convencionalismo general. Yo quiero reconciliarme con la sociedad,
respetar sus altas instituciones, ser hombre de orden, no dar
escándalos ni tampoco malos ejemplos á las muchedumbres ignorantes,
las cuales, basta que nos vean á los de levita huir de la Iglesia,
para que se crean autorizados á robar y asesinar. No pienso volver
á coger un naipe en la mano, y sí trabajar mucho en los negocios
hasta labrarme una fortuna por mí mismo. _Farò da me._ Estoy seguro
de que saldré adelante y aun de que dejará de llamarme bandido ese
Marqués de Fúcar que se cree poco menos que un Dios, y al fin no se
desdeñará de entrar en tratos financieros conmigo. La generación
actual tiene en alto grado el don del olvido. Es fácil rehabilitarse
en una sociedad como la nuestra, compuesta de distintos elementos,
todos malos, dominados por uno pésimo, que es, permítaseme lo soez de
la palabra, el elemento _chulo_. No extrañe usted la crudeza de mis
expresiones. _Ego sum qui sum._ Donde la mitad de los matrimonios de
cierta clase son _menages à trois_; donde la Administración debería
llamarse la _prevaricación pública_; donde los altos y los bajos se
diferencian en la clase de ropa con que tapan la deshonestidad de
sus escándalos; donde hay un pillaje que se llama política; donde
la gente se arruína con las contribuciones y se enriquece con las
rifas; donde la justicia es una cosa para exclusivo perjuicio de
los tontos y beneficio de los discretos, y donde basta que dos ó
tres llamen egregio á cualquier _quidam_ para que todo el mundo se
lo crea, es fácil labrarse una toga de honradez, y ponérsela, y ser
_distinguido hombre público y patricio ilustre_, y figurar retratado
en las cajas de fósforos. Yo me comprometo, si pongo empeño en ello,
á hacerme pasar por canonizable dentro de dos ó tres años. Pero de
eso á hacerme mojigato hay mucha distancia. No se moleste usted en
echar un remiendo á este matrimonio que ya está roto. Si ella, por
instinto de honradez, despide á su amante y se queda sola, hágala
usted beata, que esto la consolará mucho. Que mi mujer sea devota,
muy santo y muy bueno. A mí me gusta la gente edificante. Déjeme
usted á mí que me rehabilite en la sociedad por otro camino. Lo que
yo desearía de la bondad y catolicismo de usted es que, después de
dominar completamente el espíritu de Pepa, y lo dominará sin intentar
reconciliarnos, la indujera á permitirme ver á mi hija. Para esto no
será preciso que yo venga aquí, cosa que no deseo porque siempre me
ha aburrido este Suertebella, sino que me la lleven á casa, usted por
ejemplo... Vamos, que la dejen ir á comer conmigo dos veces, una vez
por semana, y nada más.
--¡Qué amarguísimo nihilismo!--dijo Paoletti, no sacando ya
los superlativos de un tarro de dulce, sino de un depósito de
hiel.--Muchos hombres así he visto en la sociedad española; pero
usted les da quince y raya á todos.
--Tengo el mérito de decir lo que siento.
--Para concluir, caballero Cimarra: usted es tan abominable, que
no hay posibilidad de satisfacer el único deseo legítimo que nace
casi invisible en esa alma llena de tinieblas, aridez, podredumbre
y miseria. No cuente usted conmigo para nada. Si la señora se
arrepiente y arroja á su amante, y soy llamado, como es posible, á
dirigir su conciencia, procuraré primero hacerla sanar de la criminal
dolencia que padece, y después encaminaré su espíritu á Dios, única
salvación de las pobres mujeres que han tenido la flaqueza de amar
á hombres indignos. ¡Oh! ¡qué dulcísimo gozo sería para este pobre
combatiente ganar á Satanás una nueva batalla! Usted no existe para
mí. Y no me detenga más, que vuelvo al lado de mi queridísima muerta.
--Yo no bajo á la capilla. Tengo horror á los muertos. Perdóneme si
le he molestado, Padre.
