II.

Progreso de las ideas cosmográficas antes de Colón.

El estado de nuestra civilización europea nos conduce involuntariamente

á Grecia como punto de partida, lo mismo al investigar las opiniones que

contienen los gérmenes de las que hoy dominan, que al recorrer la larga

serie de las atrevidas tentativas realizadas con objeto de ensanchar el

horizonte geográfico.

Durante largo tiempo, la tierra, conforme á las ideas de los primeros

poetas de la escuela jónica, era un disco cuyas orillas ocupaba el

Océano, disco inclinado un poco hacia el Sud á causa del peso que

producía la abundante vegetación en los trópicos[22].

Hacia estas orillas se situaban el Elíseo, las islas de los

Bienaventurados, los Hiperbóreos y el pueblo justo de los Etiopes. La

fertilidad del suelo, la templanza del clima, la fuerza física de los

hombres, la pureza de las costumbres, todos los bienes eran propios de

las extremidades del disco terrestre[23]. De aquí el vago[24] deseo de

llegar á él, ó por el Phase[25] ó por las columnas de Briareo. La

especial configuración de la cuenca del Mediterráneo, abierta al

Occidente, impulsó el interés de los navegantes fenicios hacia la parte

atlántica del Océano. La historia de la Geografía presenta esta serie de

intentos desde los tiempos más remotos para avanzar progresivamente en

la dirección occidental, intentos debidos al ansia de ganancias, á

curiosidad aventurera ó al azar de las tormentas; presenta además larga

serie de descubrimientos presididos por la misma idea y favorecidos por

los mismos accidentes. Desde Colæus de Samos, arrastrado por los vientos

de Levante fuera de su camino, en su travesía de la isla de Platea á las

costas de Egipto, se llega á las gigantescas empresas de Colón y de

Magallanes. El horizonte geográfico se ensancha poco á poco desde el mar

Egeo al meridiano de las Syrtes, desde aquí á las columnas de Hércules

y fuera del Estrecho, con Hannón hacia el Sur y con Pytheas hacia el

Norte. Las atrevidas empresas de los fenicios fueron precedidas[26] de

los tímidos ensayos de los marinos de Creta, Samos y Focea. El antiguo

conocimiento que los fenicios tenían del río Océano, más allá de las

columnas de Hércules, acaso lo pone de manifiesto el mismo nombre que

adoptaron los helenos para designar el mar exterior[27].

Desde los tiempos homéricos creían los griegos que á Poniente había

parajes ricos y fértiles; pero su conocimiento exacto de la cuenca del

Mediterráneo no se extendía más allá del meridiano de la Gran Syrte y de

Sicilia. Toda la parte occidental de esta cuenca que los fenicios

surcaban hacía ya largo tiempo, no la conocieron los helenos hasta

después del viaje, cuya importancia reconoció Herodoto[28], de Colæus de

Samos, que llegó hasta Tartesus y el cabo Soloé.

El Periplo atribuído á Scylax[29], compuesto probablemente en la época

de Filipo de Macedonia, designa más allá de Cerne un mar de Sargazo, una

abundancia de fuco que anuncia la proximidad de las islas de Cabo Verde,

pero que no me parece idéntico al mar de Sargazo que menciona el pseudo

Aristóteles en la compilación conocida con el nombre de _Narraciones

maravillosas_[30].

Cuando no se quieren perder de vista las grandes divisiones naturales de

la geografía física y su constante influencia en los destinos de los

pueblos, reconócense en las épocas memorables de los progresos de la

navegación del Mediterráneo de Este á Oeste las tres grandes cuencas

parciales en que se subdivide la gran depresión de este mar, según he

indicado ya en otra obra[31]. La cuenca del mar Egeo está limitada al

Sur por una curva que pasa por Rodas, Candía, Cerigo y el cabo Meleo; la

cuenca de las Syrtes tiende á cerrarse entre el cabo Bon, la isla

Pantelaria, el banco que M. Smyth nombra _Adventure Bank_ y el cabo

Grantola, tendencia cuya acción continua acaba de demostrar la aparición

de una nueva isla volcánica (isla de Graham). No debe olvidarse que esta

reseña de geografía física presenta á Cartago fundada cerca del punto en

que la cuenca tirrena (de Cerdeña y de las islas Baleares) se une á la

cuenca jónica (de Malta y de las Syrtes), y que la Grecia comerciante

dominaba á la vez por su posición en esta última cuenca y en la del mar

Egeo. La expedición de Colæus de Samos[32] fué la que abrió á los

griegos la tercera y más occidental de estas cuencas, terminada por las

columnas de Hércules.

