Desplomóse la señora sobre su asiento. Parecía rugir cuando le dijo:

«¡Tu Dios es un bandido!

--No tienes derecho sino á mi respeto.

--¿Amas á otra?--preguntó María mordiendo la punta de su pañuelo

y tirando de él.--Dímelo con lealtad... reconozco tu lealtad...

confiésamelo y te dejo en paz para siempre.

--Tampoco tienes derecho á hacerme preguntas.

--Niégame el derecho y contéstalas.»

León iba á decir: «pues bien: sí.» Pero hay casos en que la verdad es

como el asesinato. Decirla es encanallarse. La contestación fué:

«Pues bien: no.

--Te conozco en la cara que has mentido,--dijo María incorporándose

bruscamente.

--¡En mi cara!

--Tú no eres mentiroso... yo reconozco que nunca has mentido; pero

ahora acabas de revelarme que has perdido aquella buena costumbre.»

León no replicó nada. María esperó un rato, y después dijo:

«Nada tengo que hacer aquí...»

León no pronunció una palabra, ni siquiera miró á su mujer.

--Nada, nada más--añadió ella,--sino avergonzarme de haber entrado en

esta casa de corrupción y escándalo.»

Humedecía con su lengua sus labios secos; pero labios y lengua

estaban juntamente impregnados de un amargor en cuya comparación el

acíbar es miel deliciosa. María quiso escupir algo, escupir aquel

_otra_ que le parecía el zumo de una fruta cogida en los jardines del

infierno. Sus labios se dejaron morder por los dientes hasta echar

sangre.

«¡Qué vergüenza!--murmuró.--¡Haber descendido á tanto... arrastrarme

á los pies del miserable... una mujer como yo, una mujer...!»

La rabia no la dejaba llorar, ni aun siquiera llorar de rabia.

«¡Verme despreciada!...

--Despreciada, no,--dijo el marido haciendo un movimiento generoso

hacia ella.

--Despreciada como una mujer cualquiera, como una...

--Desprecio, jamás...

--Ni siquiera...

--Acaba...

--Ni siquiera... merezco una atención...

--Atención, sí,» dijo León, al parecer tan agitado como ella.

Sentía la Egipciaca una extraordinaria humillación, que arrastraba su

alma á un infierno de tristeza.

«Para tí, yo... ni siquiera soy hermosa. Soy una mujer horrible; he

perdido...

--No. Te juro que desde que te conozco, nunca te he visto tan hermosa

como ahora.

--Y sin embargo--gritó María saltando en su asiento,--y sin embargo,

no me amas...

--Tú--le dijo León en voz baja,--que has cultivado tanto la vida

espiritual, debes saber que la hermosura del cuerpo y rostro no es lo

que más influye en el cautiverio de las almas.

--¡Para tí soy horrible de espíritu!...»

Y al decir esto se dió un golpe en la frente, exclamando: «¡Ah!» como

quien recuerda algo muy solemne, ó vuelve de un tenebroso desvarío á

la luz de la razón.

«¿No he de ser horrible para tí, si soy mujer cristiana y tú un

desdichado ateo materialista?... Y yo he cometido la falta, ¿qué

digo falta? el crimen de apartar los ojos por un momento de mi

Dios salvador y consolador para fijarlos en tí, hombre sin fe; de

haberme despojado de mi sayal negro para vestirme estos asquerosos

trapos de mujeres públicas con el infame objeto de agradarte... de

solicitarte... ¡No, no: Dios no me lo puede perdonar!»

Y exaltada, delirante, levantóse con horror de sí misma; se llevó

las manos á la cabeza, arrancándose el sombrero pieza por pieza

y arrojándolo todo con furor lejos de sí. El brusco tirón dado

al sombrero deshizo el peinado, frágilmente compuesto por ella

misma; cayeron los rizos negros sobre su sien, sobre sus hombros; y

desmelenada, con el rostro trágico, la mirada felina, marchó hacia su

esposo, y en voz baja le dijo:

«Soy tan mala como tú; soy una mujer infame. He olvidado á mi Dios,

he olvidado mi deber y mi dignidad por tí, miserable. Ya no merezco

que me llamen santa, porque las santas...»

Se miró el pecho y el lujoso vestido, y lanzando una exclamación de

horror, añadió:

«Las mujeres consagradas á Dios no se visten con este uniforme del

vicio. Me avergüenzo de verme así. ¡Fuera, fuera de mi cuerpo, viles

harapos!»