--No olvidaré rezar por usted.
--No me opongo, antes bien lo agradezco.
--Le aguardo á usted el día del arrepentimiento.
--Gracias... Yo no merezco tanto. Adiós. Mil perdones.»
Retiróse tranquilamente el clérigo chico. Sus pasos de plomo se
perdieron en el silencio del corredor. Poco después salió Cimarra por
el mismo sitio y bajó por la escalerilla de la tribuna sin entrar en
la capilla, cuya iluminación de mortuorias hachas, saliendo por las
altas vidrieras de colores, le infundía más espanto que respeto. Se
paseó por el desierto parque buscando la sombra de los árboles cuando
sentía pasos. A ratos se tentaba el bolsillo para ver si no había
perdido el coche de muñecas tirado por dos corderos... En una de las
vueltas de su nocturno paseo, vió entrar el carruaje del Marqués de
Fúcar, y desde su escondite lejano le dirigió estas palabras, más
bien pensadas que dichas: «¡Ah! Traficante, ¡qué ojos le echabas esta
tarde en la calle de Alcalá á la real prójima que he traído de los
Estados Unidos!... ¡Júpiter, ya querrías que fuese para tí!»
Cuando le vió descender de su coche en compañía de otra persona, el
intruso murmuró: «Viene con mi tío... ¿Qué habrá aquí esta noche?
¡Oh! fuego de la curiosidad, ¿por qué me abrasas como si fueras el de
los celos?»
XIX
Tres por dos.
Por la noche á la hora concertada con Fúcar, León se dirigió al
gabinete de Pepa. Estaban allí D. Pedro, su hija y otra persona.
Monina, que poco antes enredara junto á su madre, había sido
condenada al destierro de la cama, ostracismo casi siempre acompañado
de lágrimas, del cual no se libran los pequeños cuando los grandes
tienen algo grave que tratar. Sepultado en un sillón estaba el
imponente Marqués, la carnosa barba sobre el pecho, los labios
salientes, como algo que sobra en la cara, juntas las cejas entre
un dédalo de arrugas, las cuales parecían compendiar en cifra todas
las batallas dadas dentro de aquella cabeza contra la exageración.
La tercera persona que allí estaba era un anciano de cabellos
blancos, muy seco de rostro y no menos corto de vista, á juzgar por
la convexidad de los cristales de sus gafas de oro, montadas sobre
una nariz semejante, por su majestad y atrevida curvatura, á las que
se ven en las peluconas. Tenía la seriedad de un hombre de estudio
confundida con el patriarcalismo algo candoroso de un buen abuelo.
Todos vestían de negro. A Pepa se le salía á los ojos el luto del
corazón.
«Aquí está,--dijo el padre á la hija, acariciándola en las manos.
--Ya la veo--replicó la dama mirándole,--y ahora me dirá lo que mi
padre me ha anunciado y no he querido creer.
--Hija adorada--añadió Fúcar,--se trata aquí del honor, del deber,
de las conveniencias sociales, de la moral absoluta y de la moral
consuetudinaria... Considera... No se puede hacer todo lo que se
quiere.
--Ya lo veo, ya lo veo...--murmuró Pepa, mirando con atónitos ojos el
tapete de la mesa que delante estaba.
--Por mucho que me cueste declararlo--dijo León, considerando que
debía ser breve,--yo declaro que me creo en el deber ineludible de
separarme de la mujer que amo y de renunciar á todo proyecto de
unirme á ella.»
Nadie contestó á estas palabras. Pepa, dejando caer la cabeza sobre
el hombro de su padre, había cerrado los ojos. Tomándole una mano,
que ella le abandonó sin movimiento alguno, León pronunció estas
palabras:
«Por la grandeza de las ocasiones se mide la grandeza de las almas.»
Después de una pausa, D. Pedro, comiéndose la mitad de algunas
palabras y contrayendo mucho la boca, habló así:
--Y yo declaro que hemos llegado á esta solución salvadora y
pacífica, gracias al convenio que celebramos el Sr. Cimarra y yo, por
el cual convenio mi digno amigo responde de que su sobrino renunciará
á la querella...»
