no era, al decir de la gente, saco de paja para Milagros, hombre
de aspecto vulgar, casi chabacano y más viejo de lo que parecía.
No revelaba en la figura ni en el rostro aquel delicado estro suyo
que hablarle hacía en variedad de metros de _perennales fuentes de
dulzura_, de _los cabritillos de Galaab_, del _místico dulcísimo amor
de las almas_, ni aquella indignación evangélica con que apostrofaba
á los materialistas, pidiendo á Dios que los aplastase con las ruedas
de su carro y que los mandase al _Báratro_. Era incomprensible tanta
grandeza dentro de tan menguada efigie.
«Es delicioso--dijo al entrar,--y no tiene contestación.
--¿Qué?
--El artículo de Luis Veuillot contra la sociedad moderna, contra
esta sociedad materializada y corrompida que, para abolir sus
remordimientos, aspira á la abolición de Dios. ¿Necesita usted,
Gustavo, los números de _L’Univers_?
--Puede usted llevárselos, con tal que me los devuelva mañana. Tengo
que hacer un artículo sobre el mismo asunto.»
La Marquesa de Tellería pasó al salón.
«Está acordado que se lo cantaremos mañana,--dijo á la de San Salomó.
--Sí, mañana sin falta.»
Formóse otro grupo de mujeres, del cual salía un zumbido como el de
un enjambre. «Mañana, mañana...»
Sintióse roce de sederías, bullicio de saludos, movimiento de
sillas. La tertulia se disolvía. Salieron muchos en graciosas
parejas, sonriendo unos, bromeando otros. Partieron los de Tellería,
el General y el Diputado con ínfulas de láico arzobispo. Con éste
habló un poco de política religiosa Gustavo sin dejar su expresión
melancólica y sombría.
«Adiós, Pilar; nos veremos mañana en San Prudencio.
--Abur, Casilda; haré tu recomendación al Padre Paoletti.
--Adiós, adiós.»
Cuando todos se fueron, la Marquesa de San Salomó se retiró á rezar y
á dormir.
XIII
Una figura que parece de Zurbarán y no es sino de Goya.
La señora de Roch fué muy temprano á San Prudencio. Tiempo hacía
que madrugaba para cumplir sus deberes piadosos, tornando á casa á
las nueve, con lo que evitaba hallarse entre el tumulto de fieles
y de damas amigas que iban á las horas cómodas. Aquel día, que era
domingo, madrugó mucho y salió muy temprano de la iglesia, cumplido
el precepto que más halagaba su espíritu. Como de costumbre, pasó
parte de la mañana en lecturas religiosas; pero ha de advertirse
que no había buscado sus textos en nuestra rica literatura
mística, fundida en el crisol del espiritualismo más puro y que
arrebata el alma creyente, ya encendiendo en ella divinos fuegos,
ya embelesándola con un discurrir metafísico y quintesenciado.
María apacentaba su piedad, triste es decirlo, con lo peor de esta
literatura religiosa contemporánea, que es en su mayor parte producto
de explotaciones simoniacas, literatura de forma abigarrada y de
fondo verdaderamente irreligioso tirando á sensual, que combinada
con el periodismo y con las congregaciones, es uno de los negocios
editoriales más extensos de la librería moderna. Mucho de esto nos
viene aquí traducido del francés y tiene un sello de mercantilismo
que convida á la profanación. No falta al exterior la consabida
elegancia material que la industria contemporánea imprime á todas sus
obras, y por dentro el verso y la prosa alternan en la expresión del
pensamiento; pero ¡qué verso, qué prosa! Hay ideas que reclaman la
sencillez, vestidura propia y genuína, sin la cual no pueden existir;
hay sentimientos que exigen la seriedad y la majestad como su natural
vehículo, y sin él degeneran en afectada declamación. Incapaz María
de comprender esto, hallaba elocuente y sublime un escrito en el
cual, para celebrar la presencia de Cristo en la Hostia, se hablaba
de _armonía y silencio_, de _fuentes selladas_, de _manantial de
amores_, de _celestial sonrisa_, de _flores de José_, de _oro puro_,
de _la mirra del arrepentimiento_, del _incienso de la oración_, de
_seráficos incendios_, de _horno que á un tiempo refresca y reanima_,
de _brisas suaves_, de _perfumes_, de _virginales y solitarios
espíritus_, de _banquete fraternal_, de _perla única y celeste rocío
del nuevo Edén_. Este lenguaje, que habla tan sólo á los sentidos,
cautivaba á la señora más que cualquier otro lenguaje. Dotada de
imaginación y de una facultad sensoria muy afinada, su espíritu daba
fácil acceso á todo lo que viniera por aquella vía y llegase á él en
el vehículo de lo bien oliente, de lo tangible, de lo bonito y de lo
apetitoso.