Arrancó lazos y adornos para arrojarlos fuera. Después agarró los

bordes de su vestido por el seno, y tirando con fuerza varonil,

rompió todo lo que pudo. Sus manos locas abrieron después grandes

jirones en la tela, deshicieron pliegues, despegaron botones; eran,

aun con los guantes puestos, dos garras terribles, capaces de hacer

trizas en un instante la obra delicada y sólida de doscientas manos

de modista. Al fin se quitó también los guantes y la manteleta.

«¡Basta de afrenta, no más baldón! Vuelvo á mi Dios, á mi vida

recogida, indiferente, donde gozaré maldiciendo mi hermosura, porque

te ha gustado á tí; vuelvo á la paz de mis ocupaciones religiosas,

á la meditación dulce, donde se conversa con Dios y se ve á los

ángeles, y se oye su música, y hasta parece que se prueba algo de sus

festines; vuelvo á mi dulce vida, que cuenta entre sus dulzuras la de

olvidarte, y en su obscuridad las hermosas tinieblas de no verte á

tí... He pecado, he sido indigna de los favores que el Señor se dignó

concederme... ¡Perdón, perdón, Dios mío! ¡No lo volveré á hacer más!»

Cayó de rodillas, y deshecha en llanto verdadero, fácil, afluente,

escondió el rostro entre las temblorosas manos. Lágrimas abundantes

resbalaban por su hermosa garganta y caían sobre su seno medio

descubierto. León tuvo miedo. Aquella lastimosa figura desgarrada,

aquel llorar amargo, movieron profundamente su corazón. Acercóse á

ella echándole los brazos, la levantó, sentóla en la silla.

«¡María, por Dios!--le dijo.--No hagas locuras. Tú misma...

Serénate...»

María no despegaba de su rostro las manos. Acercó León su silla, puso

la mano sobre el hombro de su mujer, trató de remediar el desorden

de sus cabellos, de colocar lo mejor posible los jirones del vestido,

que por la gran desgarradura mostraba desnudo el busto. De repente

se sintió estrechado por un abrazo epiléptico, y sintió en su cara

los labios ardientes de su mujer que le apretaban sin besarle; le

apretaban como cuando se va á poner un sello en seco; y después una

voz sorda, un gemido que así decía:

«Te ahogo, te ahogo si quieres á otra... ¿No soy yo guapa, no soy yo

más hermosa que ninguna?... A mí sola... á mí... sola.»

Después el vigoroso abrazo cesó lentamente; cedió toda fuerza

muscular y nerviosa. Apartó de sí León aquellos brazos ya flexibles,

que cayeron al punto exánimes, y cayó también la pálida cabeza

sobre el pecho, velada por su propia melena como la del tétrico y

maravillosamente hermoso Cristo de Velázquez. Después distinguió una

ligera contracción espasmódica que corría por el cuello y el seno de

su mujer, haciendo temblar su epidermis, y oyó un murmullo profundo

que dijo: «Muerte... pecado!»

María quedó inerte. Su marido le tocó el corazón: no latía. El

pulso... tampoco... Salió afuera gritando: «¡Socorro!»

Desde que abrió la puerta se presentó gente. En la escalera y en

la corraliza la curiosidad había reunido á no pocos vecinos, porque

se habían sentido voces, porque la que gritaba era la esposa del

Sr. Roch, y una esposa que grita es objeto de la general atención.

Subieron, entraron. También llegó el Marqués de Fúcar, que fué á

enterar á León de su encargo. Aturdidos todos, no sabían qué hacer.

«Que la lleven al punto á mi casa--dijo Fúcar.--¿Hay aquí cordiales

fuertes? ¿Hay...? Lo primero que hace falta es una cama, un médico...

Llevémosla á mi casa.

--Que venga aquí el médico,--dijo León.

--¿En dónde la acostamos?» repitió Fúcar, mirando á todos lados.

Los colchones y camas, lo mismo que los demás muebles, habían sido

llevados ya.

«¿Y mi cama?--indicó Facunda.--No la tiene mejor un rey.

--¡Quite usted allá!... A ver... parece que late el corazón.

--Sí: late, late,--dijo León con esperanza.

--Esto no es nada... un síncope... Todo por una disputa... He aquí

los resultados de la exageración... Pero es preciso acostarla... A

ver, envolvámosla en una manta... ¡Una manta!»

