Su fatigada respiración apenas le permitía articular las palabras.

Soñolienta y malhumorada, la pobre niña se dejó tomar en brazos por

León, é inclinó la cabeza sobre sus hombros para dormirse allí.

«¿No le cuentas nada?--dijo Pepa, acariciando sus manecitas.--Mona,

alma mía, ¿no le cuentas lo que te he dicho?»

La nena cerró los ojos, murmuró algo, entregándose sin cuidado al

sueño en el borde del abismo que á los pies de su descarriada madre

se abría.

«Se duerme--dijo León, oprimiéndole dulcemente la cabeza para fijarla

más sobre su hombro.--Hablemos en voz muy baja, ya que lo terrible de

la ocasión nos obliga á vernos y á no estar callados.

--Aquí no puede ser. Se oye desde ese corredor--dijo Pepa

levantándose y tomando á León de la mano.--Además, tengo que

enseñarte una cosa que está en otra parte. Es un secreto. Sígueme.»

Dejóse guiar. Abrió Pepa la puerta del museo y entraron. Encendiendo

una bujía, condújole por una pieza donde había cuadros viejos, y

luego por una sala, y otra, y otra. Ella iba delante; León, con

Monina en brazos, la seguía sin hacer observación alguna. Al fin

reconoció las habitaciones.

«Aquí no penetran los curiosos, ni esa turba de majaderos que han

invadido á Suertebella,» dijo Pepa.

Y pasaron á una estancia que era la misma donde Monina había estado

enferma del crup. Una criada esperaba las órdenes de Pepa. Era la

mujer de un mozo de Suertebella, en quien la señora tenía confianza;

y como sus criados estaban en Madrid, sirvióse de aquélla para que á

la niña cuidara. A ésta la acostaron pronto, y Teresa quedó junto á

la camita, con encargo de avisar si alguien llegaba. Pepa llevó á su

amigo á la pieza inmediata.

«Es mi alcoba--dijo la dama, cerrando la puerta.--Aquí nadie nos ve

ni nos oye. Aquí está mi secreto. Siéntate... ¡Oh! ¡Dios mío, qué

pálido estás! ¿Y yo?...

--Tú también,--repuso León; sentándose fatigado.

--Somos espejo el uno del otro,» afirmó ella tratando de endulzar con

un grano humorístico la hiel que ambos apuraban en una misma copa.

El matemático no estaba en disposición de observar la suprema

elegancia del dormitorio, cuyas riquezas podrían compararse á las que

en tiempos de fe se gastaban en decorar capillas y altares; no paró

mientes en los hermosos muebles de ébano incrustado de marfil, ni en

el lecho negro, prodigio de ebanistería, que en sus vastas blanduras

sin uso, cubiertas con extraña tela obscura y dorada, tenía un no sé

qué de tálamo sepulcral; ni se fijó en las pinturas religiosas con

marcos de plata, algunas semejantes á las de María Egipciaca, ni en

la colgada lámpara esférica, recién encendida, y que, semejante á una

luna, derramaba discreta claridad por la alcoba. Rica y misteriosa,

la alcoba habría llamado la atención del buen amigo en otro momento;

entonces, no.

«Tu secreto... ¿qué secreto es ese?--preguntó impaciente.

--¡Mi secreto!...--declaró Pepa llena de congoja.--¡Mi secreto es

huir, huir! Consiente, y de aquí saldremos los tres sin que nadie

nos vea.

--¡Huir!... ¡qué loco absurdo!--exclamó él llevándose el puño á la

frente.--¡Y en qué momento! Tu conciencia, la mía, nuestro amor

mismo deben protestar contra esa idea. ¡Olvidas lo que ha sucedido

en esta casa, por Dios! ¡Pretendes que ni siquiera haya en mí el

respeto y la delicadeza que exige la muerte! ¡Quieres que apenas

cerrados por estas manos aquellos ojos!... ¡Horrible corazón el mío

si tal consintiera! Merecería descender á más bajo puesto que el que

tienen los que ya me llaman á boca llena _el asesino de María_... Ni

comprendo que puedas amarme viéndome caer tan de golpe en la bajeza

de una acción fea, torpe, escandalosamente inicua.»

Cada palabra era para la infeliz una vuelta dada en el lazo que

la estrangulaba. Ambos enmudecieron largo rato, sin mirarse.

Repentinamente puso ella su mano sobre el hombro del matemático, le

miró con aterrados ojos, y con un acento que él no había oído jamás,

se dejó decir:

«Pues entonces me voy con mi marido.