Admiraba á Santa Teresa porque le habían enseñado á admirarla; pero
no comprendía sus ingeniosas metafísicas. Aquellos amores seráficos
eran para ella un juego de lenguaje ó no eran nada. No se recalentaba
el cerebro pensando en las maneras más sutiles de amar al Señor,
ni poseía tampoco un gran corazón que le permitiera prescindir de
maneras sutiles. Su sér burdo y sensual, en el sentido recto, iba
ciegamente al entusiasmo religioso por otros caminos. Para ella,
por ejemplo, la misericordia de Dios era una idea incuestionable y
firme; pero no se encariñaba profundamente con ella sino después
de asociarla á una reliquia. Las perfecciones absolutas del Autor
de todas las cosas, tampoco reinaban con fuerte imperio en su
ánimo si no llegaban á éste por el conducto, digámoslo así, de
las perfecciones estéticas de una imagen. La Virgen María, ideal
consolador que más fácilmente que otro alguno seduce el espíritu de
la mujer y parece que lo informa y compenetra, subyugaba á la insigne
dama; mas para que aquel ideal divino tuviera en ella una fuerza
incontrastable y la hiciera gemir y llorar, érale preciso (valga la
expresión) remojarlo y desleirlo en agua de Lourdes.
Basta con lo dicho para que se vea que la religiosidad de María Sudre
era la religiosidad de la turbamulta, del pueblo bajo, entendiéndose
aquí por bajeza la triste condición de no saber pensar, de no
saber sentir, de vivir con esa vida puramente mecánica, nerviosa,
circulatoria y digestiva que es el verdadero, el único materialismo
de todas las edades. La verdadera plebe no es una clase: es un
elemento, un componente, un terreno, digámoslo así, de la geología
social; y si se hiciera un mapa de la vida, se vería marcado con
tinta negra este detritus en todas las latitudes de la región humana.
Así como ciertos seres privilegiados personifican en sí la
aristocracia del pensar y del sentir, la mujer de León personificaba
el vulgo crédulo. En otra época y en otras condiciones sociales,
María, sin dejar de llamarse piadosa y de rezar seis horas y de
confesar á menudo, hubiera echado las cartas para saber el porvenir,
hubiera usado rosarios benditos para conjurar maleficios de brujas,
hubiera incurrido en la repugnante manía de asociar á la religión las
artes gitanescas.
Pero los tiempos no son ya para esto; aunque bien mirado, maleficios
hay y artes de gitanos, si bien de otra suerte que en lo antiguo.
Gustaba María de pertenecer á todas las asociaciones piadosas, fueran
ó no de índole caritativa. Era, con preferencia á todo, lo que en la
jerga mojigata se llama _josefina_, ó sea individuo de la asociación
de San José, cuyo objeto es rogar por el Papa, y que cuenta en su
seno con personas muy respetables, dicho sea esto para que no se
entienda como mofa ni mucho menos la mención hecha. A otras juntas y
á muchas cofradías pertenecía también. Casi todas estas sociedades
tienen hoy sus periódicos, creados con el fin de establecer sólida
alianza entre los socios ó cofrades y ofrecer una lectura altamente
recreativa, á veces enormemente cómica, dicho sea también con el
respeto debido. Para María no la había más sabrosa ni edificante, y
se recreaba largas horas con las anécdotas (¡lástima grande no poder
copiar algunas!), con las oraciones, y, por último, con la parte
que podría llamarse místico-farmacéutica, que es una lista mensual
de las innumerables curaciones hechas con las obleas y las mantecas
pasadas por el famoso _perolito_ de Sevilla, prodigios que se dejan
muy atrás los milagros de Holloway y de ciertos específicos. María
guardaba siempre en su poder porción cumplida de obleas y mantecas
pasadas por el _perolito_ para atender á las dolencias de sus deudos
y amigos, segura del éxito siempre que éstos tomasen la medicina con
fe. La especulación del _perolito_ no podría existir en ningún país
donde hubiera sentido común y policía.