Era el Marqués de Fúcar hombre á propósito para las situaciones

rápidas que exigen don de mando, energía y gran presteza en ejecutar

un pensamiento salvador. Cuatro robustos brazos levantaron á María,

después de abrigarla cuidadosamente con una manta, y la transportaron

fuera de la casa. Parecía un cuerpo amortajado que llevaban á

enterrar. León vió hacer esto y lo permitió como habría permitido

otra cosa cualquiera sin darse cuenta de ello. Pasó mucho tiempo

antes de comprender que aquella traslación, si por un lado era

conveniente, por otro no. Cuando quiso oponerse, el triste convoy

estaba ya en marcha.

Se comprenderá fácilmente el asombro de Pepa cuando en su casa vió

entrar aquel cuerpo yerto... ¡Cielos divinos! ¡María Sudre! ¡Y en

qué estado! Se explicaba el desmayo; pero no se explicaba fácilmente

el vestido roto el pelo en desorden... La entraron en la primera

habitación que se encontró á propósito, y la pusieron sobre la cama.

«Han olvidado lo principal--dijo Pepa:--aflojarle el corsé.

--Es verdad: ¡qué idiotas somos!»

Diciendo esto, D. Pedro cortó con una navaja las cuerdas del corsé.

El médico entró, y cuando todos se retiraron, menos León y los

Fúcares, habló de congestión cerebral... El caso era grave... Se

despachó al punto un propio á Madrid llamando á uno de los primeros

facultativos de la capital. El del pueblo hizo poco después mejores

augurios. María volvió en sí, respirando ya con desahogo. ¡Si todo

hubiera sido un síncope!... pero algo más había, porque la infeliz

dama, al volver en sí, deliraba, no se hacía cargo de lugares ni

personas, no se daba cuenta de cosa alguna, no conocía á nadie, ni

aun á su esposo.

Después cayó en profundo sopor. Era indispensable el reposo, un

reposo perfecto. El médico escribió varias recetas y ordenó un

tratamiento perentorio, aplicaciones, revulsivos.

«Ahora--dijo,--dejarla en reposo absoluto. Parece que no hay peligro

por el momento. No se haga en este cuarto ni en los inmediatos el más

ligero ruido. Mejor está sola que con mucha compañía.»

El médico salió. Pepa, llevándose el dedo índice á la boca, ordenó

silencio. León y el Marqués de Fúcar callaban, contemplando á la

enferma. Pasó media hora, y Pepa dijo así:

«Sigue durmiendo, al parecer tranquila. Cuando despierte, yo me

encargo de cuidarla: yo me encargo de todo.

--No--le dijo León prontamente:--te ruego que no aparezcas en este

cuarto.»

Pepa inclinó la frente y salió con su padre, andando los dos

de puntillas. León se sentó juntó al lecho. Aún le duraba el

aturdimiento y estupor doloroso del primer instante; aún no se había

hecho cargo claramente del sitio donde su mujer y él estaban. La

penitente reposaba con apariencias de sosegado sueño. El desdichado

esposo miró á todos lados, observó la estancia, dió un suspiro, tuvo

miedo. De pronto vió que Pepa entraba con paso muy quedo por una

puerta disimulada en la tapicería. León la miró con enojo.

Pero ella avanzaba, revelando en sus ojos tanto terror como

curiosidad. Más pálida que la enferma, su semblante era cadavérico.

Sus pasos no se sentían sobre la alfombra: eran los pasos de un

fantasma. El gesto con que León la mandaba salir fuera no podía

detenerla, y adelantaba hasta clavar sus ojos en el cuerpo y rostro

de María, observándola como se observa la cosa más interesante y al

propio tiempo más tremenda del Universo.

Tras ella entró Monina, deslizándose paso á paso como un gatito

que entra y sale sin que nadie lo sienta, y juntándose á su madre

y asiéndose de su falda con ademán de miedo, señalaba á la cama y

decía: «_Moña meta._»

_Moña meta_, que quiere decir _muñeca muerta_.

TERCERA PARTE

I

Vuelve en sí.

