afanoso por decirle no sabemos qué cosas; sólo se puede asegurar que
la de San Salomó las oyó con grandísimo anhelo, regalándose mucho
con aquel notición estupendo, de riquísimo gusto para su curiosidad
y para su malicia. Ambos pasearon un rato por el jardín, y á veces
Pilar prorrumpía en risas, diciendo:
«Parece una bufonada y al mismo tiempo un golpe de arriba, un
castigo. Es de esos latigazos providenciales que hacen reir, mientras
llora el que los recibe... Aquí no cabe lástima ni conmiseración...
¡Oh! ¡Dios mío omnipotente! ¡Qué grande eres y que diligente para
acudir á todo! ¡Cómo atajas los pasos de la maldad disponiendo las
cosas con arte semejante al de los que hacen las novelas, causándonos
una sorpresa que da miedo y un miedo que nos obliga á pensar en tí y
á decirte: «Señor, avísanos antes de darnos esos golpes!»
A esta ensalada de profanidad y misticismo siguió otra vez la risa, y
después estas dos briosas palabras: «Voy allá.
--¿Tú?... ¿y á qué?
--Quiero ver esas caras--repuso Pilar con el lindo pañuelo en la
boca, y se frotó la punta de la lengua, como se pulimenta el filo de
la hoja después de envenenarla.--Tomaré un pretexto cualquiera.»
Anochecía cuando Pilar entró en su berlina, mandando al cochero que
fuese á Madrid y al palacio de Fúcar. Entró. D. Pedro, su hija, el
Marqués de Onésimo y la Condesa de Vera se disponían á sentarse á
la mesa. Fúcar invitó á Pilar; pero ella se excusó diciendo que no
estaría sino el tiempo preciso para dar las buenas noticias que
traía. Besó á Pepa, apretó la mano del Marqués, después se puso á
hacer mimos y caricias á Monina.
«¿Qué hay?--dijo D. Pedro.
--Que María está muy bien. Ya es seguro que habrá reconciliación:
así me lo ha dicho Milagros. Me alegro mucho: no me gustan los
matrimonios mal avenidos... Monísima, ¿no me das un beso?
--No,--replicó decididamente Ramona, apartando su cara y
defendiéndola con sus manecitas de los labios de Pilar.
--¡Oh, qué tonta, qué mala!
--No te _quielo_.»
Rechazada en aquel lado, Pilar se volvió á Pepa, y echándole una
mirada de compasión, le dijo: «Adiós, querida... sabes que me asocio
á tus desgracias.»
Al salir, acompañada por D. Pedro, díjole al oído algunas palabras,
que hicieron en el buen millonario el efecto de un tiro, y al
despedirse de él junto al coche, la dama terminó su visita con estas
palabras:
«He querido prevenirle á usted para que esté con cuidado. Ahora,
Marqués, resignación cristiana es lo que hace falta.»
Pepa en tanto, acometida de un estupor doloroso, no sabía qué
pensar, ni á qué región de las posibilidades volver su alma llena
de presentimientos y atormentada por las conjeturas. Aquel anuncio
de reconciliación había penetrado en sus entrañas como una lanza.
Sentáronse los cuatro á la mesa. Para Pepa los manjares eran
un comistrajo nauseabundo que no podía pasar de los labios. El
Marqués no comía tampoco. En medio de su pena horrible, Pepa, que
había observado desde el día anterior extraña expresión de pena
y contrariedad en el rostro de su padre, notó aquella noche que
estaba como fuera de sí. También D. Joaquín Onésimo, poseedor de los
secretos de Fúcar, estaba tétrico. ¿Qué ocurriría?
«¡Ah!--dijo Pepa para sí amparándose de una idea triste, que era
feliz para ella en aquel momento.--Mi padre habrá tenido algún revés
grande en los negocios; estará arruinado... nos quedaremos en la
miseria.»
Esta idea, con ser de las más negras, la consoló. La causa de la
tristeza paterna no afectaba á los grandes intereses de su corazón.
¿Qué le importaban todo el dinero, todos los bonos, todas las
obligaciones bancarias, los empréstitos habidos y por haber? Pepa
habría pasado aquella noche junto al papel fiduciario de todo el
mundo, hecho una montaña y encendido por los cuatro costados, y no
habría concedido á tanta riqueza perdida ni el favor de una simple
mirada.
