La mirada de Pepa y la de él se cruzaron como las dos espada

Nota de transcripción

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas como MAYÚSCULAS.

* Se ha respetado la ortografía original, homogeneizándola a la

grafía de mayor frecuencia.

* Se han igualado los enunciados de los capítulos en el texto y en

el índice.

* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos. En particular,

los siguientes:

Pág. 39: “¡pésie á tal!” cambiado por “¡pese á tal!”.

Pág. 48: “perenales” cambiado por “perennales”.

Pág. 73: “pervesas” cambiado por “perversas”.

Pág. 86: “¡calle!” cambiado por “¡calla!”.

Pág. 101: “Romana” cambiado por “Ramona”.

Pág. 207: “VII” cambiado por “VIII”.

* Además, se han hecho las siguientes modificaciones de acuerdo con

ediciones más recientes:

Pág. 184: se inserta un “no” (Doña María y yo no vamos a hablar),

para preservar el sentido de la frase.

Pág. 377: “León” ha sido sustituido por “Federico” (--Te suplico

que salgas,--dijo D. Pedro á Federico.), para preservar

el sentido del diálogo.

LA FAMILIA DE LEÓN ROCH

Es propiedad. Queda hecho el

depósito que marca la ley. Serán

furtivos los ejemplares que no

lleven el sello del autor.

Est. tip. de los Hijos de Tello. Carrera de San Francisco, 4.

NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS

POR

B. PÉREZ GALDÓS

(Primera época.)

LA FAMILIA

DE

LEÓN ROCH

TOMO II

30.000

[Ilustración]

MADRID

LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO

Calle del Arenal, núm. 11.

1920

LA FAMILIA DE LEÓN ROCH

SEGUNDA PARTE (CONTINUACIÓN)

X

Razón frente á pasión.

Al día siguiente recibió León un anónimo, después la visita de dos

amigos que le comunicaron algo muy interesante, pero también muy

penoso para él, y á consecuencia de esto pasó en gran desasosiego el

día y en vela la noche. Levantóse temprano y anunció á Facunda que

se marchaba; una hora después, dijo: «No: me quedo, debo quedarme.»

Por la tarde salió á pasear á caballo, y al regreso envió un recado

á Pepa, diciéndole que deseaba hablar con ella. Desde el día en que

se supo la noticia de la muerte de Cimarra, León no había visto á la

hija del Marqués de Fúcar sino dos ó tres veces. Un sentimiento de

delicadeza le había impedido menudear sus visitas á Suertebella.

Recibióle Pepa poco después de anochecer en la misma habitación

donde Monina había estado enferma y moribunda. La graciosa niña,

medio desnuda sobre la cama, se rebelaba contra la regla que manda

dormir á los chicos á prima noche, y sin hacerse de rogar como otras

veces, contaba todos los medios cuentos que sabía, y decía todas

sus chuscadas y agudezas; empezaba una charla que concluía en risa,

y castigaba á su muñeca después de darla de mamar; saludaba como

las señoras, y con sus dedillos hacía un aro para imitar el lente

monóculo del Barón de Soligny. Después de mucha batahola, vacilando

entre la risa y una severidad fingida, Pepa logró hacerla arrodillar,

cruzar las manos y decir de muy mala gana un hechicero Padrenuestro,

mitad comido, mitad bostezado. Siguió á esta oración el _Con Dios

me acuesto, con Dios me levanto_, y como si esta ingenua plegaria

tuviese en cada palabra virtud soporífera, Monina guiñó los ojos,

cerró sus párpados con dulce tranquilidad, y murmurando las últimas

sílabas, quedóse dormida en los brazos del Señor. Después que ambos

la contemplaron en silencio durante largo rato, León la besó en la

frente.

«Adiós, nena,--dijo con cierta emoción.

--¿Y por qué adiós?--preguntó Pepa muy inquieta.--¿Te vas?

--Sí.

--Me avisaste que querías hablarme.

--Despedirme.

--¿No estás bien aquí?

--Demasiado bien; pero no debo estar.

--No te comprendo. ¿Te has reconciliado con tu mujer?

--No.

--¿Vas al extranjero?

--Tal vez.

--¿A dónde?

--No lo sé todavía.

--Pero avisarás, escribirás, dirás: «estoy en tal parte.»

--Es posible que no te diga nada.»

Pepa miró torvamente al suelo.

«Es necedad que tú y yo hablemos con medias palabras y con frases

veladas y enigmáticas--dijo León.--Hace algunos meses que hablamos

como los que ocultan una intención perversa. Si hay maldad, mejor

estará dicha que hipócritamente ocultada. Es preciso decirlo

todo. Desde que perdí completamente las ilusiones de mi bienestar

doméstico, frecuento tu casa; quizás, ó sin quizás, la he

frecuentado demasiado en este tiempo. Mi soledad, mi tedio mi anhelo

de saborear la vida de los afectos, hacíanme buscar ese arrimo que

al alma humana es tan necesario como el equilibrio al cuerpo. Yo

estaba helado; ¿qué extraño es que me detuviera allí donde encontré

un poco de calor? Empecé admirando á Monina y acabé por adorarla,

porque yo tenía, más que afán, rabiosa sed de afectos íntimos, de

amar y ser amado. ¡Es tan fácil hacerse amar de un niño!... Yo sentía

en mí afanes imperiosos de deleitarme en cosas pueriles, de poner

mi corazón, vacío ya de grandes afecciones, bajo los piececillos de

un chicuelo para que lo pateara. No sé cómo explicártelo... presumo

que tú comprenderás esto. Se me figura que lees en mí, así como

tú no me eres, no, desconocida. Me parece que hace tiempo estamos

representando una comedia...

--Yo no represento jamás,--dijo Pepa con aplomo.

--Pues yo tampoco. Oye lo que ha pasado en mí. Yo me sentía solo

en mi casa, solo en la calle, solo en medio de la sociedad más

bulliciosa, solo en todas partes menos junto á tí. Una fatalidad...

Pero no demos este cómodo nombre á lo que es resultado de nuestra

imprevisión y nuestros errores... digamos que la situación creada

por nosotros mismos nos impedía declarar con la frente alta un afecto

del corazón... Ambos éramos casados.

--Sí,--dijo con serenidad y firmeza la de Fúcar, como si ella

hubiera ya pensado muchas veces aquello mismo, y considerándolo bajo

infinitos aspectos.

