--¡Estoy en pecado mortal!--repitió María, llevándose las manos á la

cabeza.--Dime, ¿es también sueño lo que me dijiste...?

--¿Yo?

--¿Que no me querías?

--¿Pues qué podía ser sino sueño?»

María le echó los brazos al cuello y atrajo suavemente hacia su

rostro el de su marido.

«Dímelo otra vez para que se me quite el amargor que me dejó aquel

mal sueño.»

Los esposos hablaron un instante en voz baja.

«Dame una prueba de tu cariño--le dijo María.--Pues estamos lejos

de Madrid, pues no debo salir de tu casa en algunos días, hazme el

favor de avisar al Padre Paoletti. Con él quiero hablar.

--Yo mismo le traeré.

--¿Tú mismo?

--¿Por qué no? Nada que te agrade puede serme molesto.»

A la sazón entró el médico. León había creído prudente confiarle

algunos de sus secretos, pues siendo la dolencia de María motivada

por causas morales, convenía suministrar á la ciencia datos de aquel

orden delicado. Moreno Rubio y León Roch hallábanse unidos por

una amistad sincera, fundada en la bondad del carácter de ambos,

y principalmente en la concordancia de sus opiniones científicas.

Aquella mañana, cuando León hizo á su amigo las revelaciones

indispensables para un acertado diagnóstico, sostuvieron un diálogo

interesante, del cual mencionaremos lo más substancial.

«De modo que usted no quiere á su mujer ni poco ni mucho,--dijo

Moreno Rubio, que tenía el don de expresar los temas con grandísima

claridad.

--La mentira me ha sido siempre muy odiosa--replicó León.--Por

tanto, declaro que María no me inspira ninguna clase de cariño.

Dos sentimientos guarda aún mi alma hacia ella, y son: una lástima

profunda y un poco de respeto.

--Perfectamente. Esos dos sentimientos no bastan á hacer un buen

marido; pero hay en su alma otros que pueden hacer de usted, y lo

harán de seguro, un hombre benéfico... Respuesta al canto: ¿usted

desea que viva su mujer?

--Me ofende usted preguntándomelo. La misma zozobra en que se halla

mi conciencia me impele á desear que María no muera.

--Bien, muy bien. Pues si usted quiere que María no muera--dijo

Moreno, poniéndole la mano en el hombro,--es necesario calmar en

ella la irritación producida por los celos, harto fundados por

desgracia; es preciso que su espíritu, terriblemente desconcertado,

vuelva á su normal asiento. Cada vida tiene su ritmo, con el cual

marcha ordenada, pacíficamente. Un trastorno brusco y radical de

ese ritmo puede ocasionar males muy graves y la pérdida de la misma

vida. El ejemplo le tenemos bien cerca. Apresurémonos, pues, á

devolver á ese organismo el compás que ha perdido, y triunfaremos de

la espantosa revolución del sistema nervioso que afecta y destroza

la región cerebral. Es urgente que desaparezcan los celos en la

medida posible, para que, entrando los sentimientos de la enferma en

un período de calma, recobre toda la máquina su marcha saludable.

Es preciso que las escenas que originaron su mal se borren de su

mente. Si vive, tiempo hay de que sepa la verdad. Es necesario que

no se reproduzca ni la cólera ni el despecho, haciéndole creer que

no ha pasado nada; y sobre todo, amigo mío, es urgentísimo tratarla

como á los niños enfermos, dándole todo lo que pida y satisfaciendo

sus caprichos, siempre que éstos pertenezcan al orden de los

entretenimientos. Su mujer de usted, bien lo conozco, pedirá amor y

devoción: en ninguno de estos apetitos hay que ponerle tasa.»

Después de este substancioso discurso, indicó otra vez León la

necesidad apremiante de sacarla de Suertebella, á lo que se opuso

decididamente Moreno. Desechado el plan de traslación por _homicida_

(ésta era la expresión del médico), ambos determinaron desfigurar la

estancia, traer de Madrid los criados que rodeaban constantemente á

María, y otras cosas secundarias y menudas, pero indispensables para

el buen propósito de León Roch. Antes de separarse, éste dijo á su

amigo:

«Hábleme usted con franqueza. ¿Se morirá mi mujer?

--Aún no puedo decir nada. Es muy posible que así suceda. Déjeme

usted que determine bien la especie de fiebre con que tenemos que

luchar.»