Después de comer, y habiéndose retirado los amigos, D. Pedro y
ella se encontraron solos en la alcoba donde dormía Monina, á punto
que aquel ángel, despojado de sus vestiduras que arrugó el juego,
disponíase á entrar en el rosado paraíso de su sueño inocente. El
Marqués tomó en brazos á su nieta, y estrechándola con más cariño que
de costumbre, y siempre lo hacía con cariño, pronunció estas palabras:
«¡Pobre paloma de mi casa! no, no caerás en las garras del cernícalo
horrible.
--¿Qué tienes, papá, qué tienes?--preguntó Pepa, uniendo su abrazo
vigoroso al tierno enlace con que los brazos de Monina rodeaban el
cuello de toro del Marqués de Fúcar.
--Nada, hija mía, nada... No te asustes, no pierdas tu tranquilidad y
confía en mí, que yo lo arreglaré todo.
--¿Pero no me explicas...?
--Todavía no.
--¿Has tenido algún quebranto en tus negocios?
--No, pichona, no--repuso Fúcar rechazando con cierta indignación
aquella conjetura que menoscababa su dignidad de arbitrista.--He
ganado diez millones en el último empréstito. Desecha, pues, esa idea
lúgubre.
--Entonces...
--Nada... no te aflijas. Duerme tranquila y déjame á mí que lo
arregle todo.
--¿Pero te vas?--dijo Pepa con desconsuelo, viendo que D. Pedro se
desataba de tan cariñosos brazos.
--Sí: tengo que hacer. Me esperan en el Ministerio de Hacienda. A
este pobre país desventurado no le basta con el empréstito que se ha
hecho, y necesita hacer otro.
--Me dejas llena de inquietud... ¿Qué te dijo Pilar?
--¿A mí? nada--repuso el Marqués con un poco de turbación.--Nada más
que lo que oíste.
--Te habló al oído.
--No... no recuerdo. ¡Ah, sí! que parece segura la reconciliación
de nuestro amigo con la pobre María: no me dijo más. Yo me alegro,
porque es impropio de dos personas honradas, un marido bueno y una
mujer buena, desavenirse por una misa de más ó de menos, Esto es
completamente tonto... Adiós, queridita.
--¡Reconciliarse!» exclamó Pepa, los ojos llenos de fuego.
El Marqués, que no la miraba en aquel momento, dió algunos pasos
hacia la puerta.
«Felicitémonos de que el bueno se reconcilie con el bueno--murmuró
al salir.--Pero no tengamos paz ni perdón para el malo. Que lo
perdone Dios.»
Pepa iba á decir algo; pero este algo debía ser de naturaleza tan
escabrosa, que no dijo nada. Quedóse largo rato sin moverse de aquel
sitio. Después anduvo de una parte á otra de la pieza, llamó á su
doncella, dió órdenes, las denegó luego, reprendió al aya, corrió
por distintas partes de la casa sin saber á dónde iba. Cuando la
niña se durmió, encerróse la madre en su habitación para meditar.
Indudablemente un misterio la rodeaba y envolvía como las invisibles
influencias eléctricas. Pero así como todo humano sér á quien un
dolor atormenta, gusta de asimilar las no comprendidas penas de los
extraños á la suya propia, la dama creía ver en la desazón moral de
su padre una variante del mal agudísimo que ella sentía, ó pensaba
que los males de ambos provenían de una sola causa. La grandeza de su
cuita le impedía ver otra alguna; no imaginaba que criatura nacida
pudiera afligirse por cosa distinta de aquella reconciliación tan
temida y con tal impertinencia anunciada.
El razonamiento de que pueda ser mentira lo que muy vivamente nos
hiere, no basta á desclavarnos el dardo: por el contrario, los
silogismos son la peor clase de pinzas que se conoce, y cuando
se meten á arrancar lo que tan sólo es una púa, parece que la
centuplican. Pepa, dándose á creer que las palabras de Pilar serían
falsas, se atormentaba más. La tal reconciliación la hería, como si
corrieran sobre su pecho los múltiples dientes de una sierra.
Era muy tarde, y el Marqués de Fúcar no vendría en toda la noche,
porque desde el Ministerio se iría á cultivar amistades de cierta
clase que en la Villa tenía. Era hombre tan benéfico y tan protector
del género humano, que sostenía tres casas en Madrid además de la
suya.