--Ahora ya tú no lo eres; yo sí. La situación es casi la misma. Pero

tu viudez me ha hecho más insensato... Yo no debo estar aquí, y sin

embargo estoy; y cuando veo ese color negro de tus vestidos y del

vestido de Monina, siento en mí no sé qué horrible levadura de osadía

y sacrilegio; lucho por ahogarla y callarme; pero tú misma, con

una fuerza de atracción de que apenas te das cuenta, me obligas...

no puedo decirlo de otro modo, me obligas á decirte que te amo,

que te amo desde hace tiempo... No tengo fuerzas ni palabras para

maldecir un sentimiento que en mí ha nacido de este lúgubre destierro

doméstico en que vivo, y en tí... no sé de qué.

--Nació conmigo--afirmó Pepa, que apenas respiraba.--Me has dicho

una cosa que presumía mi corazón... ¡Pero oírtela decir... oir de

tu misma boca, aquí, delante de mí... donde sólo Dios y yo podemos

oirlo!...»

Le faltó la voz. Transfigurada y sin color como el moribundo, no pudo

hallar para el desahogo de su alma lenguaje más propio que apoderarse

de una mano de León y besársela tres veces con ardiente ternura.

«Hemos llegado á una situación difícil--dijo él.--Afrontémosla con

dignidad.

--¿Situación difícil?--indicó Pepa, con cierta sorpresa candorosa,

como si la situación le pareciera á ella muy fácil.

--Sí; porque á estas horas somos víctimas de la calumnia.»

Pepa alzó los hombros, como queriendo decir: «¿Y qué me importa á mí

la calumnia?

--Convendrás conmigo en que he cometido una gran falta en venir á

vivir tan cerca de tí.

--¿Falta? ¿Falta venir aquí?--dijo la dama dando á entender que si

aquello era falta, también lo era la salida del sol.

--Falta ha sido. Te advierto que yo, á quien muchos tienen por hombre

de entendimiento, me equivoco siempre en las cosas prácticas.»

Pepa indicó su conformidad con aquella idea.

«Mi último error ha desatado la lengua á la maledicencia, ¡Pobre

amiga mía! Ya es cosa averiguada en Madrid que á los dos meses de

viuda tienes un amante, que ese amante soy yo, que vivimos juntos

injuriando la moral pública. No contenta con esto, la gente hace un

odioso trabajo retrospectivo, dando á nuestras relaciones criminales

un origen remoto, y de esto resulta una afirmación fuera de toda duda.

--¿Cuál?

--Que Monina es hija mía.»

Pepa se quedó un instante perpleja. Creeríase que la tremenda

afirmación no hacía gran mella en su alma. Argumentando mentalmente,

no sabemos de qué modo, dijo:

«Pues bien: cuando la calumnia es tan grosera, tan absurda, no

debemos afligirnos por ella.

--¿Sabes tú cuál es el escudo en que la calumnia puede

estrellarse?--le dijo León con serenidad.--¿Lo sabes tú? Pues es la

inocencia. Nuestra inocencia, Pepa, es tan sólo relativa, ó mejor

dicho, parcial. Las hablillas que nos agobian llevan en sí algo de

fundado: se equivocan sólo en los hechos. Mienten cuando dicen que

soy tu amante y que vivimos juntos; pero aciertan cuando dicen que te

amo. Mienten cuando dicen que Monina es hija mía; pero...»

Pepa no le dejó concluir. A borbotones se le salieron las palabras de

la boca para exclamar con júbilo:

«Pero aciertan al decir que la adoras como su fuera tu hija: lo mismo

da.

--La calumnia se equivoca en los hechos; pero á falta de hechos hay

intenciones, sentimientos, esperanzas. Contéstame: ¿crees tú que

somos inocentes?

--No. Por lo menos yo no lo soy. La calumnia que ha caído sobre

mí y me hiere en mi honor, parece que trae consigo algo de

justicia--afirmó Pepa con acento patético.--¡La miro con menos horror

del que debía sentir, porque hay dentro de mí tanto, tanto, que

podría justificar una parte, lo principal, el fundamento de ella!...

Tú eres una persona de rectitud y de conciencia; yo no lo soy. Estoy

acostumbrada á cultivar, acariciándolos en el secreto y en la soledad

de mi alma, sentimientos contrarios á mi deber; yo soy una mujer

mala, León; yo no merezco ese afecto tardío que sientes por mí; yo

soy criminal, y como criminal no puedo tener ese pavor escrupuloso

que tú tienes á la calumnia.

--Pepa, Pepa, no hables de ese modo--dijo León estrechando la mano de

su amiga.--No es así como te he visto y te he contemplado en mi alma,

cuando te apoderabas de ella y lentamente te hacías reina de todos

mis afectos.

--¡Oh! Si no te gusto así--replicó la de Fúcar en un tono de

amargura y dolor que obscurecía sus palabras,--¿por qué no viniste á

tiempo? Si hubieras llegado cuando se te esperaba, ¡qué pureza y qué

elevación de sentimientos habrías podido hallar! ¡Qué noble y santa

pasión, tan propia y tan digna de tí! Si hubieras venido á tiempo,

dignándote agraciar con una palabra de amor á la voluntariosa, á

la pobre loca, á la necia, ¡qué hermoso tesoro de afectos habrías

descubierto, tesoro íntegramente reservado para tí y que en tus manos

habría perdido su tosquedad!... Yo parecía no valer nada; yo era una

calamidad, ¿no es cierto?... Es que yo quería estar en manos que no

querían cogerme; era un instrumento muy raro que no podía dar sonidos

gratos sino en las manos para que se creía nacido. Fuera de mi dueño

natural, todo en mí era desacorde y disparatado... No te quejes ahora

si me encuentras un poco destituida de conciencia y con escaso, muy

escaso sentido moral. Yo he llevado una vida de lucha incansable y

espantosa conmigo misma, de desacuerdo constante con todo lo que me

rodeaba; he llevado sobre mí el peso de un desprecio recibido, y este

desprecio, extraviándome la razón y haciéndome correr de desatino en

desatino, me ha quitado aquella pureza de sentimientos que un tiempo

guardé y atesoré para quien no quiso tomarla. No soy tan rigorista

como tú; no tengo valor para mayores sacrificios, porque mi corazón

está fatigado, herido, lleno de llagas como el loco que se muerde á

sí mismo; no creo al mundo con derecho á exigirme que me atormente

más, y así te ruego que tampoco seas rigorista, que no hagas caso de

la moral enclenque de la sociedad, que des algo al corazón, que sigas

viviendo aquí, que me visites todos los días, y que me pagues algo de

lo mucho que me debes, queriéndome un poco.»

No pudo conservar su entereza hasta el fin del discurso, y rompió á

llorar.

«Mi necio orgullo--dijo León, más bien acusándose que

defendiéndose,--nos hizo á entrambos desgraciados. ¡Que aquel

desprecio que te hice caiga sobre mi cabeza; que todos los

infortunios ocasionados por mi error sean para mí!

