Por la tarde empezaron á entrar los amigos. Vió León un lúgubre

desfile de levitas negras, y oyó suspirillos que eran como la

representación acústica de una tarjeta. Unos con cordial sentimiento

y otros con indiferencia le manifestaron que sentían mucho lo que

había pasado, sin determinar qué, dando lugar á una interpretación

cómica. Algunos meneaban la cabeza cual si dijeran: «¡qué mundo

éste!» Otros le apretaban la mano como diciendo: «Ha perdido usted á

su esposa. ¡Cuándo tendré yo igual suerte!» Doscientos guantes negros

le estrujaron la mano. Aturdido y pensando poco en la frasecilla de

cada uno, creía oir un susurro de ironía. Si los mil _increíbles_ que

le rodeaban en efigie soltaran la palabra desde aquel laberinto lioso

en que se confunden la corbata y la boca, no formarían un concierto

de burlas más horrible. Muchos habían venido por amistad, otros por

contemplar aquel caso inaudito, aquel escándalo de los escándalos,

por ver de cerca al viudo que después de haber matado á su mujer á

disgustos, hacía alarde de sus relaciones nefandas con una mujer

casada, bajo el mismo techo donde había espirado poco antes la esposa

inocente... Después de saludar al amigo, algunos iban á ver á la

muerta en la capilla... ¡Estaba tan guapa!

El enjambre negro se fué aclarando. Al fin no quedaron más de tres

amigos, luego dos, después uno. Este, que era el de más confianza, le

acompañó un rato. Después León se quedó solo.

«¿Se te puede hablar?» dijo una voz desde la puerta.

León se estremeció al ver á Gustavo.

«Hablando con claridad y prontitud, sí,» contestó.

El insigne joven se acercó lentamente.

«Nosotros nos vamos de esta casa--dijo,--que es para nosotros

la mansión del horror y de la tristeza. Tú, por lo que veo, aún

permanecerás en ella, atado por tus intereses y por tus pasiones. Te

dejamos con gusto. Mamá te suplica por mi conducto que le hagas el

favor de no presentarte á ella para despedirla.

--Ya había yo renunciado á ese honor--repuso León con irónica

frialdad.--Hazme el favor de transmitir esta idea á toda la familia.

--Está bien. Y complaciéndome en ser lo contrario de tí--dijo el

letrado, llevándose la mano al pecho,--opongo mis principios á tu

ironía filosófica, y te declaro que mamá, papá y todos nosotros te

perdonamos.

--Dales las gracias en mi nombre. Estoy encantado de tan cristiana

conducta.

--Te perdonamos, no sólo por el triste fin...

--¿Más todavía?

--No sólo por el triste fin de mi hermana, sino por el ultraje que

has hecho á sus santos despojos.»

León se mantuvo sereno y digno en su muda tristeza.

«¿Vas á protestar? ¿te atreverás á negarlo?--dijo el otro.

--No, no niego nada. Gozo dejándote en la posesión, poco envidiable,

de tus bajos pensamientos.

--Pues dejemos ese horrible asunto. Nosotros convencidos, tú

impenitente, cada cual en su lugar. Antes de separarnos para siempre

quiero advertirte que yo no he apadrinado á Cimarra, ni le he azuzado

contra tí. Llegó á mi casa, consultóme, le aconsejé, le hice el

escrito. Lo demás será obra suya.

--Vive tranquilo. No se turbe tu conciencia por eso, que defendiendo

sus legítimos derechos podrás llevarle por la mano al camino de la

salvación.

--Tus burlas de ateo no turbarán mi conciencia, que si está lejos

de ser pura, no deja de ver con claridad el bien. No sé si el

arrepentimiento de Federico es sincero ó no. En buena doctrina no

puede rechazarse al hombre que confiesa sus culpas y se declara

resuelto á variar de conducta. El decirse arrepentido puede traer el

desearlo, y el desearlo es andar una parte del camino para llegar á

serlo de veras... ventaja que la perversidad de aquel hombre tiene

sobre tu empedernido descreimiento, pues ni confeso ni arrepentido

podrás ser jamás.

--Te suplico--dijo León,--que me evites el efecto soporífero de

tus sermones, que por cierto están empapados en la heterodoxia más

abominable. ¡Valiente apóstol tiene la Iglesia!... Para informarme de

la despedida y del perdón de tu familia, podría haber venido Polito,

que no sermonea.