--¿Qué dices?

--Que tengo que someterme á él... ¿Lo quieres más claro?... O huir

contigo ó enjaularme con la fiera.»

En su interior sintió León como un salto, fenómeno producido por la

repercusión violenta del alma, si así puede decirse, rebotando en su

centro.

«¿Lo quieres más claro?--añadió la dama, dejándole ver muy de

cerca la expresión conminatoria de sus ojos chiquitos.--Gustavo ha

conferenciado esta mañana con papá para decirle las pretensiones de

Federico. Es su cliente; en las hábiles manos de ese joven ha puesto

el malvado la salvación de sus derechos.

--Ya comprendo por qué me amenazaba con un arma misteriosa. ¿Estabas

presente cuando Gustavo habló á tu padre?

--Sí... Mi padre acababa de revelarme la resurrección de nuestro

enemigo... Por carta la supo. Pilar le dió anoche la noticia de

que estaba aquí. El espanto no me había dado aún respiro, cuando

entró el hinchado jurisconsulto. Venía, como amigo nuestro y de

Federico, deseoso de arreglar nuestras diferencias antes de entrar

en pleitos... ¡Hipócrita! Sus frases oratorias me hacían efecto

semejante al chirrido de una máquina sin aceite, que ataca los

nervios y da dolor de cabeza... Mi padre y él estuvieron largo rato

tiroteándose con palabrillas y floreos ridículos, que me indignaban.

Yo hubiera puesto al abogado en medio de la calle. Ya supondrás su

énfasis cargante, y la complacencia con que me atormentaba... Después

de mucho hablar dijo que ya tenía hecho el escrito de querella.»

Pepa se detuvo para tomar aliento y fuerzas morales, de las cuales

parecía tener inagotable depósito.

«Mi padre--prosiguió,--hizo muchos distingos y sutilezas... Yo dije

que el valiente que se sintiera capaz de arrancarme á mi hija,

viniera á tomarla de mis brazos. Creo que en el calor de mi ira

solté á Gustavo alguna palabra impropia. Él pidió indulgencia por su

intervención, afirmando que no era más que un letrado... Deseaba que

nos arreglásemos, que en el juicio de conciliación hubiera avenencia,

que no diéramos un escándalo. Yo quise defenderme de la fea nota que

echaba sobre mí; pero el grito de mi conciencia me detuvo, me hizo

equivocar las palabras, y pensando probar que no soy culpable, creo

que dije y proclamé lo contrario.

--¿Y qué más habló el furibundo moralista?

--Estuvo media hora citando leyes. Habló primero del Deuteronomio;

después dijo no sé qué cosa de los Germanos y de Tácito; luego

citó... creo que á un señor Chindasvinto, á Don Alfonso el Sabio;

y por último, creyendo que no nos había mareado bastante, citó

partidas, leyes, artículos, qué sé yo. Oyéndole yo me deleitaba...

--¿Te deleitabas?

--Sí, pensando en lo bueno que sería cogerle y arrojarle en el

estanque grande de casa para que fuera á enseñar leyes á las ranas

y á los peces... El muy fastidioso, empleando palabras discretas y

corteses, me dió á entender que toda la razón estaba de parte de su

cliente, y que á éste le sería muy fácil probar mi culpa. Cuenta con

testigos.

--¡Testigos! ¿de qué? Yo dudo que puedan probar nada á pesar de su

saña; pero te deshonrarán, arrastrarán tu nombre y tu dignidad por el

lodo, y es fácil que pierdas á tu hija cuando ésta tenga la edad que

marca la ley. Si huímos... les damos prueba plena. Entonces sí que

perderás á tu hija.

--¿Pero si nos vamos lejos?

--No te acobardes ni pienses en la fuga, que es tu condenación.

Mientras él pleitea, pleitea tú pidiendo á la ley que le imposibilite

para ejercer la patria potestad, por pródigo, malversador de fondos,

falsario, por diversos crímenes que será fácil probar si tu padre te

ampara.

--Comprendo tu idea y tu ilusión; pero voy á disiparla. Aún no sabes

lo mejor, es decir, lo peor.

--¿Qué?

--¿Crees que mi padre ha tomado con calor mi defensa?

--Naturalmente.

--Pues te equivocas. ¡Ay! pobre de mí, pobre amigo de mi alma.

