En aquel momento entró la Marquesa de Tellería, y comprendiendo que

María estaba enterada de todo, se arrojó en sus brazos. La penitente

no lloraba: tenía los ojos secos y fulgurantes. La madre se decoró

el rostro con una lágrima que traía preparada, como se preparan los

suspirillos al entrar en una visita de duelo.

«No te sofoques, hija de mi alma. Veo que ya sabes todas esas

infamias. Yo no había querido decírtelo por no turbar tu corazón

angelical... Cálmate. ¿Pilar te ha contado...? Es horroroso, pero

quizás remediable... Hace días que he perdido el sosiego... Vamos, un

poco de resignación.»

La de San Salomó creyó oportuno tomar la palabra.

«La gravedad del delito--afirmó,--consiste en la calidad de

la víctima, María. Falta grande es hacer traición á una mujer

cualquiera; pero hacer traición á una santa... No sé á dónde irá á

parar esta sociedad que nada respeta, y que aboliendo, aboliendo,

ya se atreve á la abolición del alma. _¡Oh! c’est degoutant._ ¡Y

luego extrañan los perversos que haya un puñado de hombres de bien

decididos á impedir la jubilación de Dios! ¡Y se espantan de que

esos hombres levanten una bandera salvadora y se lancen á pelear por

la sagrada causa de la Religión, madre de todos los deberes! Si son

vencidos por la perfidia, que hoy es dueña de todo, no importa; ellos

volverán, ellos volverán y volverán, hasta que al fin...»

Dicho esto se levantó, y dirigiéndose á un armario de luna que

en el contrario testero estaba, durante un rato se recreó en su

interesantísima persona, volviendo el cuerpo á uno y otro costado

para ver si caía bien su elegante manteleta, si el efecto de su

sombrero era bueno. Con sus preciosas manos enguantadas tocó aquí y

allí delicadamente para pulsar un pliegue, ó retirar un mechón de

cabellos que avanzaba mucho. Después se volvió á sentar.

«¿Sabes ya que vive con ella?--dijo la de Tellería á su hija,

confundiendo las palabras con un beso.

--¡Con ella!--gritó horrorizada María, apartando de sí la cara harto

pintoresca de su madre--. ¿En dónde?

--En Carabanchel... León ha tenido la desvergüenza de alquilar una

casa junto á Suertebella... Se comunican por el parque.

--Voy allá,--dijo María levantándose y tirando con mano convulsa del

cordón de la campanilla.

--Sosiégate... No, no hay que tomarlo así.»

A la doncella que entró dijo María:

«Mi vestido negro.

--Sí, sí: bonita vas á ir--dijo la Marquesa sonriendo,--con tu

vestidillo de merino, el único que tienes... En caso de ir, y eso lo

discutiremos ahora, debes ponerte muy guapa, pero muy guapa.

--¡Oh!--exclamó la penitente con expresión de inmenso dolor.--No

tengo ropa: he dado todos mis vestidos de lujo.

--¿Y quieres ir con el trajecillo de merino?... ¡Pobre tonta! ¡Qué

poco conoces el corazón de los hombres!... Eso es: preséntate á

tu marido hecha un mamarracho, y verás el caso que te hace... La

apariencia, la forma casi, ó sin casi, gobiernan el mundo.

--Antes discutamos si debe ir,--insinuó la de San Salomó.

--Sí: quiero ir allá... quiero,--gritó María cruzando las manos y

poniendo ojos de espanto.

--Nada de tragedias, nada de escenas, ¿eh?...

--Me parece peligroso que vayas. ¿Y si te expones á un desaire mayor,

si te encuentras de manos á boca con Pepa ó con su niña... suponiendo

que la nena esté, como dicen que está siempre, en los brazos de su

papá?...

--¿De su papá?--dijo María.--¿Pues no ha muerto Federico?

--No, tonta--manifestó la de San Salomó, poniendo la cara que es de

rigor cuando se coge una aguja larga y muy fina y se atraviesa de

parte á parte el pecho de un pobre bicho destinado á las colecciones

de Historia Natural.--No, tonta: el papá es tu marido.

--¡León!... ¡Mi marido!... ¡padre de Monina!--exclamó la de Roch,

quedándose otra vez como idiota.

--La gente lo dice por ahí--indicó Milagros intentando atenuar la

crueldad de la noticia.

--Y tú ¿qué crees? ¿qué crees tú, mamá? ¿será cierto?» dijo María,

preguntando á las dos con febril ansiedad.