Solo y sin calma estaba León Roch junto al lecho. Fijos los ojos en

su mujer, observaba cuanto en la mudable fisonomía de ésta pudiera

ser síntoma del mal, anuncio de mejoría ó señal de recrudescencia. A

ratos desviaba de la enferma su atención para traerla sobre sí mismo,

mirando la situación penosísima en que le habían puesto sucesos

y personas. ¿Cómo no pudo evitarlo? ¿Cómo no tuvo previsión para

impedir llegase por tan diabólicos caminos aquella conjunción de los

dos círculos de su vida, cada cual sirviendo de órbita al giro de

contrapuestos sentimientos? Al formular estas preguntas parecióle

que un reir burlón estallaba en el fondo de su alma, repitiendo en

caricatura aquellos propósitos suyos, contemporáneos de su noviazgo

y casamiento. Los que hayan conocido al hijo del señor Pepe Roch en

los días correspondientes al principio de esta verídica historia,

recordarán que tenía planes magníficos, entre ellos el de dar al

propio pensamiento la misión de informar la vida, haciéndose dueño

absoluto de ésta y sometiéndola á la tiranía de la idea. Pero los

hombres que sueñan con esta victoria grandiosa no cuentan con la

fuerza de lo que podríamos llamar el _hado social_, un poder enorme

y avasallador, compuesto de las creencias propias y ajenas, de las

durísimas terquedades colectivas ó personales, de los errores, de la

virtud misma, de mil cosas que al propio tiempo exigen vituperio y

respeto, y finalmente, de las leyes y costumbres, con cuya arrogante

estabilidad no es lícito ni posible las más de las veces emprender

una lucha á brazo partido. León se compadecía y á ratos se reía de sí

mismo, diciendo: «Es verdaderamente absurdo que la piedra se empeñe

en dar movimiento á la honda.»

Pensando éstas y otras cosas no cesaba de atender solícito á la

enfermedad de su mujer. María Egipciaca había vuelto de su estado

comático varias veces durante el día; pero su mente seguía turbada;

á nadie conocía, ni acertaba á formular una frase con sentido.

Quejándose de un dolor inmenso sin poder determinar en qué sitio ó

entraña de su cuerpo sentía, quiso lanzarse del lecho. Fué preciso

emplear bastante fuerza para impedirlo. Por la noche su inquietud

cesó, aunque no la fiebre. En su sueño decía no pocas palabras claras

y precisas, indicando cierta coherencia en las visiones, y, por

último, oprimió las manos contra su pecho y dijo en un grito: «¡No, á

ese no, á ese no: es mío!»

Después abrió los ojos, y revolviéndolos, miró á las paredes, al

techo, á la cama, á los muebles, cual si á todas aquellas partes

pidiese noticias del lugar donde se encontraba. Su hermosa mirada

sin extravío revelaba ya un pensamiento sereno, que volvía, no sin

cansancio, al carril de la cordura. Vió á un hombre junto al lecho,

solo con ella, atento, vigilante, y al conocerle, los ojos de la

enferma expresaron un sentimiento dulce.

«¿Tú?» murmuró sonriendo.

León se acercó, inclinándose hacia ella. Cuando metía su mano entre

las sábanas para buscar la de ella y tomarle el pulso, María se

apoderó del brazo de su marido, y estrujándolo sobre su seno, dijo

con un gemido:

«¡Ay! ¡qué gusto saber que era sueño lo que ví! Te habían pinchado

en unos... así como grandes tenedores, y te iban á meter en un horno

lleno de fuego. Yo me moría de pena... sentí una opresión... grité...»

El espíritu de la infeliz esposa, después de agitarse en horrendos

desvaríos sin determinación y de ser arrastrado en torbellino de

visiones, que por tener todos los colores y las formas todas, casi

no tenían ni forma ni color, cayó en unas profundidades pavorosas,

donde no había nada, á no ser la idea pura de lo cóncavo, de lo

obscuro, y el asombro de tanta hondura y obscuridad. Pero al sentirse

en el término de aquel bajar rápido y creciente como el de la piedra

lanzada al abismo, vió con claridad pasmosa. Aquello era el Infierno.

Bien se comprenderá que la mística dama vería la _cità dolente_ y

sus horribles habitantes tales y como los había imaginado en la vida

real, guiándose por descripciones escritas y por minuciosas estampas.

Pero como quiera que nuestras apreciaciones de lo sobrenatural se

apoyan siempre en ideas corrientes y revisten forma semejante á las

que vemos aquí con nuestros propios ojos carnales, á María Egipciaca

se le representaban las zahurdas infernales como inmensos túneles de

ferrocarril, ó bien como el recinto de una fábrica de gas, llena de

humo y pestilencia, ó también cual negro taller de fundición y forja,

donde mil máquinas gruñían entre resoplido de fuelles, machaquería de

martillos y polvareda de ascuas y carbón. Los demonios, sin perder

su histórica traza de hombrezuelos con pezuña y rabillo de innobles

bestias, tenían no poca semejanza con maquinistas de ferrocarril

ó poceros de alcantarilla, con los infelices jornaleros de minas

hulleras, con los cíclopes de Sheffield ó Birmingham y aun con otros

industriales de menor importancia, aunque no de mayor limpieza. Todos

estaban empapados en pringoso sudor, semejante á la infecta grasa de

las máquinas.

