«Querido--le dijo éste estrechándole con cariño las manos,--recibe

el pésame de un afligido. Aquí donde me ves, gimo bajo el peso de un

disgusto.

--¿Hay algún enfermo en casa?...

--No... ya hablaremos... ahora no es ocasión... No tienes que

agradecerme nada... era mi deber. Ya ves que he mandado adornar el

palacio como corresponde á ceremonia tan augusta y á la firmeza de

mis ideas religiosas. Se trajeron todas las camelias de la estufa,

los rododendros y los naranjos que están en pesados cajones de

madera. Pero no importa: hay ocasiones en que me parece conveniente

llegar hasta la exageración... Volveré á saber... A su debido tiempo

hablaremos.»

Poco después salió á tomar su coche para irse á Madrid, pensando en

esta desdichada, en esta mal dirigida nación, que al día siguiente

de hacer un empréstito ya necesitaba hacer otro... León volvió á la

alcoba. La terminación parecía próxima. Rafael, Paoletti, Moreno y

él, rodeaban á la pobre María que, desde las últimas palabras de su

espiritual confesión, se había ido postrando y perdiendo rápidamente

el aspecto de persona viva. Su hermosa cabeza y cara en que estaba

representado, por vanagloria de la Naturaleza, el ideal de la

belleza humana, parecían más perfectas en aquel momento cercano á

la extinción de la vida orgánica, y su inmovilidad, su blancura, la

fijeza de aquel blando reposo sobre la almohada, la calma escultural

de las facciones y de los músculos faciales, no contraídos por dolor

alguno, la asemejaban á una representación marmórea de la muerte

tranquila, noble, aristocrática, si es permitido decirlo así, puesta

en figura yacente sobre el sepulcro de una gran señora. Nada se movía

en ella. Lograba el privilegio de entrar en el reino sombrío con

sosegada parsimonia, sin dolor físico, como se pasa de una visión á

otra en el entretenido viajar de un sueño.

Sus ojos, medio velados por las negras pestañas, se fijaban en el

rostro sombrío y atónito del hombre de la barba negra. León esperaba

junto al lecho observando con dolor aquella hermosura sublimada por

la muerte, y pensaba en el sentido profundamente filosófico de la

aparente transformación de su mujer en estatua. La solemnidad del

caso doloroso; el silencio del lugar, sólo turbado por un aliento

apenas ronco, más difícil á cada minuto; la mirada triste de aquellos

ojos moribundos, fijos en él como una raíz misteriosa que no quiere

dejarse arrancar, lleváronle á pensar cosas divinas, referentes á él

mismo, á ella, dos seres que se decían esposos y sólo estaban unidos

ya por el hilo de una mirada. Sondeó su corazón deseando hallar en

él un resto de amor para ofrecerlo, como la última florecilla de la

galantería conyugal, á la que espiraba en la soledad fría de su

misticismo, y por más que buscó y rebuscó no pudo encontrar nada.

Todo lo que su corazón contenía en caudales de amistad y ternura,

había sido retirado sigilosamente del hogar legítimo para ser

depositado y como escondido en otra parte.

Pero si amor no, la hermosa estatua que había sido embeleso de su

juventud le inspiraba una compasión tan viva y tan honda, que con

el amor mismo se confundiera en tan supremo instante. Al despedir

aquella vida, que habría podido ser encanto y ennoblecimiento

de la suya, y que sin embargo no lo había sido, León sintió que

las lágrimas subían á sus ojos y que el corazón se le oprimía.

«¡Infeliz!--dijo para sí,--Dios te perdonará todo el mal que me has

hecho; te lloro como si te amase, y te compadezco, no sólo por tu

muerte prematura, sino por el desengaño que vas á tener cuando sepas,

y lo sabrás pronto, que el amor de Dios no es más que la sublimación

del amor de las criaturas.»

Se acercó á ella, atraído por los ojos que se abrían un poco más.

Vió de cerca el vello finísimo, casi imperceptible, que sombreaba

su labio superior; vió el punto luminoso de su pupila irradiada de

oro; sintió su aliento, que casi no se sentía ya. ¡Desconsolada!

