permítaseme decirlo, como el moho del sentimiento--dijo Paoletti,
sintiendo que la elocuencia venía en torrentes á su boca;--llámeles
usted así y vendrán. Un movimiento espiritual, íntimo, mi dulcísima
amiga--añadió llevándose la mano al corazón y apretándola sobre él
como una garra;--un impulso hondo, de aquí; un impulso que en una
sola energía comprenda dos deseos, el deseo de expulsar esa lepra y
el de volver arriba, á esas regiones serenas, iluminadas, radiantes,
de donde jamás debió descender... Animo, alma predilecta, en cuyas
alas se ven ya cambiantes y reflejos de la luz inextinguible del
Paraíso... ánimo y no abatir las alas... te falta muy poco, esto,
tanto así--fió á sus dedos la expresión material de la idea;--no
mires abajo, que te dará vértigo: mira hacia arriba, y verás las
magnificencias que te aguardan, hermosura y dicha superiores á
cuanto imagine tu fantasía en los deliquios más placenteros; oirás
regaladas músicas y te sentirás penetrada de ese bien infinito, que
te envolverá toda, te suspenderá manteniéndote en un vuelo de arrobo
infinito, de contemplación angélica. No vuelvas atrás, alma bendita,
te lo ruego, te lo pido por tí, por todos nosotros que esperamos
tu ejemplo, por el Dios que te creó tan hermosa como obra maestra
destinada á su propio recreo y grandeza; te lo pido de rodillas,
yo, humildísimo clérigo que nada valgo, que nada soy; pero que he
tenido la dicha de encaminarte á tu celestial destino, ¡oh, alma
preclarísima! conquistando así un mérito que muy poco vale al lado de
los tuyos.»
Pausa. Paoletti se puso de rodillas cruzando las manos.
«De rodillas... usted--murmuró María con voz balbuciente:--no, eso
no... Haré lo que usted me manda... pero ¿qué se hace para dejar de
sentir lo que se siente?
--Sentir otra cosa--dijo el italiano levantándose.--¡Oh! bien
lo sabe usted... que ha educado su corazón y su mente con arte
maravillosísimo igual al de los santos. ¿Siente usted, por ventura,
enflaquecimiento ó tibieza en su amor á Dios, en su piedad?»
Silencio. María respondió negativamente con un movimiento de su mano.
Después, acercando más su cabeza al Padre para que éste la oyera
mejor, habló así:
«¿Eso que usted quiere echar de mí impedirá mi salvación si no lo
echo?
--¡Oh! ángel de bondad, ni por un momento he puesto en duda su
salvación... Eso no. Pues qué, ¿un alma tan llena de merecimientos
podría perderse? Sin que usted me lo declare conozco que esos afectos
que han venido á conturbarla no van acompañados de rencor, ni
excluirán el perdón de los que hayan á usted ofendido. ¿Me equivoco?»
María volvió á negar con la cabeza.
«Entonces la salvación es segura. Si me empeño en arrancar esa
hierbecilla, es porque no me contento con que esta alma sea buena;
quiero que sea perfecta. No me satisface la victoria, y deseo un
triunfo gloriosísimo, para que además de la corona de la virtud lleve
usted la de la santidad. Quiero--añadió con énfasis,--que usted suba
al cielo bañada en luz esplendentísima, entre las aclamaciones de
los ángeles, y que desde el eterno umbral recamado con estrellas de
zafir no vuelva la mirada á la tierra ni aun para obsequiarla con su
desprecio. Quiero en usted la pureza absoluta, el amor en su esencia
divina.
--Todo eso tendré sin arrancarme el afán de la tierra. Si me puedo
salvar con él, que Dios me reciba en su seno tal cual soy.»
Paoletti meditaba. De pronto dijo:
«Mi querida amiga, ¿perdona usted de corazón á todos los que la han
ofendido?»