Estaba exenta María de aquel idealismo febril de su hermano Luis, y
aunque ella se proponía imitarle en todo, era en sus ideas y en sus
prácticas muy distinta. Su enfermiza devoción parecía un delirio
nacido de la cortedad de inteligencia, limitado por los sentidos y
exacerbado por la contumacia de su carácter asaz soberbio. Respecto
de su consorte, las ideas y sentimientos de la señora eran muy
extraños. Ya sabemos qué clase de amor le tenía, el único en ella
posible. ¡Cuánto había trabajado en sus soledades de penitente
para dominar aquel amor! ¡Cómo torturó su imaginación! ¡Qué de
monstruosidades inventó para representarse feo al que era hermoso,
desabrido al que era galán y seductor, repugnante al pulcro y lleno
de atractivos! María Egipciaca pensaba que mientras conservase en su
mente la ilusión de aquel compañero de sus días y noches, no habría
en ella verdadera santidad. Si tenía ó no razón, ¿quién lo sabe? Sólo
Dios, que con su vista infinita conocía la calidad de aquella ilusión.
«¡Si León no fuese ateo!» pensaba á cada instante. Y aquí entraba
lo irreconciliable, aquí la idea de no tener jamás trato moral ni
doméstico con semejante hombre. Había la dama consultado con el
pensamiento la voluntad de su hermano, que, como sombra cariñosa,
venía en las noches solitarias á vagar sobre su lecho santo, y
la voluntad de Luis Gonzaga era que no debía existir entre ella
y el ateo relación de ninguna clase; que estaba manumitida de la
esclavitud matrimonial, relevada de su carga de deberes, libre para
no pertenecer más que á Dios.
A las veces despertaba con zozobra y agonía, bañada la frente de
sudor, trémula y acongojada. «¿Y si quiere á otra?» murmuraba.
Aquí tomaban sus ideas un giro nuevo. Podía su extraviado espíritu
conformarse con la idea de que muriera León, aun con la idea de no
ser amada por él; ¡pero que su marido viviese y amase, viviendo y
amando á otra...! ¡que fuera para otra lo que había sido suyo...!
En esto consistía el martirio de aquella mujer, su mortificación
constante, y al llegar á tan delicado punto, todo su sér saltaba con
un impulso, no de pura pasión, sino de apasionado egoísmo.
Durante la época en que León se iba apartando lentamente de ella,
María gozaba en mortificarle, gozaba en verle entrar todas las
noches, porque es cosa que halaga al verdugo la puntualidad de la
víctima en ponerse bajo su azote. A veces, por la fuerza de la
costumbre y por el afecto verdadero que el largo trato había hecho
nacer en ella, sentía mucho gusto de verle; pero disimulaba esta
alegría y aquel afecto. ¡San Antonio! No convenía dar á conocer que
el ateo era bien recibido. Secretamente solía interesarse por todo
lo que á él atañía: dirigía mil preguntas á los criados, y si estaba
enfermo, prontamente le hacía llevar medicinas, guardándose bien de
mandarle el agua de Lourdes y las mantecas del _perolito_, por no ser
estos ingredientes eficaces sino para el que cree en ellos.
Cuando hablaban tenía que hacer grandes esfuerzos para no contemplar
con agrado la simpática y para ella seductora figura de su esposo,
y luego, al encontrarse sola, se arrepentía de ello, se castigaba
mentalmente, se llamaba perversa, lasciva, y pedía auxilio á la
memoria de su hermano y á la virtud de veneradas reliquias, «¡Si no
fuera ateo...!» decía y á veces al decirlo lloraba.
Cuando León se retiró definitivamente, la esposa, que le había
expulsado diciéndole: «mi Dios me manda que no te ame,» sintió un
descorazonamiento, un vacío, un inexplicable terror... ¿De qué? No
lo sabía fijamente. Durante una noche entera, la noche aquélla que
mencionamos, no pudo poner en su mente una idea devota. Sentíase
aturdida, y en su cerebro retumbaba un rumor de malos pensamientos,
como pisadas de fantásticos corceles que vienen de lejos dando
resoplidos. Necesitó largas lecturas y consultas y amonestaciones de
clérigos para poder echar alguna tierra sobre el hermoso cadáver del
bien perdido; rezó de lo lindo, se mortificó, puso en gran trabajo la
imaginación por su método favorito, que era representarse feo lo que
era hermoso, amargo lo dulce, asqueroso lo recreativo y placentero.