Pilar, lo mismo que la de Tellería, no eran mujeres perversas;

su lamentable estado psicológico, semejante á lo que los médicos

llaman caquexia ó empobrecimiento, provenía, de la depauperación

moral, dolencia ocasionada por la vida que ambas traían, por el

contagio constante y la inmersión en un venenoso ambiente de farsa y

escándalo. Pero algo había en ellas que pugnaba contra la depravación

llevada á tal extremo, y asustadas de la enormidad del cáliz que

habían puesto en los labios de María, trataron de atenuar su amargura.

«No: yo creo que eso es fábula...

--No: yo creo...»

La de San Salomó, que era un poquillo más mala que su amiga, no acabó

la frase. Después dijo: «La gente se funda en cierto parecido...

--¿De Monina?

--Con León... Yo verdaderamente no sé qué pensar. Sospecho que esas

relaciones son muy antiguas.»

María rebotó de su asiento. No hay otras palabras para expresar aquel

salto brusco de corza herida en sueños, y aquel abalanzarse á su

vestido negro para ponérselo y correr á Suertebella.

«No te precipites, no seas tonta--dijo su madre deteniéndola.--Ya no

es hora de ir allá. ¿No ves que anochece?

--¿Qué importa?

--No, de ninguna manera.»

La tarde caía y la estancia se llenaba de sombras. Las tres damas

apenas se veían.

«Luz, luz--gritó María.--Me muero en esta obscuridad.

--Yo creo que debes ir--afirmó Milagros;--pero no esta noche, sino

mañana.

--Marquesa, ¿ha meditado usted bien ese paso?--dijo la de San

Salomó.--¿No será eso una humillación? ¿No será mejor el desprecio?

--¡Oh!--exclamó la solícita y amorosa madre.--Yo confío... hasta en

la reconciliación.»

Su confianza no era grande; pero la suplía el deseo.

«¡Reconciliación! ¡qué loca esperanza! ¿Crees tú en la reconciliación?

--No sé, no sé--repuso María mostrando su incapacidad para responder

á esta pregunta como á otra cualquiera.--Yo no quiero reconciliación,

sino castigo.

--¡Oh! no estamos para melodramas--dijo la de Tellería extendiendo

las manos, con esa afectación de los sacerdotes que salen en las

óperas vestidos siempre con una sábana blanca.--Paz, paz... María, es

preciso que vayas, y que vayas vestida como la gente. ¡Uf! ese olor

de la lana teñida no se puede resistir.»

Las dos Marquesas prorrumpieron en risas, mientras Pilar arrojaba

lejos el traje de su amiga. María dirigió á su hábito de merino negro

una mirada de indignación que quería decir: «¿Por qué no eres de

seda y de corte elegante y á la moda?» Por primera vez desde que

renunciara al mundo le pareció fea la sencilla hopa de su santidad,

que un día antes no habría trocado por el manto de un rey.

«La cuestión de vestido es fácil de arreglar--dijo la de San

Salomó.--Tú y yo tenemos el mismo cuerpo. Te traeré vestidos míos

para que escojas.

--Y manteleta.

--Y sombrero.

--También sombrero; ¿á qué hora vas á ir?

--Yo iría ahora mismo.

--No: mañana al mediodía. Es preciso no olvidar las conveniencias,

las horas convenientes, las ocasiones convenientes,--indicó la de

Tellería.

--Voy á comer... vuelvo en seguida--dijo Pilar.--Te traeré lo mejor

que tengo para que escojas. Te pondremos guapísima. Pues no faltaba

más sino que Pepa Fúcar se fuera á reir de tu facha estrambótica.

Dentro de hora y media estaré aquí. Hoy no tengo convidados, y mi

marido come fuera con Higadillos, un par de chulos y dos diputados...

Adiós, querida... Milagros, _addio_.»

Besándolas á entrambas, se retiró. En el tiempo que estuvo fuera, la

Marquesa comió un poco, María nada; pero no era el Almanaque quien

le había impuesto el ayuno. Pilar volvió trayendo su coche atestado

de preciosidades indumentarias, vestidos riquísimos, manteletas,

abrigos, y para que nada faltase, trajo también sombreros, botas de

última moda y hasta medias de alta novedad. La pícara propagandista

clerical se cubría con aquella estameña. Los criados y la doncella

fueron subiendo todo y poniéndolo en sillas y sofás. María

contemplaba con mirada atenta y turbada los diversos colores, las

formas peregrinas y caprichosas ideadas por el genio francés. Parecía

que miraba y no veía.

