--Comprendo muy bien su propósito. Usted desea que se salve, es

decir, que no muera. Usted desea que se calme su irritación nerviosa,

para lo cual conviene que no la turbe ningún pensamiento de los

que motivaron su trastorno. Es preciso que las ideas optimistas y

lisonjeras desembrollen esta madeja enredada por el despecho y por la

pasión no satisfecha; es preciso que la dirección espiritual proceda

con cierto arte mundano, fomentando las ilusiones de la penitente y

quitando de sus ojos la triste realidad; es preciso que el confesor

sea médico, y médico de amor, que es lo más peregrino, y que aplaque

los celos y fomente esperanzas y aprisione de este modo una vida que

se escapa...»

León admiraba la sagacidad del ilustre maestro de conciencias.

«Pues bien--dijo Paoletti con energía,--yo haré en este particular

todo lo que sea posible. Nada puedo afirmar sin conocer de antemano

el estado espiritual de mi querida hija en Dios.

--María está en Suertebella.

--Sí.

--Y es necesario que no comprenda que está allí.

--Bueno... pase--dijo Paoletti mirando al suelo y soltando

las palabras por un ángulo de la boca.--Es un engaño que puede

disculparse.

--María persiste en mostrarme el especial cariño tardío que siente

ahora por mí.

--Tampoco veo culpa en esto. Puede admitirse, entendiendo que este

cariño no está bien juzgado por usted.

--María debe arrojar de sí, mientras continúe en ese estado febril,

la idea de que amo á otra mujer.

--Alto ahí--dijo el clérigo extendiendo su blanca mano, como una

pantalla de marfil.--Eso no pasa, caballero. He pasado por el ojo de

la aguja hilos un poco gordos; pero el camello, señor mío, no cabe,

no cabe. Lo que usted propone es una impostura.

--Es caridad.

--La verdad lo prohibe.

--Lo manda la salud.

--Una exigencia física á la que no podemos dar valor excesivo. Mi

ilustre amiga sabrá morir cristianamente, despreciando las menudas

pasiones del mundo.

--Nuestro deber es siempre y en todo caso impedir la muerte.

--Siempre que podamos hacerlo sin comedias indignas. ¡Y á esa

pobrecita mártir se la hará creer en la inocencia de su marido,

cuando está albergada en la propia vivienda de su rival, de la amada

de su esposo! Doy por cierto, si usted quiere, que no habrá en la

casa escenas licenciosas, ni aun siquiera entrevistas; admito que no

se dará el caso de que dos enamorados adúlteros se digan ternezas

en una sala, mientras la infeliz esposa legítima agoniza en la

inmediata. Pero aun concediendo que habrá circunspección y decoro, la

horrible verdad subsiste. Yo no se la diré si ella no quiere saberla;

pero si me pregunta... y preguntará, preguntará...

--¡Sí!--exclamó de súbito León, impresionado por tan graves

palabras.--Esa comedia es indigna de ella y de mí. La verdad me

espanta, la ficción me repugna; pero aquélla es la muerte y ésta

puede ser la vida... No irá usted conmigo á Suertebella. Llevaré un

clérigo cualquiera, el cura de la parroquia, el capellán de la casa.»

Se marchaba ya, y Paoletti le llamó con un _cecé_ de reconciliación.

«Al claro talento de usted--dijo devolviendo un piropo recibido

poco antes,--no se ocultará que la asistencia de otro sacerdote

no agradará á la pobre mártir tanto como la nuestra. Si usted no

insistiera en intervenir en lo que no le importa, yo iría de buen

grado á consolar á esa desgraciada. Hay más--añadió con un arranque

sentimental,--no puedo ocultar á usted que lo ansío ardientemente.

¡Es tan buena, tan santa!... No sólo la admiro, sino que la respeto,

la venero como á un sér superior.

--¿Y qué le dirá usted?

--Lo que deba decirle--contestó Paoletti clavando en León sus dos

ojos que parecían doscientos.--Es por demás extraño que quien declara

haber roto moralmente el lazo matrimonial, se inquiete tanto por la

conciencia de su esposa.

--No me inquieto por su conciencia, sino por su salud,--dijo León

sintiéndose muy abatido.

--¿No dice usted que no la ama ni es amado por ella?

--Sí.

--Entonces su cuerpo y sus mortales gracias podrán pertenecer á un

hombre; su purísima conciencia, no.