D. Pedro se atascó. D. Justo vino en su ayuda, diciendo:
«A la querella y á los derechos que la ley le otorga.
--Eso es. Renuncia á usar el arma fuerte que la ley pone en su mano,
con tal que desaparezca el que por la moral, por la ley, por la
religión, está demás en este horrible encuentro de tres personas allí
donde no debe haber más que dos... Querido amigo--añadió volviendo
hacia León su mirada conciliadora,--tú renunciando á ese imposible
jurídico y moral, que la costumbre y el desenfado de la gente
corrompida de nuestros días convierte en posible, has evitado un
escándalo vergonzoso... Yo te lo agradezco de todo corazón, y...»
D. Pedro volvió á mirar á D. Justo, como suplicándole que siguiera.
«Las circunstancias del hecho en cuestión--dijo éste, inclinándose
y poniendo en ejercicio su dedo índice, que era en él acentuación y
complemento de su palabra,--son raras. Por mi parte, veo con gusto
que no siga adelante la querella. Yo fuí el primero en aconsejar á mi
sobrino que renunciase á ella, previa ausencia definitiva del señor
(el dedo del magistrado marcó á León). Pero como las circunstancias
de este hecho son raras, no me cansaré de repetirlo, como el
escasísimo valer moral de mi sobrino parece que justifica la rebelión
que deseamos evitar (el dedo nombró á Pepa con su insinuación muda),
también he sido el primero en aconsejarle una concesión, reclamada
por el señor (León vió el dedo cerca de sí), y que entraña cierto
espíritu de justicia prudencial, lo reconozco. En vista de todo
lo expuesto, creí prudente concertar con mi digno amigo (el dedo,
fluctuando en el centro del grupo como una brújula del pensamiento,
señaló al Marqués) los términos de estas paces honrosas. Empeñando mi
palabra honrada, me comprometo, en nombre de mi sobrino, á admitir
la condición exigida por el señor (León), y de su cumplimiento
respondo.»
El venerable magistrado, que daba á las pausas oportunas gran
importancia para la claridad del discurso, hizo una muy breve, y
después siguió así:
«La condición exigida por el señor y aceptada por la parte, que es
forzoso llamar inocente, ateniéndonos á la ley, es que la señora
vivirá con su padre y su hija en Suertebella, y que mi sobrino no
traspasará por ninguna causa ni pretexto la verja de esta finca,
realizándose así una separación que, no por ser amistosa, deja de ser
absoluta.
--Y todo ha concluído de un modo satisfactorio--dijo Fúcar,
desarrugando el ceño y acariciando con sus gruesos dedos los cabellos
de su hija, que no decía palabra ni abría los ojos.--El tiempo, el
tiempo, nuestro querido médico que todo lo cura... ¿No crees lo
mismo, León?
--Por mi parte--replicó éste,--no espero del tiempo lo que éste
no podrá darme tal vez. Detesto el olvido, que es la muerte del
corazón. Tales como son hoy mis sentimientos los conservaré mientras
viva; pero lejos, donde no puedan perturbar, ni ser ejemplo de una
irregularidad que he condenado siempre y que condeno también ahora.
He perseguido con afán un ideal hermoso, la familia cristiana, centro
de toda paz, fundamento de la virtud, escala de la perfección moral,
crisol donde cuanto tenemos, en uno y otro orden, se purifica. Ella
nos educa, nos obliga á ser mejores de lo que somos, nos quita las
asperezas de nuestro carácter, nos da la más provechosa de las
lecciones, poniendo en nuestras manos á los hombres futuros, para
que desde la cuna les llevemos á la edad de la razón. Pues bien:
todo esto ha sido y continúa siendo para mí un sueño. Dos mujeres
se han cruzado conmigo en el camino de la vida. Dióme la primera la
religión, y la religión, mal interpretada, me la quitó. La segunda
dióme ella misma su corazón, y yo lo tomé; pero las leyes me la
piden y no puedo menos de entregarla. Tan infructuosas como con
aquélla serán mis tentativas para labrar con ésta la hermosa realidad
que deseo. La sociedad ha dado esta mujer á otro hombre, y si me
la apropio me condeno y la condeno á vivir en perpetuo deshonor,
iguales ambos á la multitud corrompida que abomino; nos condenamos á
transmitir nuestro deshonor á seres inocentes, que no tienen culpa de
las equivocaciones cometidas antes de su nacimiento, y que entrarían
en el mundo con la vergüenza del que no tiene nombre.»
