que soy? ¿Crees que estamos los hombres y las almas á merced de tu
dogmatismo de apóstol intruso, y de esa oficiosidad evangélica con
que repartes cédulas de vida ó muerte? Polizonte de la vida inmortal,
¿crees que ésta es una aduana donde se registran bolsillos para ver
si hay tabaco, es decir, género prohibido por los que estancan el
pensamiento para venderlo en paquetes á cambio de hipocresía? Hazme
el favor y el honor de librarme de tu presencia, porque no respondo
del respeto que debo á esta casa y al parentesco que nos une.
--¡Asesino de un ángel!--exclamó Gustavo rugiendo de ira.
--Se me acabará la paciencia para oir tus sandeces--dijo León
dando tres pasos hacia él en actitud tan amenazadora, que Gustavo
retrocedió en el primer momento, esperándole después en actitud nada
cobarde.--Calla, ó sabrás lo que es una paciencia que se agota, un
mártir á quien se acaba la entereza.»
Señalando la ventana, León extendió su brazo que, sin aparato
hercúleo, era capaz de desplegar extraordinaria fuerza.
«Y si quieres seguir provocándome--añadió,--á pesar de no ser
partidario del duelo, yo que no sé disparar pistolas, ni esgrimir
sables, ni echar sermones, te proporcionaré un bonito espectáculo.
Verás cómo un apóstol sale volando por una ventana, sin que nada lo
pueda evitar.
--Abusa, bárbaro, si te atreves, de tu fuerza corporal--gritó Gustavo
desafiándole con la mirada.--¡Asesino de mi hermana!
--No irritarás mi furia con esa palabra--dijo León en el último grado
de la cólera.--Has de saber que tu hermana, y tú y tu madre, y tu
padre y tu abuelo, sois para mí como las aves que pasan volando. No
existís para mí. Elige entre salir por la puerta ó por la ventana.»
La disputa iba á concluir con una brutal refriega, quizás con la
concisa violencia de aquella escena que hizo decir á Segismundo:
«¡Vive Dios, que pudo ser!» cuando entró la Marquesa de Tellería
dando gritos, y detrás D. Agustín muy alterado y temeroso.
«¡Qué es esto... León... Gustavo... hijos míos!--dijo Milagros,
extendiendo sus amantes brazos entre los dos.
--Ese...--rugió Gustavo.
--¡León!... ¿Hasta dónde vas á llegar?... Después que nos has
secuestrado brutalmente á nuestra querida hija...
--¡Secuestrarla yo!... ¿Yo?...--replicó el airado yerno con cierto
desvarío.--No: ahí está... tómenla ustedes... La devuelvo... la
regalo...
--¡No nos dejas entrar á verla...! Anoche no he podido pegar los ojos
pensando en esa mártir,--manifestó el Marqués.
--Adentro todo el mundo--dijo León señalando la puerta por donde se
iba al aposento de María.--¡Adentro!»
Sin esperar á más precipitáronse todos por aquella puerta.
En la sala inmediata á la alcoba oyóse rumor de amantes besos, dados
con la precipitación y el calor que eran naturales después de la
forzada ausencia.
XII
La verdad.
Pasadas las primeras manifestaciones del cariño, María habló así:
«Dime, mamá, ¿lo he soñado yo, ó es cierto que oí la voz de Gustavo y
la de mi marido, como si riñeran?
--Hemos tenido una cuestión--dijo el insigne joven, que aún no había
perdido su palidez, ni su nerviosidad, ni el ceño de su frente, tabla
del Sinaí donde se creería estaban escritos el Decálogo y la Novísima
Recopilación.
--No, no: palabras, tonterías,--indicó precipitadamente Milagros, que
pensaba siempre en la reconciliación.
--Convertido en un salvaje al oirse acusado--afirmó Gustavo,--tu
señor marido amenaza á sus semejantes con tirarles por los balcones,
como si fueran puntas de cigarro.»
Después de esto trató de reir, creyendo que con un poco de risa
volvería su sistema nervioso al estado normal.
«¿Dónde disputábais?
--Ahí, en la sala del Himeneo.
--¿Qué sala es esa?
--No hagas caso, hija de mi corazón.
--Querida de mi alma--dijo el Marqués, acariciándola,--vete
acostumbrando á presenciar con calma las acciones de tu marido, y
á que no se te importe un ardite lo que él haga ó deje de hacer.