«¿Qué te parece? A ver, ¿qué vestido escoges?

--Este es bonito--dijo María fijándose con indiferencia en

uno.--¿Quién te lo hizo?»

Y después estuvo contemplándolo con asombro un mediano rato. Parecía

un viajero que vuelve de largo viaje y se pasma de ver las modas

cambiadas.

«¡Qué cuerpo tan estrecho!--dijo.

--Este color perla te sentará bien.

--No: prefiero el negro.

--El gro negro... con combinación de faya pajizo claro. ¡Oh!

admirable. Has tenido buen gusto.

--Aunque la estación no es avanzada, hace calor.

--¿Qué sombrero llevas?»

María miró los tres que había traído Pilar. Después de un detenido

examen, señaló uno diciendo:

«Este de color negro y... ¿cómo se llama este otro color?... ¿crema?

El colibrí también es bonito y las rosas pálidas.

--¡Ah!--exclamó Pilar con asombro,--parece que no has abandonado

el mundo un solo día, y que no has dejado de vestirte... ¡Qué bien

eliges!... Bueno, pues hagamos una prueba. Es preciso ver si te está

bien el vestido, para si no alargar ó encoger un poco. He traído á mi

doncella, y entre todas...»

María no había dado aún su consentimiento, cuando su criada, su

madre, Pilar y la doncella de ésta empezaron á desnudarla de aquella

horrible bata parda que parecía la sotana de un seminarista pobre. En

aquel momento sintió la dama mística una ligera reacción del espíritu

religioso, y dijo afligidamente:

«Dios mío, ¿qué voy á hacer?

--Tonta, mil veces tonta--manifestó la Marquesa,--déjate de

escrúpulos... ¿Ni aun en este conflicto reconoces el error de tu

exagerada devoción?»

María se dejó llevar ante el espejo de su tocador en la pieza

inmediata; dejóse caer en la silla. El espejo estaba cubierto con

un gran paño negro, y parecía un catafalco. Quitaron el paño, y

nació, digámoslo así, sobre el limpio cristal inundado de claridad,

la imagen hechicera de María Sudre. Fué como un lindo ejemplo de la

creación del mundo.

«¡Dios mío, San Antonio bendito!--exclamó cruzando las manos,--¡qué

flaca estoy!

--Un poco delgada; pero más hermosa, mucho más hermosa,--afirmó la

madre con orgullo.

--¡Monísima, _charmante_!.., Juana, improvisa aquí un buen

peinado--dijo Pilar á su doncella, habilísima peinadora.--Una cosa

sencilla, un bosquejo nada más, para ver el efecto del sombrero. A

ver si te luces.»

Con gran presteza empezó Juana su obra desenredando los cabellos de

María. Esta, después de mirarse un rato, había bajado los ojos y

parecía que oraba en silencio. Se había visto los marmóreos hombros,

parte del blanco seno, y á la vista de aquellas joyas tembló de

pavor, sintiendo alarmada otra vez su conciencia religiosa. Quizás

habría llegado demasiado lejos la reacción, si un flechazo partido

del bien templado arco de su madre no la contuviera.

«Al verte, hija mía, nos parece increíble que ese mamarracho de

Pepilla Fúcar...»

Como el abatido corcel salta, herido por la espuela, así saltaron los

celos de María. Sus ojos verdes brillaron con apasionado fulgor, y

se contemplaron absortos y embelesados de sí mismos, como diciendo:

«¡Qué bonitos nos ha hecho Dios!» Después María puso la cabeza en las

dos actitudes contrarias de medio perfil, torciendo los ojos para

poderse ver. ¡Qué hermosa visión! ¡Cuánto la realzaba su palidez! Se

habría podido ver en ella un ángel convaleciente de mal de amores

celestiales.

En un santiamén armó Juana airoso peinado, tan conforme con el

rostro y la cabeza de María, que el más inspirado artista capilar

no lo habría hecho mejor. Exclamación de sorpresa acogió obra tan

magistral, y la misma María se contempló con admiración, pero sin

sonreir. En seguida, pasando á la habitación donde estaba el espejo

grande, se procedió á ponerle el gran traje princesa, operación no

fácil, pero que al cabo fué terminada con general aplauso. El vestido

resultó que ni pintado, el corte perfecto, el efecto sorprendente.

«¡Oh, qué bien está esta pícara!--dijo la de San Salomó con cierta

envidia.--Veamos la manteleta. Escogeremos ésta de cachemir de la

India con riquísimo _agremán_ y flecos. La cortó un discípulo de

Worth.»