Estamos solos, sin amparo; tenemos en contra la religión, las

leyes, los parientes, los buenos y los malos, el mundo todo. Cuando

el celebérrimo Gustavito me habló de las ventajas legales de su

cliente, yo me enfurecí; pero conteniéndome, dije que Federico no

podía ejercer la patria potestad, que si él insiste en presentar

su querella, yo le acusaré... de todo eso que has dicho. Mi padre

oyó esto con mucha calma, y al punto le ví inclinado á no sé qué

horribles pasteleos... Balbuciente, dijo varias frases que me

helaron el corazón... «Mi hija será razonable...» «Es preciso que

todos hagamos un sacrificio...» «Yo, si Federico conviene en algo

aceptable... ya se ve... no se puede hacer todo lo que se quiere...»

«Lo principal aquí es evitar el escándalo...» Esto de evitar el

escándalo, que repitió más de veinte veces, me probó que mi padre no

está decidido á defenderme como deseo. ¡Transacción! ¡Y con quién,

Dios mío! También habló de entenderse con los tíos de Federico, dos

señores muy respetables, ya les conoces: el uno es magistrado del

Supremo y el otro presidente de la Audiencia... ¿Qué saldrá de aquí?

¿En qué piensas? ¿qué dices á esto?

--Que si tu padre te abandona, fuerza será que combatas sola.

--Eso es, sí, me batiré sola. Bendito sea tu consejo. Tú me das

los ánimos que me quita mi padre con su dichosa repugnancia de la

exageración--dijo Pepa muy reanimada.--¡Si vieras qué armas tan

formidables tengo!... Para enseñártelas te he traído aquí. Vas á

verlas.»

En un ángulo de la alcoba vió León, siguiendo con los ojos la señal

de su amiga, un armario de ébano y marfil, no muy grande, rico y

bello en materia y forma, con aspecto á la vez elegante y sólido.

A este mueble se dirigió la dama, y abriéndolo mostró su interior,

que era un laberinto de puertecillas, arquitos, gavetas, secretos,

escondrijos. Impulsó resortes y abrió desconocidos huecos.

«Esta parte de arriba--dijo Pepa sacando del depósito un papel que

puso en manos de León,--se llama el _arca de la tristeza_. ¿Conoces

esto?

--Es una carta, una carta mía.

--Me la escribiste cuando yo estaba en el colegio y tú preparándote

para entrar en la Escuela de Minas. Léela y reflexiona sobre lo que

me decías en aquellos tiempos... «Que yo te había inspirado un amor

insensato...» Ríete ahora, si puedes, de tus tonterías de colegial...

¿A que no conservas tú mis cartas de colegiala, como yo conservo las

tuyas?... ¿Y esto lo conoces?

--Es un alfiler de corbata--dijo él tomándolo:--también es mío.

--Sí... Se te perdió en casa un día que fuiste á comer... ya

eras novio de esa pobrecita... pero yo tenía esperanza de que no

te casaras con ella... Encontré esta prenda en la alfombra y la

guardé... ¿Y estas flores las conoces?

--Son las camelias que te dí un día en San José.

--Sí... á la noche siguiente fuiste á verme á mi palco, y por primera

vez te sorprendí mirando con mucho interés á...

--¡Pobres flores!... No pensé volverlas á ver ni que me hablaran como

me hablan ahora removiendo en mí todas las ideas y todas las pasiones

de mi vida. ¿Sabes que no están tan secas como parece debieran estar

después de tanto tiempo?

--Están embalsamadas con los infinitos besos que las he dado en todas

las épocas de mi vida... Pero no nos entretengamos. Dame eso acá.»

Recogió y puso cada objeto en su sitio con maneras tan respetuosas

cual si fuesen las más preciosas reliquias.

«Dormid aquí el sueño triste, queridos compañeros--dijo

después.--Ahora que has visto _el arca de la tristeza_, voy á

mostrarte _el arca de los horrores_.»

Sacó de recóndita gaveta un paquete de papeles, atado en cruz con

cinta roja, como expediente de oficina. León lo tomó, comprendiendo

lo que era, y ambos se sentaron para examinarlo.

«Ahí tienes--dijo Pepa, contagiada de horror á la vista de aquel

legajo de ignominia,--diversos testimonios del martirio á que he

vivido sujeta como esposa de un perdido: ahí tienes viles secretos

que él me confiaba en momentos de apuro, cuando necesitaba de mi

bolsa. Cada hoja de esas es recuerdo de una deshonra que yo oculté

cuidadosa, prueba de delitos que logré frustrar, ó de los que

quedaron ocultos entre la hojarasca de la Administración pública.