Besando la mano que Pepa abandonaba entre las suyas, prosiguió así:
«La presencia de dos personas que se escandalizan de mis palabras
no me impide manifestar lo que siento ahora. Para mí esta mujer
me pertenece, la considero mía por ley del corazón. Yo, que soy
subversivo, adoro en mí esta ley del corazón; pero cuando quiero
llevar mi anarquía desde la mente á la realidad, tiemblo y me
desespero. Quédese en la mente esta rebelión osada y no salga
de ella. Quien no puede transformar el mundo y desarraigar sus
errores, respételos. Quien no sabe dónde está el límite entre la
ley y la iniquidad, aténgase á la ley con paciencia de esclavo.
Quien sintiendo en su alma los gritos y el tumulto de una rebelión
que parece legítima, no sabe, sin embargo, poner una organización
mejor en el sitio de la organización que destruye, calle y sufra en
silencio.
--Todos somos esclavos de las leyes que rigen en nuestro
tiempo,--dijo el magistrado con entonación severa.
--Es verdad--añadió León, que parecía decir las cosas para que
sólo su amiga las oyera;--nuestro espíritu forma parte aún del
espíritu que las hizo, y si en esas leyes hay errores, tenemos la
responsabilidad de ellos y debemos aceptar sus consecuencias. Si todo
aquel que se siente herido por esta máquina en que vivimos tirase
á romperla sin reparar en que la mayoría se mueve holgadamente en
ella, ¡qué sería del mundo! Dejémonos herir y magullar, llorando
interiormente nuestra desgracia, y deseando vivir para cuando esté
hecha una máquina nueva. Y esta máquina nueva, no lo dudes, también
herirá á alguno, porque cada mejoramiento en la vida humana será la
señal de un malestar nuevo. Nuestro vivir es una aspiración, una sed
que se renueva en el momento de aplacarse. Si no pudiéramos concebir
de otro modo nuestra inmortalidad, la concebiríamos subyugados á cada
instante, y en los actos grandes ó pequeños, por la idea de lo mejor,
y seducidos por la belleza de ese horizonte que se llama perfección.
¡Si supieras tú, pobre mujer, lo que he batallado en mi pensamiento
después de lo que hablamos anoche!... Todos los imposibles que se
nos presentaron los examiné. ¡Podía tan fácilmente salir de este
laberinto escudándome con una moral abstracta, egoísta, que nadie
comprendería más que yo mismo y que aun yo mismo no podría formular
claramente...! Tú dispuesta á seguirme, un coche á la puerta,
todos los medios materiales de nuestra parte, ningún obstáculo,
arrojo bastante para soportar el fallo de los hombres... ¡Partir y
guarecernos en país extranjero!... ¡Ambos en descarada práctica de la
anarquía social: yo perseguido por una sombra, tú por un vivo, que en
todas partes y en toda ocasión alegaría el derecho que tiene sobre
tí; los dos sin razón contra nadie, y todos con razones mil contra
nosotros; tu hija creciendo y viviendo con este ejemplo execrable
ante sus inocentes ojos... Puestos á romper, es preciso romperlo
todo, no dejar lazo alguno que ate y consolide el mundo... También
pensé que aquí podía quedarme para calmar mis ansias con el placer
de sentirte cerca de mí, aunque no te viera ni te hablara. Pero esto
es también imposible. Si sigo cerca de tí, los dos á un tiempo y
sin darnos cuenta de ello, nos juntaremos. Un hombre aborrecido se
interpone, me ciego, no puedo reprimir el odio que me inspira y...