--Él quería venir, pero mamá se lo ha prohibido... Le infundía

temores su carácter arrebatado. Todos esperamos que entrando ahora en

la vida esencialmente moralizadora del matrimonio, sentará la cabeza

y se curará de los infames vicios que nos abochornan.

--¿Se casa Leopoldo?... ¡Oh! permíteme que felicite á su mujer,

aunque no tengo el gusto de conocerla.

--Las diferencias que había entre mi familia y la familia de

Villa-Bojío han terminado anoche, cuando la madre de la novia de

Polito visitó á mamá, prodigándole los más tiernos consuelos. La de

Villa-Bojío acaba de perder un niño. Ambas madres confundieron en una

su pena, y quedó acordado que Leopoldo y Susana se casarán cuando

pase el luto.

--Felicito á tu mamá; dale mil parabienes.

--La sátira que envuelven tus palabras es digna de quien no respeta

el dolor de una desgraciada familia. Por mi parte nada he hecho en

este asunto. Bien sabes tú que he llorado con lágrimas del corazón

las distintas ignominias que han caído sobre mi familia por culpa

de la inmoralidad de mi padre, de la mala cabeza de mamá, y de los

vicios de Polito. Has sido el confidente de mi tristeza, cuando yo te

creía formal y honrado. Ahora, cuando nos repelemos con invencible

antipatía, sólo debo decirte que si es preciso, no llevaré un pedazo

de pan á mi boca antes de que se haya devuelto hasta el último

céntimo á quien no merece ser nuestro acreedor.

--Si lo dices por mí, sabe que no me acuerdo de tal cosa. Me honro y

me creo suficientemente pagado con la ingratitud.

--¡Frase bonita!--indicó Gustavo con sarcasmo.--Lo que dije, dicho

está... Ya no nos veremos más. Mi última palabra sea para declarar

mi equivocación al anunciarte que morirías de rabia. No: no muere

de rabia el que vive de cinismo... Ya, ya sé que está preparado el

coche y dispuestas las maletas para esa dramática fuga, atropellando

todos los respetos sociales y pisoteando las leyes. Bien, bien: eres

consecuente. Buen viaje, pareja de Satanás...

--Tu penetración y el conocimiento que tienes de mis acciones me

cautivan... Despidámonos, si te parece.

--Sí, yo lo deseo.

--Y yo lo suplico. Adiós.»

Poco después, mirando por entre las persianas, vió salir á la que

había sido su familia. El Marqués, caduco y abatido, casi era llevado

en brazos por un fornido poeta bíblico. La Marquesa, realmente

traspasada de dolor, inspiraba lástima. Polito, con el cuello

forrado en complejas bufandas, daba un brazo á la que había de ser

su mujer, y con el otro agasajaba á una perra. La de San Salomó y

la de Villa-Bojío conducían como en volandas á Milagros hasta el

carruaje. Crujieron látigos, piafaron los caballos, y uno, dos, tres,

cuatro coches rodaron por el parque llevándose aquella distinguida

porción de la humanidad, que necesitaba de una pena reciente para ser

respetable.

XVIII

El cónyuge inocente.

Al anochecer salió León de su cuarto para pasar al que fué de su

mujer. Había allí varios objetos que le correspondía recoger. El

palacio estaba ya desierto; oíase el eco de los pasos; la escasa

luz multiplicaba las sombras. Creyó ver una figura que viniendo del

pórtico entraba en la galería principal, andando despacio y con

cautela como los ladrones, poniendo oído á los rumores, reconociendo

el terreno. La sospecha primero, el odio que le siguió instantáneo

como el tiro á la aplicación de la mecha, detuvieron á León,

impeliéndole á esconderse para observar aquella figura sin ser visto.

Ocultóse detrás de una luenga cortina, y en efecto, le vió pasar.

Era él. Se lo revelaba, más que la vista, un instinto singular que

emanaba del aborrecimiento, como por arte contrario ciertas delicadas

adivinaciones nacen del rescoldo nobilísimo del amor.