Pausa. «Sí--dijo María, cuando ya el Padre había perdido la esperanza
de recibir contestación.--Perdono á mi infiel marido, que me ha
matado.»
Al decir esto, dos lágrimas corrían por sus mejillas.
«Y á ella, á esa mujer que ha robado á usted el amor de su marido,
¿la perdona usted?» Paoletti esperaba con los ojos fijos en la
enferma. María bajó los párpados de los suyos y se sumergió en
abstracción profunda. El clérigo creyóla presa de un desmayo;
alarmado, acercó su rostro, observó, esperó. Al fin pudo oir un
sollozo que decía:
«También la perdono.
--Pues si mi nobilísima hija perdona, que es la manera de arrojar esa
levadura maléfica, entrará triunfante en la morada celestial,» dijo
el Padre en tono patético, cual si tuviera en su mano la llave de
aquella morada.
Súbitamente poseída de entusiasmo místico por efecto del influjo
sobrehumano que sobre ella tenía el Padre, María recobró sus fuerzas,
y singularmente las de la emisión de la voz. Hasta en sus mejillas
pálidas viéronse señales de la reacción vital, que principalmente se
mostraba en la movilidad, gracia seductora y resplandor de sus ojos.
«Parece que esas palabras me han infundido una vida nueva--dijo
con fácil acento.--No sé qué telas había delante de mis ojos, que
ya han desaparecido, y veo claro, tan claro, que me pasmo de los
beneficios que el Señor me ha hecho dando esta luz á mi alma, y no sé
cómo agradecérselo. Él me ha enseñado el camino para ir á Él; me ha
llamado con voces de cariño. No me aparto: voy, voy, Dios, Padre y
Redentor mío; voy abrazada á tu cruz.
--Así, así, así quiero á mi amadísima penitente y amiga--exclamó el
poeta de los superlativos dejando correr las lágrimas que venían á
sus ojos.--Pronto vivirá usted en espíritu en la región del consuelo
eterno. ¡Qué gran privilegio, amiga mía, no asustarse de la muerte,
sino, por el contrario, ver con gozo ese momento en que la última
chispa de la vida asquerosa se confunde con la primer centella del
vivir limpio, infinito! ¡Alma hermosísima, purificada por la oración,
por la piedad constante, por el heróico trabajo de la vida interior,
por la perenne inmersión del pensamiento en la idea divina, extiende
tus alas, más blancas que las nubes; no temas, remóntate, mira tu
puesto arriba, oye las deleitosas músicas que te reciben, aspira esa
fragancia inconcebible del Paraíso, atrévete á afrontar la mirada
paternal del que hizo el sol y las estrellas, y que sonriendo con la
sonrisa de que salió la luz, te recibe como á mártir, como á santa!
--Sí--dijo María cruzando blandamente las manos sobre el seno:--yo me
siento subir, y no encuentro palabras para expresar mi júbilo. Parece
que se me olvida ya el lenguaje de la tierra, que no sé hablar. Mi
última palabra sea para repetir que perdono de todo corazón á los que
me han ofendido.»
Pausa. El italiano murmuraba una oración.
«Padre--dijo María Egipciaca dando un golpecillo en la cama para
despertarle de aquel sopor místico en que había caído,--me ocurre que
debo manifestar de palabra mi perdón á mi marido.
--No es absolutamente necesario, pero puede usted hacerlo.
--Quién sabe si unas cuantas palabras dichas en momentos tan solemnes
harán efecto provechoso en su alma perdida.
--¡Oh, sí!... Esa idea es propia de una inteligencia sublime... Se lo
_diremos_.
--En este trance--añadió María agitada otra vez por los afectos que
Paoletti llamaba menudos,--él no puede contestarme. ¡Ay! tiene tan
prontas las respuestas cuando yo le acuso, que á veces me aturde. Una
vez...»
María reflexionó un instante antes de seguir.