Aquella noche, cuando María volvió á su natural sér, después de

pasearse con la fantasía por los infiernos, llenos de horribles

máquinas y diablos fabricantes, entró Moreno á verla, como se ha

referido.

«¡Hola, hola!--dijo riendo, al observar que marido y mujer se miraban

muy de cerca.--¿Estamos como tórtolos? ¿Qué tal, mi querida amiga?...

El pulso no va mal... Debemos procurar un reposo completo del cuerpo

y del alma.»

María frunció el ceño mirando á su marido.

«No, no ponga usted mala cara á este hombre, que está enamorado de su

mujer como un novio de primavera. Me consta... Dentro de unos días

saldrán ustedes por ahí á coger lilas y á mirar las mariposas... Una

mujer discreta no debe hacer caso de hablillas malignas. Cabeza llena

de dicharachos de la envidia ¿qué hará sino desvariar? Ahora, querida

amiga, vamos á entrar en un período razonable, vamos á celebrar unas

paces duraderas, vamos á querernos mucho... lo digo por ustedes... en

fin... veamos esa lengua...»

Después preparó por sí mismo algunas medicinas. León y Rafaela le

ayudaban.

* * * * *

Mientras esto ocurría junto á la enferma, el Marqués de Fúcar, dando

de la mano por un momento al grandioso asunto del empréstito, ya casi

ultimado, se llegaba á su querida hija y muy seriamente le decía:

«Los pronósticos de Moreno son muy tristes. Pero no hay que

desesperar. La ciencia puede hacer mucho todavía, y Dios más aún.

A nosotros nos corresponde auxiliar á la ciencia en la medida de

nuestro escaso poder é implorar el auxilio de la Providencia.»

Alzando del suelo sus ojos llenos de turbación, Pepa mostró al

Marqués su rostro que parecía de cera. Como quien se aprieta la

herida para que arroje más sangre, echó de sí esta pregunta:

«¿Se morirá?

--De eso te hablaba y no me has oído--dijo D. Pedro, que también

tenía en aquel día su herida sangrienta.--Nuestro deber es demostrar

á esos infelices huéspedes la parte que tomamos en su desgracia.

Conduzcámonos como corresponde á nuestro nombre y á esta casa.

¿Conviene que manifestemos con un acto religioso nuestro sincero

anhelo de ver fuera de peligro á María Egipciaca? Pues hagámoslo con

esplendor y magnificencia. Tenemos aquí una capilla que me ha costado

al pie de ochenta mil duros, y que hubiera costado menos cuando los

artistas valían más y no tenían tantas pretensiones. Pues bien: es

preciso celebrar mañana una misa solemne de rogativa á que asista

toda la servidumbre de Suertebella, presidida por tí. Te autorizo

para que me gastes en cera lo que se te antoje. Que venga mañana á

decir la misa ese bendito cura de Polvoranca, y si quieres traer más

curas, vengan todos los que se puedan haber á mano.»

Dijo, y retiróse dando un gran suspiro. Él, que también guardaba

un pesar hondo en su alma, ¿quería implorar del cielo favor y

misericordia para sí? No sabemos aún cuáles eran las cuitas que tan

de improviso habían cambiado la jovial sonrisa del Marqués de Fúcar

en mohín displicente. El empréstito, lejos de navegar mal, arribaría

pronto al puerto de la realización, después de surcar con buen viento

el piélago turbio de nuestra Hacienda, y era seguro que entre Fúcar,

Soligny y otros pájaros gordos de Francfort, Amsterdam y la City se

tragarían un puñado de millones por intereses, corretaje y comisión.

¿Entonces qué...?

Era la capilla de Suertebella un hermoso monumento construído en un

ángulo del palacio, alto de cimbra, grueso de paredes, brillante

cual si le hubieran dado charol, con mucho yeso imitando mármoles

y pórfidos de diferentes colores, oro de purpurina y panes, que

hacía el efecto de una pródiga distribución de botones y entorchados

de librea por las impostas, entablamentos y pechinas de aquella

arquitectura greco-chino-romana, con muecas góticas y visajes del

estilo neoclásico de Munich que nuestros arquitectos emplean en los

portales de las casas y en los panteones de los cementerios. El

imitado jaspe, el oro, los colorines, parecían moverse circulando en

el agua de su redoma.