María, en pie, las obedecía ciegamente y se dejaba vestir, se

devoraba con sus propias miradas, dando al cuerpo el contorno

particular y gracioso que es necesario para ver los costados. La

criada alzaba la luz alumbrando la esbelta figura.

«Ahora el sombrero.»

Era la gran pincelada, el supremo toque que al sublime cuadro

faltaba. Pilar no quiso confiar á nadie aquella obra delicada,

que era como la coronación de una reina. Ella misma levantó en

alto el sombrero y se lo puso á su amiga. ¡Efecto grandioso, sin

igual! ¡Inmensa victoria de la estética! María Egipciaca estaba

elegantísima, hechicera; era la elegancia misma, el figurín vivo.

Encarnaba en su persona el ideal del vestir bien, ese infinito del

traje, que unido al infinito de la belleza, produce las maravillosas

estatuas de carne y trapo ante las cuales sucumben á veces la

prudencia y la dignidad, á veces la salud y el dinero de los hombres.

¡Pobre Adán, cómo te acordarás de aquel tiempo en que para ataviarse

bien bastaba alargar la mano á una higuera!

«Vaya--dijo Pilar,--ya se ve el efecto. Pero mañana volveré para

vestirte definitivamente. Ahí te dejo lo demás: zapatos, medias...

¡mira qué bonitas! Escoge el color azul. ¿Te vendrá mi calzado? Creo

que sí. Ahí tienes botas húngaras y zapatos... Te he traído hasta

guantes, porque si no me engaño, ni aun guantes tienes... Con que

hasta mañana.»

Y dándole un ruidoso beso, le dijo al oído:

«Mañana es día de prueba para tí. Voy á mandar encender el Santísimo

en San Prudencio... El Señor te favorecerá, ¡pobre santa y mártir!...

Entre paréntesis, querida, la función de hoy en San Lucas, como

cuantas hace la Rosafría, no se libró de aquel aspecto, de aquel

barniz general de _cursilería_ que llevan consigo todas las cosas de

Antonia. ¡Si vieras qué cortinajes, qué pabellones!... Parecía una

fiesta cívico-progresista.... En fin, si llegan á tocar el himno de

Riego no me hubiera sorprendido... ¡Y qué sermón, hija! Habías de

oir aquella voz de falsete... ¡Luego una pobreza de alumbrado...! En

fin, no quiero entretenerme más, que es tarde... Adiós; ahora se me

ocurre una cosa: debo mandar que te enciendan también la Virgen de

los Dolores.

--Sí--dijo María enérgicamente,--la Virgen de los Dolores.

--Adiós, Milagros: esta noche me toca el Real. Veré si alcanzo dos

actos de _Hugonotes_... Con que mañana al mediodía...

--Al mediodía. Adiós, Pilar... Y que venga también Juana. Yo traeré

algo de tocador, porque ni siquiera polvos de arroz hay en esta casa.

--Adiós... adiós.»

XV

¿Cortesana?

La Marquesa rogó á su hija que se acostara, á lo cual ésta accedió de

buen grado, porque se sentía muy fatigada. Quitóse con lentitud los

ricos atavíos que resucitaban en ella bruscamente la elegante mujer

de otros tiempos, y se retiró á su alcoba. Tiritaba de frío y había

caído en gran tristeza. Después de un rato de silencio, durante el

cual mirábala su madre con alarma y desasosiego, volvió la vista á

las imágenes, láminas, estampas y reliquias que hacían de su alcoba

un museo de devoción, y dijo así:

«Señor Crucificado, Virgen de los Desamparados, santos queridos,

amparadme en este trance.»

La de Tellería, que también en las ocasiones solemnes sabía dar

muestras de acendrada piedad, besó los pies de un crucifijo.

«Alcánzame mi rosario, mamá,» dijo María.

Milagros tomó el rosario que estaba colgado á los pies del crucifijo

y lo dió á su hija.

«Ahora--añadió ésta,--puedes retirarte... siento sueño. Después que

rece un poco me dormiré.»

La Marquesa señaló la hora fija para la expedición del día siguiente.

Convinieron en ir las dos, quedándose la madre en el coche mientras

la hija entraba á hablar á su marido.