--Es verdad--dijo León apurando el cáliz.--Su conciencia, yo la

entrego á quien la ha formado. No quiero apropiarme esa monstruosidad.

--Perdono la expresión--replicó Paoletti bajando los ojos.--Para

concluir, señor mío, ¿voy ó no voy?

--¿La matará usted?

--¡Yo...!»

Y después de exhalar un suave suspiro, añadió:

«Le preguntaremos quién es su asesino.»

León sintió su alma llena de espanto. Meditó un rato. Después golpeó

el suelo con el pie. A veces de un pisotón sale una idea, como una

chispa brota del pedernal herido. León tuvo una idea.

«Vamos--dijo con resolución.--A la conciencia de usted dejo este

delicado asunto.

--Y en prueba de esa confianza--manifestó el otro, no ocultando su

gozo por ir,--prometo conciliar en lo posible la veracidad con la

prudencia, y hacer los mayores esfuerzos por no turbar las últimas

horas, si el Todopoderoso dispone que sean las últimas, de mi

amadísima hija espiritual. Seguro estoy de que mi presencia le dará

mucho consuelo.

--Vamos.

--Soy con usted al instante,--dijo el clérigo pequeñísimo corriendo,

con el paso duro de sus pies de plomo, á buscar capa y sombrero.

Deteniéndose en la puerta y poniendo en su cara una sonrisa cortés,

añadió:

--Es muy temprano. No se ha desayunado usted. ¿Quiere tomar chocolate?

--Gracias--repuso León inclinándose,--gracias.»

Una hora después ambos se apeaban de un coche en el pórtico de

Suertebella.

IV

Despedida.

Ya había concluído la misa de rogativa; ya había entrado Paoletti

en la estancia donde moraba entre sombras de fiebre y duda su

bendita amiga espiritual, cuando León, pasando apresurado de sala

en sala, buscaba á la hija del Marqués de Fúcar. Al fin la halló en

la habitación de Ramona. Deseaba decirle una cosa muy importante.

Creeríase que Pepa barruntaba la enunciación de la importante cosa,

porque estaba en pie con la anhelante mirada fija en la puerta,

atendiendo á los pasos del que se acercaba, y así que le vió entrar

retiróse á un ángulo de la pieza, indicando á su amigo con el

lenguaje singular de cuatro ó cinco pasos (pues también los pasos

hablan), que allí estarían mejor que en ninguna otra parte. Monina

corrió al encuentro de León y se abrazó á sus piernas, echando la

cabeza hacia atrás. El la tomó en brazos, y al verse arriba la

nena, se empeñó en hacerle admirar la perfección artística de un

cacharrillo de barro con asa y pico, obsequio reciente del cura

de Polvoranca, y luego se entretuvo en la difícil operación de

colgárselo de una oreja.

«Estate quieta, Mona; no seas pesada--dijo Pepa.--Ya, ya me figuro á

qué has venido y lo que vas á decirme... Hija, estate quieta... Ven

aquí.»

Arrancó á la chiquilla de los brazos de León para tomarla en los

suyos.

«No necesitas decirme nada... Lo comprendo, lo

adivino--prosiguió.--Debo marcharme de aquí. Ya estaba decidida

aunque tuviera que irme sin verte.

--Agradezco tu delicadeza--dijo León.--Márchate á tu casa de Madrid,

y por ahora... no te acuerdes de que existo.

--Eso no será fácil... Hija, por Dios, no me sofoques--dijo Pepa, en

cuya oreja continuaba la criatura su penoso trabajo.--Ponte en el

suelo... Me marcharé sin preguntarte siquiera cuándo nos volveremos

á ver. Tengo miedo de hacer la pregunta, y respeto tu vacilación en

contestarme.»

León bajó los ojos en silencio. No conocía palabra tierna, ni frase

amistosa, ni concepto de esperanza que al pasar de su mente á sus

labios no llevase en sí un sentido criminal. Callar parecióle

más decoroso aún que la misma protesta contra toda intención de

escándalo. Ambos se quedaron mudos por largo rato, sin osar mirarse,

temeroso cada cual de la fisonomía del otro, como si fuese claro

espejo de su propio pensamiento.

«No me preguntes nada, no me digas nada--manifestó al cabo

León.--Llena tu corazón de generosidad y vacíalo de esperanza.»

Pepa quiso hablar algo; pero tanto temblaba su voz, que prefirió

decir para sí estas palabras: «Todo lo echaré de mí menos la idea

triste, la idea vieja y lúgubre: que ella, rezando, rezando, se

salvará; y yo, esperando, esperando, me moriré.»

