El benemérito jinete de caballos ajenos no se hizo de rogar y bajó al

punto al picadero. D. Pedro dió un suspiro, hizo una seña al Marqués

de Tellería y al Marqués de Onésimo, dos nobles subalternos, el uno

de raza y el otro de administración, que observando la fisonomía del

noble del dinero, parecían tributarle culto idolátrico, acatándole

con sus miradas é incensándole con sus aromáticos puros. Acercáronse

entrambos, D. Pedro bajó la voz, y con entristecida cara les comunicó

un pensamiento, una noticia, un hecho. Así, trasegando la pena de

su afligido corazón al corazón de dos amigos, el digno prócer se

sentía aliviado, respiraba con más desahogo, hasta podía soltar un

chascarrillo y reir con aquella carcajada congestiva que oímos por

primera vez en la casa de baños.

«¡Qué vida ésta!... ¡Qué alternativas, qué inesperadas peripecias!...

Luego esta pícara tendencia del corazón humano á exagerar las penas

pintándoselas como irremediables...»

Onésimo se quedó estupefacto al oir el hecho referido por su insigne

amigo. Creeríase que su cabeza, totalmente absorbida por las altas

especulaciones bancarias y por la metafísica de hacer empréstitos,

no comprendía aquel hecho vulgar. El de Tellería se llenó de

alborozo oyendo palabras tristes que salían de los labios de Fúcar,

y tuvo una idea propia, una idea felicísima. Acariciábala en su

mente, contemplando con los ojos del cuerpo las pinturas decorativas

del comedor de familia, en cuyas paredes se veía representado un

verdadero diluvio de animales muertos, perdices, liebres, ciervos,

cangrejos, y otro diluvio de frutas, berzas, pepinos y mariposas. El

roble tallado también ofrecía medallones de cacerías, bocas tocando

trompetas venatorias, perros corriendo, manojos de perdices y mil

representaciones diversas del reino alimenticio, de tal modo, que el

comedor, parecía el palacio de la indigestión.

VI

El clérigo miente y el gallo canta.

Cuando María Egipciaca vió que entraba en su cuarto el Padre

Paoletti, lanzó un grito de alegría. Le miró con cariño, posó después

los dulces ojos en León, expresándole su gratitud por aquella fineza

matrimonial que rayaba en lo sublime, y alargó una mano á cada uno.

Aquel movimiento tan natural en ella, y que no fué acompañado de

ninguna observación, era la cifra de su vida, y aun podría ser la

síntesis de este libro en lo que á la dama se refiere. Los dos le

preguntaron á un tiempo que qué tal se encontraba, y con una sola

respuesta satisfizo á entrambos.

«Me parece que estoy mucho mejor. Me siento con ánimos...»

León le dió una palmada en el hombro, diciéndole: «Ahora... yo me

retiro.

--No, no, no--declaró con gran presteza el Padre Paoletti, que se

había sentado á la izquierda de la cama.--Doña María y yo no vamos

á hablar de cosas de conciencia... El médico nos ha dicho que su

estado no es ni bastante grave para acudir con premura á la salvación

del alma, ni bastante lisonjero para poder platicar extensamente

sobre temas espirituales que, por lo mismo que son dulcísimos y

preciosísimos, fatigan la atención. Departiremos un poco los tres...

sí, señor, los tres... y á su debido tiempo, cuando esa cabeza esté

más serena, mi ilustre hija espiritual y yo nos secretearemos un

poco.»

La sonrisa con que concluyó el discursillo comunicóse á María,

que la reprodujo como reproduce la mar el color del cielo. Era

Paoletti, como se ve, un hombre afable, meloso, de palabra sencilla,

insinuante, de apariencia modesta y seductora en una pieza, por la

reunión feliz de una figura simpática y de la voz más clara, más

argentina, más conmovedora que se ha oído jamás. Era su acento dulce

y firme á un tiempo, formado del misterioso himeneo de dos notas que

parecen antitéticas: la precisión y la vaguedad. Los resabios del

decir italiano, atenuados por el largo uso de nuestra lengua, daban

á ésta en su boca como un son quejumbroso que hacía resaltar más los

matices vivos y el enérgico juego de consonantes del idioma español.

Conocedor de su destreza para instrumento tan primoroso, se esmeraba

en manejarlo, corrigiendo los pequeños defectos y concordando la idea

con la palabra y la palabra con la voz de un modo perfecto. El uso de

superlativos dulzones hacía un poco empalagoso su estilo.