Por el techo corrían ángeles honestos que antes fueron gentílicas

ninfas en el taller del escultor, y en las pinturas de los tímpanos

había virtudes teologales que habían sido musas pizpiretas. Todo

tenía el deslumbrante lustre que la albañilería moderna da á nuestras

alcobas, y que en éstas cuadra á maravilla. Ningún atributo ni

alegoría cristiana se les quedó en la paleta, ó en el molde de

escayola, á los artistas encargados de decorar aquella gran pieza.

Más adelante conoceremos á un chusco que, al decir de la gente,

se entretuvo cierto día en dar una explicación humorística y á

todas luces irreverente de las figuras que hermoseaban la capilla.

Tal matrona de vendados ojos, con un cáliz en la mano, era España,

á quien los hacendistas habían puesto de aquella manera para que

apurase sin protesta la amargura de su ruína; aquella otra que tenía

un ancla y volvía los desconsolados ojos al Cielo, representaba

el abatido Comercio, y la que hacía caricias á unos niños era la

Beneficencia, símbolo hermoso del interés que á los Fúcares merecen

la propiedad y la industria, y de la tierna solicitud con que las

conducen por el fácil camino de los hospicios. Los doctores, en

número de cuatro y representados en actitud de escribir gravemente

con el _aquilífero pincel_, que dice Fray Gerundio, eran la Prensa,

siempre dispuesta á elogiar á los grandes empresarios, que antes

de hacer de las suyas, se amparan de las volubles plumas. Aquel

barquichuelo que naufragaba en las aguas de Tiberiades era la nave

del Estado, donde los oradores y articulistas hacen tantas travesías;

los multiplicados panes eran copia gráfica de la entrega y recepción

de algunos artículos de contrata; y por último, las atónitas sibilas

que no hacían nada, como quien está en Babia, eran la Administración

pública. El intérprete de estos símbolos y pinturas bíblicas daba

versiones muy atroces de los letreros que corrían por frisos y

arquitrabes, y leía: _Yo soy Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi

casa. Dadme á mí lo que es del César y lo que es de Dios._ Por este

estilo profano lo explicaba y traducía todo.

La capilla, admitido con indulgencia el gusto moderno en

construcciones religiosas, era bonita. Su suelo estaba al nivel de la

planta baja y tenía puerta al jardín, por donde entraba el pueblo;

su techumbre sobresalía del tejado del palacio, ostentando su poco

de torre con campanas. Habíanla dedicado á San Luis Gonzaga, cuya

imagen, bien esculpida, ocupaba el altar mayor bajo la gran escena

del Calvario. Hízose la piadosa ceremonia tal y como Don Pedro

la había dispuesto. No bien despuntara el día, fueron encendidas

sobre el altar grande, así como sobre los pequeños, cantidad de

finísimas velas; y mil y mil flores olorosas, aprisionadas en

elegantes búcaros, tributaban á la idea religiosa la doble ofrenda

de su belleza y de su fragancia. Luces y aromas disponían al fervor,

hiriendo los sentidos con fuerte estímulo, y llevando el alma á

una región de dulce embeleso, donde le era fácil orar y sentir. La

servidumbre toda asistía, desde el administrador hasta el último

marmitón de las cocinas.

Decía la misa el cura de Polvoranca, humildísimo varón protegido

de la casa, viejo, un poco ridículo en apariencia por reunir á la

fealdad más acrisolada ciertas excentricidades y manías que, á más

de perjudicarle mucho en su carrera eclesiástica, le dieron cierta

celebridad. Gozaba en Suertebella de una mezquina renta que D.

Pedro le señaló para celebrar el divino oficio los domingos, y para

confesar una vez al año á todos los criados, costumbre piadosa que el

prócer millonario mantenía en su casa, atento á evitar de este modo

muchas trapisondas y latrocinios.

En la tribuna que los señores de Suertebella tenían en su capilla

al nivel de las habitaciones del palacio, oyó la misa de rogativa

Pepa Fúcar, juntamente con sus doncellas, el aya y Monina, quien no

comprendiendo la razón de tanto recogimiento y mutismo, estuvo á

punto de alzar la voz y dar un grito en lo más solemne del oficio

santo. Sabe Dios las cosas que se habrían oído si el aya no la

contuviera, ya tapándole la boca, ya amenazándola con que el Señor

le iba á quitar la lengua. Esto hizo efecto, y Monina tuvo paciencia

hasta el fin.