--No más infortunios, no. Basta con los pasados. La culpa toda no fué

tuya. Yo no tenía más cualidad buena que la de quererte; yo hacía

locuras, yo desvariaba. Comprendo tu preferencia por otra, que además

era guapa; yo nunca he sido bonita... ¡Y ahora vienes á mí, después

de tanto tiempo, por los caminos más raros; y ahora...!»

Un sacudimiento nervioso desfiguró las facciones de Pepa. Hizo un

gesto de pavura, como apartando de sí una visión terrible, y exclamó

sordamente:

«¡Tu mujer vive!»

No encontró León palabras para comentar ni para atenuar la terrible

elocuencia de esta frase. Humillando su frente, calló.

«¡La hermosa, la santa, la perfecta!...--añadió Pepa con

júbilo.--¿Pero no es así más grande mi triunfo? Has venido á mí, la

abandonas.

--No, no...--dijo León vivamente.--Yo he sido abandonado. Yo he

querido á mi mujer, yo he sido fiel esclavo de mi juramento hasta

ahora, hasta ahora que lo he roto.

--Bien roto está--afirmó la de Fúcar briosa.--¿Por qué temes el fallo

de los tontos? ¿Por qué el fantasma de tu mujer te aleja de mí?

--Pepa, amiga querida, tu despreocupación me causa miedo.

--Ya te he dicho que yo no tengo sentido moral: lo perdí, me lo

quitaste tú con la última ilusión. Perder toda ilusión ¿no equivale á

ser mala? Yo fuí mala desde aquella noche horrenda en que la última

esperanza salió de mí como si hubiera salido el alma dejándome

yerta, vacía, helada, verdaderamente loca. Desde entonces, todo en

mí ha sido desvariar: me casé lo mismo que me hubiera arrojado á un

río; me casé en vez de suicidarme. No supe lo que hice. Si al menos

hubiera tenido educación... Pero tampoco tenía educación. Yo era

un salvaje que ostentaba riquezas, fórmulas sociales y apariencias

deslumbradoras, como otros cafres se adornan con plumas y vidrios.

¡Luego aquel despecho, aquel puñal clavado en mi corazón!... El

despecho me inclinaba á entregar al menos digno lo que yo reservaba

para el más digno. ¿No había podido obtener el primero? Pues me

entregaba al último. ¿No recuerdas que echaba mis joyas al muladar?

Pues lo mismo quería hacer conmigo. ¿De qué servía mi pobre ser

despreciado? ¡Casarme con un hombre estimable, con un hombre de bien!

eso habría sido tonto... ¡Qué gusto tan grande aborrecer al más

cercano, al que el mundo llamaba mi mitad y la Iglesia mi compañero!

Es que yo quería ser mala. Ya sabes que en ciertas esferas, á la

joven de malos instintos que quiere entrar en la libertad, se le

abre una puerta muy ancha. ¿Cuál es? El matrimonio. En mi turbación

decía yo: «soy rica, me casaré con un imbécil, y seré libre.» ¡Pero

no pensé en mi pobre padre! ¡Qué mala he sido! Muchas hacen lo mismo

que hice yo, pero sin tan fatales consecuencias. Al casarme, todas

las desgracias cayeron sobre mi casa... Yo era libre, continuaba en

la desesperación, y en tanto tú... lejos, siempre lejos de mí. Tu

honradez me enloquecía y me hacía meditar. ¿Creerás que me sentía

abofeteada por tu honradez, y que á veces mi alma se encariñaba con

la idea de ser también honrada?... No sé dónde hubiera concluído.

Al fin Dios me salvó dándome esta hija, que al nacer me trajo lo

que nunca había yo conocido, tranquilidad. Cuando á mi lado crecía

Monina, yo adquirí por don milagroso cultura de espíritu, sensatez,

amor al orden, sentido común. Fuí otra, fuí lo que hubiera sido

desde luego pasando de los delirios de mi amor contrariado á la paz

y al yugo de tu autoridad de esposo. Ahora me encuentras curada de

aquellas extravagancias que me hicieron célebre; pero no soy tan

buena como debería serlo: hay en mí un poco, quizás mucho, de falta

de temor de Dios; no me hallo dispuesta á sacrificar mis sentimientos

á las leyes que tanto me han martirizado, y así te digo: libre soy,

libre eres...

--Yo...

--Sí, tú; porque libre es quien rompe sus cadenas. ¿No dices que has

sido abandonado?

--Sí.»

Vacilación dolorosa se pintaba en las facciones de León.

«¡Oh, ya veo que aquí la abandonada siempre soy yo, siempre

yo!--exclamó Pepa con desesperación.--Bien, bien.

--Abandonada no; pero hay una imposibilidad moral que ni tú ni yo

debemos despreciar. Yo me hallo en el conflicto quizás más delicado y

temeroso en que hombre alguno se ha visto jamás.»

Pepa fijó en él sus ojos, atendiendo con toda el alma á lo que iba á

decir.

«Soy casado. No amo á mi mujer ni soy amado por ella; somos

incompatibles; entre los dos existe un abismo; nos separa una

antipatía inmensa. ¿Pero por qué mi mujer ha llegado á ser extraña

para mí? No ha sido por adulterio: mi mujer es honrada y fiel, mi

mujer no ha manchado mi nombre. Si hubiera sido adúltera, la habría

matado; pero no puedo matarla, ni puedo divorciarme, y hasta la

separación legal es imposible. No nos ha separado el crimen, sino

la religión. ¿De qué acuso á mi mujer? De que es fanática creyente

en su religión. ¿Acaso esto es una falta? ¡Quién puede decirlo! A

veces viene á mi mente un sofisma, y me digo que puedo acusarla

de demencia. ¡Horrible idea! ¿Con qué derecho me atrevo á llamar

demencia á la práctica exagerada de un culto? Sólo Dios puede

determinar lo que en el fondo de la conciencia pasa, y fijar el

límite entre la piedad y el fanatismo.»

Al expresarse así en frases entrecortadas y preguntas y respuestas,

la boca de León, por donde aquel lenguaje agitado y vivo salía, era

como un tribunal donde se discutían el pro y el contra de un crimen.

«Mi mujer ha faltado al cariño, que es ley del matrimonio como lo

es la fidelidad--añadió;--pero no ha escarnecido ni llenado de befa

mi nombre. Mi nombre está puro. ¿Hay bastante motivo para que yo me

declare libre?

--Sí, porque tu mujer no te ama, porque ella ha destruido el

matrimonio.

--Lo ha destruido por el fanatismo religioso. Y yo miro á mi

conciencia turbada y digo: «¿No seré yo tan culpable como ella?» Así

como ella tiene creencias que la impelen á aborrecerme, ¿no tengo

yo también otras que me la hacen aborrecible? ¿Por ventura no seré

también fanático?