Concebida la idea, Pepa no vaciló en ponerla en ejecución. Fué á
Suertebella, entró en el palacio por la puerta del museo pompeyano,
de éste pasó á la sala _Increíble_, y de allí no había más que
seguir habitaciones hasta llegar á donde quería ir. Llegó, vió...
En lo demás de este lance hay una parte conocida sobre la cual no
es preciso insistir; pero hay otra que conocerá todo el que tenga
paciencia para seguir leyendo.
XI
Excesos del apostolado.
En la mañana del miércoles León salió temprano á dar una vuelta por
el jardín. Al regreso estaba solo en la sala del Himeneo, cuando
entró Gustavo. Venía con semblante enmascarado de severidad, la
vista alta, el ademán forense, entendiéndose por esto una singular
hinchazón y tiesura debidas sin duda al hervor de todas las leyes
divinas y humanas dentro del cuerpo, de modo que el individuo
reventaría si no tuviera el cráter de la boca, por donde todas
aquellas materias flogísticas salen en tropel mezcladas con la lava
de la indignación. Su cuñado comprendió al punto que venía de malas.
«Estaba esperando con mucha impaciencia que fuera de día para hablar
contigo,--dijo Gustavo con sequedad que anunciaba mucho enojo.
--Cuando se tiene tanta impaciencia--replicó León con más sequedad
aún,--se enciende una luz y se habla de noche.
--¿De noche?... no: temía distraerte de ocupaciones gratas,--dijo el
orador con ironía.
--Pues habla de una vez y con brevedad. Olvídate de que eres orador y
de que vives constantemente entre mujeres que charlan demasiado.
--Siento molestarte, pero te comunico que voy á ser largo.
--En ese caso--dijo León con tétrico humorismo,--ya que predicas,
comienza predicándome la paciencia.
--Tú la tienes para tus obras criminales--replicó Sudre
exaltándose.--Lo que yo podría predicarte ahora es la resignación, si
fueras capaz de ella.
--Resignación... ¿pues no te oigo?--dijo Roch, que había llegado á
una situación de ánimo en que le era imposible, sin reventar, hacer
un misterio de la antipatía que toda aquella bendita familia suya le
inspiraba.
--Mucha has de necesitar, pues esa calma de escéptico, que es
mortaja de tu espíritu sin vida, no te servirá para oir lo que voy á
decirte... Ya sabes que soy enemigo del duelo. Es contrario á todas
las leyes divinas y humanas.
--Yo tampoco lo defiendo; pero creeré que el duelo es bueno si esas
leyes divinas y humanas de que me hablas son las tuyas.
--Las mías son, y al mismo tiempo las únicas. Aborrezco el duelo
porque es absurdo, porque es pecado; pero...
--Pero en estas circunstancias--dijo el otro interrumpiéndole,--te
decides á condenarte por tener el gusto de batirte conmigo y matarme.
--Eso no sería un gusto. Soy cristiano.
--Acaba--dijo León exaltado.--¿A qué vienes? ¿A desafiarme?... El
duelo es un absurdo que se acepta; un asesinato fiado al acaso y á la
destreza, que á veces se nos impone con fuerza invencible. Yo acepto
ese asesinato contigo... cuando quieras, ahora, mañana, en la forma
que gustes...
--No: no has comprendido mi idea--indicó Gustavo dando vueltas al
tema como abogado que quiere alargar un pleito.--Decía que aunque
no soy partidario del duelo, ésta sería una ocasión buena para
sobreponerme á mis escrúpulos religiosos y coger una pistola ó un
sable...
--Pues cógelos...
--No. Tú has hecho el mal suficiente para que un hombre como yo
atropelle todos los respetos, las leyes divinas y humanas, y fíe á
un arma el cumplimiento de una sentencia. Pero...
--Pero...--dijo el otro remedando la torcida argumentación de su
hermano político.--Habla claro; habla y piensa derecho, como yo, y dí
«te odio...»
--Mis ideas no me permiten decir «te odio,» sino «te compadezco;» no
me permiten decir «te mato,» sino «te matará Dios.»
--Pues no me hables entonces con tus ideas; háblame con las ajenas,
con las mías.
--Si te hablara con las tuyas me pondría en oposición con las leyes
divinas y humanas. Voy á concluir. No se trata de duelo, aunque la
ocasión parece reclamarlo, y aunque todas las ventajas estarían de
mi parte. Primera ventaja: que tengo razón y tú no; que eres tú
el criminal y yo el juez; que lógicamente soy el vencedor y tú el
vencido. Segunda ventaja: que yo manejo todas las armas, porque me he
ejercitado en el tiro y en la esgrima por higiene, mientras que tú,
dedicado á la alta física y á la geología, no sabes manejar ninguna.
