la rodilla, giró un poco sobre el tacón, movió la delgada punta,
semejante á un dedal. El pie tiene su expresión como la cara. María
lo encontró admirable, y pensó en otra cosa. ¡Corsé, peinado! dos
cosas graves que no pueden hacerse á un tiempo. A veces la primera
es del dominio de la fuerza; la segunda de los augustos dominios del
arte. Acudió la señora á lo más urgente, y no necesitó caballos de
vapor para aprisionar su hermoso seno y talle, plegando y aplastando
sobre uno y otro, como fino papel de embalaje, las blancas telas
de delicado lino. El peinado era cosa más difícil. Fué al tocador,
sentóse, meditó un rato con los brazos alzados, como un sacerdote
que reza antes de poner sus manos sobre los objetos rituales, y
al fin... haciendo y deshaciendo, con la sencillez que permitía la
falta absoluta de ciertos artículos de tocador, María logró remedar
medianamente lo que las hábiles manos de Juana habían hecho la noche
anterior. Estaba bien, sobre todo sencillo, airoso, elegante, que era
lo principal. Nada de cargazón ni catafalcos...
Lo demás verificóse como en el ensayo de la noche precedente. El
vestido _princesa_ de gro negro con combinaciones de terciopelo y
faya pajiza clara; el sombrero, que parecía haber salido de manos
de las hadas... todo era bonito, todo lindísimo, seductor. María
se contempló con asombro; se creía otra. No: no era posible que
ella fuese tan guapa; allí había sortilegio; ¿cómo sortilegio? No:
una católica no podía pensar esto. Lo que allí había era favor de
Dios, determinación de la Providencia para ponerla en condiciones de
realizar una buena obra. De Dios tenía que provenir no sólo aquella
superior hermosura, sino aquel hechicero atavío. Esta superstición se
pegó á su mente como un molusco á la roca, y allí se quedó adherida
por succión.
«Dios permite, Dios consiente, Dios manda...» pensó, formulando con
vigor aquella idea.
Y á mirarse volvía. De costado, de frente, de todos modos estaba
bien. ¡Qué ágil y flexible su talle, qué gallardo su busto, qué
contornos, qué aire de cabeza! ¡Qué graciosa neblina la del ligero
velo de su sombrero, obscureciendo el rostro pálido, como la sombra
de un ave que pasaba, y se ha detenido revoloteando para admirar
tanta hermosura! ¡Qué misterioso simbolismo de pasión en aquel
negro del terciopelo con golpes de seda de un pajizo lívido, y qué
dulce armonía la de su rostro coronando aquella noche de tinieblas,
manchada de relámpagos sulfúreos! ¡Qué ojos tan verdes, tan
melancólicos, y al mismo tiempo, cómo escondían bajo la tristeza la
amenaza, la venganza bajo el dolor, bajo la caricia el puñal! ¡Cómo
aquellos hechizos anunciaban otros, y cómo se completaba todo allí,
el color y la expresión, la vista y la ilusión, la belleza y el alma,
lo humano y lo divino!... ¡Ah!... ¡Guantes! Gran contrariedad fuera
que Pilar no hubiera traído guantes. María los buscó, y habiéndolos
hallado, probóselos muy satisfecha.
«No llevo joyas--dijo para sí,--pero no importa.»
Y luego añadió con orgullo:
«Llevo la principal: mi virtud.»
Después de otro rato de contemplación en el espejo, añadió:
«¡Qué guapísima voy!... Si yo supiera hablar bien y decir lo que
pienso... Si encontrara las frases más propias...»
Tirando de la campanilla, alborotó toda la casa. Los criados tardaron
en levantarse; pero se levantaron al fin. La doncella, que entró
aturdida y soñolienta en el gabinete, se quedó pasmada al ver á su
ama vestida; ¡y qué bien vestida! María mandó que al punto llamaran
al señor Pomares. Este digno hombre, que había vuelto á ser admitido
después de la separación, se presentó con cara hinchada y dormilona,
temblando y tropezando.
«Haga usted que me pongan inmediatamente el coche,» le dijo María sin
mirarle.
Pomares se quedó tan estupefacto como si lo mandaran tocar á misa á
las seis de la tarde.
«Pero la señora ha olvidado que ya no tiene coche.
--¡Ah! ¡es verdad! No me acordaba. Bien: tráigame usted un coche de
alquiler, un landó.
--¿A esta hora?
--¿Pues no es ya de día?