Mientras hablaba ponía también en ejercicio la singular luz, la

expresión activa de sus ojos, cuyas múltiples maneras de mirar, que

podrían llamarse fases, añadían y como redondeaban el lenguaje oral.

De sus ojos podía decirse que eran la prolongación de la palabra,

pues llegaban á donde no podía llegar la voz. Eran á ésta lo que la

música es á la poesía. Indudablemente había algo de estudio en el

extraordinario empleo de estas cualidades; pero la principal causa

de ellas eran un don ingénito, y la dilatada práctica de bucear

en conciencias y de leer en rostros con esfuerzos de agudeza y

persuasión, y el usar artificio de ojeadas y reclamos de inflexiones

dulces para descubrir secretos.

«Según el parecer de ese sabio médico--dijo,--nuestra dulcísima

amiga se restablecerá pronto. Ha sido esto una crisis nerviosa que

va pasando, y pronto volverá la calma primera. Estamos sujetos al

traidor influjo de las bruscas impresiones morales que desatan

tempestades en nuestra alma, sin que nuestra razón flaquísima lo

pueda evitar. El demonio, siempre vigilante; la nefanda carne, rara

vez sometida por entero, se amotinan y nos acometen, cogiéndonos de

sorpresa. Aquí es el desvarío de los sentidos, que no abultan, sino

que desfiguran las cosas; aquí el encenderse de la fantasía, que

va á donde nunca debe ir, y todo lo ve de aquel color de sangre y

fuego de que ella está vestida. El espíritu sucumbe aterrado por una

apariencia vana, por una apariencia vana, mi querida amiga. Después

viene el reposo, casi siempre después de un gran desorden físico, y

se ven las cosas claras, se ve que no había motivo para tanto, que se

hizo demasiado caso de la maledicencia, quizás de la calumnia; que

se vieron fantasmas, sí, fantasmas... ¡Oh! ya hablaremos de esto, mi

querida amiga... Ahora procure usted reponerse pronto y llevar su

alma á un estado suavísimo... Y me parece que está usted muy bien

alojada en esta casita. Tuvo buena elección su señor esposo al tomar

tan tranquila vivienda. A mí me gusta mucho Carabanchel... Doña

María, cuando usted pueda levantarse, y su esposo la saque á paseo,

porque la sacará á paseo, ¿no es verdad? verá usted qué trigos tan

hermosos hay por estos campos... Luego esto es una bendición para

las gallinas: no da uno un paso sin tropezar con una bandada de estos

animales humildísimos. Y basta de sermón por hoy, señora mía. Empecé

por el alma y acabo por las gallinas; ¿qué tal?»

En este momento oyóse cantar un gallo.

«Es el gallo de San Pedro,» dijo Paoletti aparte á León.

Y volviendo rápidamente los ojos á su ilustre amiga, añadió.

«Empecé hablando del alma y concluí haciéndome cargo de las aves

que hay en este pueblo. En otra ocasión empezaremos por el corral y

acabaremos por el cielo... Con Dios.

--¿Pero se va usted?--dijo María con verdadera aflicción.

--Me pasearé por estos contornos, iré á comer, y volveré luego.

--¡Oh! no, de ninguna manera--manifestó León.--Comerá usted aquí.

--Gracias, gracias. Señora Doña María--dijo Paoletti, inclinándose

ante la enferma con mundana cortesía y riendo con familiaridad,--su

marido de usted es muy amable... No lo había visto desde aquellos

tristes días en que subió al cielo nuestro amadísimo Luis. He tenido

mucho gusto de verle hoy.»

María miraba á su marido vacilando entre la benignidad y el enojo.

«¿Sabe usted, mi buena amiga--añadió el clérigo,--que hoy he

descubierto una cosa por las vías más extraordinarias y más

inesperadas?

--¿Qué?--preguntó la dama con gran curiosidad.

--Ya hablaremos de eso... no quiero incomodar.

--Dígamelo usted,--insistió María con el tono mimoso que emplean los

niños cuando piden una cosa que no quieren darles.

--Pues he descubierto--prosiguió el italiano, bajando más la voz y

fingiendo que no quería ser oído de León Roch,--pues he descubierto

que su marido de usted es mejor de lo que parece: que todo cuanto

le dijeron á usted... ya sé que fueron allá con mil cuentos la de

San Salomó y Doña Milagros... es un puro error, equivocación... Me

consta, ¿lo oye usted? me consta que no hay tales infidelidades...»

En los ojos de María brillaban con viva luz la ansiedad y el orgullo.