Desde que á la hipótesis del disco de la tierra nadando en el agua,

sustituyó la idea de la esfericidad de la tierra, idea propia de los

Pitagóricos (Hicétas, Ecphantos y Eraclides del Puente)[33] y de

Parmenides de Elea; expuesta y defendida con admirable claridad por

Aristóteles[34], no se necesitó grande esfuerzo de ingenio para entrever

la posibilidad de navegar desde la extremidad de Europa y Africa á las

costas orientales de Asia. Encontramos, en efecto, esta posibilidad

claramente enunciada en el _Tratado del cielo_, del Stagirita (últimas

líneas del libro segundo), y en dos lugares célebres de Strabón[35]. Por

ahora basta enunciar aquí que ambos autores hablan _de un solo mar que

baña las costas opuestas_. No considera Aristóteles la distancia muy

grande, y deduce ingeniosamente de la geografía de los animales un

argumento en favor de su opinión. Recuerda los elefantes que viven en

las regiones extremas y opuestas, y así confirma (sea dicho

incidentalmente) la antigua existencia de estos grandes paquidermos al

Noroeste del desierto de Sahara[36]. Considera muy probable que además

de la gran isla que forman Europa, Asia y Africa, existan en el

hemisferio opuesto otras menos grandes[37]. Strabón no encuentra otro

obstáculo para pasar de Iberia á las Indias que la desmesurada anchura

del Océano Atlántico.

Las ideas que acabamos de exponer se conservaron y propagaron entre gran

número de hombres notables á través de la Edad Media hasta la época de

Colón. Verdad es que los escrúpulos teológicos de Lactancio, de San Juan

Crisóstomo y de algunos otros Padres de la Iglesia, contribuyeron á

impulsar el espíritu humano en un sentido retrógrado. Repetíanse las

objeciones y las burlas que emplearon los epicúreos para combatir el

dogma pitagórico y la esfericidad de la tierra. Por fortuna la

generalidad no asintió á estas ilusiones. La _Topografía cristiana_[38]

vagamente atribuída á un mercader de Alejandría, que se hizo fraile en

el reinado del emperador Justiniano, y al cual llaman Cosmas

Indicopleustes, nos da á conocer en forma sistemática las extrañas

opiniones de los Padres de la Iglesia. Vuelve á ser la tierra una

superficie plana, no un disco, como en tiempo de Thales, sino un

paralelógramo rodeado de las aguas del Océano y simétricamente recortado

por cuatro golfos (el mar Caspio, los golfos de Arabia y de Persia y el

_Romanorum sinus_, es decir, nuestro Mediterráneo).

Según la enumeración que Strabón hizo clásica[39]: «Más allá del Océano

que circunda los cuatro lados del continente interior, el cual

representa el _área_ del tabernáculo de Moisés, hay situada otra tierra

que contiene el paraíso y que habitaron los hombres hasta la época del

diluvio.» Equivocadamente se ha querido comparar á América, esta tierra

antediluviana, opuesta no á la Europa occidental, sino á toda la isla de

forma cuadrilonga del antiguo continente.

Se ha supuesto que al llegar Cristóbal Colón á la embocadura del Orinoco

reconoció en esta región el paraíso terrestre, según los dogmas de la

_Topografía cristiana_; pero el Almirante no menciona para nada á

Cosmas, ni en la carta que en 1498 dirigió á los Reyes Católicos,

fechada en la isla de Haïtí, carta llena de rasgos de pedantesca

erudición, ni en el libro de las _Profecías_. Para situar el paraíso en

la América del Sur no tuvo otros motivos que la abundancia de las aguas

dulces que la riegan, la belleza de un clima que, sobre el mar,

parecióle singularmente templado y la extraña hipótesis[40] de una

protuberancia irregular de la tierra hacia Occidente, donde «la costa de

Paria está más próxima á la bóveda celeste que España».