lo conozco, lo presiento... esto acabará con sangre. Si no me alejo
pronto, veré crecer esta especie de perversidad que en mí ha nacido
y que es... como una recóndita vocación del homicidio. Bajo esta
frialdad que razona, bullen en mí no sé qué fuerzas tumultuosas que
protestan aspirando á suprimir violentamente los obstáculos; pero me
espanto al reconocerme incapaz de fundar nada sólido, ni justo, ni
moral, sobre el atropello y la sangre. Me amparo á mi conciencia y
en ella me embarco para huir de tí. Huyo por no deshonrarte, por no
entristecer la juventud de tu hija querida.»
Sin mover su cabeza del hombro paternal, ni abrir los ojos, Pepa dijo
estas palabras llenas de amargo desaliento:
«Yo no sé razonar... Busco en mí el raciocinio, y á donde quiera que
miro dentro de mí no encuentro más que el corazón.»
Incorporóse, y abriendo á la luz, mas sin mirar á nadie, los
encendidos ojos, añadió:
«Me siento castigada... Al ver que no se rompe el grillete que me
une al infame, no puedo menos de recordar que yo tengo toda la
culpa, ¡yo, sí! porque en un momento de despecho me uní al bandido
con lazo eterno. ¡Horribles cosas hacemos, y luego nos espantamos
de las consecuencias! Yo me precipité en el mal, envileciéndome y
envileciendo á mi padre; yo hice del matrimonio una burla horrible
y criminal... ¿Por qué no esperé entonces? Me arrastró á casarme no
sé qué instinto de martirio. ¡Atroz vanidad del dolor que tiende á
aumentarse!... Después, cuando me he creído libre, ¿por qué viniste á
mí? Equivocados ambos, nos habíamos aprisionado con lazos distintos.
Cuando tú fuiste libre, yo me sentí de repente asida por la argolla
fatal... Yo esperé que habría una mano valiente que la rompiera.
--Para romperla es preciso matar á alguno,» dijo León prontamente.
Pepa calló.
«Yo soy la asesinada--afirmó tras lúgubre pausa, mirando al
suelo.--No: no me conformo con mi muerte, ya la llame desgracia, ya
la llame castigo... ¡Qué triste es esto de sacrificarse... sí, muy
triste!... aunque deba ser, aunque lo merezcamos... Veo delante de mí
á dos personas respetables, un padre, un juez. Pues ante ellos y ante
tí... ¡hombre mío!...»
Clavó sus ojos en él con expresión que no podía decirse si era de
cariño ó de rencor. Hinchó su pecho. Parecía que necesitaba beberse
todo el aire para decir:
«Hombre mío, ante estos dos y ante tí digo que este abandono...»
Se echó á llorar añadiendo puerilmente:
«...es una picardía.»
Oyóse después la voz reposada y persuasiva del magistrado que,
manteniendo esta vez en reposo su dedo, habló así:
«Reduzca usted á sus verdaderas dimensiones lo momentáneo para no
mirar más que lo eterno. El alma se engrandece con el dolor y hace de
éste una especie de majestad que reina en la conciencia.
--Es verdad--dijo León con tristeza.--Nuestras mismas heridas nos
revelan, doliéndonos, el secreto de una compensación inefable. Pepa,
querida amiga y esposa mía, esposa por una ley que no sé definir, que
no puedo aplicar, que no sé traer de ningún modo á la realidad, pero
que existe dentro de mí como el embrión de una verdad, de una santa
semilla, sepultada aún en las honduras de la conciencia, entra en
tí y te hallarás más noble y grande con tu dolor que con tu pasión
satisfecha... Tú eres religiosa, yo creo en el alma inmortal, en la
justicia eterna, en los fines de perfección, ¡breve catecismo, pero
grande y firme! Hemos caído; somos víctimas y mártires. El esperar no
tiene límites. Es un sentimiento que nos enlaza con lo desconocido y
nos llama desde lejos, embelleciendo nuestra vida y dándonos fuerza
para marchar y resistir. No cometamos el crimen de cortar este hilo
que nos atrae hacia un punto que no por estar lejano deja de verse,
sobre todo si los ojos de nuestra conciencia no están empañados.