No hay voces para expresar aquel desconsuelo, que por sí no se

expresaba tampoco con palabras, sino con el último destello de una

mirada que lloraba apagándose. Bajo la tranquilidad exterior de su

cuerpo y la calmosa fijeza de su mirar de desconsuelo, se revolvían

quizás tormentosas ansias y los ardientes afanes humanos, despertados

sordamente en lo más íntimo del sér moribundo, cuando ya no existía

el poder físico para darles forma. Pero la superficie no decía nada,

así como la costra helada del río no permite oir la bulliciosa y

veloz corrida de las aguas profundas.

Así lo comprendió León. Vió una gota brillante temblar en cada

uno de los ojos de María. Eran la última y la única forma posible

de expresar la energía postrera de sentimiento humano en su alma,

solicitada ya del abismo insondable, y atada aún al mundo por la

tenue raíz de un deseo. Dos lágrimas asomadas, que no llegaron á

correr, fueron lo único que de aquel oleaje recóndito salpicó fuera.

León acercó sus labios al rostro frío y oprimió firme. Oyó entonces

el fuerte suspiro de una gran ansiedad satisfecha. Estremecido con

sacudimiento el cuerpo exánime, oyóse una voz que dijo:

«¡Oh!... ¡gracias!...»

_Transit._

Quietud absoluta. ¡Formidable silencio aquél en que María Egipciaca

resbaló por la pendiente de la invisible playa, como grano de arena

arrastrado por la ola y llevado á donde la humana vista no puede

penetrar!

Los que la miraban morir se encontraron solos. Con un suspiro se

dijeron que ya la infeliz esposa no existía. Ya se podía hablar en

voz alta... El que tenía la obligación de cerrar aquellos ojos los

cerró con trémula mano... Temía hacerle daño.

El Padre, puesto de rodillas, rezaba en silencio, la mirada

fuertemente contenida dentro de los párpados, como el prisionero á

quien se doblan los cerrojos de su calabozo. Contempló León breve

rato lo que restaba de quien fué la mujer más hermosa de su época,

reuniendo á este privilegio el de ser la más santa de su barrio, y

tembló de dolor al choque de las memorias que á él venían, de los

sentimientos que en él se encrespaban. ¡Cuán triste hermosura en

aquella calma de los despojos tibios, donde lo bello ocultaba tan

bien lo fúnebre, que era propio en aquel caso llamar ascéticamente

muerte á la vida y vida á la muerte!

Lleno de turbación y rebosando lástima de su corazón oprimido, el

viudo salió de la alcoba como si saliera de su juventud. Las fieles

amigas de devociones y los criados quedaron allí. Paoletti se retiró

á rezar á la capilla. Circuló la noticia por el palacio y se oían

lamentos lejanos, bullicio de gente que corría en busca de cordiales,

secreteo suspirón de amigos que entraban y salían. León fué á dar á

la sala de Himeneo, donde se arrojó en un diván, fijando la vista en

el antiguo reloj artístico que en torno al círculo de las horas tenía

un renglón curvo, semejante á un triste ceño, con esta inscripción:

_Vulnerant omnes ultima necat._

XV

La sala _Increíble_.

Reuniéronse á él los criados y algunos amigos fieles. Dadas las

disposiciones que exigían las circunstancias, se retiró á la parte

del palacio próxima á su habitación. Quería estar solo. En medio de

su pena, sentía escondida la satisfacción de haber cumplido hasta el

último instante obligaciones sagradas. Mandó á su criado que guardara

la puerta, no permitiendo que nadie penetrase hasta él, y se encerró

en la sala _Increíble_. Al fin le acompañaba la soledad tan deseada.

Podía pensar solo y considerar la marcha de los sucesos, su propia

situación, el estado de su alma, echar una mirada al pasado y otra

al porvenir. La dolorosa lucha que tiempo há sostenía con un ideal

distinto del suyo, había concluído. Estaba libre; pero su libertad

venía impregnada de tristeza, porque había sido traída por la muerte;

le quitaba los hierros una figura hermosa, melancólica, que no

merecía en modo alguno el odio, sino compasión y respeto. El óbice

suprimido por la muerte, aposentado en la memoria y aun en el corazón

del liberto por la compasión, ganaba dulces simpatías sólo por el

hecho de su fin lamentable. Tenía el prestigio de la inocencia y la

hermosura del ángel.

Por mucho que León empapara su pensamiento en aquella memoria,

si no cariñosa, interesante y patética, no pudo evitar que fuese

sorprendido su espíritu por una idea lisonjera. Tenía porvenir.