«... Vino á mí lleno de tristeza y desaliento. Era una noche que
llovía mucho... El pobrecito... por ceder su coche á un amigo
enfermo, se había mojado hasta los huesos. Además, aquel día se le
había muerto otro amigo que amaba mucho, un célebre ateo, ya sabe
usted, compañero de estudios y de herejías de mi pobre León. ¡Oh!
¡qué triste estaba! Le ví entrar y me dió lástima; pero yo estaba
rezando y no podía suspender mi rezo. Se mudó de ropa; pero con la
ropa seca tiritaba lo mismo que con la húmeda... tenía fiebre. Yo
mandé que le hicieran abajo una bebida calmante y seguí rezando,
pidiendo á Dios fervorosamente que le convirtiera, ¡y él no me lo
agradecía!... De pronto se llegó á mí, y sentándose en una banqueta
baja, puesto casi á mis pies, me tomó una mano, imprimiendo en ella
unos besos que quemaban. Díjome así: «Yo necesito amar y que me
amen... esto es vivir como los cardos que crecen solos y tristes en
el campo...» Gran esfuerzo el mío para no hacerle caso. Obligada
á dejar el libro de rezo, rezaba mentalmente, apartando de él los
ojos, trayendo á mi mente cosas de piedad, para que otras cosas y
pensamientos no pudieran entrar. Aquel día habíamos hablado usted y
yo largamente de las estratagemas de que se vale el espíritu ateo
para cautivar al espíritu con fe. Yo me fortalecí con el recuerdo de
aquellas palabras, y dejé pasar, dejé pasar la corriente de cariño
que de él hacia mí venía. Yo era una estatua; comprendí que debía
enojarme, y me enojé, echándole en cara su ateísmo. El tiritaba y
me decía: «Puesto que mi hogar está vacío para mí, me voy á meter
en un hospicio...» ¡Qué cosas dijo! El «yo quiero amar, yo quiero
que me amen» no se apartaba de su boca... Me galanteaba á veces como
un estudiante, riendo; á veces me hablaba de nuestra casa, de los
hijos que no habíamos tenido... Yo firme, yo revestida de frialdad,
porque si le mostrara cariño, ¡cuál no sería su engreimiento y
mi humillación! Habría yo creído que conmigo se humillaban la Fe
cristiana y la santa Iglesia. No, no: mi plan de conducta estaba
trazado, ¡y qué bien trazado! Yo me levanté, y le dije sin mostrar
emoción: «Conviértete y hablaremos;» y me retiré, dejándole solo. ¡No
se me ha olvidado aquella noche! Me acuerdo de que al entrar en mi
alcoba me dió lástima de verle con tanto frío, y tomando una manta se
la tiré desde la puerta. Yo me había puesto á rezar de nuevo en la
alcoba, cuando le oí decir: «¡Maldito sea quien te ha hecho así!»
--¡Oh, mi querida amiga!--dijo Paoletti;--se agita usted demasiado
con esos recuerdos.
--Me parece que le estoy viendo...--añadió María con no sé qué
expresión de éxtasis en sus ojos.--Estaba pálido aquella noche, y
tenía en sus hermosos ojos una melancolía, un desconsuelo...! Parecía
un niño hambriento que extiende los brazos hacia el seno de su madre
y se encuentra con que el seno de su madre es de cartón. Paréceme que
siento el picor de su barba fuerte aquí sobre la piel de mi mano,
y me pesa, me pesa aún sobre las rodillas su cabeza fatigada. Yo no
la dejaba reposar allí, pero la miraba preguntándome por qué Dios
permite que las ideas materialistas y el no creer estén dentro de una
cabeza tan hermosa. ¡Y aquella cosa inexplicable y encantadora que
hay en sus ojos negros... y aquella energía de su mano varonil, y
aquel conjunto de seriedad, de brío, de fuerza, sin perjuicio de la
esbeltez!...
--Amiga de mi alma--dijo Paoletti interrumpiendo,--creo que si
se ocupa usted tan prolijamente de perfecciones físicas, es para
asombrarse de que Dios, en su alto juicio, las haya unido á un
espíritu ciego y muerto.