Pasó con su andar de gato, parsimonioso y explorador. Entró en una

galería alfombrada, llamada _de la Risa_, por contener riquísima

colección de caricaturas políticas, tomadas de periódicos de

todas las naciones y extendidas por los muros en grandes cuadros

cronológicos, que eran la historia del siglo escrita en carcajadas.

En los ángulos había cuatro biombos del siglo XVIII, adornados con

los dibujos que no habían cabido en las paredes. León se deslizó

detrás del que tenía más cerca y observó al intruso. Este se sentó en

un gran diván que en el centro había.

Para explicar satisfactoriamente la presencia de un tercer personaje

en la _Galería de la Risa_, es necesario referir que al entrar en

Suertebella, el hombre intruso habló con un criado de escalera abajo

en cuya discreción confiaba.

«Hazme el favor--le dijo,--de ir á la capilla y decir al Padre

Paoletti que he venido aquí para hablar con él de lo que él sabe; que

le espero arriba en la _Galería de la Risa_. Enséñale el camino: no

tiene más que subir la escalerilla de la tribuna, atravesar el cuarto

de los cuadros viejos y el corredor chico.»

León sintió el duro pisar de unos pies de plomo aproximándose.

Después vió que la puerta del corredor pequeño se abría dando paso

al clérigo pequeñísimo. Pudo reconocerle muy bien, porque la _Galería

de la Risa_ tenía grandes vidrieras para el pórtico, aquella noche,

como siempre, profusamente iluminado. Adelantóse el intruso hasta

recibir á Paoletti, y sentados ambos, el clérigo dijo:

«Sus respetables tíos me anunciaron anoche que usted quería hablarme;

pero no creí que sería esta noche ni en esta casa, sino más adelante

y en mi celda.

--Pensaba hablar á usted de una cosa, más adelante y en su

celda--repuso el otro.--Ya comprenderá que al venir aquí esta noche

no quiero hablarle de esa cosa, sino de otra. Es decir, que son dos

cosas, querido señor Paoletti, una muy interesante y otra muy urgente.

--Pues vamos á la urgente y dejemos para luego la interesante.

--Vamos á la urgente. Le supongo á usted conocedor de los secretos de

esta casa: no hablo de secretos de confesión.

--No conozco ninguno,--dijo con sequedad el italiano.

--Sin duda no merezco su confianza. ¿Pues qué? ¿No sabe usted que mi

mujer...? He oído que los adúlteros tratan de ponerse en salvo.

--Caballero--dijo Paoletti con severidad,--yo no entiendo una palabra

de lo que usted quiere saber de mí, ni me meto en donde no me

llaman, ni me importa cosa alguna que los criminales se pongan en

salvo ó no. Estoy velando el cuerpo de una dulcísima hija y amiga de

quien he tenido el honor de ser director espiritual.

--Lo sé... Pero usted es muy apreciado en todas partes. D. Pedro le

aprecia también, mi mujer es muy religiosa, y cuando está afligida

gusta que le hablen de la Virgen del Carmen y de los santos. Pudo

suceder que usted hubiera sido llamado á consolarla esta mañana, esta

tarde... qué sé yo... podría suceder que usted supiera lo que yo

ignoro; y dándonos á las conjeturas, podría suceder también que usted

quisiera revelármelo y sacarme de la incertidumbre en que estoy.

--Ni yo sé nada, ni, sabiéndolo, podría rebajarme á hacer el papel de

intrigante y chismoso que usted exige de mí--dijo Paoletti mostrando

no poco enfado.--Usted no me conoce. Sus dignísimos tíos han olvidado

decir á usted qué clase de hombre soy. Mi oficio es consolar á los

afligidos, corregir á los malos. No me mezclo en intereses mundanos.

El que me busca no me encontrará en parte alguna si no es en el

confesonario. Con Dios, caballero.»

Levantóse para marcharse. El intruso le detuvo pillándole el hábito.

«¡Oh! aún me queda mucho que exponer--dijo.--No me juzgue usted tan á

la ligera. Y si yo confesara, y si yo...»

El clérigo se volvió á sentar.

«No, no se trata aquí de confesonario. Si á él fuera, sería yo un

hipócrita. Mal cuadraría la farsa en mis labios, que gustan de

decir la verdad, aunque esta verdad salga de ellos metiendo ruido y

amenazando como del cañón la bala. Déjeme usted que le diga algo de

mí propio, para que mejor comprenda mi pretensión urgente.»