Ante él se abría el pórtico de una vida nueva, donde quizás

vería realizado lo que persiguió vanamente en la vida fenecida,

completamente rematada en la calma triste de un funeral. Pero lo

reciente del duelo le hacía mirar con miedo el porvenir, y sujetaba

su mente para no lanzarse á imaginar días venturosos ni á fabricar

lindos castillos, todos en la región luminosa de lo probable, pero

también en el caos obscuro de lo imaginario. Era para él muy doloroso

que en un punto se juntasen el homenaje de respeto y piedad debido á

lo que fué y la ilusión de lo que había de ser. Pero la esperanza es

como el remordimiento, y viene tan puntual cuando la lógica la trae,

que se la creería un don precioso de la conciencia. Así como no se

puede cerrar la puerta al remordimiento cuando este viajero llega

y toca reclamando su hospitalidad ineludible, no se puede tampoco

despedir á la esperanza que viene, atropella, invade, se apodera,

se instala y despliega ante la vista el lienzo seductor de los días

venideros. No hay ceguera voluntaria que sea parte á impedir el goce

de los horizontes de la vida cuando éstos se agrandan y se iluminan

por sí. No hay momento en la vida, por doloroso que sea, que no

se encadene con los momentos esperados que aún permanecen en los

infinitos depósitos, no consumidos, del tiempo. La vida no es más

que la apreciación de un _más adelante_. La Naturaleza ha cooperado

en esta ley, no creando ningún sér superior que tenga los ojos en la

espalda.

Vacilaba y padecía, no queriendo lanzarse á donde su pensamiento

iba con fatal vuelo, y gustaba de atarse otra vez la cadena rota.

Creía honrarse apartando de sí toda idea de su propio bien, aunque

éste fuera legítimo, y quería que su fantasía procediera noblemente

no imaginando nada lisonjero en aquella luctuosa noche. Pero si el

espíritu tiene velas maravillosas que lo impulsan y sin las cuales

no puede navegar, tampoco puede hacerlo sin un lastre que se llama

egoísmo. El egoísmo es necesario. Sin él y con velas se entregaría

el hombre al loco arbitrio de los huracanes. Y con él solo y sin

velas, queda reducido al triste papel de pontón. Gallarda y perfecta

nave es la que tiene en justa medida alas y peso. Meditando en esto,

él se negaba resueltamente á ser pontón. Había arrojado al agua todo

su lastre para lanzarse como un rayo al oleaje de la contemplación

pura de lo ideal, cuando sintió ruido, un rumor que le hizo temblar,

como la cuerda tirante en los altos topes tiembla en la horrible

trepidación del huracán: era un ruido de traje de mujer mezclado con

un suspiro. Cuando miró, Pepa Fúcar estaba delante de él.

León, medroso, no osó preguntarle nada. Tenía ella en su cara el

aspecto de un muerto que se levanta por miedo de haberse muerto.

Sus dientes chocaban como al efecto de un frío intensísimo. Traía

la tragedia en sus ojos y en su mano un papel. León tuvo valor para

decirle:

«Por Dios... no vengas á turbarme... Mi pobre mujer ha muerto.

--Y yo...»

El temblor, aquel frío que parecía adquirido al contacto del

sepulcro, le impidió seguir. Al fin concluyó la frase: «Y yo há

tiempo que he venido... á decirte que mi marido vive.»

León se quedó como quien no oye bien. Su conciencia fué la que gritó

un instante después: «¡Tu marido!...»

Se llevó la mano á la cabeza, en cuyo centro toda su sangre parecía

circular en remolino.

«¡Vive!

--¿Le has visto?

--Sí, y me habría muerto de espanto si no hubiera pensado que estás

tú en el mundo para salvarme y ser mi amparo contra ese bandido.»

Estas palabras llevaron el espíritu de León á un aturdimiento

estúpido...

«¿Yo? ¿qué tengo que ver en eso?...--dijo, pugnando por echarse

fuera de aquella situación escandalosa, por medio de un sofisma de

dignidad.--Déjame... ¿tengo algo que ver con tu marido... ni tampoco

contigo?»

En su pecho se había levantado una tempestad de rabia, contra la

cual luchó, oponiéndole el decoro, el honor, diques de barro, que

se rompían apenas usados. Sintiendo un torbellino en su cabeza y

deseando que su amor fuera oído y que las cosas no fuesen como eran,

ordenó á Pepa salir de allí. Un rayo de lógica le había destrozado

interiormente. Cediendo á un movimiento natural de su alma, que no

sabía si era el despecho ó el honor, dijo á su amiga:

«Déjame... te repito que me dejes... No me turbes ahora. No quiero

verte, te separo de mí, te expulso.