--¡Tú no: ella, ella!--afirmó Pepa con encono.

--En el extremo á que nuestra desunión ha llegado, ¿quién es

más culpable? María es incapaz de toda acción verdaderamente

deshonrosa... Es fanática, sí, y de pocas luces; pero su fidelidad

no puede ponerse en duda. A mí no me ama; pero tampoco á otro. ¿Por

ventura no soy más culpable yo, que amo fuera de casa?»

Pasó la mano por su frente abrasada; después meditó para buscar

salida á aquel dédalo terrible.

«Y en caso de que pueda declararme libre--dijo al fin,--no puedo

unirme con otra, no puedo tratar de formarme una nueva familia, ni

por la ley ni por la conciencia. Debo aceptar las consecuencias de

mis errores. No soy, no puedo ser como la muchedumbre, para quien no

hay ley divina ni humana; no puedo ser como esos que usan una moral

en recetas para los actos públicos de la vida, y están interiormente

podridos de malos pensamientos y de malas intenciones. La familia

nueva que yo pueda formar será siempre una familia ilegítima...

hijos deshonrados y sin nombre... No creas tú que al hablarte así

y al asustarme de la situación en que nos hallamos, obedezco á las

hablillas de Madrid, ni que me fundo, para tratar de ilegitimidad,

en el sentido de la ley, que casi es impotente para resolver esta

cuestión tremebunda: obedezco y atiendo á mi conciencia, que tiene

el don castizo de hacerme oir siempre su voz por cima de todas las

otras voces de mi alma. Interroga tú también á tu conciencia...»

Pepa se inclinó suavemente como si fuera á caer desfallecida, y

sosteniéndose la frente con la mano, murmuró:

«Mi conciencia es amar.»

Este arranque de sensibilidad tenía elocuencia concisa en los labios

de la que conservaba en su alma tesoros inmensos de ternura, y

habiendo estado mucho tiempo sin saber qué hacer de ellos, aún se

veía condenada á la reserva, y á desarrollar sus afectos en la vida

calenturienta y tenebrosa de la imaginación.

XI

Esperar.

«Represéntate--le dijo León,--todo lo que hay de odioso y de

disolvente en una familia ilegítima, mejor dicho, inmoral... hijos

sin nombre... la imagen siempre presente de la que...

--No la nombres... te repito que no la nombres--dijo Pepa, procurando

que su enojo no pareciera muy violento.--Su fanatismo loco la

excluye, la excluye.

--¿Y si también yo soy fanático?

--No importa.

--Bien: contra la turbación que á tu mente y á la mía pueda traer esa

idea, hay un remedio.

--¿Cuál?

--Esperar.

--Esperar--murmuró la de Fúcar moviendo la cabeza, en cuyo centro

la palabra esperar retumbaba con eco lúgubre.--¡Esperar, ese es mi

destino! Hay alguien para quien la esperanza no es una dulzura, sino

un tormento.

--¿Ves ese ángel?--le dijo León señalando á Monina, que dormía muy

ajena á la tempestad que arrullaba su sueño de pureza.--Pues ahí

tienes tu verdadera conciencia. Cuando las agitaciones pasadas y tu

despecho, aún no extinguido, te empujen por una senda extraviada, pon

en el pensamiento á tu hija. ¡Verás qué prodigioso amuleto! Lo que

cien sermones y toda la lógica del mundo no podrían enseñarte, te

lo enseñará una sonrisa de esta criatura, que por su pura inocencia

parece que no es aún de este mundo, y en cuyos ojos verás siempre un

reflejo de la verdad absoluta.

--¡Es verdad, es verdad!--exclamó Pepa rompiendo en llanto.

--Esos ojos y ese rostro divino son un espejo, en el cual, si

sabes mirarlo, verás algo del porvenir. Considera á tu hija ya

crecida, considérala mujer. Dentro de quince años, ¿te gustará que

una voz malévola susurre en su oído palabras deshonrosas acerca de

la conducta de su desgraciada madre? Figúrate el trastorno de su

conciencia pura cuando le digan: «tu madre no esperó á que pasaran

dos meses de viudez para tomar por amante á un hombre casado, al

esposo de una mujer honrada.»

--¡Oh! no, no--gritó Pepa con súbita indignación.--No le dirán eso.

--Se lo dirán, ¿por qué no? Se dice lo que es mentira, ¿cómo no

habrá de decirse lo que sería verdad? ¿Has reflexionado en la

influencia decisiva, lógica, que tienen sobre la conducta de los

hijos las acciones de los padres?... Hay en las familias una moral

retrospectiva que evita muchas caídas y deshonras.

--Por favor, no me hables de que mi hija deje de ser la misma

virtud,» dijo Pepa con brío, anegada en lágrimas.

Callaron ambos, y sentados junto al lecho de Ramona, enlazados los

brazos, casi juntas las caras, envueltos en una atmósfera de ternura

que de ambos emanaba con el aire tibio de la respiración, estuvieron

largo rato contemplando íntimamente su dicha. En el fondo, muy en

el fondo del alma de Pepa, había una idea que hablaba así: «Hija de

mi vida, soy feliz haciéndome la ilusión de que eres toda mía y de

que puedo darte á quien me agrade. Naciste de mis entrañas y de mi

pensamiento.»

Después se apartaron de la cama donde dormía la pequeñuela. Pepa se

sentó en un ángulo de la sala.

«Ya es hora de que me retire,--indicó León.

--¿Ya?» murmuró la dama con sorpresa y temor, acariciándole con su

mirada.

León iba á decir algo; pero calló de improviso, porque había sentido

pasos. El Marqués de Fúcar entró en la habitación. Tenía costumbre de

despedirse de su hija y de su nieta antes de recogerse. Al ver á León

manifestó sorpresa, aunque la hora no era impropia ni desusada la

visita.

«Pues qué, ¿está mala la chiquilla?

--No, papá. Está buena.

--¡Ah!... Me figuré...»

El Marqués besó á su nieta.

«Gracias á Dios que se te ve por aquí,--dijo cariñosamente á León.

--He venido á despedirme de Pepa... y de usted.

--¿Viajas? Hombre, es lo mejor que puede hacer un cónyuge aburrido.

¿Hacia dónde vas?

--No lo sé todavía.

--¿Y sales?...

--Mañana.

--Si vas á París te daré un encargo. ¿No habrá tiempo mañana?...

Pasaré por tu casa temprano... Yo me voy á mi cuarto: tengo jaqueca.»

León comprendió que debía retirarse al momento. «Adiós, adiós,» dijo

estrechando las manos de la hija del Marqués.