_Es de lamentar_ que no puedas sobreponerte á ciertos sentimientos
arraigados en tí, y que te empeñes en ser mártir, siempre mártir
contra viento y marea.
--¿Qué dices, papá?--preguntó María con aturdimiento.
--Que yo--prosiguió D. Agustín, poniéndose la honrada mano sobre el
pecho nobilísimo,--estoy decidido á desplegar toda la energía de mi
carácter para evitar un escándalo que nos deshonra á todos y á tí te
pone en la situación más ridícula que puede imaginarse.
--Agustín--dijo la Marquesa, sin poder disimular su ira,--harás bien
en irte á dar una vuelta por el museo reservado. No haces falta aquí.»
Al decir esto tocaba á su marido con el codo para advertirle que
no era llegada la ocasión de desplegar energías ni de evitar
escándalos. Como mujer y madre, habíase penetrado mejor que los
demás de la situación ilusoria en que León tenía á su mujer, y
aplaudiéndola en el fondo del alma daba pruebas de recto sentir.
«¿Qué museo reservado es ese?--dijo María, cada vez más confusa,
y apoderándose con presteza de toda idea que pudiera servir de
combustible á la naciente hoguera de su sospecha.
--Ahí cerca, hija mía--balbució el Marqués, comprendiendo la idea de
su esposa y admitiéndola tácitamente, porque también él, si pecaba
por débil, torpe y corrompido, quería bien á su hija.--Es que hace
poco estuve en Suertebella...»
María les miró á todos detenida y asombradamente. Interrogaba con la
morbosa estupefacción de sus ojos, mientras las palabras rebeldes se
negaban á salir á sus labios.
«¿Suertebella... ahí cerca?...--murmuró.--Explicadme una cosa...
--¿Qué dices, hija mía?
--Explicadme por qué siento yo los cimientos de ese palacio aquí...
dentro de mis entrañas; por qué siento sus muros...
--¿Qué dices, paloma?
--Sus muros pesando sobre mí...
--Por Dios, no delires.
--¡Qué fantasmagorías tan tontas!... _Es de lamentar_ que tu buen
juicio...
--Esta casa...
--Es esta casa... ya sabes... un edificio...»
A escape, y con los brazos abiertos, entró de repente Polito, y
abrazó y besó á su hermana, diciéndole:
«Mariquilla, al fin tu dichoso marido nos deja verte...
¡Secuestrador, bandido, _lazzaroni_!... Yo estaba en la cuadra
divirtiéndome con una lucha entre dos perros y catorce ratas feroces,
cuando me dijeron que se te podía ver. Subí corriendo... Ahí fuera
está tu marido que parece una estatua, una figura más del grupo de
Himeneo... Hermanita, ya estás bien, ¿no es verdad? Te levantarás
pronto y saldrás de aquí.»
Milagros se rompió el codo contra el cuerpo de su hijo sin conseguir
poner dique al torrente de indiscreción.
«No sé qué horrible miedo leo en vuestras caras--dijo la enferma,
mirando uno por uno á todos los individuos de su familia.--Parece que
al mismo tiempo se me quiere decir y se me quiere ocultar algo muy
malo.
--Hija de mi alma, estás aún bastante delicada--indicó el Marqués,
pasándole la mano por la frente.--Cuando te restablezcas, cuando
podamos llevarte con nosotros...
--La pobre se figura lo que no es--dijo Milagros con emoción.--Mejor
es que se salgan todos y nos dejen solitas á las dos.
--¡Me engañáis, me engañáis todos!» exclamó María con arrebato.
Y tomando el Crucifijo que bajo la almohada tenía, lo presentó á su
familia diciendo:
«Atreveos á engañarme delante de éste.»
Todos callaron. Sólo Gustavo extendió su mano forense y deuteronómica
hacia la sagrada imagen, y dijo con voz oratoria:
«Aborrezco la mentira, y creo que en ningún caso puede ser
inconveniente ni peligrosa la verdad.»
Milagros le empujó como para echarle fuera. Pero él se acercó más
á su hermana, le pasó la mano por las mejillas, y mirándola muy de
cerca, prosiguió:
«Veo que te afanas demasiado por lo que poco vale. Tu santidad y tu
virtud te ponen en una situación eminente, altísima, desde la cual
podrás abrumar con tu desprecio á cuantos te ofendan. Estás mejor, y
pronto te llevaremos á casa, á nuestra casa, donde te cuidaremos como
nadie, te apreciaremos en lo mucho que vales, y te adoraremos como
mereces tú que te adoren... Lejos de afligirte, alégrate y bendice
tu libertad... ¡Pobre mártir!»