Dijo que reconocía su escaso mérito, que el mundo moral era para él

como un palacio cuyas puertas estaban cerradas... Y por su parte,

no se encontraba con ganas de mortificarse para poner sitio al

susodicho palacio ni para escalar sus muros. Tenía la suerte ó la

desventura (que esto le era difícil decirlo) de no creer en Dios ni

en cosa alguna más allá de esta execrable cazuela de barro en que

estamos metidos, y con tan cómoda manera de pensar disfrutaba de una

tranquilidad sombría que, teniendo su espíritu en perpetuo letargo,

le permitía recibir con indiferencia sabrosa los juicios buenos ó

malos del mundo... Alarmado y lleno de miedo el clérigo al oir tan

horrible profesión de fe, quiso de nuevo marcharse diciendo que él

era confesor de gentes, pero no domesticador de fieras, con lo que el

otro se sonrió, y deteniendo al Padre le habló así:

«Aún me falta decir algo que tal vez agradará á usted... Me siento

fatigado. He sido rico y pobre, poderoso y humilde; he visto cuanto

hay que ver y gozado cuanto hay que gozar. En negocio de mujeres sólo

diré que en general las desprecio. No creo en la virtud de ninguna.

Si me pregunta usted mi opinión sobre los hombres, le diré como el

poeta escéptico: _plus je connais les hommes, plus j’aime les chiens_.

--Aconsejo--indicó Paoletti con ironía,--que se vaya usted á vivir

en una sociedad de perros, ó que funde una colonia canina, donde se

encontrará más á sus anchas. Estoy esperando á ver si brota alguna

chispa de luz de la torpísima negrura de su alma, y nada veo.

--Voy á tocar el punto delicado. Ya sabe usted lo de mi mujer. Cuando

yo pasaba por muerto, mi mujer amó á otro hombre. Yo creo que le

amaba desde hace mucho tiempo, porque eso no se improvisa. Pepa me

aborreció desde que me casé con ella. Verdad que yo hice todo lo

posible para que me aborreciera. La traté mal, quise envilecerla, la

comprometí mil veces con mis atrocidades pecuniarias; con sus ahorros

sostuve el lujo de otras mujeres; mi lenguaje con ella no fué nunca

delicado, como no lo fueron mis acciones. La consideraba como un buen

arrimo y nada más.

--Basta--exclamó con horror el Padre apartándole de sí, como se

aparta un objeto inmundo.--Si eso es confesión de culpas, lo oiré;

pero si es asqueroso alarde de cinismo, no puedo, no tengo estómago...

--Me ha interrumpido usted en lo mejor... iba á decir que ahora mi

mujer me inspira cierto respeto, que me reconozco muy culpable y muy

inferior á ella, que merezco su desprecio, y que es cosa muy natural

y hasta legítima, en teoría... advierto á usted que yo también tengo

teorías... pues digo que me parece natural que Pepa ame á otro

hombre, tan natural como lo es que las aves hagan sus nidos en las

ramas del árbol en vez de hacerlos entre las mandíbulas del zorro.

--Nunca es natural y legítimo que una mujer casada ame á un hombre

que no es su marido--dijo Paoletti con solemnidad.--Lo natural y

legítimo es que su señora de usted, en vez de admitir el amor de

un hombre casado, contribuyendo así al martirio y á la muerte de un

ángel, hubiera dedicado á Dios por entero el corazón que usted no

merecía.

--El misticismo es un agua figurada que no satisface á los sedientos.

Ella no ha querido aficionarse á un fantasma, sino á un hombre.

Tengo motivos para presumir que le amó desde la niñez. En una de

nuestras acaloradas disputas, que eran un día sí y otro no, me dijo:

«Tú no eres mi marido ni lo has sido nunca; mi marido está aquí,» y

se señaló la frente. Otra vez me dijo: «El casarme contigo fué una

manera especial que tuve de despreciarme.» En fin, querido Padre, hoy

por hoy yo siento un poquillo de respeto hacia esa desgraciada que

fué mi víctima. Como mujer no me interesa. Nada dice á mi corazón, ni

á mi imaginación, ni á mis sentidos. El amor casi casi le toleraría

romper el lazo para contraerle con otro; pero el amor propio no puede

permitirlo. Además, sépalo usted, yo aborrezco á ese hombre; creo que

le aborrezco desde que estuvimos juntos en el colegio; pienso que mi

antipatía y el amor de ella han ido paralelamente hasta este momento

terrible en que se encuentran, se tropiezan, se traban en batalla

y... yo he de vencer, yo he de vencer.