Este horrible trabajo de limpiar el alma por medio de la fantasía,
afeando y cubriendo de inmundicia las nobles galas del amor, las
bellezas de la vida, no era nuevo en ella. Los ermitaños y cenobitas
la han hecho, completándolo con las mortificaciones exteriores. María
Egipciaca trabajó horrendamente en las tinieblas de su atormentado
cerebro por representarse como nefandos y teñidos de lúgubres
colores, los alegres días de su luna de miel y las más pacíficas y
dulces horas de su vida de casada. ¡Espantoso desorden, horrible
anarquía del alma!
Como se ha dicho, María, al verle ausente para siempre, sintió un
vacío, una desazón, una inquietud, una soledad... ¿A dónde había
ido? Sin dar á conocer su turbación, hizo varias preguntas. En sus
rezos meditaba la santa sobre esta profanidad... ¡San Antonio!
Indudablemente aquel hombre era suyo. Indudablemente lo suyo, lo
verdaderamente suyo, no debía ser para los demás. ¡Cómo fulgura
á veces la lógica en los entendimientos más turbados! Lo extraño
era que, á pesar de lo que María llamaba ateísmo de León, siempre
había visto en él un fondo de honradez que le inspiraba confianza.
Jamás pensó, ¡tan limitada era su inteligencia! en el problema de
compaginar aquel ateísmo con esta honradez. ¿Por qué creía ella
en la honradez de un ateo? No podía decirlo; pero indudablemente
la confianza existía. Ahora, con la partida de su esposo, de su
compañero, de su hombre, desaparecía la confianza. Atormentada fué
durante no pocos días por una sensación muy singular. Enorme y
fea víbora se acercaba á ella, la miraba, la rozaba, se escurría
resbaladiza y glacial por entre los pliegues de su ropa, ponía el
expresivo hocico de ojos negros en su seno, oprimía un poco, entraba
primero la cabeza, después el largo cuerpo hasta el postrer cabo
de la cola delgada y flexible. Entrando, entrando, la horrible
alimaña se aposentaba en el pecho, se enroscaba despidiendo un
calor extraordinario, y se estaba quieta como muerta en la abrigada
concavidad de su nido.
XIV
La revolución.
Una dama hablaba con María. Era la Marquesa de San Salomó.
«Queridísima--le dijo,--no quiero ser de las últimas en venir á
llorar contigo.
--¿A rezar?
--A rezar y á llorar. Dios nos aflige con sus castigos. No te ví hoy
en San Prudencio. El Padre Paoletti me dijo que te habías retirado
temprano, y lo sentí. Quería yo consolarte como puede consolar una
buena amiga.
--¡Consolarme!...--dijo María con aturdimiento.--¡Ah! sí, de mi
abandono, de mi desaire... Hace tiempo que padezco en silencio, y el
Señor, la verdad, no me ha negado dulcísimos consuelos. ¿Para qué
estamos en el mundo sino para padecer? Hay que penetrarse bien de
esta idea, para que cuando venga el dolor nos encuentre prevenidos.
--¡Oh!--exclamó Pilar con sincera admiración, dando un beso á su
amiga.--¡Qué buena eres! ¡qué santa! ¡qué excepción tan admirable
eres tú en nuestra sociedad, María! Debiera venir la gente aquí á
darte culto, á rezarte como si estuvieras canonizada.
--¡Qué error, Pilar, qué error tan grande! ¿Y si yo te dijera que soy
muy pecadora?
--¿Tú pecadora?... ¿tú?--observó la de San Salomó haciendo
aspavientos cual si oyera una blasfemia.--Pues si tú eres pecadora,
¿qué soy yo? ¿quieres decírmelo? ¿Qué soy yo?»
Y se contestó á sí misma, no con palabras, sino con un grande y
entrecortado suspiro, queja angustiosa de su conciencia, incapaz ya
de poder resistir más peso.
«No me maravillo yo de que hubiera santos cuando las ocasiones de
pecar eran escasas, cuando la mitad del género humano vivía dentro
de conventos ó en feos páramos, y se veían á cada instante ejemplos
que imitar; lo admiro ahora, cuando la libertad ha multiplicado
los vicios, cuando todo el mundo hace lo que quiere, y encontramos
rara vez casos ejemplares dignos de imitación. Por eso digo que tú
debieras ser canonizada, porque dentro de Madrid, que es sin duda
lo más perdido del universo, y en este siglo, que es, como dice
Paoletti, _la vergüenza del tiempo_, has sabido despreciar el mundo
tentador y has igualado á los santos penitentes, á los confesores...
y también á los mártires.»
Pronunció el _también á los mártires_ con entonación fuertemente
intencionada.