--No estás en tu juicio--dijo Pepa con dolorida tristeza.--Me

arrojarás de esta sala, pero no puedes arrojarme de tu corazón.

--Es que has venido á burlarte de mí--repuso él,--cuando merezco más

respeto... Lo que has dicho no será verdad.

--¡Oh! si no lo fuera...--dijo la dama cruzando las manos.--Esta

mañana me dió mi padre la terrible noticia; pero yo no creí que el

_otro_ tuviera valor para presentarse á mí... Esta noche me hallaba

en mi cuarto... sentí ruido en el jardín, me asomé... ví un hombre...

era él... la luz que alumbra el pórtico iluminó su cara aborrecida...

le conocí. Creí que la tierra se abría y me tragaba... y empecé á

temblar de frío y miedo. Instintivamente me eché á correr por toda la

casa creyendo sentir sus pasos detrás de mí y su mano que me tocaba.

Salí por la puerta de servicio, y si no hubiera puerta, me habría

arrojado por una ventana... salí al patio, no quería detenerme...

corrí á la calle, tomé un coche de alquiler, y he volado aquí para

decírtelo... he esperado mucho tiempo en el museo... no he tenido

paciencia para esperar más.

--¿Y tu hija?

--Si hubiera estado en casa la habría traído conmigo... Papá la llevó

esta noche á casa de la Condesa de Vera. Yo pensaba ir también;

pero supe lo que pasaba aquí, y me entró horror de presentarme en

público... me fingí enferma.

--¡En qué triste instante vienes aquí!--exclamó León con honda

amargura.--Ni siquiera consolarte puedo.

--¿Qué ves en mi presencia?

--Profanación... escándalo... no sé qué... una espantosa

inoportunidad que me hace temblar.

--No tengo la culpa de lo ocurrido. Dios lo ha dispuesto así... Pero

no perdamos el tiempo en lamentaciones... pensemos, discurramos lo

que se debe hacer.

--¿Quién?

--Nosotros... ¿Me desamparas en este conflicto sin igual? ¿No sabes

lo que trama el perverso? Mi padre me enteró esta mañana... Hace dos

días que llegó á Madrid y se alojó en casa de sus tíos para acecharme

desde allí... No sé quién le ha informado... Creo que serían sus

tíos. Gustavo es su abogado... sí, va á entablar querella contra

mí... El muy canalla escribió á mi padre esta mañana declarándose

arrepentido de sus infamias y pidiéndole perdón... En la carta de mi

padre remitía una para mí... Mírala.»

El primer movimiento de León fué rechazar la carta; pero sin saber

cómo, la arrebató de la mano de Pepa y leyó lo que sigue:

«Un hombre que se muere no tiene derecho á exigir fidelidad á la

esposa que vive. Felizmente para mí, el Señor Todopoderoso ha

querido conservar mi preciosa existencia. Mientras llega el momento

de abrazar á mi esposa y á mi hija, tengo el honor de poner en

conocimiento del primero de estos seres queridos que estoy resuelto á

otorgarle mi perdón si se decide á poner de nuevo el cuello bajo el

yugo matrimonial, atendiendo á que mi supuesto alejamiento del mundo

de los vivos disculpó hasta ahora su desvarío. Pero si el susodicho

sér querido se obstina en considerarme destinado á ser pasto de peces

en el golfo mejicano, yo me tomo la libertad de asegurarle que estoy

decidido á usar de los derechos que la ley me otorga. Mi adorada

hija no puede crecer en el impuro regazo del adulterio. Seguro estoy

de que la dama de quien tengo el honor de ser esposo no preferirá

los halagos de un amor criminal á los dulces deberes de madre; en

caso contrario yo entablaré mi querella, contando, como cuento, con

los testigos necesarios para hacer la previa información que la ley

exige, y reclamaré á mi hija, persuadido de que la ley la pondrá en

mis paternales brazos cuando cumpla los tres años.

»Para que mi buena esposa comprenda bien cuán fuerte es mi posición

de cónyuge inocente, le ruego dé una vuelta por el despacho de su

señor padre, y allí, estante tercero, tabla segunda, hallará la

Novísima Recopilación, de cuya interesante obra me tomo la libertad

de recomendarle la ley 20, título I, libro II.