--Eso es, eso es... pero estos recuerdos vienen á mí y no los sé
desechar. Pueden más que yo... Un día, después de muchos días de
destemplanza entre los dos, le ví entrar furioso. Era la primera vez
que le veía colérico: me dió mucho miedo. Me habló violentamente, y
tomándome por la mano, sacudióme como si quisiera arrastrarme. Caí
de rodillas delante de él. Me parece que aún siento su mano como
una argolla, y si la sintiera de veras ahora, creo que el gusto me
haría vivir... Díjome cosas muy duras; pero su misma ira, con ser
tan fuerte, no le impedía la delicadeza... Aquel arrebato de cólera
me regocijaba en el fondo del alma, porque me demostraba su amor;
pero como yo estaba segura de su fidelidad, no quise manifestarle
nada de mi afecto. Bien sabía yo que no me había de hacer daño, y
por lo mismo le dije: «No me importa que me mates, pero aguarda un
poco. Estoy repartiendo mi ropa á los pobres.» Así era: más de cien
infelices aguardaban á la puerta. Yo estaba tan orgullosa de mi
caridad, que supe despreciar á mi tirano. Él me dijo: «¡Es horrible
que se sienta uno herido en el alma y ni aun pueda devolver golpe por
golpe, y no pueda vengarse, ni matar á nadie, ni aun castigar!...»
¡Oh, qué simpático estaba en su enojo!
--Basta, basta--dijo prontamente y con desasosiego el Padre.--No
permito ni una palabra más de esa revista de memorias nocivas al
alma. La que luchó entonces por limpiar su espíritu no puede sucumbir
ahora.
--No, no sucumbiré--afirmó María, revelando en su rostro lívido el
esfuerzo que hacía su alma para romper las misteriosas cadenas que
la aprisionaban en la hora tremenda.--Bastante me he mortificado,
bastantes batallas he dado en mi mente para despojarle de aquellas
perfecciones y dejar desnudo el horrible esqueleto. Este
procedimiento de no ver en el sér hermoso más que un esqueleto,
me fué recomendado por usted... y ha sido mi salvación... Porque
indudablemente mi alma se habría perdido, ¿no es verdad, Padre?...
el fin de conquistarme espiritualmente y hacerme suya extraviando mi
corazón, ¿no es verdad, Padre?»
A cada pregunta, señal en ella de dudas ó refriega interior, el Padre
contestaba afirmativamente con fuerte cabeceo.
«Yo le decía: «Tuya soy en aquello que nada vale; pero mi espíritu no
lo tendrás jamás.» A veces me imponía la obligación de estar semanas
enteras sin hablarle. ¿No es verdad que hacía bien?
--Mi infelicísima amiga--dijo el italiano suspirando,--está usted
refiriéndome lo que mil veces me ha referido. Volvamos esa página
sombría, sobre la cual todo lo hemos dicho ya, y hablemos de Dios,
del perdón...
--¡Del perdón!...--exclamó la dama alzando su cabeza sin mover su
cuerpo.--¿De qué perdón?...»
En sus ojos se pintó un vago mareo, como el que precede al delirio.
Incorporóse súbitamente en el lecho con dura sacudida, y oprimiéndose
las sienes, gritó:
«No les perdono, no les perdono, no les puedo perdonar... ¡Marido, á
tí solo te perdono, si vuelves á mí! A ella...»
No pudo acabar la frase. Retorciéndose los brazos cayó en la cama
como un cuerpo muerto. Paoletti miró aterrado los ojos de la enferma
clavados en él con expresión bravía. El clérigo sintió en su frente
sudor glacial, y el corazón agitado se le salía del pecho. La dama,
después de mirarle así, cerró los ojos. La crisis se resolvía en
distensión de músculos, y en sollozos y suspiros. Paoletti dijo con
voz que se esforzó en hacer cavernosa:
«¡Alma que creí victoriosa y que ahora sucumbes vencida: si no
perdonas, Dios no te perdonará!»