Aquellas palabras, que en tal boca sonaban para ella como el mismo

Evangelio, eran en su turbado espíritu cual bálsamo dulce aplicado

por las propias manos de los ángeles. Se sentía saliendo de un negro

abismo á la clara luz y al grato ambiente de un hermoso día. Aunque

más tarde debía venir la reflexión á aquilatar el valor de tales

afirmaciones, por de pronto las palabras del clérigo hicieron rápido

efecto en su credulidad de penitente. Si Paoletti le dijera que en

aquel momento era de noche, antes creyera en el error de sus ojos que

en la verdad de la luz del día. Sin saber qué decir, ni cómo expresar

su gozo, miraba al Padre y al esposo, y las manos de ambos estrechaba.

«Sí, mi querida amiga--añadió Paoletti,--no hay motivo para pensar en

tales infidelidades, y este hombre...»

Volvióse á oir el canto del gallo, y el clérigo suspendió su frase

cual si le faltara la voz. Recobróla al variar de asunto, y dijo:

«Con que, amiguita, á ponerse buena pronto... ¡Ah, qué función

tan linda se perdió usted ayer!... Cuando vuelva usted por allá

le enseñaremos las estampas que hemos recibido... Tenemos agua de

Lourdes fresquecita... ¡Cuánto hemos echado de menos á nuestra Doña

María! ¡Ah! se me olvidaba: ya nos comimos el chocolate... Se le dan

gracias cordialísimas á nuestra protectora en nombre de todos los de

la casa.

--Si no vale nada... ¡Por Dios!

--Doña Perfecta se ha enojado con nosotros porque no quisimos admitir

su donativo... Angelical señora es Doña Perfecta. ¡Qué alma tan pura!

¿Pues y la pobre Doña Juana? Anoche nos mareó de lo lindo y hasta

nos llamó déspotas porque hemos prohibido á la mujer del portero que

le haga el café á ella y á las demás devotas madrugadoras que van á

comulgar muy de mañana y quieren desayunarse en seguida. Francamente,

la portería parece algunos domingos un _restaurant_.»

A esta sazón entró el médico, diciendo:

«Mucha, mucha conversación hay aquí... Si tendré yo que venir como un

maestro de escuela con una caña en la mano á mandar callar.

--Yo... punto en boca. Creo que he hablado más de la cuenta--indicó

el confesor,--y me voy á dar una vuelta por ahí.»

Llevando á León al hueco de la ventana, le dijo: «¿Qué tal?

--Bien,» replicó León, admirando la habilidad histriónica del Padre.

Oyóse otra vez el canto del gallo.

«He negado á mi Dios, he faltado á la verdad--dijo Paoletti con

sonrisa que parecía reprensión.--Si ese gallo sigue avisándome con

su voz que parece venir del cielo, no tendré fuerzas para hacer

traición á mi Maestro.

--Es caridad. Los gallos no entienden de esto.

--Ella y Dios me lo perdonarán. Como no la he engañado nunca, como de

mis labios no ha oído jamás palabras que no fueran la misma verdad,

me cree como al Evangelio.»

León meditó un momento sobre esta última frase, que despertaba en él

añejos dolores.

El médico hizo en voz alta lisonjeros vaticinios sobre la enfermedad.

«¿Oye usted lo que afirma el facultativo?--dijo el confesor hablando

aparte con el marido.--Albricias, querido caballero: ya se puede

asegurar que _nos_ vive Doña María.»

Aquel plural, dicho y repetido naturalmente y sin malicia, era el

más cruel sarcasmo que León escuchara de labios humanos en toda

su vida. Había visto con gusto la milagrosa virtud terapéutica

de los consuelos del Padre en la desgraciada María; pero aquella

familiaridad del clérigo con su penitente, aunque encerrada dentro de

la pudibunda esfera de las relaciones espirituales, le repugnaba en

extremo. Fué aquél un momento de los más tristes para su espíritu,

porque vió cara á cara la fuerza abrumadora con que había querido

luchar durante los batalladores años de su matrimonio. Se entristecía

y se avergonzaba. ¡Ay! El divorcio moral de que repetidas veces habló

y que, según él, estaba ya consumado, no fué completo y radical

hasta aquel momento. Hasta entonces quedaba la estimación, quedaba

el respeto; pero ya estos tenues hilos parecían, si no rotos, tan

tirantes que pronto, muy pronto, se romperían también.