De modo que en el terreno de la fuerza también me conceptúo vencedor.
Sin embargo de esto, asómbrate...
--¡Me perdonas!--exclamó León reconcentrando la furia para dar paso
á la ironía.--Gracias, elefante cargado de leyes divinas y humanas.
--No te perdono--dijo el letrado, dando á su hermosa voz oratoria
toda la expresión patética de que era susceptible:--es que renuncio á
las ventajas que tengo sobre tí, renuncio á imponerte castigo por mi
mano, y te entrego al brazo justiciero de Dios, que ya está levantado
sobre tí.
--Gracias--repitió León, mezclando en un acento la ironía y la
furia,--gracias, alguacil de Dios. Supongo que á tu familiaridad con
Dios, de quien eres apóstol, deberás el conocimiento de sus altos
secretos y el saber de cosas de justicia divina.
--La intención divina se conoce por los sucesos del mundo, cuya
ordenada disposición es á veces tan clara, que sólo un idiota dejaría
de ver en ella un movimiento amenazador de aquel brazo terrible que
antes nombré. No me tengo por profeta ni por inspirado. Para conocer
tu horrible castigo me ha bastado saber alguna cosa que tú ignoras.
Por eso renuncio al duelo; por eso remito tu castigo á quien lo
ejecutará mejor que yo. Y así te digo: «vas á morir.»
--¡Morir yo!--exclamó León, que, aun despreciando á su acusador, no
podía oirle sin cierto espanto.
--Si, tú. Morirás de rabia.
--Lo creo, sí--dijo León, trayendo á su mente en espantosa serie á
todos los individuos de su familia política.--Se muere también de un
empacho de parientes; y cuando el hombre que persigue con todas las
fuerzas de su alma la familia ideal y sus puros y honrados goces, no
encuentra más que un potro donde diversos sayones le dan martirio, es
fácil que reviente y se acabe; que si hay hierbas venenosas, también
hay familias mortíferas.
--Morirás de empacho--repuso Gustavo con crueldad.--Lo sé, lo he
visto, lo tengo escrito en mi bufete en papel sellado, y cada letra
de aquéllas es una gota de la mortal ponzoña que ha de destruirte.
--No te entiendo--dijo León, tocado al fin de curiosidad.--¿Y qué?
¿algún pleito? ¿Si creerás tú que á mí se me mata con un pleito?
¡Pobres juristas! Pasáis la vida envenenando al género humano con mil
enredos, y creéis que yo morderé hoy el cebo de vuestros sofismas...
No quiero saber qué intriga es la que estás urdiendo contra mí.
--Yo no urdo intrigas... aquí no hay intriga... no hay más que
justicia, y aun de esa justicia no soy yo impulsor, sino instrumento.
En otras circunstancias nada habría intentado contra tí; yo te creía
honrado; pero después de tu comportamiento con mi pobre hermana,
agravado con hechos deshonrosos, que hace poco he conocido...
--¿Cuándo?--preguntó León, y su pregunta estallaba como el trueno.
--¿No lo sabes?
--No. ¿Qué hechos deshonrosos son esos?
--¡Y lo pregunta el hipócrita!... ¡Aquí!
--¿Aquí... qué?
--Disimulas; pero tu semblante lívido declara tu culpa, y ante
la conciencia sublevada, hasta el cartón de tu máscara escéptica
palidece. Hace poco te has revelado á mí en toda la desnudez
repugnante de tu sér moral, cuya depravación raya en lo absurdo.
--Explícate, ó te...»
Las manos de León se oprimían como queriendo ahogar algo.
«Pues qué, ¿son un misterio para nadie tus relaciones criminales con
la dueña de esta casa, faltando así al amor de la mujer más santa,
más pura, más angelical que Dios ha puesto en el mundo? Con todo, tu
conducta hasta aquí, con ser tan contraria á todas las leyes divinas
y humanas, no había llegado á la impudencia. Si eras criminal, no
habías descendido á ese último escalón de la perversidad en que el
hombre se confunde con el demonio.
--Muéstrame ese escalón bajo en que me confundo con tus amigos,--dijo
León dando otra vez á su furor el tono de humorismo, de ese humorismo
que amarga, embriaga y al mismo tiempo hace reir, como el ajenjo.