Después se arrodilló, y tomando el Crucifijo se puso á rezar
contemplándolo. Afligido y lloroso, como pastor á quien roban su
más querida oveja, permaneció un rato. La pobre dama no se movía
ni hablaba. Al fin, tras doloroso gemido, pronunció estas tristes
palabras:
«Soy pecadora y no me salvaré.»
Alma infeliz y llena de congoja, luchaba como el náufrago de los
aires, alargando una mano al Cielo y otra á la tierra.
«Estoy transido de dolor--dijo Paoletti, mostrando á María su blanco
rostro pueril inundado de lágrimas sinceras,--porque el alma que
creí haber ganado para un esplendorosísimo puesto del Cielo, cae de
improviso en los abismos...
--¡En los abismos!...--murmuró la Egipciaca con un sollozo de
angustia.
--Sí, y pido á mi Dios que la salve, que salve á esta alma
queridísima, que no la condene, que tenga piedad de ella... ¡Oh!
¡Señor misericordiosísimo, haberla visto tuya y ahora verla de
Satanás!... ¿No es tu perla escogida? ¿Cómo permites que caiga
en el lugar del tormento eterno?... ¿No la perfeccionaste, no la
purificaste como á joya que había de pertenecerte eternamente?...
Alma, oye mi último ruego, si no quieres ver trocada la túnica
purísima de la bienaventuranza por vestidura de llamas horribles...
Torna en tí, vuelve á tu sér suavísimo y al peregrino estado, donde
hallabas deleite superior al que podrían dar á tus sentidos los más
delicados aromas, los manjares más exquisitos y las visiones más
bellas. Sálvate, no ya del mundo, sino del Infierno.»
Siguió hablando el reverendo poeta con aquella oratoria sentida,
patética, un poco teatral, que era propia suya, haciendo gasto
considerable de retórica descriptiva, y no perdonando _resplandores
celestes_, ni _coros angélicos_, ni _amor esencial_, ni _candideces
del alma_. Cuando concluyó, María, besando el Crucifijo que su amigo
espiritual le puso en las manos, derramaba lágrimas y decía:
«Bien: todo lo cedo ante tí, Redentor mío; no queda nada en mí de
esta levadura de los afectos menudos. Me lo arranco todo con la vida
y lo echo al fuego. Aún queda algo; pero usted, Padre, que tanto
puede, me arrancará esta última espina que tengo en el corazón.
--¿Cuál?
--Pruébeme usted que la niña de Pepa no es hija de mi marido.
--¿Cómo he de probar eso, criatura?--replicó asustado el buen
Paoletti.--¿Conozco acaso los secretos recónditos de la naturaleza?
Podrá ser hija, podrá no serlo.»
Después aquel hombre de buena fe, pero que sólo conocía la
superficie, no las honduras del humano corazón, dijo estas palabras:
«La niña es bonita.»
Esto era ser Longinos, tomar la lanza y herir el divino costado para
abreviar la agonía. La dama parecía saltar en su lecho.
«Alma escogida--exclamó el valiente Paoletti puesto en pie,
fulgurantes los ojos, alta la mano,--desecha esa última turbación,
arroja las últimas heces y ten limpio el vaso en que ha de entrar el
agua purísima de la eternidad gloriosa.
--Quiero salvarme,--murmuró María, que más parecía un muerto que
habla, que un vivo moribundo.
--Pues desecha, límpiate por completo, perdona, ¡oh alma preciosa!
--Desecho, me limpio, perdono,--se oyó en la estancia, como el
silabear misterioso de una vida que se escapa por los labios y fenece
en ellos.
--Perdona, y tu salvación es segura.»