Acaso sea más exacta la conjetura de que en la cosmología de Dante

(mezcla de ideas cristianas y árabes) esta tierra habitada sólo por la

_prima gente_, y á la cual se llega saliendo del Estrecho y navegando

entre Sibilia y Setta (Sevilla y Ceuta), primero de Este á Oeste

_dietro al sole_, y después al Sudoeste, está relacionada con la

cosmología de algunos Padres de la Iglesia, del modo que Cosmas (si

efectivamente hubo un monje así llamado) la sistematizó. Pero Dante, muy

erudito y filósofo, admitía la esfericidad de la tierra, y el paraíso

que coronaba la cima de la montaña del _purgatorio_ está situado, según

él, en medio de los mares del hemisferio austral, en los antípodas de

Jerusalén[41].

El mapamundi del Indicopleustes llama la atención por su ingenua y

bárbara sencillez. Producto del siglo VI, apenas presenta la imagen de

los primeros ensayos geográficos de los griegos, y muy bien puede

creerse que, á pesar de ser más de trescientos años posterior á Claudio

Ptolomeo, es muy inferior al Pinax de Hecátea que el tirano

Aristagoro[42] llevó á Esparta.

El autor de la _Topografía cristiana_, á quien se debe la interesante

inscripción del monumento de Adulis, tuvo, no obstante, el mérito de

saber que las costas del país de los Tzines[43], de donde viene la seda,

están opuestas al Levante y bañadas por un mar oriental. Este fué el

primer paso dado para rectificar las ideas acerca de la posición de la

India y de la China (país de los Tzines) y de la dirección de las costas

de Asia, hacia las cuales bogaba la expedición de Colón[44].

Inspirado por los árabes, por los cosmógrafos italianos y alemanes, por

las narraciones de Marco Polo, que le transmitió Toscanelli, y sobre

todo por las obras del cardenal Pedro d’Ailly, el gran navegante bebía

en fuentes que le proporcionaban abundantes motivos para la ejecución de

su proyecto y le animaban á buscar el Levante y las preciosas especias

por la vía de Poniente.

Escojamos entre los árabes el geógrafo de la Nubia: «El mar que baña las

costas occidentales de Africa, dice el scherif Edrisi, entra en el

Mediterráneo (_Mare Damascenum_) por el canal que Dhoulcarnaïn,

personaje heróico _bicorne_, confundido con el hijo de Filipo de

Macedonia, hizo abrir en tiempo de Abraham. Este _bicorne_ ordenó la

nivelación de la superficie de las aguas. Una reunión de geómetras

encontró el _Mar Tenebroso_ (el Océano) algo más elevado[45] que el

Mediterráneo» (rasgo de un mito geográfico; alude á la dirección de la

corriente que, según Rennell, viene del cabo Finisterre á lo largo de

las costas de Portugal y entra por el Estrecho de Gibraltar). El Mar

Tenebroso llámase así (Edrisi[46] mismo dice el motivo en estos

términos, según la versión latina): _Quoniam scilicet ultra illud quid

sit ignoratur. Nullus enim hominum habere potuit quidquam certi de ipso

ob difficilem ejus navigationem, lucis obscuritatem_ (singular propiedad

de un mar en que Edrisi sitúa las islas Afortunadas, _el dschasajir el

chalidath_, derivando de _chuld_, paraíso, islas que gozan del más bello

cielo) «_et frequentiam procellarum. Nemo nautarum_ _auserit illud

sulcare aut in altum navigare._ Si se han explorado algunos puntos es á

corta distancia de las costas; sábese, sin embargo, que el Mar Tenebroso

(el Atlántico) contiene muchas islas, unas habitadas y otras desiertas»

(_non obrutæ_, devastadas, como dice la versión latina). «El mar de Sin

(de la China) que baña las tierras de Gog y de Magog (la extremidad

oriental del Asia) comunica con el Mar Tenebroso. Por la parte de Asia

las últimas tierras son las islas Vac-vac, _ultra quas quid sit

ignoratur_»[47]. He aquí, pues, mencionada por los árabes, como en el

pasaje de Aristóteles (_De Cœlo_, II, 14), con tanta frecuencia citado

por Colón, la unión de los mares de la China y del Atlántico tenebroso.