Ocultando lo que en sí pasaba, se acercó á su mujer y le dijo:

«El Sr. Paoletti y yo vamos á tomar alguna cosa... Rafaela te

acompañará mientras volvemos.

--¡Oh! Sí... almorzad, almorzad...--replicó María alegremente y

dulcificando su mirada.--Pero no tardes: quiero verte... quiero

hablarte... No olvides que tu deber es acompañarme, no separarte de

mí ni un solo momento... Ahora que te cogemos á propósito, verás qué

reprimendas y qué sobas te vamos á dar el Padre Paoletti y yo. Te veo

ya acobardado y humillado... ¡pobre hombre!... ¡desgraciado ateo!

Pero no tardes: quiero verte... Mira... esta noche pones ese sofá

aquí, junto á mi cama, para que duermas á mi lado... Así dormiré yo

mejor, y si sueño algún disparate, con alargar la mano y tocarte me

tranquilizaré.

--Bien: haré todo lo que deseas,--dijo el esposo con la vacilación en

la mente y el hielo en el corazón.

--¡Ah!--prosiguió María, reteniéndole por la manga;--dispón que me

traigan hoy mismo mi rosario, el crucifijo y todos mis libros de rezo

que están sobre la mesa de mi cuarto; todos, todos los libros, y el

agua de Lourdes, y mis reliquias, mis adoradas reliquias.

--Rafaela irá esta tarde á Madrid y te traerá todo.

--¡Cómo se conoce que estoy en el cuarto de un ateo!--observó la

enferma, tomando de súbito el tono impertinente, que no había

desaparecido en ella sino ante la atroz quemadura de los celos.--No

hay aquí ni un solo cuadro religioso, ni una imagen, nada que nos

indique que somos cristianos... Pero ve á almorzar, ve á almorzar. El

buen Padre estará en ayunas... ¡pobrecito! Dale lo mejor que haya,

¿entiendes? lo mejor. Reconoce tu gran inferioridad; humíllate,

hombre. Háblale de mí, háblale de mí, y aprenderás á apreciarme

mejor.»

Cuando León salía disimulando una sonrisa amarga, volvió á cantar el

gallo.

VII

Fuegos parabólicos.

Luego que Fúcar entendió que pisaba los pavimentos de Suertebella

la venerable planta del Padre Paoletti, se apresuró á ofrecerle

palacio, mesa, servidumbre, coches, capilla, obras de arte. Creeríase

que D. Pedro era poseedor de toda la creación, según la facundia

y liberalidad con que todo lo brindaba para goce y dicha de la

humanidad menesterosa. Y arqueándose cuanto lo consentía su crasa

majestad, manifestaba con reverencias y cortesías cuán inferiores

son las riquezas y esplendores del mundo á la humildad de un simple

religioso, sin otra gala que su sotana, ni más palacio que su celda.

Paoletti, que era entendidísimo en artes bellas y aun en las

suntuarias, elogió mucho la riqueza de Suertebella, dando así

propicia coyuntura al Marqués para que gustara su satisfacción

predilecta, que era enseñar el palacio, sala tras sala, sirviendo él

de _cicerone_... Largo rato duró la excursión, que á marear bastaría

la más sólida cabeza, por la heterogénea reunión de cosas bonitas

que contenían aquellos pintorreados muros. Paoletti lo admiraba todo

con comedimiento, demostrando ser hombre muy conocedor de museos y

colecciones. El Marqués de Fúcar, que parecía la gacetilla de un

periódico, según prodigaba sus elogios á las obras medianas ó malas,

solía apuntar el precio de algunos objetos, bien cuadritos tomados

á Goupil, bien porcelanas adquiridas en el martillo de la calle

_Drouot_, y que eran hábiles imitaciones.

«Y aquí me tiene usted aburrido, completamente aburrido entre tantas

obras de mérito--decía encarándose con Paoletti y cruzando las manos

en actitud ascética.--Soy esclavo del bienestar, mi querido Padre.

Parece que no, y ésta es la esclavitud más odiosa. ¡Cuánto envidio á

los que viven tranquilos, con esa libertad, con esa independencia que

da la pobreza, sin los afanes del trabajo, sin conocer otro banquete

que el que cabe dentro de una escudilla, ni más palacio que cualquier

celda, choza ó agujero...

