Por fin la vió. Allí estaba, delante y bajo sus ojos, sobre el suelo,

al nivel de las pisadas humanas, esperando, por decirlo así, en los

umbrales del imperio del polvo, á que le señalaran sitio para el

descanso absoluto de lo inorgánico. Su espíritu, más bien egoísta que

generoso, había entrado ya quizás con gemido de sorpresa y temor en

la región ignota del saber de amores y de la apreciación exacta del

bien y del mal.

Una vez contemplada en el primer golpe de sorpresa y temor, la miró

más, oyendo el palpitar de sus propias sienes y la trepidación de

su sangre cual mugido de un mar cercano. Blanco hábito la cubría,

puesto por las amigas de devociones con severa elegancia. Sus anchos

pliegues corrían en líneas rectas del cuello á las plantas, sólo

interrumpidos por las manos de mármol que empuñaban un crucifijo.

Finísimo velo blanco le cubría el rostro, sin ocultarlo ni dejarlo

ver claramente, presentándolo vagoroso, esfuminado, lejano, entre

nieblas, como la imagen mal soñada que persiste en la retina de

los mal despiertos ojos. Hubiera querido verla mejor para apreciar

lo que restaba de una hermosura sin igual que la muerte había ido

cambiando en no sé qué flor mustia y violácea. En todo rostro, por

ciego y muerto que esté, hay siempre algo de mirada. León se sintió

visto desde el fondo de aquella cavidad fúnebre, ahondada por las

vaguedades de la gasa, y reconoció la mirada última, ya menos amorosa

que irónica.

Por su pensamiento pasaron las ideas más graves que asaltan al hombre

en los momentos culminantes de la vida, y consideró la distancia á

que estamos del verdadero bien, distancia que á medir no acierta la

idea y que no se sabe cómo ha de recorrerse... Cortó sus pensamientos

un ruido importuno y vulgar, una tos... Miró... La muerta y él

no estaban solos. Allá en el fondo de la capilla alguien velaba.

Era el clérigo pequeño, sentado en un banco, los ojos fijos en el

libro de rezo. León no pudo menos de admirar la fidelidad del amigo

espiritual, que habiendo sido dueño de la vida, quería ser custodio

de la muerte. Sin mover la cabeza, el italiano alzó los ojos y miró

á León un rato, fijamente, muy fijamente... Después los bajó para

seguir leyendo. En aquella blanda caída de la mirada sobre el libro

había el desdén más soberano que puede imaginarse. Paoletti, como si

nadie estuviera allí, siguió leyendo: _ego sum vermis et non homo,

opprobium hominum et abjectio plebis_.

¿Por qué al salir, no con menos respeto que al entrar, sintió el

hombre en su alma una consoladora tendencia á la serenidad? Había

visto cara á cara lo más pavoroso del mundo físico y del mundo

moral, y los combates que estas terribles perspectivas habían

provocado en su espíritu dejáronle rodeado de grandes y tristísimas

ruínas. _¡Impavidum ferient ruinæ_, que dijo el pagano! ¿Pero qué

le importaba estar vencido, solo, proscripto y mal juzgado, si

resplandecía en él la hermosa luz que arroja la conciencia cuando

está segura de haber obrado bien? Al entrar en su casa vacía,

encontró á su criado ocupado en hacer las maletas, conforme le había

mandado aquella tarde. Alegróse mucho éste al verle entrar, y como

León le preguntara la razón de tan grande contento, el fiel criado le

respondió:

«En casa de la señora Marquesa y en todas las casas donde le conocen

á usted decían que usted se pegaría un tiro esta noche. Lo daban por

tan seguro, que me eché á llorar.»

León sonrió con tristeza.

«Y al entrar en casa para hacer las maletas, lo primero que hice fué

esconder las pistolas, por si no pudiendo el señor matarse en otra

parte, se le antojaba matarse aquí.

--¿Dónde las has puesto? ¿Están cargadas?--preguntó León prontamente.

--¡Oh! ¡el señor se atreverá...!--exclamó el criado lleno de pavor.

--Tranquilízate, amigo--dijo el amo señalándose la frente;--esto no

se ha hecho para el suicidio... En cuanto á las pistolas, si están

cargadas, puedes arrojarlas á la calle para que las aproveche el

primer tonto que pase.

--¡Tirarlas!... son tan bonitas...

--O quédate con ellas. Guárdalas para cuando te cases.

--El señor olvida que soy casado.

--Pues para cuando enviudes.»

XXI

Del Marqués de Fúcar al Marqués de Onésimo.

_Madrid 1.º de Diciembre._

Antes de salir de Londres para Hamburgo á comprarme las veinte

toneladas de tabaco, véndame usted todo lo de Riotinto y el

Consolidado Exterior. Comprar á escape _Gas de París_ y Mobiliario

Español. El empréstito, tercero que hace este año nuestro Tesoro, va

á maravilla. Necesito fondos en esa plaza para proponer al Gobierno

el pago de parte del cupón exterior á los tenedores ingleses, con

lo cual la operación se redondea aquí de un modo completo. Es

incalculable el beneficio de este anticipo. En lo demás, confirmo la

mía de 23 de Noviembre. No olvide usted mis instrucciones para sacar

partido de los almacenistas de tabaco en Hamburgo. Nada de timidez.

Como el negocio es bueno, no le importe á usted llegar á precios

exagerados.

Mi hija sigue bien; muy triste, muy sola, con mediana salud; pero

resignada y tranquila. No sale de Suertebella. Mona, cada día más

mona, le envía á usted tres besos.

El malvado ha cumplido su compromiso y no nos molesta para nada.

Se ha metido en Bolsa y me han dicho que acometiendo con serenidad

y tino las jugadas, hace una fortuna loca. La verdad es que

disposiciones no le faltan.

Le espera á usted para comer el pavo de Navidad en Suertebella su

afectísimo

_P. Fúcar._

P. D. Si vuelve usted á ver á ese extravagante dele recuerdos míos,

pero nada más que míos.

Madrid, Diciembre de 1878.

FIN DE LA NOVELA

ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO

SEGUNDA PARTE

(Continuación)

Páginas.

X.--Razón frente á pasión. 5

XI.--Esperar. 22

XII.--Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes

morales, de todo lo que hay de más venerando, y de otras

cosillas. 34

XIII.--Una figura que parece de Zurbarán y no es sino de Goya. 50

XIV.--La revolución. 61

XV.--¿Cortesana? 84

XVI.--El deshielo. 97

TERCERA PARTE

I.--Vuelve en sí. 125

II.--¿Se morirá? 134

III.--León Roch hace una visita que le parece mentira. 151

IV.--Despedida. 165

V.--A almorzar. 172

VI.--El clérigo miente y el gallo canta. 184

VII.--Fuegos parabólicos. 195

VIII.--Sorbete, jamón, cigarros, pajarete. 207

IX.--También yo despeino. 214

X.--Latet anguis. 225

XI.--Excesos del apostolado. 235

XII.--La verdad. 252

XIII.--La batalla. 262

XIV.--Vulnerant omnes, ultima necat. 289

XV.--La sala _Increíble_. 300

XVI.--Los imposibles. 315

XVII.--Visitas de duelo. 336

XVIII.--El cónyuge inocente. 344

XIX.--Tres por dos. 363

XX.--Final. 380

XXI.--Del Marqués de Fúcar al Marqués de Onésimo. 386

End of Project Gutenberg's La familia de León Roch, by Benito Pérez Galdós

La familia de León Roch, Tomo 2 · 第 17 / 17 段