumentos y los
métodos de observación, no sólo fué el fundador[54] de la _ciencia
experimental_, sino que abarcó simultáneamente en su vasta erudición
cuanto podía aprender en las obras de Aristóteles, más asequibles desde
poco tiempo antes por las versiones de Miguel Scott, y en las relaciones
de dos viajeros contemporáneos suyos, Rubruquis y Plano Carpini. No
rebaja el mérito de Colón el recuerdo de esta continuación de opiniones
y de conjeturas, que se reconoce (á través de la pretendida
universalidad de las tinieblas de la Edad Media) desde los cosmógrafos
de la antigüedad, hasta el fin del siglo XV. Las tinieblas se extendían
sin duda sobre las masas; pero en los conventos y en los colegios
conservaron algunas personas las tradiciones de la antigüedad. Bacon
mismo, reconociendo lo que llama el _poder de la erudición y del
conocimiento de las lenguas_, «da cuenta de una ardiente afición al
estudio que observa, sobre todo desde hace cuarenta años, en las
ciudades y en los monasterios, al lado de la ignorancia general de los
pueblos».
Cuando se trata de una continuación de ideas, de un enlace de opiniones,
preciso es contar por algo esa parte de la Edad Media en que se agrupan,
alrededor de Roger Bacon, Alberto el Grande, Scott, Vicente de Beauvais
y viajeros de tanto mérito como Plano Carpini, Ascelin, Rubruquis y
Marco Polo. En todas las épocas de la vida de los pueblos, lo que toca
al progreso de la razón, al perfeccionamiento de la inteligencia, tiene
las raíces en los siglos anteriores, y esta división de edades,
consagrada por los historiadores modernos, tiende á separar lo que está
ligado por mutuo encadenamiento. A veces en medio de una aparente
inercia germinan grandes ideas en algunos privilegiados talentos, y en
el curso de un desarrollo intelectual no interrumpido, pero limitado,
por decirlo así, á un corto espacio, débense memorables descubrimientos
á impulsos lejanos y casi inadvertidos.
Entre los autores que consultaba Colón y que después examinaremos, á
ninguno cita con tanta predilección como al cardenal Pedro de Ailly[55],
ó como se le llama en latín, Petrus de Alliaco. Probablemente el
Almirante aprendió en el tratado _De Imagine Mundi_ cuanto sabía de las
opiniones de Aristóteles, de Strabón y de Séneca sobre la facilidad de
ir á la India por el camino de Occidente. Un hecho raro parece probar
especialmente la profunda impresión que dejó en su ánimo la lectura del
octavo capítulo del tratado de Alliaco que se titula _De quantitate
terræ habitabilis_. Sorprende encontrar un largo extracto, y casi la
traducción de este capítulo, en una carta de Colón escrita desde la isla
de Haití (Hispaniola) á los Reyes Católicos, pocas semanas después de
volver de la costa de Paria[56]. Forman las obras de Alliaco doce
trataditos, cuatro de ellos de cosmografía, reunidos todos en un solo
volumen de unas 350 páginas[57], al cual hay añadidos algunos escritos
del canciller de la Universidad de París Juan Charlier de Gerson. Es
probable que este tomo no fuera impreso hasta 1490. Como en las
_Profecías_ cita también Colón páginas enteras de las obras de
Alliaco[461], y al mismo tiempo cita también á Gerson, es probable que
poseyera el tomo indicado, ó que llevara consigo á bordo del buque en su
tercer viaje una copia manuscrita[58] del _Imago Mundi_ sólo, y que la
mención simultánea de los nombres de Alliaco y Gerson sea puramente
accidental. He observado, comparando diferentes textos, que el párrafo
traducido por el Almirante en su carta á los Monarcas, lo tomó casi
literalmente Alliaco del _Opus majus_ de Roger Bacon. Verdad es que el
Cardenal dice al final del _Imago Mundi_: «_scriptura ex pluribus
auctoribus recollecta anno MCCCCX_»; pero entre tantos nombres de
autores clásicos y de cosmógrafos árabes, jamás cita el nombre célebre
de Roger Bacon.
Puede creerse que Colón tenía también á la vista el final de este mismo
pasaje de Alliaco, cuando al principio de la carta de 1498 excita á los
Monarcas á continuar las grandes empresas, á imitación «de Alejandro,
que envió á ver el regimiento de la isla de Trapobana en India, y Nerón
César á ver las fuentes del Nilo y la razón por qué crecían en el
verano, cuando las aguas son pocas, y de Salomón, que envió á ver el
monte Sopora»[59].
Es verosímil que la obra de Roger Bacon, ciento cuarenta años más
antigua que los tratados cosmográficos de Pedro d’Ailly, no la conociera
el Almirante; sin embargo, el _Opus majus_ contenía muchas más noticias
sobre el interior de Asia y la extremidad oriental de este continente
que el _Imago Mundi_.