Pepa Fúcar estaba de rodillas en su reclinatorio junto al antepecho

de la tribuna. ¿Quién podrá saber lo que pensaba durante aquella

hora patética, ni lo que á Dios pedía su alma afligida? La misa de

rogativa llegó á su fin. Salieron todos, y Pepa se quedó en su puesto

observando la actitud recogida que había tomado desde el principio.

Apoyada la frente sobre el reclinatorio, medio oculta la cara entre

las cruzadas manos, no se le había sentido voz ni suspiro. Cuando

alzó el rostro para levantarse, miró al altar un rato sin expresar

sentimiento alguno que pueda definirse. Quedaba el reclinatorio como

si en él se hubiera derramado un vaso de agua.

La señora dejó la capilla para dirigirse á sus habitaciones. Iba

taciturna, los ojos enrojecidos, la boca ligeramente entreabierta,

como la de quien necesita respirar mucho y fuerte para no ahogarse.

En la puerta de su cuarto encontró á su padre, quien si no había

asistido _corpóreamente_ á la misa, había dejado ver su cara por

cierto ventanucho que se abría en la _Galería de la Risa_ y daba á la

capilla, en la pared lateral de ésta y en el sitio mismo donde estaba

pintado San Lucas, el _evangélico toro_, según reza el de Campazas.

Desde allí observó Fúcar la puntual asistencia de sus criados, sin

que faltase ninguno, y admiró la magnificencia de la _cathedrale

pour rire_ (según el chusco mencionado), y según el dueño, _monísima

basílica_, toda llena de _carácter_, pues no podía negarse esta

cualidad artística á las decoraciones cristianas que había pintado

el gran escenógrafo de los teatros de Madrid. Pero hay motivos

para pensar que el espíritu del buen Marqués pasó de este orden de

consideraciones á otro más elevado. Hallábase apenadísimo aquel día,

y sin duda cuando asomó su imponente rostro por el ventanillo, de tal

modo que bien pudo confundirse con el de un Evangelista ó Doctor,

tuvo en su mente ideas de oración y pidió algo al Autor de todas

las cosas. Pero éstas son hipótesis que no tienen valor real, y que

sólo se exponen aquí para llenar el vacío que deja la falta absoluta

de datos. Lo que sí no tiene duda, es que al encontrar á su hija la

detuvo, diciéndole:

«Ya sé que han asistido todos.

--¿Y cómo está hoy?... ¿Se sabe algo?--preguntó Pepa con voz muy

débil.

--Hay esperanza, hija mía. Esa desgraciada pasó bien la noche y está

mejor, según ha dicho Moreno.

--¿De modo que vivirá?...

--Es muy posible--dijo D. Pedro, demostrando con la indiferencia de

la frase que pensaba en otro asunto.--Ciertamente, hija, parece que

Dios quiere echar sobre nosotros todas las calamidades.»

Diciendo esto, el pobre señor no pudo dominar su emoción. Abrió los

brazos para recibir á su hija, que se arrojaba en ellos, y con voz

ahogada exclamó:

«Hija de mi corazón, perla mía, ¡qué desgraciada eres!»

Pepa derramó sobre el pecho de su padre las lágrimas que le sobraron

de la misa. Después, D. Pedro, reponiéndose de su emoción, dijo:

«Pero no exageremos... Todavía no hay nada seguro... Mañana...»

Pepa entró en su habitación y el Marqués se fué á la suya, donde

examinó por vigésima vez diversas cartas y telegramas que el día

anterior hicieron hondísima impresión en su ánimo, casi siempre

sereno y claro como el sol y el ambiente de primavera.

III

León Roch hace una visita que le parece mentira.

Consecuente con su natural generoso y deseando cumplir cuanto antes

la promesa que á su mujer había hecho, León fué á Madrid y al mismo

San Prudencio en busca del Padre Paoletti. Cosa inverosímil en verdad

era que él pusiese su planta en aquellos lugares, y así cuando el

fámulo le rogó que esperase en la desnuda y pobre sala destinada á

locutorio, tuvo tiempo de echar sobre ésta y sobre sí mismo incrédula

mirada, sacando en consecuencia que una de las dos cosas, ó él ó la

sala, eran pura ilusión de la fantasía.