--Todavía no ha amanecido.
--¿Y qué importa?... Veo que es usted muy dificultoso... No sirve
usted para nada.»
Pomares se quedó como quien ve visiones. Aquel lenguaje áspero,
colérico... Sin duda la señora estaba loca.
«¡No se mueve usted, hombre de Dios!--añadió María.--¿Por qué me mira
usted así? Pronto, un coche, cueste lo que cueste.
--Bien, señora: iré á ver si...
--Pronto. Quiero salir en cuanto amanezca.»
Por mucho que trabajó el buen Pomares, paseando su respetabilidad de
cochera en cochera, no pudo traer el landó hasta muy entrado el día.
Ardiendo en impaciencia, María esperaba en su gabinete, después de
tomar café puro, paseando y rezando á veces, á ratos sentada y sumida
en profundas meditaciones. Cuando le anunciaron que el coche entraba
en el jardín del hotel, levantóse, fué derecha á un hermoso armario
que en su alcoba tenía, abriólo y sacó una gran botella de agua no
muy clara. Los labios de la dama se movían, articulando sin duda
oraciones piadosas, mientras su mano derramaba parte del contenido de
la botella en un vaso de plata. Alzándose cuidadosamente el velo del
sombrero, bebió. Era agua de Lourdes.
XVI
El deshielo.
No había andado el coche medio kilómetro cuando á María le asaltó
la idea de una dificultad terrible, y era de tal naturaleza, que
casi casi estuvo á punto de dar al traste con sus proyectos. Era que
siendo aquel traje, como elegido para salir á la una de la tarde,
impropio para una excursión tan de mañana, la señora estaba ridícula
y hasta _cursi_. ¿Cómo no había caído en ello mientras se vestía?
¿cómo no eligió ropas más sencillas, más conformes, en fin, con lo
que las pragmáticas del vestir ordenan para la primera hora? Gran
descuido y aturdimiento fué el suyo; pero ya no tenía remedio y
aunque le amargaba mucho no ser en aquel día un modelo de buen gusto,
se conformó, considerando que la hermosura superior hace las leyes de
la moda y nunca es esclava de ella.
Solicitada su mente por cosas más graves, pronto olvidó María lo del
vestido. Lo que la inquietaba era un continuo inventar de frases
y discursos. Ya sabía ella todo lo que le había de decir su marido
y todo lo que debía contestarle la esposa ultrajada. Los discursos
sucedían á los discursos y las frases se perfeccionaban en su
cerebro, como si éste fuera el crisol heráldico de la Academia. Ya
un adjetivo le parecía tibio y ponía otro más quemador; ya cambiaba
una oración afirmativa por otra condicional, y así iba anticipando la
expresión de su ira, poseyéndose tanto en aquel ensayo, que hablaba
sola.
No se fijó en ningún accidente del camino ni en nada de lo que
veía. Para ella el coche rodaba por una región vacía y obscura. No
obstante, como acontece cuando en el pensamiento se embuten ideas
de un orden determinado y exclusivo, María, que no observaba las
cosas grandes y dignas de ser notadas, se hizo cargo de algunas
insignificantes ó pequeñísimas. Así es que vió un pájaro muerto en el
camino y un letrero de taberna al que faltaba una _a_; no vió pasar
el coche del tranvía, y vió que el cochero de él era tuerto. Esto,
que parece absurdo, era la cosa más natural del mundo.
Por fin entró en aquél para ella aborrecido poblachón, que ni es
ciudad ni campo, sino un conjunto irregular de palacios y muladares.
No sabiendo fijamente á dónde dirigirse, preguntó á unas mujeres, que
la informaron con amabilidad. El coche siguió adelante. Ya llegaba,
ya estaba cerca. El corazón de la pobre esposa se saltaba del pecho,
llevándose consigo los discursos y las frases tan trabajosamente
compuestas.
Al fin dejó el coche... apenas podía andar y se sentía sin fuerzas.
Vió un portalón ancho que daba á un gran patio. En aquel patio había
muebles, colchones liados, gran cama de hierro empaquetada. Todo
anunciaba mudanza. También vió á una mujer que hablaba con alguien.
María entró, acercóse á ella, y entonces advirtió llena de asombro
que la mujer no hablaba con nadie. ¿Estaba loca?... María le hizo la
pregunta que era indispensable para poder entrar.
--¿D. León?--dijo Facunda con semblante amable y esperando un poco á
que se le pasara el asombro.--Arriba está.»