--¡Oh! querido señor mío--manifestó el italiano riendo y llevándose

la mano á la boca para ocultar urbanamente un bostezo,--pues no hay

nada más fácil que realizar ese deseo... ¡Ser pobre! Cuando oigo á

los mendigos expresar deseos de ser millonarios, me río y suspiro;

pero cuando oigo á los ricos hablar de la cabañita y de un palmo de

tierra en que descansar los huesos, les digo lo que me permito decir

á usted en este momento: ¿por qué no se va el señor Marqués á las

ermitas de Córdoba? ¿por qué no cambia á Suertebella por una celda de

cartujo?...»

Y concluyó la observación como la había empezado, con francas risas.

Otra vez bostezó, haciendo pantalla de su blanca mano para cubrir la

boca.

«Eso... dicho así--repuso Fúcar riendo también,--parece fácil;

pero... ¿y las cadenas sociales... y el yugo de la patria, que no

quiere desprenderse de sus hijos más útiles?... Ahora caigo... ¡qué

descuido el mío! Es muy tarde y usted no ha almorzado.

--¡Oh! no importa... deje usted.

--¿Cómo que no importa? Puede ser que aún esté ese bendito cuerpo...

--Con el triste chocolate nada más. Pero es un cuerpo de misionero y

sabe resistir.

--León, León--dijo D. Pedro llamando á su amigo, que en aquel

momento pasaba por la pieza inmediata.--Voy á mandar que os sirvan

el almuerzo en la sala de Himeneo. No querrás alejarte mucho de tu

mujer... Y usted, Sr. Paoletti, no gustará del bullicio del comedor.

Ahora están almorzando todos los que han venido últimamente...

¡Bautista, _Philidor_!»

Dando voces á los criados españoles y al maestresala francés, el

Marqués hacía correr á sus fieles servidores de un aposento á otro.

La multiplicidad y premura de los servicios eran causa de que se

sintieran crujir los finos pisos de madera, y de que se oyera por

todas partes el tin-tilín de botellas y copas transportadas en

enormes bandejas, y el claqueteo de los platos, rumor tan grato al

cortesano hambriento. Olores de guisotes y frituras recorrían los

largos pasillos y las grandiosas salas, como corre el incienso por

los templos de capilla en capilla.

La sala de Himeneo, llamada así porque en el centro de ella había un

grupo representando la idea del matrimonio en un abrazo de mármol,

estaba próxima á la habitación que llamaremos de María Egipciaca;

pero no junto á ella. Una mesa fué traída al punto. León y el Padre

Paoletti almorzaban.

«_Consommé_--dijo León, sirviendo á su comensal una buena porción de

rico caldo.--Esto le conviene á usted.

--Estoy pensando, querido señor--dijo Paoletti, después que con las

primeras cucharadas puso remedio á la gran debilidad que sentía,--que

en toda mi vida, que no es corta ni carece de lances extraños, he

visto un cuadro como el que en este momento presenciamos los dos.

--¿Cuál es el cuadro?

--Nosotros... usted y yo comiendo juntos. Ningún suceso es obra del

acaso. Sabe Dios á qué plan divino obedecerá esta peregrinísima

reunión nuestra. ¿Qué grandes mudanzas en los órdenes más altos no

trae á veces el encuentro, al parecer fortuito, de dos personas?

Reflexione usted, querido señor: á veces una meditación breve, una

observación pasajera, dan al alma claridad vivísima, y entonces...

No, no, gracias: no me dé usted cosas picantes ni nada de estas

fruslerías de la cocina moderna... ¿Ha meditado usted?

--¿Quiere usted vino?--dijo León, poco inclinado á seguir al Padre

por el campo de sus observaciones.

--No lo pruebo jamás. Deme usted agua pura, y Dios le pague su

amabilidad... Cualquier tonto que juntos nos viera me criticaría á mí

ó le criticaría á usted... «Miren el Padrazo haciéndose mieles con

el liberal,» dirían, ó «Miren al incrédulo partiendo un confite con

el clerizonte...» sin comprender que, aunque coman juntos un poco de

pan y carne, la verdad no transige nunca con el error, ni el error

perdona jamás á su enemiga la verdad... ¿Fresa? jamás la pruebo...

porque la vergüenza del error es la verdad, por lo cual huye de ella,

se esconde y se ciega con imaginaciones suyas, ó bien se tapa los

oídos con el bulliciosísimo estruendo del mundo... ¿Pero no come

usted?

--No tengo apetito.»