Muy simple ó muy soberbio es el hombre que se hace juramento de no

traspasar jamás el umbral de ésta ó la otra puerta, sin prever que

el rápido giro de la vida trae las puertas á nosotros, las abre y

nos mete por ellas, sin que nos ocupemos de evitarlo. León no pudo

entregarse por mucho tiempo á estas reflexiones, porque apareció

ante él un clérigo pequeño, pequeñísimo, de mediana edad, blanco

y un sí es no es pueril de rostro, de ojos grandes, vivos y tan

investigadores, que no parecía sino que su cara toda era ojos. Con

lo exiguo de su cuerpo contrastaba la gravedad de su paso, largo

y cadencioso, golpeando duro sobre el suelo, como resultaría del

constante uso de zapatos de plomo. Saludó Paoletti á su visitante con

exquisita urbanidad, y León, que no estaba para fórmulas, expuso en

breves palabras el objeto de su presencia en aquella casa. Paoletti,

sentado con cierta tiesura de creyente humilde frente al fatigado

ateo, le oía con benevolencia confesional, bajos los ojos, enlazados

los dedos de ambas manos y volteando los pulgares uno sobre otro.

Debe advertirse que las manos del Padre eran finísimas y pulcras como

las de una señorita.

«Vamos allá--dijo alzando los ojos y parando el molinete de los dedos

pulgares.--Yo tenía noticia de su viaje á Carabanchel, de su desazón;

pero no sabía ni que estuviese grave, ni que la hubieran llevado á

Suertebella... ¿al mismo palacio de Suertebella?

--Al mismo,--dijo León sombríamente.

--Supongo--indicó el curita refinadamente,--que la hija del señor

Marqués de Fúcar se habrá trasladado á Madrid con su preciosa niña.

--Lo hará hoy.

--¿Y usted...?

--No pienso separarme de María mientras continúe enferma.

--Me parece muy bien, caballero--dijo el italiano agraciando á León

con un golpecito en la mano.--Sin embargo, la situación de usted

frente á esa bendita mártir, es muy singular y poco agradable para

entrambos.

--Esa situación es tal--dijo León,--que he creído necesario venir yo

mismo, con objeto de hacer á usted algunas revelaciones que sólo á mí

corresponden, y rogarle que me ayude...

--¿Yo?

--Sí... que usted me ayude á conllevar la situación, y aun á salir de

ella lo mejor posible.»

Paoletti frunció el ceño. Se había levantado para partir; mas volvió

á sentarse, tornando á voltear los pulgares uno sobre otro.

«Ante todo--dijo en tono de quien acostumbra simplificar las

cosas,--revéleme usted los pensamientos que le han traído aquí. Es

singularísimo que venga usted á confesarse conmigo, ¿no es verdad?»

Sonreía con expresión de triunfo humorístico que hacía más daño á

León Roch que una burla declarada.

«A confesar con usted... es cierto.

--¡Oh! no, señor mío--dijo Paoletti con cierta dulzura relamida que

á la legua revelaba la casta italiana.--No confesará usted, ¡ojalá

lo hiciera! no me revelará usted su conciencia ni renegará de sus

errores... no hará otra cosa que contarme lo que ya sé, lo que sabe

todo el mundo... Y todo para que le ayude...»

Paoletti repitió las versiones de la tertulia de San Salomó.

«En eso hay algo de verdad y mucho de calumnia--dijo León.--Es falso

que Monina sea mi hija; es falso que yo tenga relaciones criminales

con Pepa Fúcar; pero es cierto que la amo; es cierto que en mi

corazón se ha extinguido todo el cariño hacia mi pobre mujer, y en

él no queda sino una estimación fría, un respeto ceremonioso á las

virtudes que reconozco en ella.

--¡Estimación, respeto!--dijo Paoletti,--¡reconocimiento de

virtudes!... Eso es algo, caballero. La grande y purísima alma de

María Egipciaca merece más, mucho más; pero si pudiéramos contar con

que esa estimación y ese respeto crecían y se purificaban...»

Paoletti volvió á acariciar con su mano de frío marfil el puño de

León, y le dijo:

«¿No podríamos intentar una reconciliación?

--Es imposible, de todo punto imposible. Hace algún tiempo hubiera

sido fácil... ¡Cuántos esfuerzos hice para llegar á esa deseada

reconciliación!... Usted debe saberlo.»

Mirando al suelo, el hombre diminuto hizo signos afirmativos con la

cabeza.