Y señalaba una puerta por donde se veía una escalera. Subió María
rápidamente hasta la mitad; después tuvo que detenerse porque no
tenía respiración. Arriba ya, entró en una grande y clara pieza. No
había nadie.
María vió libros conocidos, muebles amigos, algún desorden, como
cuando se está embalando para un viaje; pero ni un alma... ¡Ah! de
repente, como pájaro que al ruido salta y aparece saliendo de una
mata, apareció una niña, saliendo de detrás de la mesa. Tenía una
muñeca medio rota en la mano, mucho abrigo sobre el cuerpo y una
toquilla de lana blanca, puesta poco más ó menos como se la ponen las
monjas. Se comía un pedazo de pan. Su cara era como la de un ángel,
suponiendo que á los ángeles se les pongan húmedas las naricillas á
causa del fresco de la mañana.
Vió Monina que aparecía en la puerta aquella señora, y se quedó
mirándola de hito en hito, quieta, fija, muda. No era señora: era
una muñeca grande, muy grande, vestida como las señoras. El primer
sentimiento de Monina fué asombro, después miedo. Vió que la gran
muñeca adelantaba lentamente, sin quitar de ella los ojos, ¡y qué
ojos! Monina se iba quedando pálida y quería gritar; pero no podía.
Y la enorme muñeca avanzaba hacia ella sin parecer que andaba, sino
que la movían resortes debajo de la falda, y llegaba hasta ella, se
inclinaba doblándose por la cintura... El terror de la pobre niña
llegó á su colmo; pero no podía chillar, porque aquellos ojos la
miraban de una manera que le cortaba la voz... Y la muñeca rígida
y colosal alargó una mano y la puso sobre el hombro de la infeliz
niña, y asiendo después el bracito de ella, apretaba, apretaba, como
aprieta el hierro de las tenazas, mientras una voz indefinible que
á Monina no le pareció voz humana, sino esa voz de fuelle que en el
pecho de las muñecas dice _papá_ y _mamá_, le preguntaba:
«¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?»
El instinto de conservación venció al miedo, y al fin la pobre Ramona
dió un chillido agudísimo y prolongado, retirando su brazo oprimido.
En aquel momento salía León Roch de la estancia próxima; se quedó en
el marco de la puerta como una figura en su nicho. Al contrario de
Santo Tomás, veía y no creía. Pasó algún tiempo sin que volviera de
su pasmo y terror, haciéndose cargo de la situación dificilísima en
que estaba. Ver allí á su mujer era realmente extraordinario, pero no
absurdo; lo absurdo era verla guapa, vestida á la moda con elegancia,
casi con exceso de elegancia y lujo por la discrepancia entre la hora
y el traje. Tal fenómeno no cabía dentro del círculo de previsiones y
cálculos de León, y era, por lo tanto, un fenómeno inexplicable.
Dueño al fin de sí mismo, y resuelto á afrontar la escena que se
preparaba, León, antes de decir á su mujer la primera palabra, tomó
de la mano á Monina, salió á la escalera, llamó á alguien, entregó la
niña, y volviendo adentro, cerró la puerta con brío, como el domador
en el momento de enjaularse con sus queridas fieras, que después de
todo no son otra cosa que su familia. Cuando se acercó á María, ésta
se había sentado. Apenas podía tenerse en pie.
«¿No me esperabas?--murmuró temblando
--No, ciertamente.
--Te creías libre... ¡pobre hombre!... libre para correr sin
camino... por un freno... digo, para correr sin freno, por un camino
de infamias. No contabas con mi... con mi...»
Los discursos que traía perfectamente ordenados en su cabeza, se
evaporaban palabra tras palabra. Hizo un esfuerzo de memoria para
recordar una frase que creía de efecto; pero la frase se le iba, se
le escapaba. Apenas pudo atrapar al vuelo una palabra, y gritó con
voz ronca: «¡Presidiario!»
León se sonrió ligeramente; María dijo:
«¡Presidiario!... yo soy la policía.
--Bien--dijo León con serenidad, apoderándose al punto de aquella
idea.--Convengo en que soy presidiario, en que tú eres la policía;
pero no tienes cadena para atarme, que tú misma la has roto.»
María había preparado sus frases contando siempre con que su marido
le diría algo que ella imaginaba; mas como León no dijo aquello, sino
otras cosas, he aquí que la aturdida esposa estaba como el histrión
que ha olvidado sus papeles.