Examina eso y verás que tengo medios bastantes para declarar á

Federico incapaz, no sólo de ejercer la patria potestad, sino

también de vivir en el seno de una sociedad medianamente digna.»

León examinó el paquete con curiosidad muy viva, pasando rápidamente

por algunas partes, deteniéndose en otras. Vió cartas con firmas

conocidas, contratos secretos, minutas, cuentas, papeles con sello

de oficinas públicas, hojas que evidentemente habían sido sustraídas

de algún expediente famoso, una orden judicial que sin duda tenía

la firma del juez arrancada por sorpresa... Después de verlo todo,

devolvió á Pepa el expediente de los horrores, diciendo:

«Quema todo eso.

--Pues qué--preguntó la dama con estupor, abriendo las manos para

tomar el paquete, pero sin atreverse á tomarlo,--¿no me sirve?

--No.

--¿Que no sirve?... ¿no podré...?

--Poder sí... pero...

--Entonces...

--En estas circunstancias terribles es preciso decirlo todo

claramente. Uno á otro nos debemos la verdad, aunque ésta perjudique

á un sér querido.

--No te entiendo.

--Quema eso, porque no te sirve de nada. Es un arma de doble filo que

te herirá á tí misma cuando quieras usarla. Perdóname la franqueza de

mis palabras. Con esto podrás acusar á Federico victoriosamente. Por

poca justicia que haya en un país, esto basta á meter á un hombre en

presidio... Pero si lo haces, el infame debería ir á su destino muy

bien acompañado.

--Debería ir...

--Dígolo así porque en España las personas de cierta talla no entran

jamás en la cárcel aunque lo merezcan... Pero tu expediente horrible

podrá fácilmente cubrir de ignominia...

--¿A otras personas?

--Sí: á una que tú quieres mucho y á quien no puedes desear daño...

Pepa, por Dios, quema eso.»

La dama se llevó la mano á los ojos, como queriendo poner un estorbo

á sus lágrimas... Sacando nuevamente singular fuerza de aquel

depósito inagotable que en su alma tenía, cogió el paquete, lo guardó

en _el arca de los horrores_, y cerró ésta, diciendo: «Lo quemaré más

adelante.»

De pie frente á León, dijo en voz baja:

«De modo que es imposible incapacitar legalmente á mi marido...

--Imposible.

--¿Es imposible oponer un acto legal á su querella?

--¡Imposible! Ahora comprenderás perfectamente la vacilación de tu

padre, su flaqueza acomodaticia; la cual no es sino el miedo...,

miedo de entrar en pleitos con su enemigo, con el que un tiempo ha

sido su cómplice. Todo es imposible, querida.

--No, no. ¿Por qué buscar siempre los caminos torcidos? Hombre,

amigo, amante, esposo, ó no sé qué, á quien legitimo con la elección

de mi alma, imítame en mi osadía--dijo la dama con bravura, mostrando

aquella resolución valiente que en ocasiones la hacía tan bella.--Nos

queda el camino recto, el camino fácil, el único camino: la fuga. El

coche nos espera, nada nos estorba, nada nos falta... Tú eres rico,

yo más... todo nos favorece, todo nos precipita.

--¡Imposible... locura!--murmuró León sombríamente.

--¡Locura!... en verdad lo parece; pero no lo es... Parece un

absurdo, un escándalo, un infame reto á la moral, y sin embargo, para

mí que conozco el peligro y sé qué clase de enemigo tenemos, es cosa

natural... ¿Crees que yo te propondría un escándalo semejante si

no lo creyera necesario?... ¡Ah! tú no lo conoces, no sabes que yo,

mi hija, tú, todos estamos en peligro... Temo un insulto, un duelo

contigo, temo un homicidio... Los momentos son preciosos... El no

respeta nada. A cada instante me parece que le veo entrar...

--¡No y no!» repitió León con energía poderosa que tenía algo de

crueldad.

Pepa, que en su osadía no cesaba de estar dominada por él, no se

atrevió á protestar contra la espantosa fiereza que cerraba el único

camino abierto á su felicidad. Temía que su insistencia provocara

imposibilidades mayores aún, y miraba á la esfinge, esperando que

de ella misma partiera una solución al problema que, según ella, la

tenía tan fácil. Cansada de esperar, dijo al fin:

«Pues si todo es imposible, seguiré el dictamen de mi padre, abriré

mis brazos al canalla...