--Usted trata de hacer valer sus derechos. Esto no me incumbe. Yo no

soy abogado del derecho, sino del espíritu.

--Voy al caso. Aquí se juntan la moral y el derecho, y ambos están de

mi parte--afirmó el otro con energía.--Yo soy el fuerte, ellos los

débiles; yo soy el ofendido, ellos los criminales; á mí me amparan

la religión y la moral, Dios y su ley, la Iglesia y la opinión

pública; á ellos nada ni nadie les ampara. El terreno en que me

coloco es terreno firme, es el más propio para quien, como yo, quiere

reconciliarse ahora con los grandes organismos que gobiernan el

mundo, y ser una rueda útil de la máquina social. Seguro en mi puesto

y ayudado por la justicia humana y por la que llaman divina, he

pensado perseguirles en el terreno legal, apurar todos los medios, no

dejarles vivir, no darles tregua ni descanso, cubrirles de deshonor,

rodearles de escándalo... acusarles con el Código en una mano y las

prácticas de la Iglesia en otra. Esas son mis armas; pero ha de saber

usted que mis respetables tíos y mi respetable suegro han estado todo

el día concertando un arreglo. ¡Ah! mi esclarecido suegro es hombre

eminentemente práctico y aborrece la exageración. Me ama como se

podría amar á un dolor de muelas. Por desgracia suya, ese hombre que

todo lo puede en nuestra sociedad, y que trata á los españoles como á

negros comprados ó á blancos vendibles, no puede nada contra mí. Las

armas legales con que me ataque se volverán contra él...

--¿Y decía usted que el venerabilísimo señor D. Justo Cimarra y el

Sr. D. Pedro han concertado una componenda?--preguntó Paoletti, que á

pesar de su entereza dejábase vencer un poquillo por la curiosidad,

sentimiento desarrollado tras de la reja de las culpas.

--Separación amistosa, convencional. Pero no hay nada positivo

aún, reverendísimo señor. Todo depende del filósofo, del geólogo,

del buscador de trogloditas. Gustavo me ha dicho que tienen todo

dispuesto para la fuga, y lo creo... ¡Oh! confieso que puesto yo en

el caso de él haría lo mismo.

--Pues por mi parte aseguro que nada de eso me importa--dijo Paoletti

sobreponiéndose á la curiosidad.--Me habla usted de litigios y nada

de la conciencia.

--Ahora voy á hablar de esa señora. Usted sabrá que yo tengo una hija.

--Ya...»

Sintió de nuevo el clérigo en sí el aguijoncillo de la curiosidad.

«Monina es mi hija. Pues bien, señor cura: el único sér que hay en

el mundo capaz de despertar en mí un sentimiento; el único sér que

me hace pensar á veces de una manera distinta de como pienso casi

siempre; el único sér por quien algo sonríe dentro de la región

obscura, misteriosa, que llamo alma por no poder darle otro nombre,

es mi hija. No sé lo que pasa en mí. Cuando estuve á punto de perecer

á bordo de aquel horrible vapor cargado de petróleo, todo el mundo

huyó de mi pensamiento, no quedando más que el peligro, y en el

peligro una linda cabecita rubia me bailaba delante de los ojos.

Paréceme que me agarré á ella para salvarme en aquella espantosa

lancha rota que á cada instante se sumergía... Se reirá usted de mis

sandeces... En otros tiempos yo jugaba con ella, la hacía reir para

reirme yo viendo su risa...

--Al fin, al fin--dijo el italiano con gozo,--veo la chispa

pequeñísima.

--No, no me crea usted bueno por esto... Es que esa nena ó juguete

rubio con ojos de ángel tiene sobre mí un atractivo singular. Se me

figura que la quiero, que la querré más si la veo mucho tiempo cerca

de mí. Me han dicho que estuvo á punto de morirse del _crup_. ¡Qué

espanto!... ¿Qué dice usted?

--Que no hay tierra, por desolada é inculta que sea, donde no nazca

una flor.