León, que parecía leer los pensamientos en el contraído entrecejo de

su amiga, le dijo cara á cara:

«En los trances duros se conoce la índole generosa ó egoísta de las

almas.»

Pepa tembló de pies á cabeza. Después, sosteniendo su frente en un

dedo, rígido como clavo de martirio, dijo mirando á sus propias

rodillas, donde tocaban el piano los diminutos dedos de Ramona:

«No sé si la mía será egoísta ó generosa. Yo sé que he derramado hace

poco algunas lagrimillas pidiendo á Dios que no matara á nadie por

culpa mía. ¡Qué sabor tan amargo sacan á veces nuestras oraciones, y

cómo se acongoja nuestro pensamiento luchando para que las flores que

quiere echar de sí no se conviertan en culebras!... Yo he rezado hoy

más que ningún día de mi vida; pero no estoy segura de haber rezado

bien y con limpieza de corazón. Horrible batalla había dentro de mí.

Creo que las palabras y las ideas que andaban por mi cerebro variaban

de sentido á cada instante, y que decir _Dios_ era decir _demonio_,

y decir _amor_ era decir _odio_, y decir _salvarse_ era decir

_morirse_. La idea sentida y la idea pensada se combatían quitándose

una á otra el vestido de su palabra propia. Yo creo que no he rezado

nada, que no soy buena... ¡Me siento con tan poco de santa y tanto de

mujer!... Y sin embargo, yo no seré tan mala cuando he tenido alma

para pedir claramente que muriéramos las dos, y así todo quedaría

bien...»

Se levantó, añadiendo:

«En fin, me voy. Ya sabes que obedecerte es el único placer de mi

vida.

--Gracias,--murmuró León, tomando en brazos á la nena.

--Despídete de ese...» dijo Pepa contemplando con amor á su hija y al

que la besaba.

Estrechó León en sus brazos á la chiquilla y le dió mil besos,

considerando que las manifestaciones de su cariño no eran

escandalosas recayendo en la inocente persona de un ángel tan bonito.

Con ella en brazos dió dos ó tres paseos por la estancia, ocultando

así con estas idas y venidas la emoción que sentía y que traspasaba

los límites del alma para salir al rostro. Sin mirar á la buena

mamá, ésta podía vanagloriarse, allá en el ángulo de la pieza, de

ser bien contemplada. La pasión tiene su perspicacia nativa y un

estro maravilloso para sorprender los pensamientos del sér amado,

asimilárselos y alimentar el espíritu propio con aquel rico manjar

extraño.

En cuanto al desgraciado hombre, nunca como entonces había sentido

el dominio irresistible que sobre él ejercía aquel sér pequeño y

lindo, nacido de la unión de una mujer que no era la suya y de un

hombre que no era él. No creía en la posibilidad de vivir contento

si le quitaban de las manos aquel tesoro, ajeno sin duda, pero

que se había acostumbrado á mirar como suyo y muy suyo. Con este

cariño se mezclaban el cariño y la imagen de la madre, como dos

luces confundidas en una sola. ¡Familia prestada que en el corazón

del solitario ocupaba el desierto hueco y se apropiaba el calor

reservado á la propia! El no tenía culpa de que en su cansado viaje

por el páramo se le presentaran aquellas dos caras, risueña la una,

enamorada la otra, ambas alegrando el triste horizonte de su vida

y obligándole á marchar adelante cuando ya sin fuerzas caía sobre

pedregales y espinas. En Pepa Fúcar había hallado amor, docilidad,

confianza, misteriosas promesas de la paz soñada y del bien con

tanto afán perseguido. Era la familia de promisión, con todos los

elementos humanos de ella, pero sin la legitimidad; y el no ser un

hecho, sino una esperanza, dábale mayores encantos y atractivo más

grande. La pasión arrebatada de Pepa y el ardor fanático con que á

todo la sobreponía, lejos de infundirle cuidado le seducían más,

porque en ello veía la ofrenda absoluta del corazón, sin reserva

alguna, la generosidad ilimitada con que un alma se le entregaba toda

entera, sin esconder nada, sin ocultar sus mismas imperfecciones ni

escatimar un solo pensamiento. Quien había sido mendigo de afectos no

podía rechazar los que iban á él con superabundancia y cierto alarde

bullicioso. Infundíale al mismo tiempo orgullo y piedad el ver cómo

aquel admirable corazón, sin dejar de ser religioso, le pertenecía

enteramente, por ley que es divina á fuerza de ser humana; y al

sentirse tan bien amado, tan señor y rey en el corazón y en los

pensamientos de ella, no podía menos de darse también todo completo.