La mirada de Pepa y la de él se cruzaron como las dos espadas de

un duelo: la de ella era todo enojo por aquella súbita despedida.

Después León miró un momento á Monina y salió con apariencia serena.

Al pasar por las espléndidas habitaciones silenciosas, se sentía

extraño en ellas; pero la hermosa estancia de donde acababa de salir

le parecía tan suya, que casi estuvo á punto de volver para respirar

un instante más aquella atmósfera de paz y sosiego, saturada del

delicioso perfume del hogar propio, que simplemente se formaba del

amor de una mujer y del sueño de un niño.

Al retirarse á su cuarto, D. Pedro le dijo:

«Estoy muy inquieto por no haber recibido detalles de la muerte de

Federico.»

Sin responder nada, León salió del palacio al jardín. Tanto le

llamaban de atrás sus afectos, que á cada seis pasos se detenía.

Había entrado en la alameda, cuando se sintió llamado por una voz,

por un ce que sonaba como la vibración del aire al paso de una

saeta. Se volvió: era Pepa, que hacia él iba, envuelta en un pañuelo

de cachemira, descubierta la cabeza, vivo el paso, difícil la

respiración. Su mano hizo presa con fuerza en la mano del matemático.

«No he podido resignarme á que te despidas así--le dijo.--Eso no está

bien.

--Así debió ser...--replicó León muy turbado.--¿Y qué importa?

Hubiera vuelto mañana un momento.

--¡Un momento!--exclamó la dama con elocuente dolor.--¡Qué triste es

haber dado años como siglos, y verse pagada con momentos!»

León le tomó las dos manos diciéndole:

«Querida mía: es preciso que uno de los dos se someta al otro. He

comprendido que si me dejara arrastrar por tí, nuestra perdición

sería segura. Déjate, no arrastrar, sino conducir por mí, y nos

salvaremos.

--Pues dí... Ya sé lo que vas á decirme... ¡Esperar! Cada loco con su

estribillo.»

Puso una cara que demostraba profunda lástima de sí misma; y como la

compasión suele anunciarse con sonrisas desgarradoras, sonrió la dama

de un modo que haría llorar á las piedras, y dijo:

«¡Esperar! ¿Y si me muero antes?

--No, no te morirás,--murmuró León cogiendo entre sus dos manos la

cabeza de ella, como se cogería la de un niño, y besándola.

--Está visto que soy más tonta...--balbució Pepa, que apenas podía

hablar.--Harás de mí lo que quieras, bárbaro.

--¿Me obedecerás?

--Eso no se pregunta á quien durante tanto tiempo te ha obedecido

con el pensamiento. Yo he soñado que tú venías á mí cuando ni

siquiera te acordabas de mi persona; he soñado que me mandabas

faltar á todos los deberes, y con la idea, con la inspiración de

mi alma te he obedecido. Esta obediencia ha sido mi único gozo,

¡qué satisfacción tan triste! No me acuses por estas miserias de mi

corazón lacerado... Es para hacerte ver que la que hubiera ido detrás

de tí al crimen, no puede negarse á seguirte si la llevas al bien.

--¿A donde quiera que yo te lleve?--murmuró León, pasándose la mano

por la frente.--Dime: ¿y si yo te dijera...?

--¿Qué?--preguntó ella sin aguardar á que concluyera, mejor dicho,

cazando la idea con la presteza del pájaro que coge el grano en el

aire antes de que caiga.

--La idea de la fuga... ¿ha pasado por tu imaginación?

--¡Oh! por mi imaginación han pasado todas las ideas.

--De modo que si yo te dijera...

--«Vamos,» partiría sin vacilar.

--¿Ahora?

--Ahora mismo. Tomaría en brazos á mi hija...»

Encendida en amante impaciencia, Pepa miraba á su casa y á su amigo.

Su alma, desligada de todo lo del mundo, fluctuaba entre dos objetos

queridos, dos solos. León tuvo un momento de terrible lucha interior.

Después hirió el suelo con el pie, como los brujos antiguos cuando

llamaban al genio tutelar.

«Pues te mando que me dejes partir solo y que me esperes,» dijo al

fin con resolución que tenía algo de heroísmo.

Pepa inclinó la frente con expresión de cristiana paciencia.

«Te lo mando así, porque te quiero con el corazón; te lo mando así,

porque mi egoísmo no quiere destruir un hermoso sueño.

--Me someto,» dijo Pepa envolviendo su palabra en un gemido.

Sollozó sobre el pecho de su amigo. Después añadió:

«Pero fija un término, un término... Si me muero antes...»

La idea de un morir prematuro brillaba en su mente como una luz

siniestra que de ningún modo quiere apagarse.

«Fijaré un término. Te lo juro.

--Y pasado ese término... Pasado ese término...--repitió León, cuyo

pecho respiraba difícilmente entre el nudo de aquella soga ferozmente

apretado por los demonios.

--Supón que Dios no quiera allanarnos el camino...

--Verás como lo allanará.

--¿Y si no lo allana?

--Verás como sí lo allana.

--Pero... ¿y si no?

--Verás como sí.

--Diciéndomelo tú de ese modo, no sé por qué lo creo--afirmó Pepa,

acomodando mejor su cabeza sobre el pecho de su amigo, como la

acomodamos en la almohada cuando empezamos á dormir.--Ahora, si

quieres que me vaya contenta á mi casa, dime que me quieres mucho.»

Su pasión tomaba un tono pueril.

«¿No lo sabes?

--Que me querías hace tiempo.

--Que debí quererte desde que jugábamos cuando éramos niños,

cuando nos pintábamos la cara con moras silvestres...--añadió León

estrujando la cabeza de oro.

--¡Qué tiempos!--dijo Pepa sonriendo como un bienaventurado en la

gloria.--¡Si pudiéramos hablar largamente de eso y recordarlo pasando

los recuerdos de memoria á memoria y las palabras de boca á boca...!

¡Si nuestra vida fuese ahora verdadera vida, y no estos momentos

pasajeros, estos saltos horribles!... ¡Si pudiéramos hablar, reir,

recordar, pensar cosas, decir disparates, reñir de broma, adivinarnos

las ideas y los deseos!...

--Si pudiéramos eso...

--Pero no: hemos de separarnos. Separados hemos estado toda la vida,

y ahora me parece que es la primera vez que te digo adiós. Tú á ese

caserón; yo á mi palacio.

--Espérame con tu hija.

--¡Oh! qué triste pensamiento me ocurre!... Si tardas mucho, Monina

no te va á conocer cuando vuelvas, ¡alma mía!... te tendrá miedo.

--Se acostumbrará pronto.

--Pero ¿no vuelves mañana á casa?