_F. Cimarra._»

«Es él--exclamó León estrujando la carta,--es su letra, es su estilo,

su descaro, su miserable ironía, su falta absoluta de vergüenza y

delicadeza. Reconozco la mano infame en la bofetada que recibo...

¡Dios Poderoso, si el ataque de un monstruo semejante no es razón

suficiente para atropellar todas las leyes y respetos, para olvidar

la dignidad y la conciencia misma; si esto no es razón para rebelarme

y estallar, no quiero la vida, la desprecio.»

Arrojó al suelo la carta estrujada y Pepa le puso el pie encima,

diciendo con cierta fiereza: «Así trataría yo tu persona, malvado, y

tu Novísima Recopilación.»

Después se dejó caer en el sofá, exclamando entre sollozos: «¡Mi hija

en poder de ese vil!... ¡Mi hija, que es mi alma toda, separada de tí

y de mí!... ¡La idea de esta feroz amputación de mi vida me vuelve

loca!»

León clavaba en el suelo una mirada torva, aviesa.

«Un rasgo enérgico de mi voluntad nos salvará,--dijo Pepa alzando su

rostro que parecía la imagen misma de la resolución.

--Calla, espera--dijo León, apartándola lleno de ansiedad.--¿No oyes?»

Ambos quedaron mudos, conteniendo el aliento. Sentíase por la galería

cercana ruido de pasos lentos, tardos, como de muchos hombres que

transportan un objeto pesado. Se acercaban, pasaban con cierta

solemnidad aterradora, después se perdían á lo lejos...

Pepa y León, en la actitud de rechazarse el uno al otro, atendían con

temerosa quietud á lo que cerca de ellos pasaba. El vivo palpitar de

ambos corazones se confundía en un solo latido. Cuando el silencio

volvió á reinar en el palacio, León miró á su amiga, que tenía el

rostro inclinado y los ojos llenos de lágrimas.

«¿Rezas?

--¡Oh! ¡Dios mío!--exclamó Pepa oprimiéndose el corazón.--Ella reposa

en paz, yo me consumo en ardientes afanes; ella goza ahora de la

dicha eterna en premio de sus virtudes, yo soy señalada como criminal

y perseguida por la justicia, y veo mi pobre corazón cazado en

horrible trampa de leyes... No, Señor: yo no te pedí que la mataras

para darme el triunfo, yo no pedí eso... Yo no he sido mala, yo no

merezco este castigo... Por momentos la aborrecí, es verdad; pero ya

no. Ahora no sé si la temo, no sé si es respeto lo que me hace pensar

tanto en ella y verla día y noche enfrente de mí, viva y muerta al

mismo tiempo.

--¡Feliz ella!--dijo sordamente el viudo.

--Pero no nos entreguemos á nuestra melancolía. Es preciso resolver

esta noche misma... Escucha, yo tengo un plan, el mejor, el único

posible.

--Un plan...

--Ya lo sabrás. Antes necesito traer á mi hija. Paréceme que me han

de quitármela, que ella y tú y yo corremos peligro...

--Tráela al momento.

--Son las diez. Tengo tiempo de ir y volver pronto. Ya he hablado á

Lorenzo, el mejor cochero que tenemos. Está enganchada la berlina.

¿Prometes esperarme aquí?

--Te lo prometo--dijo León mirándola sin verla.--Corre en busca de

Monina, tráela pronto; yo también temo...

--Hasta luego... No te muevas de aquí.»

Salió por la puerta del museo. Largo rato estuvo León sin poder

coordinar sus ideas. Antes de resolver nada concreto, convenía ver

la cuestión con claridad y con sus naturales formas y dimensiones,

sin hacerla más difícil ni más fácil de lo que realmente era. Pero él

mandaba á las ideas presentarse con lucidez y no lo podía conseguir.

La disciplina de su entendimiento estaba rota. El gran cansancio

físico y el caos intelectual en que se hallaba lleváronle á una

especie de sopor, en el cual su mente se aletargaba dejando que

desvariaran febrilmente los sentidos. La sala cuadrada le pareció

circular, y el muro cilíndrico daba vueltas en torno de él, paseando,

con el remolino jaquecoso de un Tío Vivo, las mil estrafalarias

figuras que lo adornaban. Eran estampas grandes y chicas, platos y

jarros, medallas y esculturas del tiempo del Directorio, que fué

la revolución del vestido, trivial apéndice á la revolución del

pensamiento. Después de cortar las cabezas, la fiebre innovadora

se dedicó á reformar sombreros. La industria no quiso ser menos que

la libertad, y en la cúspide del montón de cráneos alzados por el

Terror, plantó el figurín.