--¡Tú en poder de ese monstruo!--exclamó León como una cuerda tirante

que estalla.--Sería preciso para tal consentir, que ni una sola gota

de sangre me quedara en las venas.

--Pues si el monstruo se aplaca con el Código--dijo Pepa con

sarcasmo,--le arrojaré á mi hija y me marcharé á vivir contigo.

--¿Separarte de tu hija?

--Ya ves que esto es más imposible todavía. Por todas partes á donde

vuelvas los ojos no verás sino imposibles.

--Algún punto habrá--dijo León meditando,--á donde pueda mirarse sin

ver la imposibilidad.

--Ese punto ¿cuál es?

--Lo sabrás á su tiempo. Antes de decírtelo, me será preciso hablar

con tu padre, con tu marido mismo.

--¿Tú?

--Sí, yo... hablaré con él ó con sus tíos, personas honradas y

respetables. ¿No concibes tú que esto se resuelva sin fuga y sin

pleito?

--No lo concibo.

--Yo sí.

--Sabrás algún modo secreto de hacer milagros... Tendré que pleitear,

pleitearemos contra él los dos, tú y yo.

--¡Los dos! Entonces perderás, y tu hija te será arrancada sin que

nadie pueda remediarlo.

--Pues bien, puesto que me cierras todas las salidas, abre tú una: es

tu deber.

--Mañana--dijo León lúgubremente, mirando al suelo,--te abriré la

única posible.»

Pepa hizo un gesto de desesperación.

«¡Mañana!--exclamó pasando de la desesperación al decaimiento cual

ascua que de fuego se trueca en ceniza.--Tus _mañanas_ son mi muerte.

--¿Insistes en la idea de la fuga?

--Insisto, porque cada minuto que estemos aquí tú, yo y mi hija es un

peligro para los tres... Esta noche, fúnebre para tí, es para mí la

noche decisiva. Es capaz... ¡qué sé yo!... Todo lo preveo y todo me

hace temblar... ¡Me inspira tanto miedo, tanto!... Tengo por seguro

que al saber que estás aquí, vendrá y te provocará... ¡un duelo

con él!... También temo que me insulte, que se me ponga delante...

Siempre te aborreció... temo hasta el asesinato... me veo amenazada

por no sé qué horrores... veo sangre... ¡Y es tan fácil salir de este

círculo de miedo!...»

León iba á contestar, cuando creyó sentir rumor de pasos y cuchicheo

junto á una puerta que en la alcoba había.

«¿A dónde da esta puerta?--preguntó en voz baja.

--A una sala que se comunica con la japonesa.

--Ya ves... espían nuestros pasos, nuestras voces y... Son los

testigos que se preparan para la prueba...

--Sabe Dios quién será. Supón que mi marido viene...--dijo Pepa,

deslizando las palabras en el oído de su amigo como ladrón que con

ladrón habla en la soledad de la estancia robada;--supón que entra

aquí. Puede asesinarnos casi sin responsabilidad. La ley le ampara.

Estás en la alcoba de su mujer.»

León sintió una corriente glacial por todo su cuerpo.

«Calla--murmuró al oído de la dama.--Alguien acecha; pero es

cuchicheo de mujeres curiosas y de hombrecillos menguados. No tienen

más arma que su lengua.

--¡Estamos aquí para que ensayen su papel los testigos!--gritó Pepa,

separándose de su amante y parándose con actitud de leona frente á la

puerta misteriosa.--¿Quién me escucha, quién me vigila, quién pone su

oído en mi puerta con acecho cobarde?... Estoy en mi casa, estoy en

mi casa, y no con palabras, sino á latigazos echaré de ella á quien

no me respete.»

Después se volvió á León, diciéndole:

«¡Y todavía dudas!... Mil peligros nos rodean... Tiemblo por tu vida,

tiemblo por todo.»

Detrás de la puerta había ya profundo silencio. Después se oyeron

menudos pasos de mujeres alejándose.

«Oye esas pisadas de gato--dijo él.--Los cobardes no matan, pero ya

nos arañarán el rostro.»

Al decir esto, ambos se asustaron porque una persona había entrado en

la alcoba por la habitación de Monina. Era el Marqués de Fúcar. Venía

muy alterado.

«Tengo que hablar con mi hija--dijo á León con cierta seriedad.--¡Qué

sería de ella si un padre solícito no...! Después hablaré contigo,

León. No, mejor será que hable antes... ¡Qué asunto tan delicado!...