Cualquier afecto secundario y remoto que existiera antes de aquel

mutuo resplandor en que ambos se veían, debía extinguirse, como

palidecen los astros lejanos cuando sale el sol.

Pero quizás no era ocasión de pensar tales cosas. León puso la niña

en brazos de su madre y le dijo:

«Ni un momento más. Adiós. Si es necesario explicar á tu padre la

causa de tu traslación á Madrid, yo me atreveré á decírsela.

--Se la diré yo.»

Con precipitación y desasosiego salieron uno y otro por puertas

distintas.

V

A almorzar.

El narrador no cree haber faltado á su deber por haber omitido hasta

ahora que los Tellerías corrieron en tropel á Suertebella desde

que llegó á su noticia el grave mal y estado de María. Ello es tan

natural, que el lector debía darlo por cierto, aunque las fieles

páginas del libro no lo dijeran. Lo que sí conviene apurar, por si

la posteridad, siempre entrometida y buscona, tuviera interés en

saberlo, es que en la mañana de aquel célebre martes (el día de la

misa de rogativa, de la visita de Paoletti y de la partida de Pepa)

la Marquesa de Tellería, el Marqués y Polito oyeron atónitos de boca

de León Roch estas enérgicas palabras:

«No se puede ver á María.

--¿Hoy tampoco? ¡Lo oigo y no lo creo!--exclamó Milagros sin poder

contener su ira.--¡Prohibir á una madre que vea á su pobre hija

enferma!...

--¡Y á mí, á su padre!...»

Polito no decía nada y se azotaba los calzones con un junco que en la

mano traía.

«¿Qué razón hay para esto?

--Alguna razón habrá cuando así lo dispongo,--dijo León...

--Yo quiero entrar á ver á mi hija. Yo quiero verla, asistirla.

--Yo la asisto y la velo.

--¿No nos das ninguna razón, ¡por Dios! ninguna explicación de esa

horrible crueldad?» dijo el Marqués, poniéndose severo, que era lo

mismo que si se pusiera cómico.

León les habló del delicadísimo estado moral de María, del gran temor

que á él le inspiraban las indiscreciones de su familia si ésta

entraba en la alcoba de la enferma.

«¿Está sola en este instante?

--Está con su confesor.»

Y Milagros llevó aparte á su yerno y le dijo:

«Verdaderamente no creí que llegaras á tal extremo. Explícate,

explícame las monstruosidades que han pasado aquí... ¡Ah! Mi pobre y

desventurada hija ignora sin duda que se halla en la misma casa de

la querida de su esposo!... Temes que le abra los ojos, temes que la

verdad salga de mis labios, como sale siempre, espontánea, natural...

porque no sé fingir, porque no sé hacer comedias.

--¡Oh! No, señora: yo no temo nada--dijo León deseando cortar

la disputa.--Pero usted no verá á su hija hasta que ella no se

restablezca.

--¿Y qué autoridad tienes tú sobre la mujer que has despreciado?... O

es que estás arrepentido de tu conducta y quieres...»

La dama cambió de tono y de semblante. Aquella trágica arruga de

su hermosa frente desapareció como nubecilla disipada por el sol;

brillaron sus ojos con animación juvenil, y hasta parecía que el

disecado pajarillo de su elegante sombrero aleteaba entre las gasas.

«¿Hay por ventura proyectos de reconciliación?--dijo entre agrias

y maduras.--Si los hay, no seré yo quien los estorbe... Como vayan

precedidos de arrepentimiento...

--No hay ni puede haber proyectos de reconciliación,» dijo

bruscamente el yerno á punto que entraba en la sala el Marqués de

Fúcar.

Este, sobreponiéndose á su tristeza para cumplir los deberes que le

imponía la condición de castellano de aquel magnífico castillo, se

presentó á saludar á los Tellerías, á compadecerles por la enfermedad

de la pobre María, á rogarles que dispusieran de la casa y de cuanto

en ella había. Y como el caso que allí les llevaba no era cosa de

un momento, el generoso Fúcar, dando á su hospitalidad un carácter

grandioso y caballeresco, conforme á la resonancia europea de su

nombre, invitaba á los Tellerías á permanecer allí todo el día, toda

la noche y todos los días y noches siguientes, y á comer, cenar,

tomar un _lunch_, un _pic-nik_ ó hispano piscolabis, á descansar,

dormir, disponer de la casa entera, pues allí había mesa, despensa,

bodega, servidumbre, camas para la mitad del género humano, caballos

para pasear, flores en que recrear la vista, etc., etc.