El enano se agigantaba con la expansión de su entusiasmo místico. Al
entusiasmo de María mezclábase un pavor supersticioso que erizaba sus
cabellos sobre la sudorosa piel de la frente. Caía desmelenada su
cabeza como la hierbecilla inclinada y rota ante la voladora pesadez
del tren que pasa.
«Abrazada á esta imagen bendita--dijo el clérigo,--olvide usted todo
lo del mundo, todo, absolutamente todo.
--Olvido,--murmuró María en el fondo de aquella sima obscura de
abnegación en que había caído.
--Todo, todo... Olvide que existe un hombre, que existe una mujer.
--Olvido,--dijo la voz más quedamente, como si siguiera bajando.
--Hágase usted cargo de que es igual que su cuerpo esté en
Suertebella ó en su propia casa. Humille su amor propio hasta llegar
á que no le importe nada la victoria terrestre de los malvados.
No tenga usted horror al palacio en que está y en el cual hay una
capilla consagrada á San Luis Gonzaga, cuya imagen parece el retrato
de nuestro amadísimo Luis.»
A este recuerdo María pareció subir.
«Me reconcilio con el palacio. Tu nombre, hermano querido, me alegra.
Que tu alma triunfante venga en auxilio de la mía.
--Así, así.
--Cuanto tengo, si es que tengo algo--dijo con voz clara besando el
Crucifijo,--deseo que se reparta á los pobres. Mi marido y usted se
pondrán de acuerdo. Deseo ser enterrada junto á mi hermano y que se
me digan misas de cuerpo presente en el altar donde esté la imagen
del santo que más quiero y admiro, San Luis Gonzaga.
--Sí, mi dulcísima amiga; y no se le importe nada á esta alma
nobilísima que el altar esté en Suertebella.
--Nada me importa. Perdono de todo corazón, me reconcilio con mi Dios
Salvador, y espero.»
Con las manos extendidas, los ojos medio cerrados, Paoletti pronunció
grave, despaciosa, solemnemente la absolución cristiana.
«Reconciliada con Dios--dijo luego con voz conmovida,--va usted á
recibir la santa comunión.»
XIV
Vulnerant omnes, ultima necat.
La ceremonia anunciada se efectúa después de anochecer con pompa y
fervor. El palacio de Suertebella préstase maravillosamente á la
ostentación de mil y mil hermosuras, homenaje tributado por las
gracias materiales al rito católico. Flores preciosísimas, luces
sin cuento son la ofrenda más propia para festejar al Señor de los
Señores. Entre tanto brillo, parece que las mismas obras del arte
humano se hacen más bellas y se perfeccionan, como si también les
tocara á ellas algo del bien que la divina visita trae á la casa. El
rumor de llanto que por doquiera se siente, ya en un ángulo de la
sala japonesa, ya tras de la estatua griega de perfil majestuoso,
completa la profunda gravedad triste del espectáculo. El fervor y
el miedo, originados aquél de la idea del más allá y éste de la
proximidad de una muerte, se juntan en un solo sentimiento.
El cura de Polvoranca trae la Sagrada Forma de la parroquia
cercana, en lujoso coche al que otros muchos siguen con alineación
melancólica. Parece que los propios caballos comprenden que no
debe hacerse ruido, y pisan quedo. El hermoso pórtico se llena de
personas, cuyas caras enrojecen con el fulgor del hacha que tienen
en la mano, y confundidas libreas con gabanes, señores y criados
están de rodillas. La campana en cuyo son se mezclan el pavor y el
consuelo, va clamando por las anchas galerías, despertando de su
sueño ideal á las figuras de mármol. El arte serio y el cómico se
transforman, tomando no sé qué expresión de temor cristiano. El
charolado suelo refleja las luces. Por el techo y las altas paredes
corren reflejos rojos y sombras de cabezas. Flores y tapices se
inclinan con silencioso acatamiento. Los pasos resuenan con bullicio
sobre la madera. Creyérase oir redoble lejano de fúnebres tambores.