Vengo de... En fin... hija mía, un momento: León y yo tenemos que

decirnos dos palabras. Pasemos aquí al cuarto de la nena.»

La dama se quedó en su alcoba oyendo el rumor de las voces de su

padre y su amigo, pero sin entender nada. Pasado un rato, Don Pedro

volvió solo al lado de Pepa. Esta miraba con afán á la puerta,

esperando al que poco antes saliera por ella; pero según dijo el

Marqués, ambos señores habían convenido en que el amigo no debía

asistir á la conferencia entre el padre y la hija.

Retiróse León al cuarto que habitaba, no lejos de la sala

_Increíble_, y pasó la noche en las crueles ansias del combate

interior. Era éste primero como una disputa entre formidables

enemigos. Después el combate tomó la forma pavorosa de preguntas, á

las cuales era preciso contestar de algún modo.

¿Huir con ella en el momento? Esto no podía ni siquiera pensarse.

¿Dejarla expuesta á la mala voluntad y quizás á las violencias del

otro? No podía ser.

Mas por el momento, las conveniencias le mandaban salir de

Suertebella y retirarse á su casa, donde podría seguir discurriendo

lo que debía hacer. Verdaderamente esto era lógico; pero más lógico

era no desamparar á la que de él tan cordialmente se amparaba. Si

había peligros para entrambos en Suertebella, érale forzoso seguir

allí, desafiando los comentarios del público. La opinión de los

demás sobre aquel asunto suyo había llegado á serle indiferente, y

decidido á obrar conforme á su conciencia, despreciaba el juicio de

la muchedumbre. Quedándose allí tenía que arrostrar la desagradable

impresión de las visitas que le harían pronto sus amigos y conocidos,

gente ávida de dar un pésame en las condiciones más singulares.

Todo el mundo sabía lo que pasaba. Era seguro que hasta los amigos

menos afectuosos irían á verle, sólo por verle allí, en el teatro

de su doble desgracia y de su escándalo. Pensó primero que no debía

recibir á nadie; y después pensó lo contrario. Sí: afrontaría con

valor la implacable embestida de la curiosidad y de la novelería.

¿Por qué no? Aquel enjambre social, viviendo en el goce del pecado

propio y en la eterna crítica del ajeno, no le inspiraba temor, sino

desprecio. Además, Fúcar le había rogado que se quedara para prestar

su cooperación á un benéfico plan que meditaba, y seguramente saldría

bien á pesar de no ser contrata ni empréstito.

XVII

Visitas de duelo.

Despierto estaba aún y batallando en su interior al romper el día;

pero luego sintió gran fatiga, y cerrando todo durmió algunas horas,

con ese sueño breve y profundo que la última madrugada suele acometer

al reo en capilla, y que parece, más que sueño, una embriaguez

producida por el dolor fuerte y continuo.

Hora de las diez sería cuando su criado le ayudaba á vestirse,

informándole de muchas cosas interesantes. El cuerpo de la señora

había sido colocado en la capilla, con beneplácito del Marqués de

Fúcar, y el Padre Paoletti lo había velado la noche anterior y lo

velaría todo el día y la noche siguiente, rezando de continuo. El

mismo señor y el cura de Polvoranca y el de la parroquia, habían

dicho misa aquella mañana en el altar de San Luis Gonzaga. El Padre

Paoletti se personó luego en la estancia del viudo para hablarle

de ciertas disposiciones piadosas de la difunta. De todo ello se

ocupó León con solicitud, y dió nuevas órdenes al Padre para que lo

restante fuera realizado con la posible magnificencia. El Marqués

de Fúcar vino, y ambos hablaron larguísimo rato sin agitación,

sin palabras duras, tranquilos y tristes como dos diplomáticos de

naciones vencidas y desgraciadas que comentan el modo de atajar á un

usurpador victorioso. «De tí depende,» dijo repetidas veces D. Pedro

con atribulado semblante, y después añadió: «eres árbitro de todo.»

Después de estas palabras prolongóse bastante el diálogo, siendo cada

vez más triste, más apagado y terminando en acentos que oídos de

fuera parecían de salmodia. La conferencia, como otras de que depende

la suerte de las naciones, terminó en almuerzo. Pero aquella vez el

almuerzo fué mudo y casi de fórmula, cosa que jamás pasa en política.

La familia de León Roch, Tomo 2 · 第 14 / 17 段