Tampoco Gustavo era perverso, pero tenía el fanatismo de lo que
llamaremos _virtud pública_.
«¡Pobre mártir!»--repitió lúgubremente María, clavando sus ojos en
un lugar vacío de la atmósfera, en un punto donde no había objeto
ni forma alguna, sino la vaga, indeterminable proyección de un
pensamiento. Después de un momento de silencio, su voz, más débil á
cada sílaba, murmuró éstas:
«Yo lo soñaba. Soñaba la verdad, y el error me engañaba despierta...»
Saltando bruscamente de su lecho, gritó:
«¿Dónde está mi marido?
--Ahora vendrá, paloma--repuso la madre besándola
cariñosamente.--Sosiégate; mira que puedes recaer.
--¿No fuiste tú quien me llenó el corazón de celos?--preguntó la
mártir dirigiendo á su madre una mirada de ira.--¿Pues por qué
quieres calmarme ahora?... Que venga mi marido, que venga el Padre
Paoletti... Que se vayan los demás. Quiero estar sola con los dos.»
Lanzó un grito agudo, llevándose la mano á la frente.
«¿Qué tienes, cielo?
--Me duele la cabeza...--murmuró cerrando los ojos.--Es un dolor que
punza, quema y entra hasta el pensamiento... Esa mujer, ¿no la ves,
mamá?... esa mujer me ha agujerado la cabeza con un clavo ardiendo.»
Todos se quedaron mudos y espantados.
«¡Socorro!--gritó la Egipciaca ya en completo estado de delirio.--¿No
la veis que vuelve hacia mí? ¿No habrá una mano caritativa que la
detenga, que la ahogue? Jesús mío, Redentor mío, defiéndeme!»
A estas palabras siguió un silencio de miedo y pena. Sólo el Marqués,
imposibilitado de mandar en su garganta, lo turbó con ahogadas toses.
Milagros lloraba. Besando á su hija la llamó con tiernas palabras.
Pero su hija no respondía. Con los ojos fuertemente cerrados, su
torvo silencio parecía el grave callar de la muerte.
Ya iban á llamar al médico, cuando éste vino. Al punto declaró muy
crítico el estado de la enferma, se puso furioso, dijo que declinaba
toda responsabilidad porque no se habían cumplido sus prescripciones,
y amostazado y lleno de aspereza mandó despejar la alcoba. El
momento de los remedios heróicos había llegado. La batalla que
poco antes parecía ganada, se perdía ya si Dios no lo remediaba.
Urgía desplegar toda la fuerza contra aquella traición súbita de la
naturaleza, la cual, pasándose al campo de la enfermedad, dejaba á la
ciencia sola, inerme y desesperada.
* * * * *
Concluída la disputa con Gustavo, León estuvo solo un mediano rato.
Después sintió la necesidad de andar mucho, porque hay situaciones de
espíritu que piden marcha rápida, como si un hilo de dolor estuviera
devanado en nosotros y necesitáramos irlo soltando en un largo
camino. Paseó por el parque durante una hora. Al volver, y cuando
entraba en la sala de Himeneo, vió sobre una silla un sombrero negro
de teja. Sentadito en el diván que rodeaba el grupo marmóreo, y
empequeñecido por su postura de ovillo, estaba el cuerpo minúsculo
del Padre Paoletti. De aquel montoncillo negro vió León salir la
cara agraciada y los dos ojos que parecían doscientos, como sale el
caracol de su concha estirando las antenas. ¡Cosa extraña! En el
estado de ánimo de León, la presencia del buen clérigo le pareció
consoladora.
«Me han dicho al entrar--manifestó Paoletti muy afligido,--que la
señora Doña María se ha agravado repentinamente. Vea usted la
inutilidad de nuestras piadosas mentiras. ¿Habrá llegado la hora de
la verdad?
--Es posible,» dijo León, indicando al Padre la puerta para que
entrara primero.