Después se apagan sobre las alfombras, produciendo efectos acústicos
semejantes á los de una trepidación subterránea. Al fin para el ruido
y se detienen los pasos. El silencio es sepulcral. La procesión ha
llegado á su término. Durante aquel rato solemne todo el palacio está
desierto: cuantos en él respiran se hallan en las inmediaciones
de la escena. Los que no pueden presenciar el acto, entran con la
imaginación en la alcoba llena de luces y suspiros, y gozan ó gimen
imaginándose lo que no pueden ver. Desde fuera se adivina la escena
y el corazón tiembla. En el pórtico y en las galerías solitarias é
iluminadas, la atmósfera muda parece un inmenso aliento suspendido
por la expectación del respeto. Todo calla: sólo puede oirse quizás,
en el rincón más obscuro, el roce de un vestido que pasa, se desliza,
corre y desaparece.
Pasa un rato. Siéntese primero un murmullo, después los pasos
nuevamente, reaparece la fila de lacayos con hachas, crece el rumor,
se aumenta la claridad, sombras de vivos corren por sobre las figuras
pintadas, vuelven á crujir las charoladas tablas; siguen libreas,
mucho color, mucho traje, hombres y mujeres de todas clases, rostros
indiferentes, otros que revelan pena ó lástima; óyense las sílabas
quejumbrosas del rezo del cura y sus acólitos. La procesión, que unos
ven con inefable sentimiento y otros con frío pavor, avanza al son de
la esquila que agita un niño, el mismo á quien Monina llamaba _Guru_,
y sale por el pórtico, donde unos la despiden de rodillas, otros la
acompañan con la cabeza descubierta. Dentro, la fragancia de las
flores parece misteriosa huella del pie invisible que ha entrado en
el palacio.
_Ego sum via, vita, veritas._
* * * * *
Toda la familia asistió al acto, la Marquesa agobiada por el dolor y
sin fuerzas para tenerse de rodillas (tan vivamente la afectaba aquel
trance temido), el Marqués y sus dos hijos manifestando sinceramente
su pena. Concluída la ceremonia se retiraron todos apremiados por los
amigos más íntimos. Milagros perdió el conocimiento y fué preciso
llevarla á un rincón de la sala japonesa, donde amigas solícitas la
rodearon para consolarla. El Marqués, que había perdido la memoria
de sus excursiones artísticas por el palacio, huía de los consuelos
de importunos amigos y quería estar solo. Allá en un ángulo de la
sala de tapices halló lugar propicio á su recogimiento y dolor, y
oculto tras de un sátiro de mármol meditaba sobre la vanidad de las
grandezas humanas. Gustavo, atendiendo á su madre, se dejaba consolar
por el poeta de los _arrebatos píos_ y de las _almas cándidas_.
Leopoldo echaba de su cuerpo suspiros, y temblaba nerviosamente
sintiendo aquella glacial caricia de la muerte tan cerca de su
persona.
Mucha gente salía, y en el parque los cocheros se llamaban unos á
otros dándose los nombres históricos de sus amos: «_Garellano_, ahora
tú; _Cerinola_, entra; _Lepanto_, echa un poco atrás.» La noche
estaba hermosa, limpia, serena, inundada de la claridad azul de la
luna, y el horizonte ofrecía á lo lejos la falsa apariencia de un
mar tranquilo. Palidecían las estrellas pequeñas; pero las grandes
lograban brillar, retemblando con visible esfuerzo. ¡Naturaleza
espléndida, por donde parecía cruzar dulce respiración de calma y
amor! Más bien convidaba á nacer que á morir. ¡Cuánto abruma al
hombre observar la majestuosa indiferencia de los cielos visibles
ante los dolores de la tierra! El más horrendo cataclismo moral,
no podía formar la más ligera nubecilla. Todas las lágrimas de la
humanidad no llevarían á esos espacios insensibles una sola gota de
agua.
León salió de la triste alcoba para decir dos palabras de gratitud al
Marqués de Fúcar.