--¿Para qué? ¿Para que una nueva despedida nos haga más amarga

nuestra separación? Si te viera otra vez, quizás me faltaría valor.

--Mandaré á la niña á tu casa mañana.

--Si, mándala.»

León tosió secamente.

«¡Hombre, por Dios!--exclamó Pepa con amante solicitud, alzándole

el cuello de la levita.--Que te constipas... hace frío... déjate

cuidar... así.

--Gracias, querida mía. Es verdad que tengo frío.

--Pero qué, ¿nos separamos ya?

--Sí. Ahora ó nunca.»

La dama tuvo ya en sus labios las palabras _Pues nunca_; pero no se

atrevió á pronunciarlas.

«¿Me escribirás con frecuencia, chiquillo?

--Todas las semanas.

--¿Cartas largas?

--Largas y difusas como el pensamiento del que espera.

--¿A dónde te escribo?

--Ya te lo diré... Vamos hacia tu casa. No quiero que vuelvas sola.

Nos separaremos allí.

--Acompáñame hasta la puerta del museo; por allí salí y por allí

entraré.»

Anduvieron un rato. León la rodeaba con su brazo derecho, y con la

mano izquierda le estrechaba ambas manos.

«Está obscura la noche,--dijo ella obedeciendo á esas inexplicables

desviaciones del pensamiento que ocurren cuando éste actúa más

fijamente en un orden de ideas determinado...

--¿Estás contenta?--le preguntó León queriendo dar al diálogo un tono

ligero.

--¿Cómo he de estarlo cuando te vas? Y sin embargo, lo estoy por lo

que me has dicho. No sé lo que hay en mí de júbilo y pena al mismo

tiempo. Yo digo: «¡qué dicha tan inmensa!» y digo también: «¡si me

muero antes!...»

--En mí sucede lo propio,» replicó León sombríamente.

Llegaron á la puertecilla del museo.

«Adiós...--murmuró ella devorándole con sus ojos.--Adiós... ¡Todo mío!

--Hasta luego--dijo León con voz imperceptible, dándole dos

besos.--Este para Monina; éste para su mamá.»

La puerta del museo abierta mostraba una escalera obscura. León

empujó suavemente á Pepa hacia adentro y se alejó despacio. Ella

volvió al umbral; él la saludó de lejos con la mano...

Poco después entraba en su casa, y medio muerto de dolor se

revolcaba en el sillón de estudio como un enfermo, como un demente,

no sabiendo si buscar en el llanto ó en la desesperación honda el

lenitivo de su corazón destrozado. No obstante, aún no había llegado

el momento de que aquel vaso de reserva, que en su ancha capacidad

contenía pasiones ó ideas mil del género más turbulento, estallase

atropellando todo lo que hallara delante de sí.

XII

Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes morales, de

todo lo que hay de más venerando, y de otras cosillas.

La crisis por que pasaba la casa de Tellería continuaba sin

resolución. Era tan grande el desastre, que parecía locura pensar

en ponerle remedio y sólo quedaba el recurso de disimularlo

hasta donde fuera posible. Antes de llegar á una bochornosa

declaración de pobreza, los histriones incorregibles apuraban

todos los artificios para prolongar su reinado exterior; y si en

sus soliloquios domésticos decían: «vivimos sin criados; no hay

tienda que quiera abastecernos; carecemos hasta de ese pan de la

vanidad que se llama coche,» públicamente era preciso hacer creer

que todos estaban enfermos... El Marqués, ¡ah! sufría horriblemente

de su reúma. La Marquesa, ¡oh! ¡pobrecita! se hallaba en un estado

espasmódico muy alarmante... La familia toda gemía bajo el peso de

una gran tribulación. No se recibía ni á los íntimos, no se daba de

comer ni á los hambrientos, no se paseaba, no se iba ya ni á los

estrenos ruidosos. La iglesia era lugar propicio para mostrarse con

entristecido continente. ¿Qué cosa más edificante que ir á escuchar

la palabra de Dios y derramar una lágrima delante de la que es

consuelo de los afligidos? ¡Pobre Milagros! Los que la veían entrar

y salir dando con su compunción ejemplo á los más tibios, tributaban

á su pena el debido homenaje diciendo: «¡Infeliz señora, cuánto ha

padecido con sus hijos!»

La tertulia de la San Salomó, refugio de la desgraciada familia, era

una reunión recogida, de poco bullicio, á donde iban algunos poetas,

guapísimas damas, media docena de beatos y otros que lo parecían

sin serlo. Allí se hablaba mucho de Roma, se leía _L’Univers_ y se

recitaban versos muy cargados de perfume religioso, y entre los

vapores sofocantes de tal incienso se excomulgaba á todo el género

humano. Se anunciaba con anticipación cada discurso político de

Gustavo Sudre para que se preparase á aplaudir la _alabarda_ (no

hay mejor vocablo) de uno y otro sexo; se fabricaban reputaciones

de mancebos recién salidos de las aulas, y que ya eran, cuál un San

Agustín, cuál un San Ambrosio, bien un Tertuliano ó un Orígenes, por

lo que toca al talento, se entiende; en una palabra, la tertulia

de San Salomó tenía ese marcadísimo carácter de _club_, que es un

fenómeno muy atendible de la sociabilidad contemporánea. Las pasiones

políticas han subido la escalera y rugen entre el plácido aliento de

las damas. Ya se conspira más en los salones que en los cuarteles, y

hasta los demagogos encuentran de mal gusto las logias. La tertulia

de que hablamos era, pues, un _club_ de cierta clase, así como hay

tertulias que son el Grande Oriente del doctrinarismo, y otras que lo

son de la democracia.

La Marquesa era joven, bonita, alta y bien distribuída de miembros,

aunque un poco ajada; graciosa, amante de los versos, sobre todo

cuando tenían mucha melaza mística y palabreo largo de _cándidas

tórtolas_, _palmeras de Sión_, etc.; furiosa enemiga de _toda

la cursilería materialista y liberalesca_, y delirante por los

discursos contra _esa basura de la civilización moderna_. Elegante

y muy discreta, sabía hacer brevísimas las horas á sus fervorosos

tertulios; tenía el don de salpimentar con gracia mundana y joviales

conceptos el constante anatema que allí se fulminaba, y mantenía en

su casa y en su mesa un delicioso confortamiento que agradaba á los

patriarcas, á los poetas, á los San Agustines y á los San Ambrosios.