Era una gran cavidad formada del cruzamiento de infinitos túneles,

galerías de hierro, y por todo ello corría un hálito sofocante de

hulla, azufre, gas de alumbrado y tufo de petróleo, que eran los

olores más aborrecidos de nuestra simpática heroína. En aquel centro

había un barullo, un estrépito, un vértigo del cual la dama no habría

podido dar adecuada definición sino diciendo que era como si mil

trenes á gran velocidad convergieran en un punto y en él chocaran,

haciéndose pedazos y desparramándose después coches y máquinas en

todas direcciones para volver á reunirse. Las locomotoras eran en

la mente de la delirante lo principal de la maquinaria del Infierno.

Las veía pasar y correr volando con patas y alas de hierro untado de

aceite hediondo, dando gruñidos y resoplidos, revolviendo sus rojas

pupilas, expeliendo humo negro y aliento de vapor y chispas. Siendo

del mismo tamaño de las que se ven en el mundo, allí parecían como

un enjambre infinito de inmensas moscas, que zumbaban en un recinto

infinitamente ancho y vaporoso.

En los primeros meses de su matrimonio, María había hecho con León

un viaje por Alemania. Entre otras cosas notables visitaron la ya

célebre fábrica metalúrgica de Krupp en Essen. Esta visita, que

impresionó mucho á la dama, no se borró jamás de su memoria, y en

aquella hora de alucinación la imagen del colosal establecimiento

tenía gran parte en la construcción fantástica del horrible presidio

eterno á donde es llevado el hombre por sus culpas. Otros talleres

que había visto en Barcelona y en Francia prestaban algún elemento

para rematar el horrible cuadro. Veía que algunos precitos eran

puestos en el torno mecánico y torneados como cañones, ó bien pasados

por laminadores, de donde salían como tiras de papel. Llevados

luego á los hornos de luz blanca, tornaban á su forma primera.

Los propagadores de ciertas ideas muy bellacas eran sujetos entre

cadenas, y puesta la cabeza sobre un yunque, el martillo-pilón de

cincuenta toneladas les machacaba los sesos. Era de ver cómo los

diablillos menores, ó sea la granujería del Infierno, se entretenían

en abrir agujeros con un berbiquí en el cráneo de algunos infelices,

para introducirles con embudillo y cuchara metal derretido, producto

de un gran guisote de libros puestos al fuego en barrigudo perol,

lleno de ideas heréticas. A otros, que habían hablado mal de

cosas sagradas, les estiraban la lengua unas diablas muy feas, y

juntándolas todas, es decir, centenares ó millares de lenguas, las

ponían al torno para torcerlas y hacer una soga, que luego colgaban

de la bóveda, de tal suerte que los discursistas parecían manojos de

chorizos puestos al humo. En otros se ejercía un peregrino tormento

que casi parecía incomprensible en nuestro mundo terrenal, á pesar

de que está lleno de telares, y es que tejían unos con otros á los

condenados, enlazando piernas con brazos y brazos con cabezas, para

formar una cuerda ó ristra, la cual se entretejía con otra hasta

formar una gran tela de dolor y lamentos. Sometían esta tela á una

especie de torno, donde la estiraban hasta que su tamaño crecía

desde kilómetros á leguas, y crujían los huesos, como si por sobre

un infinito montón de nueces corriesen infinitos caballos, y se

desgarraban las carnes entre alaridos. Arrojado después todo al

fuego, volvían los individuos á su forma primera, y de su forma

prístina á la repetición del mismo entretenido tormento.

Todo esto lo vió María con indecible espanto. Estaba allí y no

estaba; no podía gritar, ni tampoco respiraba. Pero llegó un

momento en que el dolor se sobrepuso al pánico. Entre los muchos

condenados por imperdonables picardías, vió á uno que parecía tener

grandes merecimientos pecaminosos, según lo mucho que le atendían

los incansables y feísimos diablos y aun las asquerosas diablesas.