«¡La cadena!--murmuró no comprendiendo en el primer momento.--¿Dices
que yo la he roto?
--Sí: tú la has roto. Mi libertad ¿quién me la ha dado sino tú?
--Eres un malvado, un libertino, un ingrato--dijo la dama cayendo en
las recriminaciones vulgares de todas las esposas ofendidas.--¿De qué
libertad hablas? Tú no la tienes, tú eres mi esposo, y estás atado á
mí por un lazo que nadie puede desatar sino Dios, porque Dios lo ató.
Estos infames materialistas creen que así se juega con el matrimonio,
una institución divina.
--Y también humana. Pero no disputemos, María. Concluyamos: ¿á qué
has venido?
--¡Pues no pregunta el miserable que á qué he venido! A pedirte
cuenta de tu conducta criminal, á sorprenderte en tu infame retiro, á
avergonzarte, y, finalmente, á despreciarte.
--Podías haberme despreciado en tu casa.
--Es que he querido ver si tenías un resto de pudor y vergüenza; si
te turbabas delante de mí; si te atrevías á confesarme tu falta...
--Ya ves que me he turbado un poco--dijo León alzando los ojos.--En
cuanto á faltas, si alguna he cometido, no eres tú á quien debo
confesarla.
--¡Qué descarada perversidad!... Pues también he venido á otra
cosa--añadió la penitente lívida de ira:--he venido con la esperanza
de encontrar aquí á esa liviana mujer, para darle el nombre que
merece y...»
Sus manos se engarfiaron una contra otra y apretó los párpados
fuertemente.
«¿Qué mujer?
--¡Y lo pregunta el hipócrita!... ¡Oh! No la nombro, porque me parece
que la boca se me mancha... ¿Te atreverías á sostener que no tienes
relaciones criminales con ella?
--¿Con quién?
--Con esa,--dijo señalando con energía á Suertebella.
--María--repuso León palideciendo.--No quiero verte convertida en
propagadora de hablillas miserables... Muy difícil me será dejar de
respetarte; pero si quieres que no falte jamás á la consideración
que debo, no toques esa cuestión, calla, déjame, márchate. Tú no
necesitas ya de mi afecto, puesto que te basta con tu religión; vete
á tus altares y déjame á mí solo con mi conciencia.»
María se recogió en sí, contrayendo los brazos contra el pecho
cual una fiera que ataca, y vióse en sus ojos verdes como un
obscurecimiento vidrioso, precursor de un brillo más grande.
«¡Ladrón, infame!--exclamó.--¿Tienes el atrevimiento de arrojarme á
mí, la mujer legítima, la mujer que te posee y que no te soltará, no,
no te soltará, porque Dios le ha dicho que no te suelte?... ¿Quién
eres tú, miserable, para romper un Sacramento, para dar una bofetada
al Padre de todas las criaturas?
--¡Romper Sacramentos yo!... ¿yo?»
Al decir esto León, se levantaba.
«¿Yo?--repitió acercándose á su mujer.--Yo no he roto el Sacramento.
--¿Pues quién?
--Tú,--afirmó él apuntando á su esposa tan enérgicamente con el dedo
índice, que parecía querer sacarle los ojos.
--¡Yo!
--Tú, tú lo hiciste pedazos, cuando apremiada por mí para salvar
nuestra mutua paz me dijiste: «Mi Dios me manda contestarte que no
te ame.»
María quedóse un momento lela y aturdida. Su viva cólera había cedido
un poco.
«Es verdad que dije eso... sí, y en verdad si querías mi amor, ¿por
qué no te apresuraste á merecerlo, haciéndote cristiano católico? A
pesar de tu horrible ateísmo, yo no puedo decir que no te amase...
algo... ¿Por qué no eres como yo? ¿Por qué no me imitabas en mi
piedad?
--Porque no podía--dijo León con sarcasmo;--porque hay algunas clases
de piedad que están fuera del orden natural, que son locas, absurdas,
ridículamente necias... Conste, pues, que el Sacramento lo rompiste
tú, tú misma.
--Pero yo--dijo María, cogiendo al vuelo un argumento
irresistible,--he sido fiel, tú no.»
León vaciló un instante.