El Marqués de San Salomó, hombre también que se hubiera dejado asar

en parrillas antes que ceder ni un ápice de sus doctrinas, ¡vaya si

tenía doctrinas! era el menos asiduo en las tertulias. Iba mucho

al teatro, al casino ó á otros pasatiempos obscurísimos. De día

recibía en su despacho á toreros, caballistas, cazadores de reclamo,

derribadores de vacas, y este sport burdo y de mal gusto, junto con

las barrabasadas de sus compañeros de aventuras, constituía las tres

cuartas partes de su conversación y de sus ideas. Era rico, y tenía

asignada á su mujercita, á más de la partida de alfileres, otra no

floja para los triduos y novenas. Había en la administración de la

casa una cuenta corriente con el Cielo. De la que el Marqués tenía

abierta con las bailarinas, no es ocasión de hablar.

Aquella noche (y todos los datos comprueban que fué la noche del

día, recuérdese bien, en que el Marqués de Tellería visitó á León

Roch), Milagros hablaba animadamente con un señor viejo y engomado,

caballero de no sabemos qué Orden, varón inocentísimo, no obstante su

jerarquía militar, pues era uno de esos generales que parecen existir

para probarnos que el ejército es una institución esencialmente

inofensiva.

«No intente usted consolarme, General. Estoy abrumada de pena...

Usted ha dicho en versos preciosos que el corazón de una madre es

tesoro inagotable de sufrimiento; pero el mío ya está hasta los

bordes, el mío no puede resistir más, rebosa.

--¿Y de qué sirve la resignación cristiana, querida?--dijo aquel

Marte, cuya inocencia envidiarían los querubines á quienes pintan

sólo con cabeza y alas.--El Señor enviará á usted consuelos

inesperados. ¿Y María, está resignada?

--¿Cómo ha de estar ese ángel? ¡Pobre hija mía! ¡La crucificarán;

y no exhalará un gemido!... Dios permite siempre que los seres más

virtuosos y más santos se vean sujetos á mayores pruebas. Como

á mi adorado Luis, á María la quiere Dios para sí; á aquél dió

padecimientos físicos, á ésta se los da morales.

--Cada día--dijo el General haciendo un movimiento de horror que daba

cómica ferocidad á su cara de arcángel con bigotes blancos,--vemos

que aumenta el número de los escándalos, de las miserias, de las

desvergonzadas infamias... Cada día disminuye el respeto á las

leyes divinas y humanas... No se ve un carácter entero, no se ve un

rasgo caballeresco, no se ve más que descaro y cinismo... Juzgue

usted, querida Milagros, á dónde llegará una sociedad que cada día,

cada hora se aparta más de las vías religiosas... Pero no, ¡pese á

tal! aún hay santos, señora, aún hay mártires. Su hija de usted,

abandonada cruelmente por su marido, á causa de su misma virtud, y

precisamente por su inaudita virtud, precisamente por su virtud,

repitámoslo mil veces, es un ejemplar glorioso, es más, una enseña,

una bandera de combate.»

Era ciertamente bandera de guerra. En el salón había varios grupos,

y en todos se hablaba de lo mismo. ¡Abandonarla sólo por la misma

sublimidad de su virtud!... Esto merecía la ira del cielo, esto

clamaba venganza, un nuevo diluvio, la sima de Coré, Dathán y Abirón,

el fuego de Sodoma, las moscas de Egipto, la espada de Atila... De

todas estas calamidades, la que parece prevalecer hoy, cuando los

extravíos de los hombres exigen expiación, es la de las moscas de

Egipto, pues esta muchedumbre picona es lo que más se asemeja á la

cruzada de chismes, anatemas de periódico y excomuniones láicas con

que la gente de ciertos principios azota á la humanidad prevaricadora.

«Si la separación hubiera sido por otros móviles...--decía un poeta á

un periodista,--podría tolerarse... pero ya es un hecho evidente que

León...»

Siguió un cuchicheo mezclado de risillas. Dos viejas metían su hocico

en el grupo para aspirar con delicia la atmósfera de maledicencia,

más grata para ellas que el aroma de rosas y jazmines.

«Hace tiempo que yo lo sospechaba--dijo la de San Salomó

á un diputado que ocupaba el sillón arzobispal en el coro

ultramontano.--Pepa Fúcar es una descocada. En esa casa de Fúcar

la moral ha sido siempre un mito. El modo de hacer millones corre

parejas con el modo de querer.

--Sin duda las relaciones de León con Pepa son antiguas,--dijo el

diputado, que gustaba mucho de comer en casa de San Salomó, y que

solía agradecerlo aceptando con aumento las insinuaciones malignas de

la Marquesa.

--Por lo que se sabe ahora y por ciertos datos que yo tenía--indicó

Pilar saludando con una mirada de reconvención á Gustavo, que á la

sazón entraba,--puede asegurarse firmemente que son muy antiguas.»

Después siguió hablando al oído de aquel digno hombre, que á pesar de

estar resuelto á no asombrarse de nada malo, no pudo ocultar su pasmo

y perplejidad.

«¡Hija de León!» murmuró.

No lejos de allí, el de Tellería expresaba una idea nueva,

enteramente nueva; una idea que salía de su boca entre alambicadas

frases, que eran como los cuidados de que la rodeaba el cariño

paternal. Esta idea era que todos somos iguales, que no hay nadie

que sobresalga, que el mundo es horriblemente uniforme; que él

(el Marqués) iba perdiendo la fe en _la tradicional y proverbial

caballerosidad del pueblo español_...

«Se ve palpablemente la ruína y acabamiento de la sociedad--declaró

el General;--y aún hay ilusos que no quieren creerlo, lo cual

no empece que sea cierto... Observen ustedes un hecho, un hecho

inconcuso...»

Todos miraron al General, esperando la declaración de aquel hecho que

podría parecer una batalla, según la expresión de valor negativo con

que el ilustre caballero lo anunciaba.

«Observen ustedes este hecho. Siempre que hay un escándalo, un

ruidoso escándalo, véase quién lo ha producido. ¿Quién lo ha

producido? Pues un hombre sin religión, uno de esos homúnculos

enfatuados y soberbios que insultan con su desprecio á la moral

cristiana, y á quienes vemos por ahí haciendo gala de una fortaleza

imprudente, _alzar la fronte e minacciar le stelle_.»

Un silencio solemne, señal del asentimiento más solemne aún de los

circunstantes, acogió estas palabras. Entre el diputado arzobispal

y un periodista trabóse ligera disputa sobre si León Roch era un

criminal de ligereza ó criminal de perversión.

«Desengáñese usted--dijo el diputado:--la corrupción es general; pero

si los que tienen fe están en situación de enmienda probable, y,

por consiguiente, en la posibilidad de salvarse, los racionalistas

caminan á su completa ruína. Ellos han derribado el templo como

Sansón, y como Sansón perecerán entre los escombros.»

La San Salomó y Gustavo hablaban en voz baja donde los demás no

podían oirles.

«Es preciso, es indispensable--afirmaba ella,--decirle la verdad á

María.