Ambos llegaron cuando Moreno empezaba á aplicar los remedios
heróicos. Paoletti se retiró después á rezar en la capilla, cuyos
altares se llenaron de luces. En la alcoba, el médico y el marido
asistieron solos, con zozobra y compasión, al desarrollo de aquel
drama, cuyos elementos, idea ó fluido, vida orgánica ó esencia
misteriosa, se arremolinaban en el cerebro y en los centros
nerviosos, precipitando con su tenebroso combate el desenlace que
se llama muerte. Se hizo cuanto en lo humano cabía para conjurar el
peligro inminente, solicitando el mal desde las extremidades para
apartarlo de los centros. Pero ningún agente terapéutico lograba
despertar las energías orgánicas que expulsan el mal. Este seguía su
marcha invasora, como el atrevido conquistador que ha quemado sus
naves. Se apeló á todos los medios, y cada uno de ellos aumentaba la
desesperación.
La paciente estuvo todo el día fluctuando entre la postración y el
delirio. Los entreactos de sus crisis espasmódicas anunciaban un
aplanamiento más peligroso que las crisis mismas. El médico anunció
con sepulcral entereza la próxima conclusión de la lucha.
«Lo que resta--dijo,--corresponde al médico del alma.»
Por la tarde, María Egipciaca pareció que despertaba, y sus
facultades se mostraron claras. Estaba en posesión de sí misma, en
aquel breve período de lucidez que la Naturaleza concede casi siempre
á las criaturas, antes de pasar á otro mundo, para que puedan echar
la última ojeada sobre el que abandonan.
«Pido...--murmuró María,--que me dejen sola con mi Padre espiritual.»
El marido y el médico salieron. Ni ciencia ni afectos de la tierra
hacían falta ya.
XIII
La batalla.
María fijó los ojos en Paoletti con expresión dulce. La ocasión era
tan solemne, que el bendito clérigo enano, á pesar de estar muy hecho
á emociones y á espectáculos tristes, se enterneció. Dominándose, se
acercó al lecho, tomó la mano ardiente y blanca que se le extendía, y
dijo así:
«Ya estamos solos, mi querida hija, hermana y amiga á quien profeso
dulcísimo afecto; ya estamos solos con nuestras ideas espirituales y
nuestro fervor. No reine aquí el miedo; reine la alegría. ¡Conciencia
purísima, levántate, no temas, muestra tu esplendor, recréate en tí
misma, y así, en vez de temer la hora de tu libertad, la desearás con
ansia! ¡Oh triunfo, no te disimules vistiéndote de vencimiento!»
Menos ganosa que otras veces de saborear la miel regalada de aquel
panal de misticismo, María Egipciaca pensaba en otra cosa. Con amarga
melancolía, murmuró:
«He sido engañada.
--Engañada con piedad--replicó al punto el clérigo.--El estado
penosísimo del organismo de usted exigía que se le encubriera la
verdad fea. Perdóneme si también yo me presté á esa farsa, que, lo
repito, era una farsa caritativa. Comprendí la necesidad de ayudar
los planes benéficos de su esposo de usted...
--¡Que me ha tenido y me tiene en la casa de esa mujer!...--exclamó
la enferma ahogándose.
--Esto no ha sido culpa suya. No había lugar más á propósito para
prestar á usted los auxilios de la ciencia y ponerla en buenas
condiciones de higiene. En esto apruebo plenamente su traslación
aquí. Una vida en inmediato peligro no podía ser tratada como un saco
que se lleva y se trae. Lo de menos para usted es estar aquí.
--Yo lo soñaba, y despierta lo desmentía.»
La laringe de la dama no pudo seguir sin tomar descanso. No es
fácil dar idea de la inmensa tristeza de su acento débil, apagado,
quejumbroso. Más que acento de mujer amante, parecía el llanto de un
niño abandonado, cuando ya se cansa de llamar y pedir.
«Y mi marido y esa mujer--añadió,--se verán á todas horas en
cualquier sala de este palacio, para contar entre abrazos y besos...
(La laringe se resistió de nuevo. También Paoletti sentía un nudo en
su garganta.)... entre abrazos y besos los instantes que me quedan de
vida... como yo cuento los Padrenuestros con mi rosario.»
Siguió una pausa. El confesor se esforzaba en desatar su nudo.
«Mi buena amiga en el Señor, esa última idea es una cavilación
absurda. Oiga usted de mi boca la pura verdad, la verdad que
proclamo como sacerdote de Dios. Al grande espíritu de usted no
puede ser nociva la verdad. Esa conciencia fuerte no se turbará
por la revelación de las miserias humanas, que en nada la afectan,
como no afecta el polvo de la tierra á la blancura y limpieza
esplendorosísima de las nubes del cielo. Sépalo usted todo, sin
quitar nada á la verdad, pero también sin añadirle nada. El Sr. D.