«¡Oh! no me hables así--dijo la Egipciaca, que aunque gustaba de los
elogios, tenía costumbre de disimular aquel gusto.
--Yo te admiro mucho, muchísimo--añadió Pilar con arranque
cariñoso,--porque estoy muy lejos de tí, porque disto mucho de
parecerme á tí. ¡Ay, querida mía! si Dios me concediera el andar un
pasito solo de ese camino de perfección en cuyo fin estás tú y que
yo ni aun he podido principiar... ¿Sabes lo que pienso? Que voy á
intimar más contigo, á acompañarte en tus rezos si lo permites, á
leer lo que tú leas, y mirar lo que tú mires, y pensar en lo que tú
pienses, por ver si de ese modo se me pega algo. Por de pronto, deseo
y te pido que me des algo tuyo, un objeto cualquiera, un pañuelo,
por ejemplo, para tenerlo siempre aquí sobre mi pecho, como se tiene
una reliquia. Yo quiero que me toque constantemente algo que te haya
tocado á tí... Aunque no fuera sino porque al ver tu pañuelo me
acordaría de tí y de la virtud, y podría atajar un mal pensamiento
ó una mala acción... ¿Te asombras? Pues no debes asombrarte,
queridísima. _Ma petite_, tú no te estimas en lo que vales. Mira,
cuando te mueras la gente ha de andar á mojicones por conseguir
pedacitos de tu ropa.
--Pilar, que estás ofendiendo á Dios con tus lisonjas.
--Eres tan buena que te escandalizas de oirlo decir. Así era tu
hermano Luis, que en la gloria está. Pero tú vales más que él.
--¡Pilar, por amor de Dios!--exclamó María verdaderamente
escandalizada.
--Más que él; yo sé lo que digo.
--¡San Antonio!
--Más que él... Él fué santo; tú además de santa eres mártir. Has
llegado al sumo grado de la perfección cristiana. Yo no conozco
criatura más alta que tú, y no sé si sentir por tí más lástima que
admiración, ó más admiración que lástima.»
María no entendía bien.
«Así es que el nombre de santa me parece poco... Y dime tú: ¿qué
nombre deberíamos dar al que teniendo en su casa este tesoro de
virtud y de bondad, huye de ella y desprecia el tesoro y se cubre de
baldón desdeñando el oro por el estaño, y poniendo en lugar del ángel
que Dios le dió por mujer, á una...?
--Pilar... ¡por Dios! ¿te refieres á mi esposo?
--¡Oh! amiga de mi alma--dijo la de San Salomó, que había enrojecido
dando muestras de gran agitación.--Perdóname si me pongo furiosa al
hablar de esto. No puedo remediarlo.
--Pero León... Pilar, tú no sabes lo que dices. Mi marido es un
hombre formal.»
Si de María se ha dicho que era limitada de inteligencia, algo basta
de sensibilidad, pues su corazón de fibras gruesas y sin finura
carecía de aptitud para los afectos entrañables y delicados, con la
misma lealtad se ha de manifestar lo que en ella había de bueno, y
era un fondo de honradez, un cimiento de esa rectitud innata que
engendra siempre cierta confianza candorosa en la rectitud de los
demás. La dama penitente se sublevó contra las reticencias de su
amiga.
«Veo--dijo ésta,--que estoy cometiendo una gran indiscreción. Sin
duda no sabes nada.
--¡Que no sé nada!... ¿de qué?
--¡Oh! no: debo callarme. Yo creí que tu mamá...
--Háblame con claridad... has nombrado á mi marido.
--Y ya me pesa.
--Mi marido es... así... de cierto modo... No cree en nada... se
condenará de seguro... es ateo, rebelde... pero se porta bien, se
porta bien.»
Bruscamente Pilar rompió á reir. Su risa sonora, importuna, que
duraba más de lo regular, llevó al alma de María grandísima turbación.
«Si llamas portarse bien estar separado de su mujer, que es una
santa, y tener relaciones con otra...» declaró la amiga con una
entonación despiadada, agria, que tenía algo del cuchillo que corta ó
de la lima que raspa.
María se quedó como una difunta, pálida, los ojos fijos, la boca
entreabierta.
«¡Con otra!»
Esto no era nuevo en ella como idea: éralo como hecho. Habían
precedido á la noticia presunciones vagas, temores; pero con todo,
la triste verdad abruma aun cuando haya sido precedida por el sueño
asustadizo.
«¿Has dicho que con otra?