--¿La verdad?... No nos fiemos de apariencias. Yo no he formado aún

juicio sobre la conducta de León. Mientras yo no le vea y le hable,

nada diré á mi hermana.

--Pues se le dirá.

--Pues no se le dirá.»

Mostraba Pilar un empeño maligno, una impaciencia de mujer

quisquillosa, de esas que creen carecer del aire respirable todo el

tiempo que tardan en clavar su aguijón en el pecho de la amiga.

«Aseguro que se le dirá,--añadió mostrando las ventanillas de la

nariz muy dilatadas, la mirada viva, demudado el color.

«En asuntos de mi familia, mi familia decidirá.

--¡Oh! también he decidido yo en asuntos de tu familia,--dijo Pilar

dando al _tu familia_ una entonación impertinente.

--No ha sido con mi aprobación,» repuso Gustavo, que contenía en su

pecho la ira.

Palideció: su frente, su ceño, su seriedad hosca anunciaban tormentas

pasadas. Tiempo vendrá de conocerlas.

«Me anuncia este padre de la patria--dijo Pilar alzando la voz,--que

no pronunciará mañana el discurso contra la totalidad del artículo

veintidós.»

Sonó un rumor de descontento.

«El presidente le cambiará el turno.

--¡Y yo que tengo las papeletas en casa!

--¿Cuándo será?

--Este triste asunto de su hermana--dijo la de San Salomó mirando

á Gustavo con expresión de afectada pena,--le ha trastornado el

cerebro.»

Gustavo se acercó al grupo en que estaba su madre.

«Serénate, hijo--le dijo ésta con acento cariñoso.--Todos padecemos

tanto como tú; pero no nos falta paciencia.

--Pues á mí me falta.»

Siguió la conversación sobre este tema, sin más de notable que haber

afirmado el Marqués su creencia firmísima de que todos somos lo

mismo. Después clareóse considerablemente el grupo: Pilar atrajo

mucha gente leyendo en voz alta un artículo de Luis Veuillot. Gustavo

y su madre pasaron al gabinete inmediato.

«¿Es cierto que papá ha estado hoy á ver á León?

--Es cierto.

--Me temo que su viaje á Carabanchel llevaría otro objeto. Será una

nueva ignominia...

--¿Qué hablas ahí de ignominia, tonto, quijote?

--Sí--dijo Gustavo, revelando en los ojos su ira:--me temo que papá

haya ido á postrarse á los pies de nuestro enemigo para pedirle...

--¡Qué absurdo, hijo!... Nosotros, nosotros solicitar de ese...

--No me llamaría la atención. Estoy acostumbrado á ver cosas muy

horrendas. No extrañe usted, mamá, que las vea en todas partes. Yo

visitaré á León, yo le hablaré. ¡Quién sabe si no es tan culpable

como le suponen!... Si realmente ha abandonado á mi hermana para

vivir con otra mujer, nuestras relaciones con él deben concluir. Será

un extraño para nosotros. ¡Qué cosa tan infame, tan infernal, haber

recibido ciertos favores de tal hombre, y no poder arrojarle á la

cara...!

--¡Por Dios, no te pongas así!... Vas á llamar la atención--dijo la

Marquesa alarmada de la altivez de su hijo.--Estás ridículo.

--¡Ridículo!--exclamó Gustavo con acento de amargura.--No me importa.

Después de todo, yo soy aquí el único que conoce el envilecimiento en

que vivimos.

--¡Gustavo!

--Lo digo por mí, sólo por mí. Esta casa, lo mismo que la mía,

ha llegado también á causarme horror. El susurro constante de la

moral hablada me ha ensordecido, impidiéndome oir el grito de la

verdad, que tanto menos se dice cuanto más se siente. No estoy nada

satisfecho de mi papel en el mundo, ni del estado de mi casa, ni

de la conducta de mi familia, ni del giro mundano y cínico de mis

amistades. No estoy satisfecho de nada, y ambiciono un destierro

voluntario que me ponga á distancia de todos los que llamo míos.

--¿Quieres añadir nuevos disgustos á los que ya sufre tu pobre

madre?--dijo ella con visibles muestras de enternecimiento.--¡Emigrar

tú, renunciar á tu porvenir...! ¡No esperar siquiera á ser

ministro...! Ya sabes... otros...

--¡Es un delirio esto de emigrar! Yo no puedo salir de aquí. Mi

ambición y mi vergüenza son una misma cosa, y estoy pegado á ellas

como el caracol á su covacha. ¡Aquí siempre! Siempre pegado á mi

familia, á mi partido, á mi clase, á mi moral.»

Dió á este último vocablo amargo acento de ironía.

«Seguiré viendo lo que veo y oyendo lo que oigo... ¡Ah! tengo que

anunciar á usted una nueva calamidad. Polito ha sido abofeteado

públicamente esta tarde en una casa que no quiero nombrar, á

consecuencia de una disputa por deudas de juego. Hubo golpes,

botellazos, gritos de mujeres borrachas, intervención de la policía...

--¿Pero han hecho daño á mi hijo?--exclamó la de Tellería con

maternales ansias.

--No: una contusión ligera; pero se ha enterado toda la calle

de... tampoco quiero nombrar la calle. ¡Ay!--añadió dando un gran

suspiro.--Vivimos en la época de las tristezas y en el verdadero día

de la ira celeste. Pero desde hoy quiero tomar la dirección de los

asuntos de casa. Veremos si yo la saco de este conflicto, salvando el

honor aparente, ese honor que no es una virtud, sino un letrero. Por

de pronto, censuro que papá haya visitado á León con las miras que

sospecho.

--Sospechas necedades.

--¡Oh, no!... Milagro será que me equivoque. Sabré la verdad, porque

pienso ver á León.

--¿Tú?

--Sí, yo; deseo saber por él mismo su culpa. Le tengo por un

extraviado, mas no por un perverso. Yo le hablaré el lenguaje de la

franqueza para que él me conteste del mismo modo. Si es un miserable,

él mismo me lo ha de decir... Entre tanto, que no sepa María las

hablillas que corren.

--¡Oh, no! Es preciso decírselo. ¡Pobre hija de mi alma! No quiero yo

que ignore las lindezas de su cara mitad. Figúrate que una persona

indiscreta se lo cuenta, exagerándolo ó desfigurándolo.

--No se dirá nada á mi hermana.

--No te empeñes en eso. Esta noche misma... No, no me enseñarás mis

deberes de madre amante y solícita: sé lo que debo hacer. Es preciso

que María se entere. ¿Quién te dice que no podremos llegar hasta la

reconciliación?»

La familia de León Roch, Tomo 2 · 第 1 / 17 段