«Yo también lo he sido. Ante Dios y por la memoria de mi madre y
de mi padre, juro que lo he sido. Fiel, cariñoso y atento contigo
por todo extremo he sido yo cuando tú, arrastrada á una santidad
enfermiza por las ardientes amonestaciones de tu hermano, pusiste
una muralla de hielo entre tu corazón y el mío. Me negaste hasta las
palabras íntimas y dulces, que suelen suplir á los afectos cuando
los afectos se han ido; me mortificaste con tus necios escrúpulos,
con tus recriminaciones crueles, que tenían no sé qué semejanza con
las injurias del populacho; me hiciste en mi propia casa un vacío
horrible; todo me lo teñiste de un lúgubre negror frío que me oprimía
el corazón, me agostaba las ideas, me inclinaba á las violencias;
tuviste á gala el despojarte de las gracias, de la pulcritud,
hasta del bien parecer que hace agradables á las personas, y para
mortificarme más te vestías ridícula, y parecía que tu orgullo
estribaba en serme repulsiva, odiosa. Toda palabra mía era para tí
una blasfemia; toda disposición mía dentro de la casa, un crimen
digno de la Inquisición. ¡Ah, insensata! ya que abrazaste la carrera
de la santidad con tanto entusiasmo, ¿por qué no imitaste de mí
la paciencia, aquella virtud evangélica con que sufrí tu soberbia
vestida de humildad, tu aspereza anticristiana, tu devoción que, por
lo insolente, por lo chabacana, parecía más bien la travesura de
todos los demonios juntos representando una comedia de ángeles con
máscaras de cartón?... ¡Y á mí que he sufrido esto, que me he visto
odiado y escarnecido por tí, siendo un modelo de tolerancia, vienes á
pedirme cuentas en vez de perdón!... perdón, María, que es la única
palabra que hoy cuadra en tu boca. Al esposo á quien se ha dicho que
no se le ama, no se le piden cuentas. Demasiado prudente he sido y
soy, cuando á pesar de todo, aún no me he atrevido á declarar roto
nuestro matrimonio, aún te tengo por esposa, aún me siento ligado á
tí, y no pido libertad, sino paz; no pido compensación, sino descanso.
--Casi casi podrías tener alguna queja de mí--dijo María, abrumada
por el apóstrofe de su marido,--si desde aquella época me hubieras
guardado la fidelidad que yo á tí te he guardado. Pero no lo has
hecho, no: me has sido infiel desde hace mucho tiempo.
--Falso.
--Sí: infiel, infiel--afirmó la esposa insistiendo en el argumento
fuerte y de más efecto, y dando sobre aquel yunque con fiera
energía.--En vez de defenderte de este cargo, me has acusado; es el
procedimiento de todos los criminales marrulleros... Yo estaba ciega,
ignorante de tus perfidias. Tú me engañabas miserablemente.
--Falso.
--Desde hace mucho tiempo.
--Falso.
--Al fin lo he sabido todo, he descubierto toda la verdad. Y ahora
no podrás negarlo. El presente revela el pasado. Tu crimen actual
descubre el crimen de ayer. Has perdido el decoro, no ocultas la
antigüedad de tus relaciones, y aquí, en esta casa donde te has
retirado para pecar á tus anchas, pasas todo el día jugando con esa
mocosilla...»
Las miradas de León saltaron sobre su mujer, fulgurantes, terribles,
como saetas disparadas del arco con invisible presteza. María llevó
todo su aliento á su laringe para decir con voz ronca:
«... ¡Que es hija tuya!»
Con los labios lívidos, la mirada asesina, como la fulguran los ojos
del criminal en el momento del crimen, León se acercó á su mujer, y
empuñándole y sacudiéndole el brazo que encontró más cerca, gritó:
«¡Calumniadora!... ¡embustera!...»
Después soltó el brazo y mascó las demás palabras que iba á decir.
El respeto obligábale á tragarse su ira. María Egipciaca, devorada
interiormente por sus culebras quemadoras, no halló palabras en su
mente para expresar la ira de aquel instante, porque los celos y el
despecho, cuando llegan á cierto grado, no se satisfacen con voces:
necesitan acción. El rencor de la dama no podía tener entonces más
desahogo que un destrozo cruel, trágico, sangriento, de lo que había
causado su arrebato. Hacer trizas entre sus manos á Monina era su
pasión del momento, y sin vacilar lo puso en práctica, arrancándole
con salvaje dureza los brazos, la cabeza... No se asuste el lector:
lo que María destrozaba era la muñeca que Monina se había dejado
sobre una silla. Las manos trémulas de la mujer legítima luchaban sin
piedad con los miembros de cartón. Arrojando los pedazos lejos de sí,
exclamó con entrecortada voz:
«Así... así debe tratar la esposa legítima á la... á la...»