«¡Oh! gracias, gracias... cuánto agradecemos...»

La mano del millonario fué estrujada por la de Tellería, que en su

emoción no pudo decir nada. En las grandes ocasiones, el silencio,

una mirada al cielo y un apretón de manos, son más elocuentes que

cien discursos enalteciendo á los que nos hacen olvidar que vivimos

en _un siglo corrompido por las ideas materialistas_. La Marquesa se

esforzaba en dar á su cara la expresión que, según ella, cuadraba

más á su occidental belleza, ó que mejor realzaba aquellos pálidos

restos, bastante valiosos aún para lucir mucho, si el arte, la

coquetería, la palabra misma, discreto artífice, los presentaba

en buena y proporcionada luz. Empeñando conversación mundana con

Fúcar, supo llevar á éste por las vías sentimentales con tanta gracia

y donosura, que el agiotista la oía con encanto. Al mismo tiempo

Tellería llevaba á León junto á la ventana para decirle con acento

majestuoso:

«Las cosas han llegado á tal extremo, y tu conducta es tan ruín

y vituperable en apariencia, que necesitas darme una explicación

completa, aunque para ello sea preciso llevarte á un terreno...

--Al terreno del honor--dijo León con sarcasmo.--Vea usted: ese es un

terreno al cual no será fácil que vayamos juntos...

--Comprendo que un padre político... No es que yo quiera agravar

el escándalo con otro escándalo mayor. Confiamos aún en tu

caballerosidad, en lo que todavía queda en tí de esa _hidalguía

castellana_ que los españoles no podemos desechar aunque queramos...

y si Dios te tocase el corazón y te reconciliaras de un modo durable

con mi querida hija...

--No me reconciliaré.

--Entonces...»

Lanzó el prócer á su hijo político una mirada que, dado el carácter

promiscuo, entre cómico y serio del ilustre personaje, podía

calificarse en el orden de las miradas terribles.

«Entonces, yo sé lo que debo hacer.»

Estaban en el salón japonés, lleno de figuras de pesadilla. Por sus

paredes de laca andaban, cual mariposas paseantes, hombrecillos

dorados, cigüeñas meditabundas, tarimas de retorcidos escalones,

árboles que parecían manos y cabezas semejantes á obleas. Las

figuras humanas no asentaban sus redondos pies en el suelo, ni los

árboles tenían raíces; las casas volaban lo mismo que los pájaros.

Allí no había suelo, sino una suspensión arbitraria de todos los

objetos sobre un fondo obscuro y brillante como un cielo de tinta.

Los expresivos rostros japoneses parecían hacer el comentario

más elocuente de la escena viva, y las mariposas de oro y plata

reproducían, por arbitrio de la fantasía en aquella especie de

estancia soñada, la sonrisa jeroglífica de la Marquesa de Tellería.

Cacharros de color de chocolate poblaban rincones y mesas; y viendo

los ídolos tan graves, tan tristes, tan feos, tan hidrópicos, tan

aburridos, se hubiera creído que estaban comentando en teología

místico-asiática la tristeza indefinible de D. Agustín Luciano de

Sudre.

Como se pasa de una página á otra en libro de estampas, así se

pasaba de la habitación japonesa al gran salón árabe, donde estaba

el billar y en él Leopoldo. Con su tarugo de aspirar brea puesto en

la boca, á guisa de cigarro, se entretenía en hacer carambolas. Un

lacayo se le acercó.

«¿Ha llamado el señorito?

--Sí--repuso el joven sin mirarle.--Tráeme cerveza.»

Ya se marchaba el lacayo, y Polito le volvió á llamar para decirle:

«¿Se servirán pronto los almuerzos?

--Dentro de un momento.»

Y siguió haciendo carambolas. El Marqués de Fúcar se retiró por un

momento del salón japónico. Un _maître d’hôtel_, rubio y grave,

reclutado en cualquier cafetín de París, y que se habría parecido

á un _lord_ inglés si no lo impidiera su servilismo melifluo y su

agitación de correveidile, se acercó á la Marquesa para pedirle

órdenes.