Vence la desesperación, véncela, resígnate y espera.
--¡Esperar!... ¿No anunciaba yo que moriría esperando?--dijo Pepa con
amargura, repitiendo una idea antigua en ella.--¡Horrible castigo
mío, bien me decía el corazón que tu verdadero nombre es esperar!...
¿Y si muero?
--No importa.
--¡Que no importa!...» murmuró la mujer demostrando que el acalorado
espiritualismo de León no la convencía.
Quiso él decir algo más; pero sus argumentos se habían agotado,
las ideas de consuelo y de esperanza que sacaba de su mente se le
perdían, como armas inútiles que se quiebran entre las manos en el
fragor de un rudo combate. Ya no sabía qué decir. El sentimiento, que
rara vez se aplaca con las ideas y que León había tratado de someter
y encadenar, se sublevaba, reclamando su cetro despótico y su imperio
formidable... Se levantó.
«¿Ya?--dijo la dama espantada, volando hacia él con súbita expansión
del alma representada en los ojos.
--¡Maldito sea yo!--gritó León, rompiendo en ahogado
llanto.--Miserable ergotista estoy apuñalándome con mi lógica. Farsa
horrible de la idea, de la moral, de todo, no me tendrás.»
Pepa juntó las manos como el que reza para morir. Iba á decir algo
subversivo, profundamente subversivo que le salía del alma como la
lava del volcán... pero entró la criada que cuidaba á Monina. Venía
despavorida, temblando.
«¿Qué hay?--preguntó el Marqués.
--Allí está... allí...
--¿Quién?
--Un hombre... Ha entrado de repente... está besando á la niña.
--¡Oh, será él...!--exclamó Fúcar consternado.
--¡Él!
--Quedamos en que no vendría.
--¡Es él... él aquí!--grito León perdiendo de súbito la lógica,
la serenidad, las ideas, la razón, la prudencia, el llanto, y no
siendo más que un demente...--¡Que entre! ¡Se atreve á profanar esta
morada!... Me alegro que me encuentre aquí... ¡le arrojaré como á un
perro!»
Miró á la puerta... apareció en ella un hombre. Pepa, lanzando
desgarrador grito, cayó sin sentido. D. Pedro quiso enlazar con sus
fuertes brazos á León para aplacarle, y el anciano venerable corrió
indignado á detener al que estaba en la puerta.
«¡Por piedad, por todos los santos!...--exclamó D. Pedro.
--Atrás--gritó D. Justo;--no des un paso más.
--¿Qué buscas aquí?--dijo León con insolente desprecio.
--Vete--ordenó el magistrado á su sobrino.--¿Olvidas lo pactado?
--No: el pacto no rige aún--repuso el otro sin avanzar un paso,
mirando á León con la glacial fiereza de una bestia felina.--He
venido á ver á mi hija por última vez. No faltaré al compromiso si
los demás lo cumplen. No tengo interés en venir aquí con tal que no
estés tú.
--Te suplico que salgas,--dijo D. Pedro á Federico.
--Él primero.»
La imagen tétrica y sombría del que estaba en la puerta no se movía.
«Él primero,--repitió Federico.
--Sí: yo primero, monstruo; así debe ser.»
Al mismo tiempo D. Pedro y la criada acudían á Pepa, y alzándola en
sus brazos, la extendían sobre el sofá.
«Tú primero--repitió Cimarra, en quien el cinismo se obscureció un
momento para dar paso á un poco de dignidad.--Si así no fuera, yo...
--Sí: yo primero--afirmó León.--Es justo.»