Paoletti almorzaba poco. León casi nada. Clavando en éste sus ojos

llenos de expresión, el italiano le dijo con patético acento:

«Sr. D. León, la persona que conozco en todo el mundo más digna

de lástima es usted... Nuestra pobre Doña María no es digna de

lástima, no, sino de admiración. Muerta, entrará en la región de

los bienaventurados, ornada de diversas coronas, entre ellas la del

martirio; viva, será ejemplo de mujeres superiores. Es un delicado

lirio que en sí reúne la hermosura, la pureza y el aroma.

--Era, sí, un delicado lirio--dijo León pálido y con nervioso temblor

en su lengua, en sus ojos, en sus facciones todas,--un lirio que

convidaba con su pureza y su aroma al amor cristiano, á los honestos

goces de la vida...

--Pero juntóse al cardo...

--No... Vino el hipopótamo y lo tronchó con su horrible planta.»

Los ojos del Padre se multiplicaron.

«Es un tesoro de las más altas prendas.

--Era un tesoro de las más altas prendas--afirmó León haciendo un

nudo en la servilleta y apretándolo fuertemente,--mezcladas con

pasiones toscas, una naturaleza al mismo tiempo contemplativa y

sensual.

--Vino la mano depuradora y apartó la escoria...

--Vino la helada mano, y arrojando fuera los diamantes, no dejó más

que la pedrería falsa.

--¿Por qué se descuidó el joyero?

--Cuando los ladrones no entran por la puerta, sino por mina

subterránea, el joyero no tiene noticia de ellos hasta que no le

falta la joya. Me quitaron el amor, la generosidad, la confianza; no

me dejaron más que el deber frío, la corrección moral en lo externo.

Era una fuente cristalina; secaron el manantial, se estancó el agua,

y cuando fuí á beber no hallé más que el sedimento impuro. Corriendo,

corriendo siempre, aquella agua, que amargaba un poco, se habría

dulcificado; pero no la dejaron correr, la encerraron en un charco...

--Dulce y por extremo rica era y es aquella agua, querido señor--dijo

Paoletti con expresión seráfica;--agua mística, agua suavísima,

regaladísima, que es la esencia del alma misma, el amor divino.

Cuando esta agua corre en el mundo, justo es que Dios se la beba y

arroje el vaso.

--Es lo que me han dejado, el vaso.

--El vaso de oro, que es lo que apetece la concupiscencia del joyero

sin fe. El desgraciado esclavo de la materia para nada necesita del

agua riquísima. Su sed no se aplaca con amores del agua: su sed no es

más que una forma de avaricia, y se sacia con la posesión del oro del

vaso, con la hermosura corporal.

--Para el que no conoce el amor sino por el pecado, para el que

no siente el amor, sino que solamente lo oye, recibiendo aquí (y

señaló la oreja) los secretos de los que aman, la vida del corazón

es un misterio incomprensible. El no ve más que deberes cumplidos ó

faltas cometidas. Esto es mucho, pero no es todo. El que no ha bebido

jamás, sólo concibe el gusto insípido del misticismo ó el amargor del

pecado.

--El que no ha bebido jamás, y sin embargo no está sediento, puede

por la preciosa facultad de asimilación, que es uno de los más

hermosos dones de nuestra alma, penetrarse bien de todas las suertes

del verdadero amor, desde el más noble al más impuro. El que todo

lo sabe, todo lo siente... ¡Oh! usted que así nos vitupera, habría

podido tener amigos en los que cree enemigos, y leales pacificadores

de su matrimonio en los que cree perturbadores de él.

--Rechazo, detesto esa colaboración.

--¿Con qué derecho acusa el que por sí ha roto todos los lazos? Sólo

la circunstancia de considerarse fuera de la Iglesia, quita á ciertos

hombres el derecho á quejarse de los inconvenientes de un lazo que es

por sí religioso. «Yo no quiero religión, dicen, yo la abomino, yo la

echo de mí; no permito á la Fe que se defienda de mis ataques, ni que

reclame lo suyo.»

--Lo que no quiero que reclame es lo mío, lo humano.

--Lo humano es una cómoda puertecilla para que mi hombre se escape á

la infidelidad, al adulterio, dejando á la pobre mártir sola y sin

amparo.

--Lo divino pone á la pobre mártir bajo el amparo de los bebedores

de agua espiritual.

--¡Qué sería de ella si así no fuese!... ¡Pobre alma destinada á

pudrirse al contacto de un alma corrompida!

--No de corromperla, sino de salvarla traté yo con la persuasión,

con el cariño casi siempre, á veces con la autoridad, hasta con la

tiranía...

--¡Lo confiesa!... ¡confiesa su despotismo!

La familia de León Roch, Tomo 2 · 第 8 / 17 段