«¡Oh! no--dijo ésta.--Tomaré muy poca cosa... ¿Hay _gateau

d’ecrevisses_?... ¿No? bueno: no importa. Las pechugas ahumadas no me

gustan. Mi _beefsteack_ que esté _poco hecho_.

--No olvide usted--dijo el Marqués á aquel hombre benéfico, cuyo frac

negro parecía el emblema de la caridad cristiana creadora de los

hospicios,--no olvide usted que yo no bebo sino _Haut Sauterne_.»

Fúcar reapareció melancólico, pero apresurado, indicando con esto

que las tristezas no son incompatibles con el almorzar. Era un poco

tarde, y los cuerpos necesitaban reparación. La Marquesa, D. Agustín,

Polito, el Sr. de Onésimo, que llegó cuando los demás estaban en la

mesa, _hicieron honor_, como se dice en la jerga gastronómica, á

la cocina del de Fúcar. O por delicadeza de estómago, ó porque la

aflicción de su ánimo le cortara el apetito, ello es que Milagros

apenas probó de algunos platos.

«No se deje usted dominar por la pena--le decía D. Pedro.--Es preciso

hacer un esfuerzo y tomar alimento. Yo tampoco tengo ganas; ¿pero de

qué sirve la razón? Hago un esfuerzo y como.»

Buena prueba de los esfuerzos de D. Pedro era un _beefsteack_ que

entre manos y boca tenía, el cual, pedacito tras pedacito, pasaba

á su estómago, dejando en el plato la sangre bovina revuelta con

manteca y limón. La Marquesa no hacía más que picar y catar, tan

pronto apeteciendo como desdeñando, y el Marqués se encariñaba con

las cosas picantes y afrodisíacas, obsequiándolas risueño con una

mirada galante y después con las traidoras caricias de su tenedor.

Las trufas, las _saucises_ trufadas, la rica lengua escarlata de

Holanda y otras cosillas se ofrecían á su paladar con provocativos

encantos.

«¿Y Pepa?--dijo bruscamente el Marqués de Onésimo.

--Está en Madrid,» replicó Fúcar sin alzar los ojos del plato, donde

el solomillo parecía representar el Tesoro español por lo recortado y

empequeñecido.

Siguió á estas palabras un largo silencio, que rompió al fin el

mismo D. Pedro, diciendo á la Marquesa: «¡Oh! amiga mía... hay que

sobreponerse al dolor... Además, la situación no es desesperada...

María está bien hoy... ¿Llora usted?... A ver... esta media copa de

Sauterne.»

Milagros no rehusó el obsequio. Después de apurar el vino, dijo así:

«Veremos si ese tigre de mi yerno me permite esta tarde ver á mi

hija.»

Deseando Fúcar hablar de asunto menos aflictivo, sacó á relucir

las voces que corrían acerca de la próxima boda de Polito con una

riquísima heredera cubana, cuya familia, recién venida á Madrid,

metía bastante ruido con la ostentación de colosal fortuna. Desmintió

la Marquesa el rumor, y Leopoldo lo confirmó indirectamente con

frases en que la modestia enmascaraba á la vanidad. Los rumores eran

ciertos, como lo eran el noviazgo y las pretensiones del joven, y su

seguimiento cuotidiano de la chica, á caballo y á pie; mas á pesar de

esta cacería ecuestre y pedestre, lo de la boda era un puro mito, sin

otra realidad que la que tenía en el deseo ardentísimo de Milagros

de ver á su hijo poseedor de un caudal limpio y gordo. La familia

de Casa-Bojío, á pesar de tener amistad con la de Sudre, oponíase á

las aspiraciones de Leopoldo; pero Milagros trabajaba en silencio

con diplomacia y finura para que aquel sueño de oro fuera un hermoso

despertar de plata.

Agotado el tema, retiróse Milagros del comedor. Un lacayo presentaba

al Marqués y á Polito los mejores cigarros del mundo. Era aquel

artículo, digámoslo en términos de comercio, el más superfino de

cuantos abastecían la casa del millonario. Sus corresponsales de la

Habana le mandaban para su uso lo mejor de lo mejor, en recompensa de

la gracia y arte mágico con que se las componía con el Gobierno para

hacer fumar al país lo peor de lo peor.

Estallaron fósforos y chuparon labios.

«Polito--dijo el Marqués,--si quieres dar un paseo, dile á Salvador

que ensille á Selika.»

La familia de León Roch, Tomo 2 · 第 7 / 17 段