De igual suerte que Vicente Beauvais en el _Speculum_ _majus_, especie
de _Djihan numa_ (espejo del mundo), compuesto por orden de San Luis y
de la reina Margarita de Provenza, nos ha conservado, conforme á las
relaciones de Simón de Saint Quentin los viajes de Ascelin, Roger Bacon
presenta los preciosos extractos de las relaciones oficiales de Juan de
Plano Carpini, y sobre todo de Ruisbroek ó Rubruquis, que generalmente
llama _frater Willielmus, quem dominus rex Franciæ misit ad Tartaros_.
El viaje del monje de Brabante al Este de Asia precedió en diez y ocho
años al de Marco Polo, y confirmó la exactitud de las primeras nociones
de Herodoto, Aristóteles, Diodoro y Ptolomeo acerca de la existencia del
mar Caspio como mar interior. Fué el primero que dió á conocer la
analogía del alemán con un idioma indogermánico, que habían conservado
en Crimea algunos restos de tribus de godos ó de alanos. Atravesó la
Gran Hunnia ó Hungría (Yugria), pasando el Volga (Ethel) hacia la
extremidad del Ural Baschkir (tierra _Pascatyr_, corrupción del nombre
_Bachghird_), y por lo que creo poder deducir de mis conocimientos de
estas comarcas, es probable que recorriera las planicies de Guberlinsk y
de Orskaja. Es el primero de todos los geógrafos cristianos que da una
idea exacta de la posición de China, la cual designa con el nombre mogol
de Khathay (_Cathaia_), de sus fábricas de seda y de su papel moneda, en
el que hay _impresos algunos signos_ «Ultra Thebet qui solent comedere
parentes suos causa pietatis, ut non faceret eis alia sepulchra nisi
viscera sua, est Magna Catahia[60] quæ Seres dicitur apud philosophos;
et est in extremitate orientis á parte aquilonari respectu Indiæ, divisa
ab ea per sinum maris et montes. Hic fiunt panni sericci, et istorum
_Cathaiorum moneta vulgaris est carta de gambasio in qua imprimunt[61]
quasdam lineas_.»
Las valerosas expediciones que como humildes monjes hicieron Plano
Carpini, Rubruquis, Bartolomé de Cremona y Ascelin á las comarcas más
lejanas de Asia, pusieron en circulación nueva serie de ideas en la
época de Bacon. El funesto desbordamiento de los mogoles á través de
Polonia hasta más allá del Oder, donde les detuvo la batalla de Wahlstad
(9 de Abril de 1241), debilitando sus fuerzas, dió ocasión á estos
viajes extraordinarios en que la diplomacia monacal se ocultaba bajo el
velo del proselitismo y de la piedad. Era aquella la época memorable
entre la muerte de Tchinghiz y de Kublaï-Khan, en que el gran imperio
Mogol, que acababa de dividirse entre los descendientes del fundador,
aun conservaba alguna unidad por la supremacía de la dinastía de los
Yuan, residente en la extremidad oriental del mundo conocido.
Esta unidad de voluntad y de instituciones facilitaba el acceso, en
condiciones no reproducidas posteriormente de una vasta región del Asia
central al Sud del Altaï y al Norte de la cordillera de Kuenlum ó
Kulkun, que rodea el Tibet septentrional, desde la depresión del mar
Caspio, desde el Djihun (Oxus) y el Sihun (Jarxates), hasta la
embocadura de Huang-ho y las costas de Quinsaï y de Zaitun. Las obras
cosmográficas escritas en esta época anuncian ese crecimiento de ideas
que acompaña siempre al ensanche físico del horizonte. Favoreció los
largos viajes de los Poli (Maffio ó Mateo, Nicolás y Marcos, de 1250 á
1295), el estado del Asia central, en donde, por las relaciones y
comunicaciones rápidas entre pueblos pastores y semisalvajes y pueblos
letrados ó instruídos desde hacía largo tiempo, la barbarie y la
civilización por extraño modo se tocaban.
Roger Bacon terminó su larga y gloriosa carrera un año antes del regreso
de Marco Polo; no podía, pues, tener conocimiento alguno de este viaje
extraordinario.
La segunda mitad del siglo XIII, fecundada por tantos gérmenes de
conceptos nuevos, poniendo por el comercio de los pisanos, de los
genoveses y de los venecianos el Occidente en contacto con las regiones
de Oriente, tan interesantes por las producciones de su suelo, los
progresos de las artes industriales y la variedad de las instituciones
sociales, dió poderoso impulso al movimiento de ideas, al ardiente deseo
de atrevidas empresas que ilustraron la era del infante D. Enrique, de
Colón y de Gama.