Pero Edrisi, en vez de suponer, como los escritores de la antigüedad,

muchas _grandes islas terrestres_, es decir, otras masas continentales,

separadas de las que forman Europa, Asia y Africa, cree que el

hemisferio opuesto al nuestro es enteramente acuático. _Oceanus ambit

mediam partem terræ quasi zona, adeo ut media tantum pars terræ appareat

ac si esset ovum immersum in aquam cratere contentam[48]; nam eodem modo

dimidia pars terræ est obruta mari._

Sabido es que entre los cosmógrafos de la Edad Media como entre los de

la antigüedad, desde Parmenides de Elea hasta los Alejandrinos, había

dos opiniones respecto á la extensión de las zonas habitables. Edrisi, á

quien acabamos de nombrar, y cuya influencia ha sido tan poderosa

durante siglos, colocaba toda la tierra habitada en la zona templada

septentrional[49]; pero cien años después de él, Alberto el Grande

(Alberto de Bollstadt) no dudaba en manera alguna que la superficie del

globo estaba habitada hasta el grado 50 de latitud austral[50]. Celoso

propagandista de las obras de Aristóteles, que empezaban á dar á

conocer los árabes de España y los rabinos arabizantes, fué Alberto para

la Europa cristiana lo que Avicenas había sido para el Oriente. Sus

diversos tratados son más que paráfrasis de Aristóteles: el _Liber

cosmographicus de natura locorum_ es un compendio de geografía física en

que expone el autor, no sin sagacidad, cómo la diferencia de latitud y

el estado de la superficie terrestre producen simultáneamente la

diferencia local de los climas[51]. «Toda la zona tórrida es habitable,

y es una inepcia del pueblo (_vulgaris imperitia_) el creer que los que

tienen los pies dirigidos hacia nosotros deben necesariamente caerse.

Los mismos climas se repiten en el hemisferio inferior al otro lado del

Ecuador, y existen dos razas de etiopes (negros de cabellos lanosos),

los del trópico boreal y los negros del trópico austral (no necesito

recordar que estas ideas las enunciaron claramente Aristóteles, Cicerón,

Strabón y Pomponio Mela). El hemisferio inferior, antípoda al nuestro,

no es completamente acuático; en gran parte está habitado, y si los

hombres de estas lejanas regiones no llegan á nosotros es á causa de los

anchos mares interpuestos; acaso también (la afición á lo maravilloso,

y á lo maravilloso más raro, mézclase siempre en el siglo XIII á las

observaciones más juiciosas), acaso también algún poder magnético

retiene las _carnes humanas_, como el imán retiene el hierro.

«Además los pueblos de la zona tórrida, lejos de sufrir en su

inteligencia por el calor del clima, son muy instruídos, como lo prueban

_los libros de filosofía y de astronomía que han llegado á nosotros de

la India_»[52]. En la edición de Estrasburgo, de que me valgo, y que se

publicó tres años después de la muerte de Amerigo Vespucci[53], el

editor Jorge Tanstetter se maravilló tanto de las conjeturas de Alberto

el Grande acerca de las tierras del hemisferio austral, habitado hasta

el grado 50 de latitud, que consideró la navegación de Amerigo Vespucci

como una profecía cumplida.

Estas mismas nociones sobre la posibilidad de ir directamente á la India

por la vía del Oeste, sobre las partes de la tierra que son habitables

y la relación entre las superficies de los continentes y de los mares

(la extensión de éstos considerábase erróneamente entonces menor que la

de las tierras), encuéntranse en Roger Bacon, hombre prodigioso por la

variedad de sus conocimientos, la libertad de su espíritu y la tendencia

de sus trabajos hacia la reforma de los estudios físicos. Continuando la

vía abierta por los árabes para perfeccionar los instrumentos y los

métodos de observación, no sólo fué el fundador[54] de la _ciencia

experimental_, sino que abarcó simultáneamente en su vasta erudición

cuanto podía aprender en las obras de Aristóteles, más asequibles desde

poco tiempo antes por las versiones de Miguel Scott, y en las relaciones

de dos viajeros contemporáneos suyos, Rubruquis y Plano Carpini. No

rebaja el mérito de Colón el recuerdo de esta continuación de opiniones

y de conjeturas, que se reconoce (á través de la pretendida

universalidad de las tinieblas de la Edad Media) desde los cosmógrafos

de la antigüedad, hasta el fin del siglo XV. Las tinieblas se extendían

sin duda sobre las masas; pero en los conventos y en los colegios

conservaron algunas personas las tradiciones de la antigüedad. Bacon

mismo, reconociendo lo que llama el _poder de la erudición y del

conocimiento de las lenguas_, «da cuenta de una ardiente afición al

estudio que observa, sobre todo desde hace cuarenta años, en las

ciudades y en los monasterios, al lado de la ignorancia general de los

pueblos».