«Usted lo sabe todo...--añadió León con sarcasmo.--El dueño de la

conciencia de mi mujer, el gobernador de mi casa, el árbitro de mi

matrimonio, el que ha tenido en su mano un vínculo sagrado para

atarlo y desatarlo á su antojo; este hombre, á quien hoy veo por

primera vez después de aquellos días en que iba á visitar al pobre

Luis Gonzaga, muerto en mi casa; este hombre, que, á pesar de no

tener conmigo trato alguno, ha dispuesto secretamente de mi corazón

y de mi vida, como puede disponer un señor del esclavo comprado, no

puede ignorar nada.

--Ese lenguaje mundano y soberbiamente filosófico me es conocido

también, caballero--dijo Paoletti, tomando un tono de reprensión

evangélica.--Si quiere usted que entre en ese terreno y le dé

contestación cumplida, lo haré.

--No... No he venido aquí á disputar. La tenebrosa batalla en que

he sido vencido después de luchar con honor, con delicadeza, con

habilidad y aun con furia, ha concluído ya. Mis juicios están

formados hace tiempo, y no pueden variar... La ocasión no es propia

para cuestionar. Nos hallamos en presencia de un hecho terrible...

--Que María se muere.»

Refirió León á Paoletti la visita de María Egipciaca á su esposo y

la escena que precedió al desmayo y enfermedad de la santa mujer.

Después de una pausa, el Padre dijo severamente:

«Todo me indica que María le ama á usted, y que aquí el verdadero

traidor al matrimonio, el culpable de hoy, es el mismo que lo fué

ayer, el culpable de siempre; en una palabra, usted. No apruebo, sin

conocerlo bien, el paso dado por mi ilustre penitente; pero ese paso,

ese traspié, dado que lo sea, anuncia que aún conserva en su corazón

y en su voluntad dulcísimos favores para quien no es digno de ellos.

--Usted que todo lo sabe, debe saber que mi mujer no me tiene amor.

Si los que no entienden de sentimientos nobles y puros se empeñan en

dar aquel nombre á lo que no lo merece, yo me apresuro á constituirme

en juez de los afectos de mi pobre mujer y á declarar que no me

satisfacen, que los rechazo y los pongo fuera de juego en el problema

de nuestra separación ó de nuestras paces.»

Paoletti meditaba profundamente.

«Entre los dos--añadió León,--no existe ya ningún lazo moral. María

y yo, estas dos personas, ella y yo, se me pintan en la imaginación

como un discorde grupo representando la idea del divorcio.

--Un grupo, una obra de arte--dijo Paoletti, deslizando en medio de

la nube negra de su severidad un relampaguillo de malicia.

--Una obra de arte, sí... que, como tal, no se ha creado por sí

sola, sino que tiene autor. Mi mujer no me ama; creo que habría

podido amarme, como yo deseaba, si las grandes imperfecciones de

su carácter, en vez de disminuir sometidas á mi autoridad y á mi

cariño, no hubieran aumentado, sometidas á otras corrientes y á otra

autoridad. No me ama, ni yo la amo á ella tampoco. Por consiguiente,

la reconciliación es imposible.

--No dirá usted--manifestó Paoletti con severidad mezclada de

tolerancia,--que no le escucho con paciencia.

--¡Paciencia! Más he tenido yo.

--Aunque uno no quiera, siempre tiene en sí algo de cristiano,

caballero. Para concluir, Sr. de Roch, usted no ama á su mujer, ni

ella le ama á usted; usted no quiere reconciliarse con ella; usted la

respeta y la estima... ¿Qué significa esto? O mejor dicho, ¿á qué ha

venido usted aquí?

--María me ha rogado que le lleve su confesor. Lejos de oponerme á

esto, lo hago con gusto.

--Pues vamos,--dijo Paoletti levantándose.

--Falta lo principal--dijo León, tocando la sotana del

reverendo.--Fácilmente comprenderá usted en su claro talento, que

para avisarle no era menester que viniera yo mismo. He venido para

decir á usted cosas que sólo yo puedo decirle. Considere ante todo

que el estado moral es verdaderamente grave en la dolencia de María.

--Sí.

--Debo declarar que deseo su restablecimiento--dijo León con

calmosa voz.--Pongo á Dios por testigo de esta afirmación: quiero

absolutamente y sin ninguna clase de reserva que mi mujer viva.

La familia de León Roch, Tomo 2 · 第 6 / 17 段