Se ahogaba. León, recobrando algo de su serenidad, pudo decirle: «No
te creí capaz de hacerte eco de una infame calumnia. No sé de qué
sirve la santidad que ignora hasta el fundamento primero de toda
doctrina. Nunca tuviste entrañas.
--¡Ay! sí las tuve--dijo María fatigada de su propia cólera;--pero
me alegro de no haber llevado nunca en ellas hijos tuyos. Dios me
bendijo haciéndome estéril, como ha bendecido á otras haciéndolas
madres. Dios no puede consentir que los ateos tengan hijos.
--Tus blasfemias me horrorizan--añadió León no pudiendo resistir
más.--¿Puede darse sacramento más quebrantado, lazo más roto? Entre
tú y yo, María, hay una sima sin fondo y sin horizontes, un vacío
inmenso y aterrador, en el cual, por mucho que mires, no verás una
sola idea, un solo sentimiento que nos una. Separémonos para siempre;
no pongamos frente á frente estos dos mundos distintos, que no pueden
acercarse y chocar sin que broten rayos y tempestades. Si hay algo
irreconciliable, somos tú y yo. Sí: también yo soy fanático; tú me
has enseñado á serlo con ardor y hasta con saña. Vámonos cada cual
á nuestra playa, y dejemos que corra eternamente en medio este mar
de olvido. Para calma de tu conciencia y de la mía, hagámoslo mar de
perdón. Perdonémonos mutuamente, y adiós.»
María, oyendo estas palabras, observaba que sus sentimientos de ira
y despecho eran sustituídos por otros nuevos, tranquilos, y por
cierta idealidad contemplativa que se iba metiendo en su espíritu
perturbado. Miraba á su esposo y le hallaba ¿á qué negarlo? más digno
que nunca de ser compañero amante de una mujer como ella. Veía su
rostro expresivo, su barba negra, que le daba melancolía, y un no sé
qué de personaje heróico y legendario; sus ojos de fuego, su frente
donde se reposaba un reflejo de la luz solar, como señalando el
lugar que encerraba una gran inteligencia. Esta muda observación de
la belleza varonil actuó directamente sobre su corazón, haciéndole
latir con fuerza. Acordóse de sus primeros y únicos amores, de
las felicidades y legítimos goces de su luna de miel; sobre estos
recuerdos volvió insistente como una manía la idea de que aquel
hombre era muy interesante, muy simpático, muy... ¿por qué no
decirlo? muy bueno, y de nuevo le miró, no se cansaba de mirarle...
¡De otra! ¡para otra! Esta era la idea que echaba fuego en el montón
de leña; ésta la satánica idea que volcaba su corazón, derramando
toda la piedad de él como los tesoros contenidos en un vaso. Por
esta idea la frialdad se trocaba en fuego, el desdén en ansias
cariñosas... Ardientemente enamorada, de celos más que de amor, María
sintió una aflicción horrible cuando se vió despedida con bonitas
palabras, pero despedida al fin. Ella podía aceptar la despedida, sí,
y marcharse para siempre; podría quizás olvidar, consentir que su
marido no la amase... ¡pero eso de amar á otra... ser de otra!...
«¡No, mil veces no!» exclamó la dama terminando en alto su meditación.
Diciéndolo se humedecieron sus ojos. Quiso luchar con su llanto, y
secándose prontamente los ojos, habló así á su marido:
«Una noche me preguntaste...
--Sí: te pregunté...
--Y yo te respondí que Dios me mandaba que no te amase... Es verdad
que me lo mandaba Dios. Yo lo sentía aquí, en mi corazón... Pero,
ya ves, no debe tomarse al pie de la letra todo lo que se dice. Tú
debiste preguntar otra vez.
--¡Te había hecho la pregunta tantas veces!... ¡y de tan distintos
modos!...
--Bien: ahora te pregunto yo á tí.»
Se acercó á él y le puso ambas manos sobre los hombros.
«Te pregunto si me quieres todavía.»
La mentira era refractaria al espíritu de León. Consultó primero á su
conciencia; pensó que una falsedad galante y generosa le honraría;
mas luego sintió que se rebelaban contra él las mentiras galantes.
Antes de que acabase de discernir aquel obscuro asunto, la verdad
brotó de sus labios diciendo:
«No... Mi Dios, el mío, María, el mío, me manda responderte que no.»