Cuando se trata de una continuación de ideas, de un enlace de opiniones,

preciso es contar por algo esa parte de la Edad Media en que se agrupan,

alrededor de Roger Bacon, Alberto el Grande, Scott, Vicente de Beauvais

y viajeros de tanto mérito como Plano Carpini, Ascelin, Rubruquis y

Marco Polo. En todas las épocas de la vida de los pueblos, lo que toca

al progreso de la razón, al perfeccionamiento de la inteligencia, tiene

las raíces en los siglos anteriores, y esta división de edades,

consagrada por los historiadores modernos, tiende á separar lo que está

ligado por mutuo encadenamiento. A veces en medio de una aparente

inercia germinan grandes ideas en algunos privilegiados talentos, y en

el curso de un desarrollo intelectual no interrumpido, pero limitado,

por decirlo así, á un corto espacio, débense memorables descubrimientos

á impulsos lejanos y casi inadvertidos.

Entre los autores que consultaba Colón y que después examinaremos, á

ninguno cita con tanta predilección como al cardenal Pedro de Ailly[55],

ó como se le llama en latín, Petrus de Alliaco. Probablemente el

Almirante aprendió en el tratado _De Imagine Mundi_ cuanto sabía de las

opiniones de Aristóteles, de Strabón y de Séneca sobre la facilidad de

ir á la India por el camino de Occidente. Un hecho raro parece probar

especialmente la profunda impresión que dejó en su ánimo la lectura del

octavo capítulo del tratado de Alliaco que se titula _De quantitate

terræ habitabilis_. Sorprende encontrar un largo extracto, y casi la

traducción de este capítulo, en una carta de Colón escrita desde la isla

de Haití (Hispaniola) á los Reyes Católicos, pocas semanas después de

volver de la costa de Paria[56]. Forman las obras de Alliaco doce

trataditos, cuatro de ellos de cosmografía, reunidos todos en un solo

volumen de unas 350 páginas[57], al cual hay añadidos algunos escritos

del canciller de la Universidad de París Juan Charlier de Gerson. Es

probable que este tomo no fuera impreso hasta 1490. Como en las

_Profecías_ cita también Colón páginas enteras de las obras de

Alliaco[461], y al mismo tiempo cita también á Gerson, es probable que

poseyera el tomo indicado, ó que llevara consigo á bordo del buque en su

tercer viaje una copia manuscrita[58] del _Imago Mundi_ sólo, y que la

mención simultánea de los nombres de Alliaco y Gerson sea puramente

accidental. He observado, comparando diferentes textos, que el párrafo

traducido por el Almirante en su carta á los Monarcas, lo tomó casi

literalmente Alliaco del _Opus majus_ de Roger Bacon. Verdad es que el

Cardenal dice al final del _Imago Mundi_: «_scriptura ex pluribus

auctoribus recollecta anno MCCCCX_»; pero entre tantos nombres de

autores clásicos y de cosmógrafos árabes, jamás cita el nombre célebre

de Roger Bacon.

Puede creerse que Colón tenía también á la vista el final de este mismo

pasaje de Alliaco, cuando al principio de la carta de 1498 excita á los

Monarcas á continuar las grandes empresas, á imitación «de Alejandro,

que envió á ver el regimiento de la isla de Trapobana en India, y Nerón

César á ver las fuentes del Nilo y la razón por qué crecían en el

verano, cuando las aguas son pocas, y de Salomón, que envió á ver el

monte Sopora»[59].

Es verosímil que la obra de Roger Bacon, ciento cuarenta años más

antigua que los tratados cosmográficos de Pedro d’Ailly, no la conociera

el Almirante; sin embargo, el _Opus majus_ contenía muchas más noticias

sobre el interior de Asia y la extremidad oriental de este continente

que el _Imago Mundi_.

De igual suerte que Vicente Beauvais en el _Speculum_ _majus_, especie

de _Djihan numa_ (espejo del mundo), compuesto por orden de San Luis y

de la reina Margarita de Provenza, nos ha conservado, conforme á las

relaciones de Simón de Saint Quentin los viajes de Ascelin, Roger Bacon

presenta los preciosos extractos de las relaciones oficiales de Juan de

Plano Carpini, y sobre todo de Ruisbroek ó Rubruquis, que generalmente

llama _frater Willielmus, quem dominus rex Franciæ misit ad Tartaros_.