Allí no había más que hombres embutidos en inverosímiles casacas,

estrangulados por corbatas sin fin y sirviendo de pedestales á

fantásticos gorros. Unos esgrimían bastones llenos de nudos ó en

espiral, y estaban desgreñados como las furias y calzados como

bailarines. Cadenas informes y sellos como badajos pendían algunos;

de otros no se sabía cuáles eran las piernas y cuáles los faldones,

ni dónde empezaba el hombre y acababa la ropa. Parecían chabacana

metamorfosis de la humanidad en bandada de aves graznadoras, llevando

los lentes sobre el pico y las patas con borceguíes. Las mujeres

mostraban media pierna con listadas medias, y en la cabeza torres de

pelo, plumas, cartón, cintas, túmulos, veletas, pagodas, flechas,

escobas.

Hombres y mujeres corrían en rápido ciclón, abigarrada chusma bufona,

de cuyo centro salían silbidos, ayes, befa y risa, entre la confusa

masa de garrotes, piernas desnudas, narices, lentes, faldones,

abanicos, sombreros. La humanidad actual encerrada en un cañón tan

grande como el mundo y disparada á los aires en millones de pedazos,

no habría formado sobre el cielo espantado una nube más horrible.

Vió León que del círculo se destacaba una figura y avanzaba hacia él.

Al punto se sintió abrasado de un furor semejante al que despierto

había sentido en la mañana de aquel día contra su hermano político,

furor no contenido ahora por consideración ni respeto alguno. El

odiado _increíble_ que hacia él venía era el más grotesco de aquella

muchedumbre antipática, y con su infame risa parecía insultar á la

razón humana, al pudor, á la virtud, á todo cuanto distingue al

hombre de la bestia.

«Execrable animal--gritó ó creyó gritar León, abalanzándose á él y

cogiéndole por el cuello,--¿crees que te temo?... ¿Por qué me la

quitas?... ¿Dices que es tuya?... Ahora te enseñaré yo de quién es.»

Desarrollaba contra él atlética fuerza y le decía: «¿Tienes derechos?

Pues yo los pisoteo... ¿Has contraído lazos? Pues yo los rompo...

Mira el caso que hago yo de tus derechos y de tus lazos: el mismo que

de tu vida, empleada en el mal y en el escándalo... ¿Me pides que

te respete?... ¿que respete en tí la ley, el Sacramento, como los

respeté en la infeliz que ya no pertenece al mundo? ¿Cómo te atreves

á compararte con ella? En ella respeté la virtud seca, la piedad

exaltada, la honradez, la inocencia, la debilidad, la belleza. Pero

en tí, ¿qué hay sino corrupción, mentira, infamia, vicios?... No me

pidas que te tenga lástima, porque la compasión no se ha hecho para

los animales dañinos. No me pidas que te entregue tu hija. ¿Pues qué,

un ángel se echa á los perros?... Tu hija te aborrece, tu mujer te

aborrece, y yo... te acabo.»

Creyóse rodando por una pendiente obscura con su víctima entre las

manos. Sin darse cuenta de ello durmió un rato con agitado sueño.

Cuando aquel vértigo insano se calmó por completo en su mente, empezó

á distinguir de un modo confuso los objetos; luego los vió salir

de la sombra con más claridad. Los _increíbles_ y las _increíbles_

estaban en su sitio con su natural pergenio irrisorio, ni más feos ni

más agraciados que antes. No oyó León rumor alguno. Miró su reloj:

eran las once y media.

La primera idea que vino á su mente fué la de que debía salir del

palacio aquella misma noche y retirarse á su casa. Pensó en María

muerta, en Pepa viva, y á entrambas las veía cual si delante las

tuviera. Después, como si su pensamiento evocara á esta última, la

vió aparecer por la puertecilla del museo, trayendo á Monina de la

mano.

XVI

Los imposibles.

«Aquí está--dijo con orgullo.--¿Ves cómo la traigo?»

La familia de León Roch, Tomo 2 · 第 13 / 17 段