León ama, en efecto, á esa señora; él mismo me lo ha dicho, y como
no me lo ha dicho en confesión, puedo y debo declararlo á usted.
Pero al mismo tiempo, debo afirmar que esa señora no vive ahora en
Suertebella, porque su mismo esposo de usted le mandó salir de aquí.
Así lo exigía el decoro, que es en el mundo la fórmula ceremoniosa
del pudor. Su desventurado marido de usted es incapaz de toda
idea moral; pero tiene, gracias á su cultura, la religión de las
apariencias, y sabe ponerse á tiempo esa ropa pintada de virtud que
el mundo llama caballerosidad.»
María no contestó nada. Su blanca mano, que no había tenido tiempo
de adelgazarse con el mal y conservaba su pastosa finura, jugaba con
el fleco de la colcha, entretejiéndolo con sus dedos gordezuelos.
No lejos de aquella mano estaba la cabeza minúscula y redonda del
italiano, el cual si abatía los ojos dejaba en lóbrega obscuridad su
cara; pero si los volvía hacia arriba, llenábala de luces, como un
torreón de fuegos artificiales.
«No puedo creer--dijo el Padre alzando la vista y envolviendo á María
en fascinadora proyección de ella,--que un espíritu fortalecido por
el amor divino, como el de usted, se turbe por la verdad que acaba
de oir. Yo no puedo imaginarme ahora á mi espiritual amiga empeñada
en inquietudes menudas, como una mujer cualquiera, ó apartando el
pensamiento de las grandes esferas ideales para pasearlo, como
holgazán que mata el tiempo, por las callejuelas de la cavilación
mundana. ¿Acierto, mi querida hija? ¿Me equivoco al pensar que esos
ojos, hechos á la suavísima luz de arriba, no se dignarán mirar á
los faroles de abajo?
--Tengo celos--declaró María con el mismo tono sin duda con que
Cristo dijo en la Cruz: «Tengo sed.»
El enano hizo lo mismo que el sayón del Calvario. Cogió una esponja
mojada en hiel y vinagre, la puso en una caña y la aplicó á los secos
labios, diciendo:
«¡Celos!... ¡Celos quien ha sabido encender su alma en el amor que
jamás es mal pagado! O yo no penetré bien en el espíritu de mi
ilustre penitente, ó el espíritu de mi ilustre penitente tenía toda
la fortaleza, toda la gracia, toda la influencia de amor divino
para no incurrir en tales flaquezas. ¿Celos de qué? ¡De otra mujer
y por un hombre; celos por quien nada es y de quien nada es ni nada
vale!... Encuentro una turbación radicalísima en el espíritu de mi
amada hija y penitente. ¿Quién ha traído esa turbación?
--Los celos,» murmuró María desde la hondura de su angustia.
Lentamente, descansando á cada instante, pudo la dama referir todo lo
ocurrido desde que la de San Salomó le reveló la infidelidad de León,
hasta que perdió el conocimiento. En lenguaje conciso lo dijo todo,
sin omitir nada substancioso, ni perder detalle de importancia.
«Fuera de los arrebatos de ira, del coquetismo mundano y de la
precipitación, no hallo nada reprensible en el acto,» dijo Paoletti
después que, apoyada la cabeza en la mano y los ojos echados al
suelo, como un arma que por el momento no se necesita, recogió en su
mente la confesión toda, sílaba á sílaba, gota á gota, cual licor
destilado en el alambique.
María dió un gran suspiro, diciendo:
«Yo me creía llena de pecado.
--Pecado hubo por lo que he dicho, pero no es grave. En la visita
veo el movimiento natural de la esposa para impedir la ruptura del
lazo sagrado. Ya he dicho no una, sino mil veces, que el prurito
en usted de cultivar la vida espiritual, en él de menospreciar la
fe, no eximen al uno ni al otro del cumplimiento de sus deberes
matrimoniales. Mientras ambos vivan, atados se hallan por el
Sacramento, y si uno de los dos forcejea por romper el lazo, es
natural y meritorio que el otro corra á evitarlo, apretando más el
lazo si puede ser. ¡Oh, mi nobilísima hija! ¡Cuánto hemos hablado de
esto!»
María decía que sí con su cabeza y alzaba los ojos al techo.