«El corazón me dice que alcanzaremos algo bueno; quizás alguna

reconciliación--dijo la mamá besando á la penitente.--Ahora procura

dormir y no pienses mucho en santurronerías. Ya ves el resultado de

tu terquedad. Francamente, niña mía, yo me pongo en el caso de un

marido, de cualquier marido... No es que yo condene la devoción, la

verdadera devoción. ¿Por ventura no soy yo piadosa, no soy buena

católica, aunque indigna? ¿No cumplo todos los preceptos?... Eso de

la santidad hay que pensarlo antes de casarse, antes de contraer

ciertos deberes.

--Una cosa me ocurre--dijo María prontamente, demostrando que no

pensaba en santurronerías.--Si debo llevar mañana alguna alhaja,

alfiler, pulsera, pendientes, puedes traerme lo que gustes de las

joyas mías que te llevaste para guardármelas.

--Bueno--replicó la madre algo contrariada.--Pero casi todas tus

alhajas necesitaban compostura y las mandé al taller de Ansorena...

De todos modos...

--Rafaela me ha dicho que ayer te llevaste toda la plata.

--Sí, sí: toda. Hija de mi alma, me aflige mucho que vivas sola

en este caserón. Tiemblo por tí, por tu seguridad. Andan ahora

ladrones...

--La plata no me hace falta... Dí, ¿no te llevaste también las

cortinas de seda, mis encajes, mi escritorio de ébano y marfil, el

tarjetero, los vasos de Zuloaga, las dos jarras de Sèvres, el abanico

pintado por Zamacois, la acuarela de Fortuny y no sé qué más?

--¡Oh! Tienes más memoria de lo que parece...--dijo la Tellería

disimulando su turbación.--Todo me lo llevé. Esas preciosidades no

debían estar expuestas á un golpe de mano. ¿Sabes tú cómo está Madrid

de rateros?...

--Mira, mamá--prosiguió María, dando una vuelta en su lecho:--tráeme

también mi reloj, porque es preciso saber la hora, la hora fija.

--Bueno... pero ¡calla! Ahora recuerdo que tu reloj no andaba: lo

tiene el relojero.

--Pues entonces iré sin reloj... Vaya, buenas noches, mamá. Vete á

dormir.

--Mañana á las diez estoy aquí para empezar la _toilette_.

--A las diez.

--Abur, paloma.

--Adiós, mamita. Pide á Dios por mí.»

María no durmió nada. Por primera vez vió realizado en parte un

antiguo antojillo de beata que pensaba realizar. Había proyectado

acostarse en un lecho de zarzas piconas, con lo que, desgarrándose

todo el cuerpo muy á gusto del espíritu, se parecería á los

penitentes cuyas vidas había leído llena de admiración. Aquella

noche su lecho fué primero de espinas, después de brasas. Se quemaba

en él, como San Lorenzo en sus parrillas ó San Juan en la cazuela

de la Puerta Latina... No pocas veces se había quedado dormida

rezando, ó recitando entre dientes letrillas de novenas y décimas

josefinas. Aquella noche las oraciones, las letrillas, las décimas

y los pentacrósticos revoloteaban entre sus labios como las abejas

en la puerta de la colmena, y entre tanto su cerebro ardía como un

condenado á quien dan tizonazos los ministros de Satán en cualquier

aposento del Infierno. No pudiendo resistir aquel freir continuo,

chisporroteante y doloroso que bajo su cráneo y detrás de sus ojos

la atormentaba, saltó del lecho, encendió luz. «Ahora mismo,»

murmuraron sus labios, mientras se vestía.

Sin calzarse corrió hacia el reloj de su gabinete. ¡Cuánto se

descorazonó al ver que marcaba la una! ¡Era tan temprano! Mentalmente

se hizo cargo del sitio donde estaría el sol á tal hora y del tiempo

que tardaría en salir. Después se encerró en su tocador. ¡Quién

puede saber lo que hacía! En el silencio de la noche y en las piezas

donde no hay nadie, los relojes, con su _tic-tac_ semejante á una

respiración, simulan personas. Desde las chimeneas, esos entes de

bronce parece que fijan en todo su carátula de doce ojos, y que oyen

y entienden con aquel mismo órgano interno que produce su palpitar

rítmico, incesante. El reloj del gabinete de la Egipciaca era el

único que podía enterarse de lo que hacía su ama. Ni aun el retrato

de León podía saberlo, porque estaba vuelto contra la pared.