Y dirigiéndose á la dama, que sin conocimiento reposaba pálida,
inerte, la contempló un rato. Mirando después á Cimarra, se inclinó
sobre Pepa, la besó en las mejillas con ardiente cariño, volvió á
mirar al de la puerta, y le dijo:
«Estafermo, mira cómo me despido de la que llamas tu mujer... Si esto
es crimen, mátame: tienes derecho á ello. ¿Has traído arma?
--Sí,» dijo lúgubremente Federico metiendo la mano en el bolsillo del
pecho.
Entonces pareció que de aquel sér abyecto, verdadero cadáver con
prestada existencia, brotaba súbitamente, como fuego fatuo que salta
sobre el estiércol, un chispazo de decoro, de energía, de dignidad.
Fuése derecho á su rival, la mano armada, la voz rugiente, la mirada
amenazante. León le esperó con calma. D. Pedro y el anciano sujetaron
á Federico impidiéndole todo movimiento. Forcejeando trabajosamente
con él lograron llevarle fuera. León entre tanto permanecía en medio
de la habitación con los brazos cruzados.
«¡Fuera de aquí!--gritaba el anciano á su sobrino.
--Yo me encargo del otro,» decía D. Pedro.
D. Justo Cimarra se llevó, casi á rastras, á Federico, y no
permitiéndole detenerse ni un momento, le sacó del palacio.
Con tanta firmeza como dolor salió León por la otra puerta.
Acompañóle Fúcar hasta la sala japonesa, donde le dejó arrojado en un
diván como cuerpo sin vida.
«Vete, vete de una vez y acaben estos afanes,» dijo, corriendo á
donde había quedado su hija.
XX
Final.
Largo rato estuvo allí León sin conciencia del tiempo que
transcurría. Lentamente volvieron sus alteradas facultades, si no
al reposo, á un estado en que les era posible la apreciación exacta
de los hechos. Se levantó para retirarse, y pasó de una sala á otra
buscando el camino del pórtico. Ya cerca de él se detuvo, creyendo
oir cuchicheo de visitantes. Torciendo el camino bajó por una
escalera que al paso encontró y que le condujo á la crujía baja. Por
allí quiso buscar la salida al jardín. Después de andar un rato por
los largos y tortuosos corredores de servicio, vió en el extremo de
ellos una puerta; empujóla.
Toda la sangre se le agolpó al corazón y sintió en su interior como
el golpe de una caída súbita al verse en la capilla, iluminada
por funerarias luces. Echó mano al sombrero, tendió la vista.
Sobrecogido, incapaz de movimiento, con la vida toda en suspenso,
permaneció un rato junto á la puerta, percibiendo en la vaguedad
de su estupor un montón de llamas rojizas y afiladas que, alargando
sus trémulas puntas hacia el techo, surgían de la cera derretida y
lloraban en chorros amarillos. En el centro y en la base de aquella
pirámide de luces estaba, como en el trono mismo del respeto, un
fúnebre objeto yacente. Ropas blancas, unas manos de mármol, eran lo
único que desde allí podía verse.
Llamó á sí todo su valor de hombre para acercarse. Antes de dar
un paso miró en derredor. No había nadie allí; no se sentía ni
siquiera el rumor de la respiración de un vivo junto á los fríos
despojos humanos, engalanados con la vestidura del negro tránsito y
custodiados por el silencio. La efigie de un adolescente pálido se
alzaba en el altar: sus ojos, pintados sobre la madera, medían de
un extremo á otro la capilla, observando á todo el que entraba, y
parecían decir: «¡Malvado, no la toques!»
León avanzó despacio, apagando el ruido de sus pasos para no sentirlo
él mismo. El respeto, la santidad del lugar, la espantosa vacilación
que sentía entre la idea de retroceder y la de acercarse, hiciéronle
pasar por distintos estados morales, ya de curiosidad anhelosa, ya
de miedo ó superstición, durante aquel viaje de veinte pasos desde
la puerta al centro de la capilla. Podría asegurarse que el temor le
detenía y la desgarradora curiosidad del temor mismo le empujaba.