«Cuanto era necesario para metodizar la vida preciosísima de usted,
lo dije en sazón oportuna--añadió Paoletti, sin recoger del suelo la
mirada, antes bien, paseándola por la alfombra como no sabiendo qué
hacer de ella.--Bastantes veces la tranquilicé á usted sobre este
punto, cuando me manifestaba escrúpulos. «No, no, decía yo: Dios no
puede exigir á la mujer casada que haga una exclusión total de las
consideraciones, digámoslo así, que debe á su esposo.» Este adquirió
un derecho que no prescribe ni aun por apartarse radicalmente en
ideas y principios de los principios y las ideas de la esposa. Bueno
que le niegue usted su dulcísimo espíritu; que viendo la contumaz
incredulidad de él, no le confíe ni un átomo (y digo átomo porque
necesito valerme de una idea material), ni un átomo de ese mismo
espíritu, de esas galas divinas reclamadas por quien las creó;
bueno que no tenga usted con él comercio alguno de ideas, que no le
permita esperar que sus halagos desvíen á la esposa de la senda de
perfección por donde camina; pero entiéndase que le pertenece todo lo
que no es del espíritu, lo que es propio y peculiar manjar del mundo.
Usted me refería sus más íntimos y escondidos secretos, misterios
delicadísimos de su alma; referíame también hechos y palabras
reservadas de su esposo, las cuales apreciaba yo en su justo valor,
y fundado en palabras y en hechos, yo trazaba á usted ese régimen de
vida, al cual hase ajustado perfectamente hasta ahora en que la veo
aturdida y un tanto descarriada. Recuerde usted lo que hemos hablado
sobre esto, la argumentación para poner cada cosa en su lugar, y no
confundir nunca lo espiritual con lo humano, lo que es de Dios con lo
que es de la carne.»
María empezó á decir algo y se detuvo asustada.
«Hable usted, mi tiernísima oveja...
--Mi marido me decía muchas cosas...--murmuró la dama.
--Sí, y bien sabe usted que en nuestros gratísimos coloquios, yo
rebatía con firme dialéctica todos los argumentos de ese sofista... y
usted me daba la razón; usted quedaba convencida.
--Porque no tenía celos, que son en mí... ahora lo veo claro como la
idea de Dios... que son en mí la manera de amar.
--Sí: usted amaba--dijo el Padre lleno de confusiones recogiendo su
mirada y dejándola de nuevo,--porque usted se interesaba por él y no
quería que le pasase ninguna desgracia, en cuyas ideas la sostenía
yo, sí, la sostenía...
--Pero él me decía muchas cosas--repitió María con el mismo lastimoso
tono de niño que llora.--Me decía que usted...
--Que yo...
--Que usted, cercenando poco á poco los afectos para devolvérselos
á Dios, cercenando las ideas para que no las manchara el ateísmo,
quitándome todo lo del corazón y no dejándome más que un deber, había
hecho de mí la concubina de mi marido.
--¡Oh! mujer, mujer--exclamó Paoletti con viveza de tono,--¡cuántas,
cuántas veces rebatí ese argumento de apariencia terrible, dejándola
á usted tranquila!
--Pues rebata usted este otro.
--¿Cuál?
--Que estoy celosa, envidiosa, y ahora quisiera para mí lo que ya no
es mío.»
El buen Paoletti, alzando del suelo su mirada, irguió la cabeza. No
satisfecho con esto y deseando poner sus ojos lo más alto posible,
como se pone la luz en una torre para alumbrar á los navegantes
extraviados, se levantó. Quería mirar á su amiga de arriba á bajo.
Indudablemente el ilustre enano estaba inquieto, desasosegado, y
dígase la verdad, poco satisfecho de sí.
«Mi querida amiga--añadió el hombre chico esgrimiendo su mirada como
un ángel celeste esgrimiría su espada,--veréme obligado á hablar á
usted con una energía que no cuadra bien con la amistad suavísima,
¿qué digo amistad? con el respeto, con la veneración que ha sabido
inspirarme, pues últimamente la grandeza de sus perfecciones me ha
cautivado de tal modo, que no he podido mirar á usted como penitente,
ni aun como amiga espiritual, sino como una santa, como criatura
purísima y gloriosísima superior á mí por todos conceptos. ¡Y
ahora!...»
Nueva pausa. María Egipciaca, afectada por aquel lenguaje, cruzó las
blancas manos y con acento fervoroso exclamó:
«Señor, hermano mío, venid ambos en mi ayuda!