--No se trata aquí de flores. Lo que sí diré á usted es que al

pasar por Nueva York ví en un escaparate un cochecillo de muñecas

chiquitas, tirado por dos corderos, y lo compré para regalárselo.»

Paoletti sonrió, diciendo:

«Veo su amor propio de usted, veo la indiferencia hacia su esposa,

veo el odio que tiene usted á su rival, veo el litigio y la

proyectada transacción, veo el horrible ateísmo de usted, veo sus

pasiones, su cínica inmoralidad, veo el amor á la niña, veo el

cochecillo tirado por dos borregos que lleva usted en el bolsillo;

pero no veo lo que yo tengo que hacer aquí.

--Hemos llegado al punto concreto, á la cosa urgente. Yo tengo

grandísimo anhelo por saber lo que traman... ¿Está él aquí esta

noche?... Me han dicho que hoy recibió aquí á sus amigos. Yo estoy

persuadido de que usted lo sabe, porque mi mujer le habrá confiado

algo.

--¿A mí?... Creo que soy muy antipático á la señora.

--O lo sabrá por la Condesa de Vera, que es la confidente de mi

mujer, y si no me engaño, es hija espiritual de usted.

--Nada sé ni nada me han dicho--replicó el Padre.--Y aunque lo

supiera...

--No tema usted que yo, en caso de fuga, me vuelva personaje trágico

y tengamos en Suertebella una escena ruidosa. Yo no grito, yo no

mato. Soy más filósofo que él y que todos los filósofos juntos.

--Repito que no sé nada, ni me importa saberlo.

--Es imposible que un sacerdote entre dos días seguidos en una casa

sin saber todo lo que ocurre en ella.

--Yo no soy amigo de esta casa; soy enemigo.

--Y ya que no satisfaga usted mi curiosidad--dijo el intruso con

desconsuelo,--¿no me podría usted facilitar...?

--¿Qué?

--El ver á mi hija.

--No me pida usted favores que son impropios de mi carácter. Por nada

del mundo pasaría más allá de esta sala. Diríjase á los criados.

--Ninguno quiere servirme por miedo á Fúcar. Mi distinguido suegro

les ha mandado que no me permitan entrar. Desde la verja hasta aquí,

á un solo criado he podido sobornar. Hasta los perros me odian aquí.

--Entre usted como entran los ladrones.

--Temo que me vean.

--Entre usted como padre.

--No puedo, al menos por ahora.

--Menos puedo yo.

--Si la Condesa de Vera está aquí y usted le habla dos palabras, y le

pinta con elocuencia mi deseo, tal vez... A usted no le negarán esto.

Yo juro que no llevo ninguna intención mala; sólo quiero dar á mi

hija tres besos bien dados...

--_Vade retro._ Desconfío de sus intenciones, que pueden ser como las

pinta usted, y pueden ser perversísimas.

--Pues no insisto. Tengo la virtud de no ser pobre porfiado. Se

acabó la parte urgente de nuestra entrevista. Usted dispensará mi

atrevimiento.

--Dispensado.

--La cosa interesante que pensaba tratar con usted, y que podía

diferirse, se enlaza con lo que acabo de decir. Supongamos que

mi mujer cede ante la ley, domina su pasión y manda á paseo al

geólogo... Pasado algún tiempo, fácil le será á usted, dado su

predicamento entre las damas, llegar á ser director espiritual de

Pepa.

--Yo no voy á donde no me llaman.

--Pepa tiene muchas amigas entre las que forman, permítaseme la

frase, la familia espiritual del Padre Paoletti. La Condesa de Vera

principalmente...

--Me honra con su amistad; yo la dirijo.

--Pues bien. Si usted quiere dirigirá también á Pepa. Su misma

soledad la llevará al misticismo. En el pensamiento de las pobres

mujeres débiles, allí donde acaban las ilusiones empiezan los altares.

--En lo que oigo puede haber una intención santa y buena. Si se trata

de que yo intervenga para arreglar un matrimonio desavenido, y traer

hacia Dios á dos almas que pertenecen al Demonio, la idea me parece

excelente. Mas para que esto pueda ser, principie usted por abjurar

sus pestilentísimos errores y ser católico sincero...

La familia de León Roch, Tomo 2 · 第 15 / 17 段