--Con otra, sí. Lo sabe todo Madrid, menos tú.
--Has dicho... con otra...--repitió María, que estaba con el
conocimiento á medio perder, alelada, padeciendo una especie de
parálisis, cual si cada una de aquellas dos terribles palabras fuera
enorme piedra que había caído sobre su cráneo.
--¡Sí!... ¡con otra!--afirmó Pilar rompiendo á reir por segunda vez,
lo que no indicaba un gran respeto á la mujer canonizable.
--¿Y quién es?--preguntó con fulgurante viveza la penitente, que pasó
del idiotismo á una especie de excitación epiléptica.--¿Quién es,
quién es?
--Yo creí que ya lo sabías... ¡Pobre mártir! Es Pepa Fúcar, la
hija del Marqués de Fúcar, ese que los periódicos llamaban antes
el _tratante en blancos_, y ahora le llaman _egregio_ porque se ha
enriquecido adoquinando calles, haciendo ferrocarriles de muñecas,
envenenando á España con su tabaco, que dicen es la hoja seca de los
paseos, y, por último, prestando dinero al Tesoro durante la guerra,
al doscientos por ciento; un buen apunte, un gran señor de ahora, un
dije del siglo, un noble haitiano, un engendro del parlamentarismo
y del _contratismo_, que no me puede ver ni en pintura porque una
noche, en casa de Rioponce, empezó á galantearme y le volví la
espalda, y porque siempre que le vea en alguna tertulia al alcance de
mi voz, me pongo á hablar del tabaco podrido, de la multiplicación de
los adoquines, del gas que apesta, y del calzado con suelas de papel
que dió á la tropa.»
Y Pilar soltó la tercera carcajada. María no oyó ni podía oir
aquel gráfico y cruel bosquejo del Marqués de Fúcar. Escuchaba un
tumulto extraño que repercutía en su interior, el estruendo de una
revolución, de una sublevación, así como el despertar súbito y fiero
de un pueblo dormido. La sierpe que ya se enroscaba en su pecho
incubó de improviso innumerables hijuelos, y éstos salieron ágiles,
culebreando en todas direcciones, vomitando fuego y mordiendo. Eran
los celos, ejército invisible y mortificante, cuyo conjunto se
representaba la penitente como una irradiación continua de mordidas
y quemaduras, por su prurito de dar á los sentimientos como á las
ideas forma de sensaciones físicas, de tal modo, que este afecto era
para ella como caricia y arrullo, aquel otro como bofetada, ó como
pellizco, ó como aguijonazo.
Nunca había sentido la pobre santa y mártir cosa semejante, ni
explicarlo sabía. Su dolor se confundía con el pasmo, con una
sorpresa terrible. El sacudimiento era tan vivo, que no se le
ocurría, como pareciera natural, pensar en Dios, ni llamar en su
auxilio á la paciencia ó á la resignación. ¿Qué era aquello? Lo real
destruyendo el artificio. El alma y el corazón de mujer recobrando
su imperio por medio de un motín sedicioso de los sentimientos
primarios. Era la revolución fundamental del espíritu de la mujer
reivindicando sus derechos, y atropellando lo falso y artificial
para alzar la bandera victoriosa de la naturaleza y de la realidad,
aquello que emana de su índole castiza y por lo cual es amante, es
esposa, es madre, es mujer mala ó buena, pero mujer verdadera, la
eterna, la inmutable esposa de Adán, siempre igual á sí misma, ya
fiel, ya traidora. Esta revolución la hace algunas veces el amor;
pero no es seguro, porque el amor, en su sencillez inocente, se
deja vencer por la caricia falaz de su hermano el misticismo; quien
la hace siempre con éxito es el _mayor monstruo_, la terrible ira
calderoniana, los celos, pasión de doble índole, perversa y seráfica,
como alimaña híbrida engendrada por el amor, que es ángel, en las
entrañas de la envidia, hija de todos los demonios.
Ya veremos que la súbita pasión que había estallado en el alma de
María tenía más de la índole aviesa de su madre, la envidia, que
del generoso natural de su padre, el amor. Por eso era un tormento
horrible, sin mezcla de alivio alguno, un traqueteo sin descanso, un
fuego que crecía á cada instante. Como alcázar minado que revienta
y cae en pedazos, así cayó por el pronto, resquebrajándose, su
mojigatería. Verificóse en ella un eclipse total de Dios. Dando un
doloroso grito, se llevó las manos á la cabeza, y dijo:
«Infame... me las pagarás!»