El viaje del monje de Brabante al Este de Asia precedió en diez y ocho

años al de Marco Polo, y confirmó la exactitud de las primeras nociones

de Herodoto, Aristóteles, Diodoro y Ptolomeo acerca de la existencia del

mar Caspio como mar interior. Fué el primero que dió á conocer la

analogía del alemán con un idioma indogermánico, que habían conservado

en Crimea algunos restos de tribus de godos ó de alanos. Atravesó la

Gran Hunnia ó Hungría (Yugria), pasando el Volga (Ethel) hacia la

extremidad del Ural Baschkir (tierra _Pascatyr_, corrupción del nombre

_Bachghird_), y por lo que creo poder deducir de mis conocimientos de

estas comarcas, es probable que recorriera las planicies de Guberlinsk y

de Orskaja. Es el primero de todos los geógrafos cristianos que da una

idea exacta de la posición de China, la cual designa con el nombre mogol

de Khathay (_Cathaia_), de sus fábricas de seda y de su papel moneda, en

el que hay _impresos algunos signos_ «Ultra Thebet qui solent comedere

parentes suos causa pietatis, ut non faceret eis alia sepulchra nisi

viscera sua, est Magna Catahia[60] quæ Seres dicitur apud philosophos;

et est in extremitate orientis á parte aquilonari respectu Indiæ, divisa

ab ea per sinum maris et montes. Hic fiunt panni sericci, et istorum

_Cathaiorum moneta vulgaris est carta de gambasio in qua imprimunt[61]

quasdam lineas_.»

Las valerosas expediciones que como humildes monjes hicieron Plano

Carpini, Rubruquis, Bartolomé de Cremona y Ascelin á las comarcas más

lejanas de Asia, pusieron en circulación nueva serie de ideas en la

época de Bacon. El funesto desbordamiento de los mogoles á través de

Polonia hasta más allá del Oder, donde les detuvo la batalla de Wahlstad

(9 de Abril de 1241), debilitando sus fuerzas, dió ocasión á estos

viajes extraordinarios en que la diplomacia monacal se ocultaba bajo el

velo del proselitismo y de la piedad. Era aquella la época memorable

entre la muerte de Tchinghiz y de Kublaï-Khan, en que el gran imperio

Mogol, que acababa de dividirse entre los descendientes del fundador,

aun conservaba alguna unidad por la supremacía de la dinastía de los

Yuan, residente en la extremidad oriental del mundo conocido.

Esta unidad de voluntad y de instituciones facilitaba el acceso, en

condiciones no reproducidas posteriormente de una vasta región del Asia

central al Sud del Altaï y al Norte de la cordillera de Kuenlum ó

Kulkun, que rodea el Tibet septentrional, desde la depresión del mar

Caspio, desde el Djihun (Oxus) y el Sihun (Jarxates), hasta la

embocadura de Huang-ho y las costas de Quinsaï y de Zaitun. Las obras

cosmográficas escritas en esta época anuncian ese crecimiento de ideas

que acompaña siempre al ensanche físico del horizonte. Favoreció los

largos viajes de los Poli (Maffio ó Mateo, Nicolás y Marcos, de 1250 á

1295), el estado del Asia central, en donde, por las relaciones y

comunicaciones rápidas entre pueblos pastores y semisalvajes y pueblos

letrados ó instruídos desde hacía largo tiempo, la barbarie y la

civilización por extraño modo se tocaban.

Roger Bacon terminó su larga y gloriosa carrera un año antes del regreso

de Marco Polo; no podía, pues, tener conocimiento alguno de este viaje

extraordinario.

La segunda mitad del siglo XIII, fecundada por tantos gérmenes de

conceptos nuevos, poniendo por el comercio de los pisanos, de los

genoveses y de los venecianos el Occidente en contacto con las regiones

de Oriente, tan interesantes por las producciones de su suelo, los

progresos de las artes industriales y la variedad de las instituciones

sociales, dió poderoso impulso al movimiento de ideas, al ardiente deseo

de atrevidas empresas que ilustraron la era del infante D. Enrique, de

Colón y de Gama.

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 10 / 43 题