Era León. María vió cómo se apoderaban de él, cómo le estrujaban

entre las horribles manos pringosas, cómo le revolvían en cazuelas

hirvientes, sacándole con espumadera y metiéndole con cuchara. Por

último, le pincharon con un tridente y le acercaron á la boca de un

horno cuyo fuego era tal, que el fuego de nuestro mundo parecería

hielo al lado suyo. Entonces María sacó de su pecho un grito, alargó

el brazo, la mano... brazo y mano que tenían una lengua... sus dedos

se quemaban cercanos al horno....

«¡No, no; á ese no... es mío!»

Aquí tuvo fin la visión. Desapareció como los renglones del libro que

se cierra de un golpe. Pero la idea quedaba.

II

¿Se morirá?

María se vió en una habitación grande y desnuda. Su esposo estaba

allí delante de ella, entero y vivito. Desconociendo el lugar, la

enferma se sentía bien acompañada.

«¿Qué casa es ésta?--preguntó.

--La mía... Tranquilízate... estoy aquí: ¿no me ves?»

María seguía recorriendo con sus ojos las paredes y el elevado techo.

«¡Qué cuarto tan triste!--murmuró dando un suspiro.--Y yo... ¿he

venido aquí?»

Se calló, reconcentrada en sí, escudriñando en sus turbios recuerdos.

Aquella mañana, después del suceso que bien puede llamarse

catástrofe, León había tratado con el Marqués de Fúcar y con Moreno

Rubio del mejor modo de llevarse á su mujer á Madrid. D. Pedro

encontró peligrosa la idea, y el médico se opuso resueltamente,

diciendo que en el estado de la enferma, la traslación, aun con todas

las precauciones posibles, podría ser causa de un funesto desenlace.

Muy contrariado estaba León con esto, y casi se hubiera atrevido á

poner en ejecución su plan de mudanza si Moreno Rubio no le amenazara

con retirarse, declinando toda responsabilidad. No pudiendo sacar del

palacio de Suertebella á quien por ningún motivo debía estar en él,

juzgó que convenía desfigurar el aposento, y con permiso del generoso

dueño quitó los cuadros, objetos de arte, porcelanas y baratijas que

en él había. De este modo la habitación, que era de las menos lujosas

y no tenía tapicerías, sino papel del más común, parecía modesta.

«Sí: viniste aquí--le dijo el marido, tocándole la frente.--Te has

puesto un poco mala; pero eso pasará: no es nada.

--¡Ah!--dijo María, herida de súbito por un recuerdo doloroso.--Me

trajeron mis celos, tu infidelidad... ¿Pero es ésta aquella casa...?

--Es mi alcoba.

--Estas paredes, este techo tan alto... ¿Por qué no me has llevado al

instante á nuestra casa?

--Iremos cuando te repongas.

--¿Qué me ha pasado?

--Una desazón que no traerá consecuencias.

--¡Ah! sí, ya recuerdo... te has portado infamemente conmigo... ¿Qué

te dije yo? ¿Te dije que te perdonaba? Si no te lo dije, ¿es que lo

he soñado yo?

--Sí: me perdonaste,--le dijo León por tranquilizarla.

--Tú me prometiste no querer á otra, me juraste quererme, y para que

lo creyera me diste pruebas de ello. ¿Esto es verdad ó lo he soñado

yo?

--Es verdad.

--Y también me dijiste que estás resuelto á abjurar de tus errores y

á creer lo que creo yo. ¿Es también sueño esto?

--No: es realidad. Haz por serenarte.

--Y luego nos reconciliamos... ¿no ha pasado así?

--En efecto.

--Y volvimos á querernos como en los primeros días de casados.

--También.

--Y me probaste que era mentira lo de tus relaciones con...»

María se detuvo, mirando fijamente á su esposo.

«No vuelvas sobre lo pasado--le dijo éste con bondad.--Es preciso

que hagamos un esfuerzo para devolverte la salud. Tú, María, debes

ayudarnos.

--Ayudaros, ¿á qué?

--A salvarte.

--¿Pues qué, no he de salvarme yo?... ¡Dios mío, he pecado!...»

Y demostró un dolor muy hondo.

«Me refiero á tu vida, á tu salud corporal que está amenazada.

--¡Oh!... No estimo yo la salud del cuerpo, sino la del alma, que

veo en peligro... Hace poco, no sé cuándo, creí que me había muerto.

Ahora viva estoy; pero sospecho que he de morir pronto... ¡estoy en

pecado mortal!

--Lo has soñado, hija, lo has soñado. No temas nada; tranquilízate.

La familia de León Roch, Tomo 2 · 第 5 / 17 段