--¿A qué quieres que te diga lo que sabes? Pero hay malvados que
gustan de que se les ponga un espejo delante de su conciencia para
recrearse en la fealdad de ella, como los sapos que se miran en los
charcos.
--Basta ya de viles rodeos y figuras hipócritas. Habla claro,
refiere, explica, dí las cosas con sus nombres, abogado, orador
de Parlamento, ergotista sin fin, enredador de leyes divinas con
miserias humanas.
--Pues bien: oye lo que has hecho. Después de traer á mi pobre
hermana al deplorable estado en que se halla, cualquier hombre,
por malo que se le suponga, respetaría, si no la inocencia, al
menos la enfermedad. En todo moribundo hay algo de ángel. Tú ni
esto has respetado, y mientras la santa víctima reposa en su lecho,
tranquilizada quizás por tus mentiras y creyéndote menos malo de lo
que eres, tú recibes en la sala _Increíble_ á tu querida. A la una
engañas, á la otra enamoras; á la una matas lentamente, á la otra das
las caricias robadas al matrimonio. Comprendo estos dos crímenes,
León: comprendo el uno, comprendo el otro; lo que no comprendo,
porque excede á la ruindad humana, es que los dos se cometan bajo el
mismo techo. Son demasiadas infamias para una sola ocasión y un solo
sitio.»
Antes de que su fiscal concluyera, prorrumpió León en una risa
franca, despreciativa, con la cual parecía que su enojo se disipaba.
«Sí, ríe, ríe; no me causa sorpresa tu risa. Ya he comprendido el
cinismo descarnado que se esconde bajo ese forro artificial de virtud
filosófica. Tu sér moral se me ha revelado como un árbol seco al cual
se quitan de pronto las flores y las hojas de trapo que le hacían
pasar por árbol vivo. He aquí lo que son tus teorías morales: flores
de trapo. Las naturales, las que dan fragancia y colores hermosos,
no nacen en el vaso hueco, donde sólo hay fórmulas matemáticas y una
ciencia estéril. ¡Y yo que te he defendido contra las acusaciones de
mi familia! ¡Yo que te he creído honrado! ¡En qué error tan grande
estaba!
--¿Y es cierto eso de que mientras mi mujer duerme recibo á mi
querida en la sala _Increíble_?--dijo León entrando decididamente
en la burla, que en aquella ocasión era la forma más adecuada del
desprecio.--¿Lo has visto tú? Hay ojos calumniadores.
--Lo he visto. Anoche quise acompañar á mamá, que si tiene defectos
como mujer, es cariñosa madre y no puede apartarse de estos sitios
donde gime su hija idolatrada. No pudiendo verla, por tu prohibición
cruel, se contenta con llorar donde ella llora, con ver de lejos la
puerta por donde se entra á su alcoba. ¡Pobre madre! Anoche compartía
yo su pena, mientras papá, que en las situaciones más críticas tiene
debilidades indisculpables, visitaba á solas, sin más compañía que
una luz y su concupiscencia, el sótano en que está lo reservado
de la colección pompeyana, ese museo de arte libidinoso, donde no
entran más que los hombres con un permiso especial del Marqués de
Fúcar. Polito había bebido demasiado en compañía de Perico Nules,
y estaba muy inquieto. Anduvo á primera hora por los pasillos en
persecución de las criadas de Suertebella, hasta que, perseguido
á su vez por mí, logré encerrarle. A media noche dormía como un
ángel borracho. Mamá y yo hacíamos números en la sala japonesa,
arreglando nuestra desquiciada hacienda; más tarde rezaba ella, y
yo, después de buscar inútilmente un libro por todo el palacio,
me puse á rezar también. En esta suntuosa morada, donde se reúnen
tantas maravillas de la industria y donde las malas imitaciones
de lo antiguo alternan con mamarrachos de invención flamante,
simbolizando el arte contemporáneo, hay todo lo que la boca puede
pedir, menos una biblioteca. Parece que al entrar aquí se han de
traer muy despiertos los sentidos para que sea más fácil dejar la
inteligencia á la puerta... Mamá se cansó de rezar; pero no tenía
sueño; pensaba en nuestra María y en el modo de burlarte y de verla.
No quería acostarse, y andando de puntillas discurrió por estas
salas. Llegando cerca de la _Increíble_, creyó sentir voces... Me
llamó, fuí, acechamos los dos, oímos. Lo que primero nos parecieron
gemidos, pronto conocimos que eran besos amorosos. Eras tú; era ella.