Oyó el reloj que su hermosa dueña abría y cerraba cajones, oyó el

ruido placentero del agua saltando en la porcelana, después en el

mármol, y resbalando sobre las ebúrneas partes de una estatua humana,

para caer luego en chorros sobre sí misma, bullendo y saltando como

en las fuentes mitológicas, donde tritones, ninfas y caracoles de

alabastro, surtidores, jirones, encajes y polvo de agua, forman

conjunto bellísimo á la vista. El pícaro, que desde mucho tiempo

antes tal cosa no presenciaba, reía y reía dando unos contra otros

sus doscientos ó trescientos dientes. Percibió después olor suavísimo

y delicado de perfumes de tocador... porque los relojes tienen

olfato, sí, huelen por aquellos dos agujeros por donde se les da

cuerda... También eran desusados los ricos olores.

Volvió al gabinete María trayendo ella misma la luz con que se

alumbraba. Su primera mirada fué para la numerada esfera, y junto á

ésta dejó la bujía. ¡Las dos y cuarto! ¡Qué cargante es un reloj en

el cual siempre es temprano! La dama estaba en ropas blanquísimas,

arrebujada en ancho mantón que la preservaba del fresco y ayudaba la

reacción producida por el agua fría. Algo amoratado su rostro, no por

eso era menos bonito, y sus manecitas blancas se crispaban agarrando

el mantón para abrigarse, como la paloma que esconde el cuello entre

sus pardas alas.

La reacción del agua fría es tan rápida como fuerte. La penitente

soltó el mantón, y fijando sus miradas en el lienzo vuelto contra la

pared, alzó los brazos para bajarlo... ¡Estaba muy alto! Cuando se

subió sobre una silla, el reloj, único testigo de aquella escena,

admiró á la hermosísima mujer en la casta diafanidad de aquel atavío,

y sus doce ojos se abrieron más. Cada hora era un lucero, y siguiendo

en su _tic-tac_, guiñaba su aguja hacia las tres.

Descolgó la señora el cuadro, y volviéndolo del derecho, lo puso

sobre una silla. Entonces apareció en la sala el busto, la enérgica

cabeza, la mirada profunda y leal de León Roch. Fué como la entrada

súbita de alguien en la estancia solitaria. María se quedó perpleja,

y toda su sangre se le corrió al corazón, agolpándose en él y

dejándole heladas y casi vacías las venas; le miraba sin respirar,

sin pestañear, como cuando se presencia la aparición milagrosa de

quien se ha muerto, ó la encarnación estupenda de lo que se ha

soñado. Y él no la miraba ceñudo, sino con expresión serena, que

ponía en sus ojos la índole de su alma recta y franca... Alargó el

cuello María, acercando su cara al lienzo... retrocedió después para

dar tiempo á que su mano quitase un poco de polvo; y luego que esto

hizo, besó la imagen de su marido, una, dos, tres veces, en distintas

partes de la cara. Oyóse entonces una carcajada indistinta, un reir

sofocante y zumbón. Era el reloj que respiraba más fuerte echando de

sí ese murmullo que precede al toque de las horas.

¡Las tres! El reloj principiaba á ser complaciente y juicioso, y

se iba curando de aquella inaguantable manía de ser temprano. Como

el hotel de Roch estaba casi en las afueras, oíase el canto de los

gallos anunciando el fin de aquella noche perezosa, pesada, eterna...

«Pronto amanecerá--pensó María.--En cuanto amanezca, me voy.»

Empezó á vestirse. Los trajes, los sombreros, los zapatos y demás

prendas que había traído Pilar, estaban arrojados sobre las sillas.

Si no presidieran en la estancia tres cuadros distintos del patriarca

San José, creyérase que aquél era el gabinete de una mujer de mundo,

después de una noche de festín. Examinó la penitente los colores

de las finas medias de seda, y por último, segura del buen efecto,

vistió sus piernas estatuarias con las azules y las sujetó con ligas

del mismo color. El calzarse no era obra tan fácil. Probó zapatos,

botas... ¡Oh! felizmente el pie de Pilar parecía hermano del suyo...

Pero María vacilaba en la elección de forma. ¿Bota ó zapato? He aquí

un problema que por su gravedad podía equipararse á éste: ¿gloria ó

infierno?

El coturno fué desechado al fin después de una acaloradísima

discusión interna. Venció el zapato alto, de cuero bronceado, de

tacón Luis XV y hebilla de acero: una verdadera joya. Después de

mirarlos mucho, María se calzó. Sus pies eran bonitos de cualquier

modo, y desnudos más. Admitido el calzado como una necesidad social

que no era ley en tiempo de Venus, María vió con admiración sus pies

artificiales, con los cuales Dafne no hubiera podido correr, pero que

no por eso eran menos lindos.

La familia de León Roch, Tomo 2 · 第 3 / 17 段