Ocultos tras el grupo de Meleagro y Atalanta que está en el corredor,
la sentimos abriendo con llave la puertecilla del museo pompeyano.
Después te sentimos pasar á tí por esta sala para volver á apoyar tu
infame frente, coronada de los laureles de la ignominia, en el lecho
de la mártir. La que estaba contigo en la _Increíble_ era Pepa, y
para quitar toda duda, pudo confirmarlo mi padre, que la encontró
cuando volvía solo, con su luz y su concupiscencia, del sótano
reservado.
--¿Nada más?--dijo León con calma.--¿Vuestro espionaje no sabe más?
Hay seres que ni respirar saben sin que de su aliento nazca la
calumnia.
--¡Calumnia! buena salida... Sé que darás al hecho una interpretación
favorable á tí. No te faltan argucias para defenderte.
--¡Defenderme yo! ¡Descender yo al muladar de tus groseras
suposiciones, argumentar sobre un hecho que tu madre y tú han visto
con el cristal manchado de su impura conciencia!... ¡jamás!
--La estratagema es hábil, pero no hace efecto. No me convence.
--No quiero convencerte á tí ni á ella...--dijo León con ímpetu
fiero.--Vuestro juicio es para mí de tan poca valía, que siento no
sé qué júbilo en dejaros en vuestro error estúpido. ¡Estáis tan bien
así, con vuestra infernal aureola de malos pensamientos!... ¿Puedo
modificar acaso la grosería de vuestras almas? ¿Puedo, por más que
discuta, llevar una idea de pureza y honra á vuestra mente, devorada
por la lepra de la deshonra crónica?... Sabe que tú y tus juicios y
los juicios todos de tu familia degradada, que paga los beneficios
con hablillas, son para mí como la lluvia que nos moja, pero no nos
envilece. No se discute con la rueda del coche que pasa, y arrojando
el cieno, nos mancha... Moralista de política religiosa y de sermones
de partido, maquinilla de hacer moral de confitería, que amasas las
leyes divinas y humanas para dar al mundo esas pastillas de virtud,
según el gusto de cada uno, á mí no se me administra moral en
caramelos. Desdichado discursista, mis defectos podrían servirte á tí
para hacer tus honradeces, y los sentimientos malos que yo desecho y
arrojo podrías recogerlos tú del suelo para hacer con ellos la gala
de tu conciencia. Antes de predicar, ¿por qué no vuelves los ojos á
tí mismo? Si te miras bien comprenderás que tu existencia, y tu fama
y tu prestigio, desaparecerían como el humo si el Marqués de San
Salomó fuera un hombre en vez de ser un muñeco.»
Lívido y cejijunto, los labios blancos, las manos trémulas, oyó
Gustavo su acusación, y tartamudeando, sin saber qué decir, rompió á
hablar de este modo:
«Dualista hábil, has puesto la punta en mi pecho. Pues bien, yo
no lo niego: aprende de mí el mérito de la franqueza, el mérito
de la confesión, de que es incapaz un ateo. Me declaro culpable.
El torbellino del mundo, el engreimiento que dan la lisonja y el
aplauso, me han puesto á mí mismo en contradicción con las leyes
divinas y humanas que adoro y acato. Yo soy el primero que me acuso,
como he sido el primero en reprobar los escándalos de mi familia,
como he sido el primero en defenderte cuando te creía bueno; bien lo
sabes. Pero no hagas paralelo entre tu infamia y la mía, entre tu
desorden y mi desorden. Ambos hemos caído en el mal, tú por cinismo
y desconocimiento absoluto del bien, yo por flaqueza de espíritu. En
tí no hay más que mal, y ninguna puerta para el bien se abrirá en tu
alma cerrada; en mí se han corrompido las acciones, pero queda la
fe, queda la puerta del bien. Al lado de tu crimen no tienes nada,
sino la sombra fea del crimen mismo. Al lado de mi crimen tengo yo
un tesoro: el remordimiento. Tú no eres capaz de enmienda; yo sí. Tú
no ves nada más allá; yo veo mi salvación, porque veo mi enmienda.
La misma idea del pecado me da la idea del perdón. No sé mi destino
individual, pero sé el del género humano, y me basta saber que hay
Cielo. Tú lo ignoras todo, y el mal no te espanta porque crees que
no hay Infierno.